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Pizarro, Atahualpa y el infierno: el rescate más grande de la historia
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Cajamarca

Pizarro, Atahualpa y el infierno: el rescate más grande de la historia

Corría el otoño del año 1533 cuando Pizarro y cerca de 200 hombres partieron para tener un encuentro de supuesta "cortesía" con Atahualpa. El resto es historia

Foto: Pizarro y Atahualpa. (iStock)
Pizarro y Atahualpa. (iStock)

Jamás desesperes, aun estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante.

Miguel de Unamuno.

Como ha demostrado la ciencia hasta la saciedad, lo que experimentamos o sentimos, está sujeto a una cadena de impulsos eléctricos que nuestros sentidos recogen y nuestro cerebro interpreta. El más destacado probablemente sea el miedo, una garantía de supervivencia, sí, pero al mismo tiempo un termostato que libera las más bajas pasiones e impulsos.

Es muy probable que lo que hemos dado en llamar historia sea nada más que una ilusión adaptada en beneficio de una realidad adulterada a conveniencia. Como bien decía el filósofo norteamericano Hilary Putnam en su atrevida, pero plausible Teoría del Cerebro en una Cubeta, si este es sustanciado debidamente con un líquido nutriente, no necesitaríamos cuerpo de soporte. Podríamos perfectamente vivir en una realidad virtual sostenida sobre ideas falsas.

Tras el descubrimiento de América se dieron paradojas desequilibrantes

La historia es así, un sopicaldo de dudas y certezas y en medio mucha confusión. Pero de entre los historiadores revisionistas los hay que tiran a diana y muy bien.

Al igual que durante el proceso de conquista o colonización u otras definiciones a gusto del consumidor, tras el descubrimiento de América (bajo el punto de vista del eurocentrismo claro) se dieron paradojas absolutamente desequilibrantes. Para algunos fuimos los malos malísimos (Leyenda Negra), para otros hoy —la mayoría de los historiadores hispanos y anglosajones con criterio cultivado y valentía para exponerlo—, una cultura fertilizando entre el caos de dos guerras civiles, una en Meso América – Mexicas contra el resto y la otra, al oeste de los Andes, Pizarro contra el decadente, antaño mágico y esplendoroso imperio Inca. Ambas contiendas sin duda favorecieron enormemente a las armas de la Corona.

Una disputa fratricida

Entre los años 1529 y 1532, a lo largo de aquel vastísimo territorio que era el incanato se desarrolló una cruel guerra civil con brutales lances entre dos primos hermanos llamados Huáscar (el legítimo heredero) y otro más díscolo e inconformista llamado Atahualpa, un sujeto de carácter agrio y malencarado poco propenso a la diplomacia. Ambos configuraban una vasta familia de hermanos que sumaban cerca de doscientos miembros. Está claro que Huayna Cápac, el padre de ambos, no perdía el tiempo, lo que se deduce de sus aficiones horizontales. La disputa fratricida comenzó cuando la potente viruela señaló al progenitor la puerta de salida.

Pizarro, observador ágil y estratega fino, pensó que una alianza de conveniencia con otro hermano rival podría dar buenos resultados

En medio de esta melé apareció como por arte de ensalmo un pequeño, decidido y bien entrenado ejército dirigido por un arrojado capitán extremeño llamado Francisco Pizarro. De camino hacia la capital del Imperio Inca, Pizarro, observador ágil y estratega fino, pensó que una alianza de conveniencia con otro hermano rival (Manco Inca) de Atahualpa podría dar buenos resultados y dicho y hecho, se puso manos a la obra. Ambos entraron en la maravillosa capital de Cuzco, eje del Camino Inca y nodo de distribución de la administración del imperio andino. Hacia el año 1533, el escaso siglo que duró el incanato se disolvía en el tiempo ante el empuje de aquella pequeña tropa enfrentada a vida o muerte contra colosales ejércitos, en una asombrosa desventaja numérica que no cualitativa.

Se dio la improbable paradoja de que el pez más chico se comió al más grande. Bien es cierto que no ayudó a los incas la sangrienta guerra civil en la que estaban metidos.

Sin menoscabo del obligado reconocimiento y admiración que la historia profesa a esta civilización perdida, en aquellas zonas de influencia en las que estuvo presente la civilización o cultura inca (el Camino Inca, cultivos de terraza, astronomía, obra monumental, acueductos, fortificaciones de avanzada ingeniería, etc.), de entre todos sus logros había uno manifiestamente mejorable y es que su ejército parecía haber hecho un curso por correspondencia.

El emperador inca, que sabía por sus espías cómo se las gastaba el extremeño, dispuso que le acompañaran cerca de 30.000 guerreros

Corría el otoño del año 1533 cuando Pizarro y cerca de 200 hombres partieron hacia Cajamarca. En teoría, se preparó un encuentro con Atahualpa aparentando una visita de cortesía. El emperador inca, que sabía por sus espías cómo se las gastaba el extremeño, dispuso que le acompañaran cerca de 30.000 guerreros por si las moscas. A su vez, los informadores locales de Pizarro (bien "engrasados" por supuesto) le proporcionaban constantemente información sobre los movimientos de la tropa adversaria. El diseño que había trazado Pizarro para la "entrevista" era maquiavélico.

