Durante décadas, la atención se centró en factores de riesgo clásicos como el colesterol elevado, el tabaquismo o el sedentarismo. Sin embargo, la ciencia ha identificado un nuevo actor clave: la microbiota intestinal. Estudios recientes muestran que compuestos como la trimetilamina N-óxido (TMAO), generados por bacterias intestinales, incrementan el riesgo de infarto e ictus. Además, una flora desequilibrada puede desencadenar inflamación crónica, elevar la presión arterial y dañar las arterias, lo que ha dado lugar al concepto de eje intestino-corazón.
“La salud del corazón ya no se entiende sin mirar al intestino. Hoy sabemos que la microbiota influye en la presión arterial, en el metabolismo del colesterol y en el grado de inflamación sistémica”, subraya la dietista integrativa Natalia Durán, especialista en microbiota. La experta explica que una flora intestinal equilibrada genera compuestos protectores, mientras que una alteración en esa “fábrica interna” produce toxinas que inflaman los vasos sanguíneos y favorecen la aterosclerosis.
Los expertos apuntan a que la cardiología del futuro pasará por cuidar la salud intestinal. No obstante, ya existen medidas prácticas y respaldadas por la evidencia científica: aumentar el consumo de fibra prebiótica, priorizar alimentos frescos frente a ultraprocesados, incorporar fermentados auténticos y considerar probióticos específicos como Lactobacillus plantarum o Bifidobacterium longum. También son claves el descanso adecuado y la gestión del estrés, ya que el sueño influye directamente en la microbiota. “El reto real es frenar la inflamación silenciosa que comienza en el intestino y acaba dañando al corazón”, concluye Durán.