El experimento 'marshmallows' o por qué educar a los niños en autocontrol apenas tiene efectos en su vida adulta
Hace unos años, un psicólogo promulgó una teoría educativa muy atractiva sobre cómo formar a los niños para que controlen sus impulsos. Ahora, se ha demostrado su inutilidad
Tan solo quedan unos minutos para terminar de elaborar el nutritivo plato que has decidido preparar, pero te mueres de hambre y te sientes tentado de dar bocado a lo primero que encuentres en la nevera. Tienes que estudiar para un examen para el que solo queda una semana, pero uno de tus mejores amigos te anuncia que ha llegado a la ciudad y te mueres de ganas de verle. Estás estresado en el trabajo, es final de mes y tan solo quedan cinco días para cobrar, y hay un vestido de nueva temporada que está de rebajas en tu tienda online favorita. ¿Qué haces en todas estas opciones? ¿Finalmente cederías a la tentación?
Si eres de los que sí, has de ser consciente de que tu elección te complicará la vida más adelante. En ocasiones, la falta de autocontrol crea problemas que antes no estaban ahí, sobre todo cuando esos 'pecados culpables' se cronifican en el tiempo, pudiendo generar comportamientos compulsivos o adictivos. ¿Quién te dice que no volverás a caer una y otra vez, a sabiendas de que es una mala decisión? Por desgracia, todo lo que brinda una sensación de placer rápida e instantánea generalmente conlleva problemas después. ¿Hay una forma de detener este círculo vicioso en nuestro sistema de recompensa cerebral?
En la década de los 60, el psicólogo Walter Mischel realizó un interesante experimento en el que colocó a varios niños de tres a cinco años un malvavisco delante, su dulce favorito. Les dijo que si tan solo esperaban 15 minutos para comerlo, les daría otro de regalo. Alrededor de un tercio esperó. Él y su equipo buscaban investigar la capacidad de autocontrol de los niños, y sus niveles de resistencia a la hora de ceder a la tentación en pos de una gratificación mayor para la que solo debían esperar.
El psicólogo sospechaba que este experimento podía predecir el nivel de autocontrol de los niños en su vida adulta. Dispuesto a demostrarlo, reunió a estos mismos niños ya siendo adultos, varios años después, para someterles a pruebas académicas, de autoestima, de seguridad en sí mismos o de adaptación social. El resultado, publicado en los años 90, refrendó su idea inicial: aquellos niños que habían resistido a la tentación de comerse el malvavisco en un plazo de 15 minutos (un 33% concretamente), habían obtenido mejores calificaciones en satisfacción general con su vida o mejores trayectorias laborales o personales.
La capacidad matemática de un niño, al igual que el autocontrol, es más un síntoma que una causa directa de factores vitales más amplios"
Por ello, durante todas las décadas posteriores al experimento, Mischel demostró que, si se hacía hincapié en fortalecer la capacidad de autocontrol en los niños con experimentos similares al suyo, estos podrían estar más satisfechos con su vida en general o cosechar más éxito en todos los ámbitos durante su adolescencia y adultez. Así, se extendió la idea de que había que formar a los niños en autocontrol, determinación y mentalidad de crecimiento. Pero, en 2018, el profesor universitario Tyler W. Watts y experto en psicología y educación refutó la teoría del malvavisco con dos variables que Mischel no incluía en sus pruebas: el estatus socioeconómico del niño o su capacidad cognitiva general.
A grandes rasgos, Mischel no había considerado el factor biológico ni el social en su experimento, confiando en que todo el poder de conducir vital, académica o profesionalmente al individuo residía en la educación infantil por medio de trucos psicológicos que aplicar en las primeras edades. "Los psicólogos se basan en esta expectativa a la hora de plantear intervenciones en sus artículos, libros y charlas. Mientras tanto, docentes y padres buscan desesperadamente soluciones a problemas complejos relacionados con el bajo rendimiento estudiantil", asevera el propio Watts en un reciente artículo de que se ha hecho eco de sus nuevas investigaciones contra las teorías de Mischel. "Si podemos cambiar por completo la trayectoria del desarrollo de un niño simplemente ayudándole a ganar autocontrol o capacidad de perseverancia. ¿por qué no hacerlo?".
