Por qué rompemos con nuestras parejas pero no con nuestros amigos
Las despedidas son dolorosas, aunque hay algunas de las que se habla más que otras, heridas que se quedan abiertas y conversaciones pendientes que nunca llegan a producirse
¿Cuántas veces nos ha salvado la vida una llamada? Y quien dice llamada dice un café, una cerveza en un antro terrible (la compañía siempre fue lo más importante) o un paseo por un pueblo perdido. Se habla mucho de los amigos como esa especie de chaleco salvavidas que orbitan a nuestro alrededor: nos acompañan y nos hacen sentir mejor, al igual que nosotros a ellos. Personas que son un lugar de confort en una sociedad hostil, un respiro en la rutina que muchas veces es simplemente un meme o un audio disparatado.
Es novedad para muy pocos que las cosas buenas de la vida, al igual que las malas, siempre tienen un final. La amistad no tiene por qué ser una excepción, por mucho que Los Manolos gritaran aquello de "Amigos para siempre" a golpe de guitarra. Pero lo que diferencia la amistad de otras relaciones de la vida es ese final del camino. Si rompemos relación con un familiar, posiblemente vaya precedido por una espectacular pelea de sobremesa o un lío con la herencia. Si lo hacemos con nuestra pareja, hablaremos hasta la saciedad sobre como nos sentimos, qué ha cambiado dentro de nosotros o en el peor de los casos, de alguna infidelidad o traición derivada. Pero... ¿Qué pasa con todos los amigos que se quedan por el camino?
Las rupturas con las parejas son más abruptas. Llevamos peor una infidelidad o esa ausencia de reciprocidad cuando la persona que nos está abandonando -o a la que pensamos abandonar- es nuestra compañera de almohada. A nadie le gusta sentir envidia o celos de un amigo, pero sucede. Y en lugar de afrontarlo, huimos silenciosamente y lo dejamos morir. Vamos espaciando las quedadas y nunca respondemos a ese WhatsApp. Se acabó. Pero no por ignorar la realidad esta deja de suceder.
Pero pocas veces se rompe con un amigo. Pocas veces se tiene "la conversación". Simplemente, se deja la herida abierta, sin puntos, esperando que no se infecte y que nos escueza lo menos posible. Y siempre acaba haciéndolo: esa manía de los recuerdos bonitos, que ya no pueden volver a repetirse, de asaltarnos en nuestra cotidianidad, ya sea en plena reunión de trabajo o tal vez mientras fregamos los platos en la cocina.
Sobre esto reflexiona la escritora y filóloga Sara Torres en el episodio Dejar ir del pódcast Ciberlocutorio: "Damos tan poca importancia social a la ruptura de las amistades que muchas veces ni siquiera tenemos que pasar por el momento de sentarnos y tener la conversación", explicaba la autora.
El silencio en la marcha de una relación a dos está bien visto cuando se trata de amistad, aclaraba la autora: "Socialmente, no se va a reclamar a la persona que se va que dé explicaciones, y por ese motivo sentimos que a las amigas las podemos abandonar sin consecuencias a veces. Y es tremendo, porque cualquiera que se va nos genera un trauma generado en la duda de por qué se va o qué he hecho".
Una realidad menos visible
Si tenemos cientos de novelas, canciones y películas que exploran y profundizan en las rupturas, ¿por qué se nos enquista tanto reconocer que una amistad ha llegado a su fin?. Si recapitulamos en la historia de nuestra vida, todos tenemos nuestro pequeño episodio digno de El Diario de Patricia con alguna dolorosa jugarreta por parte de algún amigo.
Torres habla también de las heridas que dejamos en los demás cuando comenzamos a alejarnos sin mediar palabra: "Tenemos que saber dar respuestas y no ser cobardes, atrevernos a nombrar lo que está ocurriendo. Mientras no nos atrevemos a nombrar lo que está ocurriendo, le estamos robando mucho tiempo vital a la otra persona que está en paranoia porque le estamos mintiendo. Le estamos diciendo que no hay problema cuando sí lo hay y eso genera más bucles obsesivos".
En un pódcast que fue de lo más comentado en X, antes Twitter, Torres reflexiona junto con las presentadoras Anna Gumes y Andrea Pacheco sobre las diferencias comunicativas que tenemos en la relación amistosa y en la de pareja. Y es que últimamente está muy de moda tachar a esta o aquella persona de tóxica por ciertas actitudes, pero detrás de este calificativo pocas veces se esconde una reflexión que incluya una autocrítica real.
"Tenemos toda una matriz cultural que nos enseña a sentarnos y a tener una conversación con nuestras parejas para ver qué va mal, pero no está tan a la orden del día que una amiga pueda sentarnos para decirnos lo que no estamos haciendo bien como amigas. Entonces cuando una amiga nos hace esto ya consideramos que tenemos que cortar porque es una amiga tóxica que está sintiéndose mal cuando la amistad es un lugar de relajación y comodidad", explicaba Torres con respecto a esta tendencia de evitar el conflicto amistoso a toda costa en lugar de afrontar la realidad.
El acompañamiento y el cuidado mutuo, venga de donde venga, es uno de los pilares fundamentales que le dan sentido a nuestra experiencia humana y de reconfortarnos en una sociedad cada vez más frenética. Por eso, es importante darles a los amigos el peso que merecen: si no es por lo que es, al menos, por lo que fueron en nuestras vidas. Algo se muere en el alma cuando un amigo se va.
¿Cuántas veces nos ha salvado la vida una llamada? Y quien dice llamada dice un café, una cerveza en un antro terrible (la compañía siempre fue lo más importante) o un paseo por un pueblo perdido. Se habla mucho de los amigos como esa especie de chaleco salvavidas que orbitan a nuestro alrededor: nos acompañan y nos hacen sentir mejor, al igual que nosotros a ellos. Personas que son un lugar de confort en una sociedad hostil, un respiro en la rutina que muchas veces es simplemente un meme o un audio disparatado.