Dentro del palacio-fortaleza del emperador, sito en Cuzco, Atahualpa, muy seguro de sí mismo, dejó a su ejército rodeando herméticamente la fortaleza, lo que a la postre se demostró un craso error. Con un selecto grupo de mandatarios se adentró con su proverbial arrogancia y unos 3.000 hombres accediendo al interior. No había nadie a la vista, solo un tonsurado con una biblia y muchos arrestos para enfrentar a aquellos estrafalarios emplumados. Tras un estéril discurso del que el mandatario inca no se enteró de la misa la media, el cura le dio a besar la biblia que este apartó al instante y de malos modos en un gesto de autoridad más bien dirigido a su tropa. El libro sagrado cayó al suelo en formato cámara lenta. Por lo visto el cura le había dado una homilía de aquí te espero y el alto indígena no estaba para gaitas ni latinajos. La consternación entre la hueste de Pizarro era patente. Los indígenas cristianizados Felipillo y Martinillo, intérpretes en funciones, no daban crédito a lo ocurrido; los gestos de desaprobación de Atahualpa pronosticaban mal tiempo. En Cajamarca dos mundos diferentes se enfrentarían a muerte.

Por fuentes, los españoles sabían que los incas por motivos rituales nunca combatían de noche. Sea lo que fuere que tuviera que ocurrir sería a plena luz del día.

Y, de repente, el infierno. Pizarro dio orden de fuego a discreción o, lo que es lo mismo, disparar a todo quisque sin parar y hasta nueva orden

Pizarro lo tenía todo cocinado. Hernando, su hermano y su homónimo De Soto aguardaban con dos destacamentos de caballería embozados para evitar relinchos al tiempo que los cargaban de cascabeles para darle más énfasis a la carga posterior. Desde lo alto de una torre situada en la plaza, el curtido artillero Pedro de Candía, tres soldados y dos trompetas con el apoyo de un par de falconetes y su correspondiente dotación de botes de metralla estaban prestos a recibir la orden. Es importante destacar que los nativos tenían auténtico pánico a la caballería y las detonaciones. Además, gravitaba sobre los indígenas la vieja venganza de una deidad solar llamada Viracocha, en la mitología incaica, que bebía de las fuentes de la cultura Tiahuanaco —una divinidad de armas tomar—.

Y, de repente, el infierno. Pizarro dio orden de fuego a discreción o lo que es lo mismo, disparar a todo quisque sin parar y hasta nueva orden.

Las escenas subsiguientes, según los cronistas de la época, fueron de un pánico antológico. La emboscada urbana con todas las posiciones elevadas tomadas por los españoles no permitía más respuesta que una huida acelerada, pero, dos de las tres puertas habían sido bloqueadas, quedando la principal abierta sí, pero colapsadas por la ola de fugitivos.

placeholder Estrangulamiento de Atahualpa por Francisco Pizarro. (iStock)
Estrangulamiento de Atahualpa por Francisco Pizarro. (iStock)

El miedo, ese factor tan determinante para la supervivencia, había triunfado de forma contundente en favor de la iniciativa y habilidades tácticas del extremeño. Se cree, según diferentes estimaciones, que casi todos los guerreros que entraron en el palacio-fortaleza sucumbieron sin opciones a pesar de que se combatió intensamente. Los incas no eran mancos. El poder de la caballería y la pólvora fueron determinantes en la matanza posterior.

Atahualpa quedó intramuros encerrado en una habitación de unos veinte metros cuadrados con la excusa de su condición de huésped

Lo demás ya es historia. Atahualpa quedó intramuros encerrado en una habitación de unos veinte metros cuadrados con la excusa de su condición de huésped. En un intento de conseguir su libertad, el emperador prometió al extremeño pagar por el precio de su liberación dos tandas de oro y plata en sendos llenados. Pizarro aceptó como si intuyera que le iba a tocar la lotería. De todo el imperio llegaron porteadores y acémilas cargadas en caravanas, el trasiego por el Camino Inca era de hora punta.

Tras cumplir su parte, Pizarro, en un acto muy discutido, sentenció a Atahualpa a visitar el reino de las sombras. Los cargos que se esgrimieron contra el líder inca atendiendo a los fundamentos de las características de que hablamos de culturas muy opuestas en sus hábitos sociales fueron de poligamia… fratricidio… incesto con princesas de su clan, idolatría… En fin, hasta la muerte del Tato. Bautizado in extremis como cristiano, perecería a garrote posteriormente. Su ejecución al amanecer y con la solicitud cumplida de morir mirando al alba un 26 de julio del año 1533, originó una descomunal anarquía. En contexto, se podría llegar a entender la falta de compromiso a la palabra dada. Tal vez Pizarro adivinó que el caos posterior favorecería la disgregación del imperio inca. Difícil decisión.

Se calcula que la traducción espacio temporal (en términos monetarios) del monto pagado por Atahualpa podría a día de hoy ascender, con un escaso margen de error, a más de 670.000.000 millones de euros (algo así como la mitad del PIB español), sin duda alguna, el rescate más grande de la historia.

Jamás desesperes, aun estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante.

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