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Un parto muy peculiar y una reina al límite: así empezó la leyenda de Juana la Loca
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El emperador sorpresa

Un parto muy peculiar y una reina al límite: así empezó la leyenda de Juana la Loca

En una corte desbordada de excesos y traiciones, una joven de apenas 16 años protagonizó un momento inesperado que marcaría el destino de Europa y el nacimiento de un imperio

Foto: 'Juana la Loca' (1836), por Charles de Steuben. Palais des Beaux-Arts (Lille).
'Juana la Loca' (1836), por Charles de Steuben. Palais des Beaux-Arts (Lille).

"Nunca llegarás a tu destino si te detienes a tirarle piedras a cualquier perro que ladre."

Winston Churchill.

Cuando ya el durísimo mar Cantábrico estaba más calmado, allá por 1496, una enorme flota castellana trasladaba desde Laredo hacia los Países Bajos a una de las mujeres con más grandeza y tragedia que ha dado la historia de España. Tan solo 16 años tenía la criatura. Una impresionante flota de más de ciento veinte naves acudía como soporte disuasivo ante la eterna piratería inglesa y también, cómo no, como una exhibición de músculo. La joven aterriza en la corte flamenca, menos ceremonial y más hedónica que la de sus padres.

Juana iba a contraer matrimonio con Felipe el Hermoso, que era dueño y señor de unas minúsculas tierras muy activas en el comercio —los holandeses siempre lo han sido—. Lo cierto es que el futuro marido de esta mujer, que estaría rodeada de infortunio más adelante, no la recibió como merecía su cargo o como obligaban los mínimos de cortesía. De hecho, ni acudió al desembarco. Un mes más tarde se presentó el impresentable, firmando un cortejo aderezado de furia erótica y sin preámbulos. Más o menos, un “aquí te pillo, aquí te mato” en toda regla.

Objetivamente, hay que decir que la estrategia de los Reyes Católicos era bastante sencilla a la par que ambiciosa. La boda en cuestión fue diseñada para rodear a los subidos franceses, que ya estaban comenzando a patalear y ser incómodos como casi siempre. El rey aragonés, probable inspirador de El Príncipe de Maquiavelo, era un estratega consumado. Ciertamente, consiguió aislar a los franceses por tierra, mar y aire y también, cómo no, cabrearlos; pero de poco les valió, pues durante más de siglo y medio solo hicieron que coleccionar correctivos y cobrar de lo lindo.

Si algo honra a esta malinterpretada y castigada mujer es que fue valerosa y consistente en la autogestión de su parto

Juana la Cuerda —porque lo que nos ha contado la historia es una milonga para despojarla de su derecho a ser reina— viajó a Gante para vigilar al elemento que era su marido, Felipe el Hermoso, un pieza de mucho cuidado que, en su hábitat natural, vivía más tiempo encamado con alguna cortesana que oficiando de buen marido. Por ello, Juana se había desplazado en avanzado estado de gestación para controlar al calavera. La pobre no ganaba para sustos y, en un momento dado, le dio un repente y tuvo que ir al “excusado” a toda pastilla. Y abracadabra, una criaturita cabreada con tanto trajín se puso a patalear en medio de aquel sarao, apuntando maneras sobre su formidable futuro. El recién nacido armó un buen escándalo que la partera consiguió mitigar.

Foto: luis-candelas-jose-maria-el-tempranillo

El caso es que, aunque evidente por los testimonios de los asistentes a la festichola, las normas de la Corona castellana eran muy explícitas en lo tocante a la dictadura del parto durante el mismo. Testigos varios, desde curas hasta funcionarios de la corte, actuaban en tareas de notariado durante el alumbramiento; en consecuencia, debían dar el “plácet” sobre la autenticidad del neonato y ello, obviamente, legitimaba los futuros derechos de la criatura. Durante toda su vida, el emperador sufrió de manera soterrada todo tipo de chascarrillos por parte de propios y ajenos. Esto ocurría entrando el año 1500, a las puertas de la primavera, en una corte de comportamientos disipados, por usar un adjetivo suave.

placeholder Francisco Pradilla, La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina. (Francisco Pradilla, 1906)
Francisco Pradilla, La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina. (Francisco Pradilla, 1906)

Si algo honra a esta malinterpretada y castigada mujer por circunstancias varias, es que fue valerosa y consistente en la autogestión de su parto, algo normalizado en tiempos pretéritos de la noche de la humanidad, pero que no era tan usual en aquellos contextos de gente sobrada. Por ello, los festivaleros estaban a lo suyo mientras una valiente mujer se dedicaba a mantener la vida viva. Este churumbel nacido en tan tosca cuna acabaría siendo el gobernador de medio mundo.

A pesar de ser una mujer vigorosa y de actividad extraordinaria, Juana la Cuerda tenía unas depresiones de caballo. Depresiones que solo se entienden si se ha vivido en Holanda. Además, estaba el flagelo constante de los cuernos gravitando sobre su celosa inocencia y, todo hay que decirlo, su conducta abiertamente posesiva. Las infidelidades de su maridito se acumulaban hasta configurar un enorme convoy de agravios que, como elemento añadido, hurgaban en su depresión. Para bien y para mal —la historia juzgará—, Felipe el Hermoso se fue al otro barrio tras una escandalosa pulmonía, bien sudado y en Burgos. Blanco y en botella. Veintiocho años plenos de hedonismo en su particular Jardín de Epicuro. Para entonces, su enamorada mujer ya comenzaba a manifestar un claro colapso en los fusibles... Demasiada resiliencia ante tanto castigo.

"Nunca llegarás a tu destino si te detienes a tirarle piedras a cualquier perro que ladre."

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