El efecto de 'desvanecimiento'
La respuesta no es tan optimista. "Este tipo de intervenciones no logran impactos duraderos en habilidades específicas, ya que cuando los niños las reciben con el objetivo de mejorar una capacidad psicológica específica, la ventaja que reciben suele ser efímera, dejándolos en una situación aparentemente similar a la inicial", responde el profesor. Es decir, no hay una diferencia cualitativa tan grande en los niveles de satisfacción resultantes a comerse un solo malvavisco a esperar 15 minutos para comerse dos. El placer generado por esa sensación de recompensa se desvanece en ambos casos muy rápido, por lo que es fácil determinar que no hace falta esperar 15 minutos para comerse un malvavisco más si al fin y al cabo te vas a quedar más o menos igual comiendo solo uno y sin esperar.
No hay trucos psicológicos ni fórmulas milagro que consigan que los niños saquen buenos resultados académicos o sean resistentes a la gratificación instantánea
Watts y su equipo extrapoló esta explicación psicológica, llamada "del desvanecimiento", al ámbito de los resultados académicos, intentando demostrar por qué unos resultados positivos excelentes en asignaturas como matemáticas no garantizaban que posteriormente el niño siguiera rindiendo muy bien en este ámbito en su futura adolescencia o adultez. "El problema radica en que la capacidad matemática de un niño, al igual que su capacidad para postergar la gratificación, es más un síntoma que una causa directa de factores vitales más amplios", señala el profesor. "Los niños que fueron más hábiles en esta asignatura en etapas tempranas de la vida también tienden a serlo más adelante, porque la mayoría de los factores que los llevaron a tener más ventajas en una edad temprana, como el entorno familiar, lso recursos, los genes, los padres o su capacidad cognitiva, continuaron influyéndolos después".
Es decir, no hay trucos psicológicos ni fórmulas milagro que consigan que los niños saquen buenos resultados académicos o sean resistentes a la gratificación instantánea, ni tampoco hay una garantía de que por muy bien que sea su desempeño a edades tempranas se vaya a mantener así en su vida adulta. Lo que verdaderamente influye son los factores genéticos, biológicos y sociales, algo que por desgracia cuesta mucho revertir o paliar sus efectos. Aquel niño que era excelente en matemáticas y de repente empeoró sus resultados conforme fue sumando años tal vez sufrió un divorcio duro por parte de sus progenitores que mermó su capacidad de atención o de motivación, o quizá sus padres le desapuntaron del curso extraescolar porque tenían que ahorrar (o en su defecto le cambiaron de colegio al mudarse de ciudad, lo que trastocó el entorno del niño, haciéndole sentir más inseguro al cambio).
"Si el declive tiende a ocurrir tanto en habilidades cognitivas como en las socioemocionales, parece imposible encontrar alguna vez una sola habilidad para el desarrollo en la edad adulta", concluye Watts. "En cambio, deberíamos afrontar que las trayectorias del desarrollo humano están condicionadas por una multitud de factores complejos y difíciles de predecir". Lo que está claro es que fomentar un entorno familiar y social rico en recursos materiales y psicosociales para el pequeño suele ser lo que mejor funciona de cara a favorecerle académica y personalmente. Por tanto, "la próxima vez que oigas hablar sobre un truco nuevo que tiene el potencial de cambiarlo todo en la educación del pequeño, deberías reaccionar con una buena dosis de escepticismo ante la imposibilidad de que la psicología produzca respuestas fáciles".
Tan solo quedan unos minutos para terminar de elaborar el nutritivo plato que has decidido preparar, pero te mueres de hambre y te sientes tentado de dar bocado a lo primero que encuentres en la nevera. Tienes que estudiar para un examen para el que solo queda una semana, pero uno de tus mejores amigos te anuncia que ha llegado a la ciudad y te mueres de ganas de verle. Estás estresado en el trabajo, es final de mes y tan solo quedan cinco días para cobrar, y hay un vestido de nueva temporada que está de rebajas en tu tienda online favorita. ¿Qué haces en todas estas opciones? ¿Finalmente cederías a la tentación?