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Churruca, lo que el viento se llevó: el héroe de Trafalgar que desafió a la muerte en alta mar
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UN LEGADO DE HONOR Y SACRIFICIO

Churruca, lo que el viento se llevó: el héroe de Trafalgar que desafió a la muerte en alta mar

En medio del estruendo de los cañones y una batalla que cambiaría la historia, un marino vasco desafió el destino con valentía inquebrantable

Foto: Muerte de Cosme de Churruca, por Eugenio Álvarez Dumont (Museo del Prado)
Muerte de Cosme de Churruca, por Eugenio Álvarez Dumont (Museo del Prado)

La vida es como una leyenda, no importa que sea larga, sino que esté bien narrada.

Lucio Aneo Séneca.

El 21 de noviembre del año 1805 es la fecha de una derrota inapelable, pero también la del día de los héroes. Un marino vocacional, Cosme Damián Churruca Elorza, entregaba su vida a la eternidad en medio de una tormenta de fuego de dimensiones inenarrables. En la enfermería del San Juan Nepomuceno, el marino vasco se desangraba sin remisión ante la fatalidad. Durante todo el combate, permaneció firme en el puente del navío, impertérrito ante la avalancha de metralla y fuego, con el muñón en un balde de harina para controlar la hemorragia y con un ánimo anormal en una atmósfera premonitoria de muerte, dirigiendo el San Juan Nepomuceno, una espectacular nave diseñada en los astilleros reales de Guarnizo, en Santander. Una bala de cañón le había arrebatado la pierna derecha por debajo de la rodilla. Él se había negado a ser llevado a la enfermería. Toda la cubierta, lamentablemente, parecía una pista de patinaje; la viscosidad del flujo vital lo impregnaba todo.

Ya en 1761, este vasquito de Mutriku apuntaba maneras. A instancias del mozalbete, su abuelo le hacía unas reproducciones a escala de las fragatas de la época, naves que acababan sudando salitre y amenizando las aguas interiores del pequeño puerto de esta localidad guipuzcoana. El chaval disfrutaba de lo lindo porque lo llevaba en las venas, y el abuelo, con una disposición zen, no daba abasto. Así estaba el tema... Y el muchacho creció...

Tanto en Cádiz como en El Ferrol existían en aquel tiempo dos academias de Estudios Mayores para mejorar la formación de los guardiamarinas, que ya de por sí eran una oficialidad de élite muy entrenada. Conocimientos de matemáticas, astronomía, náutica y ciencias aplicadas a la profesión eran el fuerte de aquellas esmeradas enseñanzas. Este marino y científico, un héroe nacional de primer nivel, antes del fatal encuentro con el destino, ya había recorrido más de 90.000 millas por los mares de medio mundo, cartografiando por aquí y por allá.

Los británicos, chorizos 'cum laude' donde los haya, se quedaron prendados de esta roca con la fijación vacía de un gato hacia un punto magnético

La expedición para la confección del Atlas Americano le había dado un prestigio internacional entre sus pares de profesión. Pero nuestras alianzas contra natura con los franceses y la subordinación a las tropas del hombre con la mano en el píloro nos habían dejado en una delicada posición. Si bien es cierto que Napoleón sentía admiración por los marinos españoles —¿o por la golosa marina española?—, en un viaje de Churruca a Brest para hablar con el liante francés sobre el desembarco en Gran Bretaña, había recibido dos pistolas y un sable como reconocimiento y admiración hacia el marino español. Napoleón era un seductor nato y, si no, que se lo digan a la arisca Josefina...

Algunos años después de Brest, los franceses ya no eran tan amigos. Nos habían invadido con falacias y propósitos adúlteros.

Trafalgar: un enfrentamiento descomunal

Gibraltar, desde épocas milenarias, ha sido un dolor de cabeza permanente para nuestro país. Los británicos, chorizos cum laude donde los haya, se quedaron prendados de esta roca con la fijación vacía de un gato hacia un punto magnético. Con el tiempo, ampliarían los terrenos pactados en Utrecht de forma descarada, apropiándose de una porción de tierra cedida por España para atender una peste galopante intramuros. Más tarde, se montaron un aeropuerto por la cara, así, de la noche a la mañana, y, por lo que se ve, siguen en sus trece con las ampliaciones territoriales. La verdad es que son admirables en su empecinamiento carterista.

