Marie Bonaparte: la 'royal' pionera en el estudio del orgasmo femenino y pieza clave del psicoanálisis de Freud
Princesa, millonaria y sobrina nieta de Napoleón, rompió todos los moldes: estudió la sexualidad femenina, desafió los tabúes sobre el orgasmo y salvó a Freud del horror nazi
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Pocas figuras femeninas del siglo XX encarnan tantas contradicciones y genialidades como la princesa Marie Bonaparte. Pariente directa de Napoleón y casada con un príncipe griego, podría haber elegido una vida dedicada al lujo y los salones de la realeza. Sin embargo, optó por explorar los límites de la ciencia, la sexualidad y la mente humana. Su obsesión por el placer femenino, su íntima amistad con Sigmund Freud y su papel clave en la huida de este del régimen nazi la convierten en un personaje tan fascinante como adelantado a su tiempo.
Fue una princesa que se atrevió a hablar —y estudiar— lo que su época callaba: el orgasmo femenino. Mientras las mujeres de la alta sociedad europea vivían sujetas a normas rígidas, ella se lanzó a medir clítoris y vaginas, publicó estudios anatómicos bajo seudónimo y se sometió a tres cirugías experimentales para tratar su propia frigidez. ¿El objetivo? Entender por qué tantas mujeres, como ella, no alcanzaban el orgasmo durante el coito. Lo que comenzó como una angustia personal terminó siendo una cruzada científica sin precedentes.
Además de pionera en el estudio del placer, Marie fue una figura clave en el mundo del psicoanálisis. No solo fue paciente y discípula de Sigmund Freud, sino también su traductora, mecenas y protectora. En 1938, cuando los nazis invadieron Austria, utilizó su influencia y fortuna para lograr que el padre del psicoanálisis escapara a Londres. Sin ella, Freud habría muerto en Viena. Sin Freud, quizás tampoco habríamos entendido tanto del inconsciente como hoy.
Una biografía marcada por la nobleza… y la insatisfacción
Marie Bonaparte nació en 1882 en París, hija del príncipe Roland Bonaparte (bisnieto de Lucien, hermano de Napoleón) y de Marie-Félix Blanc, heredera del fundador del Casino de Montecarlo. Era una de las mujeres más ricas de Europa, pero desde su nacimiento la felicidad le fue esquiva: su madre murió al mes de tenerla y su padre, ausente y autoritario, le impidió estudiar medicina. Educada por niñeras y gobernantas, creció en soledad, escribiendo diarios donde volcaba su imaginación y su malestar emocional.
En 1907, con 25 años, se casó con el príncipe Jorge de Grecia y Dinamarca, un hombre amable pero emocionalmente distante, cuya verdadera relación afectiva era con su tío Valdemar. El matrimonio duró 50 años, tuvieron dos hijos (Pedro y Eugenia), pero la vida conyugal estuvo marcada por la insatisfacción sexual y la búsqueda de afecto fuera del lecho marital. Marie tuvo amantes, pero también recurrió a la ciencia para entender lo que le ocurría: su incapacidad para disfrutar del sexo penetrativo.
El linaje de Bonaparte no fue solo un apellido cargado de historia: su figura conecta directamente con dos mundos poderosos. Además de ser bisnieta del hermano de Napoleón I, fue tía política de la reina Sofía de España, ya que su marido era tío del rey Pablo de Grecia, padre de la reina emérita. Una genealogía entre imperios que no impidió que la princesa se alejara del protocolo para estudiar temas tabú.
La muerte de su esposo en 1957 cerró medio siglo de matrimonio y marcó el inicio de su viudez, que duró hasta su fallecimiento en Saint Tropez en 1962. Durante esos años finales, se dedicó por completo al psicoanálisis, la escritura y a consolidar su legado intelectual, lejos ya de las convenciones de la corte.
El cuerpo femenino como campo de estudio
Desde muy joven, Marie sintió curiosidad por el cuerpo humano y, especialmente, por su propia sexualidad. Su insatisfacción con el sexo tradicional la llevó a formular una hipótesis osada: la distancia entre el clítoris y la vagina determina la facilidad para alcanzar el orgasmo mediante la penetración. En 1924, bajo el seudónimo A. E. Narjani, publicó un artículo científico que analizaba esta correlación, basada en las mediciones anatómicas de más de 240 mujeres.
Convencida de que el problema era anatómico y no psicológico, decidió someterse a tres operaciones quirúrgicas para acercar su clítoris a la entrada vaginal. Ninguna tuvo éxito. Aun así, persistió en su teoría, defendiendo la idea de que muchas mujeres eran diagnosticadas como frígidas cuando en realidad sufrían una desventaja anatómica. El tiempo y el propio psicoanálisis le harían cambiar de opinión.
Su investigación fue vista con recelo por la comunidad médica, pero también abrió un debate nunca antes abordado con tanta franqueza. Afirmaba que “el sufrimiento de muchas mujeres no proviene de una neurosis, sino de la frustración repetida de un placer que les ha sido negado por su constitución física o por las reglas sociales”, como dejó escrito en su obra más influyente, La sexualité de la femme.
Aunque se retractó de sus primeras teorías y admitió que el placer femenino estaba más relacionado con factores psicológicos que físicos, el mérito de haber abierto el debate sobre el orgasmo femenino sigue siendo suyo. Fue una de las primeras mujeres con poder en Europa que habló, escribió y experimentó para entender el deseo desde una perspectiva femenina y científica.
Freud, el inconsciente… y una amistad decisiva
En 1925, desesperada por entender su falta de satisfacción sexual, Marie viajó a Viena para consultar al entonces poco conocido Sigmund Freud. Aquella sesión marcó el inicio de una relación intensa y duradera. Pasó de paciente a discípula, de seguidora a amiga, y de amiga a salvadora. Freud encontró en ella a una interlocutora aguda, culta y capaz de desafiar sus teorías. Ella encontró en él la figura paternal que tanto le había faltado.
Durante catorce años intercambiaron correspondencia, discutieron sobre la psiquiatría, el deseo femenino, el inconsciente y los límites del psicoanálisis. Marie financió traducciones, fundó la Sociedad Psicoanalítica de París y se convirtió en una figura clave en la expansión del psicoanálisis en Europa. Su papel fue más institucional que teórico, pero sin ella, el legado freudiano habría sido mucho más frágil.
En 1938, cuando los nazis ocuparon Austria, Marie Bonaparte movió cielo y tierra para que Freud y su familia pudieran exiliarse en Londres. Puso dinero, contactos y su título nobiliario al servicio de una causa que creía vital: salvar al padre del psicoanálisis. Gracias a su intervención, Freud pudo pasar sus últimos meses con dignidad y libertad, lejos del horror nazi.
Marie Bonaparte fue la mujer que unió realeza y rebeldía, deseo y conocimiento, cuerpo y mente
Aunque su figura quedó ensombrecida por otros grandes nombres del psicoanálisis como Jacques Lacan, Marie Bonaparte dejó una huella imborrable: fue la mujer que unió realeza y rebeldía, deseo y conocimiento, cuerpo y mente. Una princesa que no buscó cuentos de hadas, sino respuestas. Y que convirtió su propia insatisfacción en un campo de estudio que todavía hoy sigue generando debate.
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