Dos genios eternos y un país que nunca supo cuidarlos
Cuando se observa esta obra con detenimiento, se entiende cómo muchos historiadores han padecido el Síndrome de Las Meninas, o lo que es lo mismo, que se han vuelto majaretas
Alguien sensato dijo que los partidos políticos eran máquinas confeccionadas para atender intereses particulares.
Simone Weil.
Hacer un sumario es descartar. Desde que el saqueo napoleónico durante la invasión francesa nos despojara del alma de nuestros artistas hasta la fecha de hoy, hemos podido conservar o invocar a los mejores de todos los tiempos, mientras otros navegan con rumbo desconocido fuera de nuestras fronteras tras aquel severo expolio.
Tal vez, para no ser injustos con la posición o categoría del artista, iremos a lo más fácil, que es usar el sentido cronológico de las obras a las que se hace mención. Quizás el más famoso de todos, por su elaborada creación manierista y que representa vivamente el depresivo estilo del autor (Doménico Theotokópoulos, el Greco), carcomido por su alma turbulenta y confundida, queda reflejado en los estilizados personajes de alargadas figuras, puestas a dieta por el autor con una iluminación fantasmagórica y extraños escorzos que, en conjunto, insinúan el más allá y la relatividad de la realidad.
El Greco fue un pintor portentoso por sus ambiciosas capacidades. Su fresco situado en la iglesia de Santo Tomé, Toledo, es una fusión del espacio–tiempo. Refleja el entierro de un aristócrata que vivió dos siglos antes de que el pintor fuera pensado. La relación de este pudiente con el mundo eclesial y su magnanimidad con la beneficencia hacia las gentes sin recursos le hicieron famoso por su bondad y compasión. Este noble se llamaba Gonzalo Ruiz de Toledo y es probable que los ecos de su generosidad hacia los descalzos tengan compensación en algún lugar de la existencia o, al menos, en el reconocimiento de los humanos que saben recordar.
En segundo lugar —y el orden no mira la calidad ni otras circunstancias más allá de la cronología—, podríamos situar a Las Meninas de Diego Velázquez.
En este famoso cuadro, la familia de Felipe IV despliega, a juicio del autor y probablemente de los hechos que se narran tácita o expresamente, una maestría inenarrable de la atmósfera psicológica que envuelve una realidad de compleja interpretación. En este retrato de familia se ve al pintor en el cuadro, en el que aparece con una cruz de la Orden de Santiago en el lateral izquierdo del jubón y, sin embargo, el título de caballero no le fue otorgado hasta 1658. Es probable que el propio Velázquez, antes de su extinción en 1660, pudiera haber retocado su obra. Reflejados a través de un espejo mágicamente situado, se ve a los que, al parecer, deberían de ser los verdaderos protagonistas: Felipe IV y Mariana de Austria.
Un bufón le pisa con aparente mala leche los riñones a un pedazo de mastín que, menos mal que está domesticado y, al parecer, bien nutrido. La infanta Margarita, sus damas de honor y la parafernalia de sugerencias que gravitan sobre esta increíble obra de reconocimiento mundial no dejan de ser una alegoría a la extravagancia y lo excéntrico, en la que una mujer de muy corta estatura reclama cierta atención en medio de tanta solemnidad. No en vano, la realeza, no conforme con su privilegiada posición social, no ha escatimado medios para hacerse ver.
Si algo está claro en esta magistral obra, es que nada está claro.
Cuando se observa esta obra con detenimiento, se entiende cómo muchos historiadores han padecido el Síndrome de Las Meninas, o lo que es lo mismo, que se han vuelto majaretas. Hay especuladores que argumentan que Velázquez pudo ser un viajero en el tiempo y lo que representa en su magno cuadro es a los espectadores del mismo. ¿Era Diego Velázquez un adelantado de las teorías cuánticas y de la relatividad? Es probable que uno de tantos aspectos mágicos de esta obra inmortal sea que el espectador se convierta en un habitante de la cuarta dimensión de la pintura.
Su impecable retrato del poder de la realeza en aquel tiempo de plenitud imperial y las metáforas mágicas que encierra su interpretación hacen de esta obra un auténtico reto intelectual.
La España de siempre, oropel y decadencia.
Alguien sensato dijo que los partidos políticos eran máquinas confeccionadas para atender intereses particulares.