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En lo que concierne a la historia y a nuestro héroe, se hace necesario recordar que la batalla de Trafalgar fue un enfrentamiento geoestratégico descomunal encajado en los propósitos del corso de alienar a estos irreductibles mangantes. El control del Estrecho y, en consecuencia, del mar Mediterráneo volvían a estar en el “candelabro”. Fenicios, romanos, cartagineses, árabes, piratas de Berbería, ingleses, etc., lo usaban como catapulta para ir y venir como Pedro por su casa. El día 21 de octubre, tras un amanecer tenso y silencioso, la flota combinada hispano-francesa aproaba una de las batallas más famosas de la historia humana. Algunos navíos ya peinaban canas; otros, los desarrollados en Guarnizo y La Habana, eran de porte descomunal y, en potencia, colosos.

Es sangrante la desmemoria de este país. Fallamos en memoria colectiva y en la honra debida a nuestros ilustres marinos y soldados

Pero existía un problema de fondo, como señalaron los comandantes españoles. La tropa había sido, en parte, pillada en las calles de Cádiz a lazo. Delincuentes de toda índole, vagabundos, desertores y toda una pléyade de arquetipos de la farándula y el dolce far niente habían sido embarcados, dotándolos de armas de fuego personales que no sabían ni cómo se cebaban. Aquello tenía mal aspecto. Churruca, Gravina y Alcalá Galiano discrepaban con vehemencia contra el atildado Villeneuve, que estaba a punto de ser defenestrado por Napoleón por su notable incompetencia en los asuntos del mar. Los españoles eran, todos juntos y sin fisuras, partidarios de no salir a combatir, pues se anunciaba una poderosa bajada barométrica y olas descomunales que acabarían por sí mismas con nuestros adversarios. Pero, claro, el almirante francés, que ya se veía sembrando coles en Bretaña, dio la orden inapelable —tras llamar cobardes a nuestros marinos— de salir a partirse el lomo.

placeholder Nelson abatido. (Denis Dighton)
Nelson abatido. (Denis Dighton)

Fue decir esto y la brillante generación de marinos patrios, tras una misa de rigor —no se sabe si con el Te Deum incorporado—, se encaminó a enfrentar la superioridad técnica de los ingleses y a su mejor comandante, Horacio Nelson. Se sabe que el episodio se las trajo. La genial maniobra de Nelson, al partir la flota combinada en dos partes y dejar sin viento a favor a sus adversarios, hizo el resto. Villeneuve quedó a dos millas de distancia del epicentro del combate y Churruca se batió contra seis navíos y fragatas. Murió como vivió: en el mar.

Su espada se hizo famosa tras la muerte del héroe. Los seis capitanes de las naves que lo enfrentaron reclamaban el ansiado artilugio. El segundo de a bordo de Churruca dijo que tendría que partirla en seis trozos, pues se había enfrentado en combate desigual a seis navíos ingleses. Tras la caída de la nave española y rendida la embarcación, los británicos pidieron permiso formal para bajar a la cámara donde el vasco se estaba sumando a la eternidad. Se descubrieron, arrodillaron y rezaron una breve oración. Algo de elegancia en un contexto de muerte. Cayeron los mejores; fue una victoria agria para los vencedores. Nelson había muerto en la refriega. Dos marinas, las mejores del mundo, quedaban huérfanas.

Es sangrante la desmemoria de este país. Fallamos en memoria colectiva y en la honra debida a nuestros ilustres marinos y soldados, que se lo merecieron. Lo de Churruca es de traca. Quizás esa amnesia se deba a que se ha usado desde las estructuras de poder con fines ideológicos, condenando al anonimato a los que sí se lo merecieron y ensalzando a algunos impresentables.

La vida es como una leyenda, no importa que sea larga, sino que esté bien narrada.

Historia de España