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Contra la empatía: no, sentir el dolor de los demás no te hará mejor persona
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MEJOR SÉ COMPASIVO

Contra la empatía: no, sentir el dolor de los demás no te hará mejor persona

Hay veces que percibir con igual o más intensidad lo que otras personas están experimentando no te exime de hacer las cosas mal. Y mucho menos, de tener la conciencia tranquila

Foto: Foto: iStock.
Foto: iStock.

"Empatía" es una palabra muy bonita. Viene genial para poner en el currículum como una de esas 'soft skills' de las que tanto hablan los popes tecnológicos y empresariales de nuestra era, tal vez para descartar que no eres ningún psicópata y tienes sentimientos. Un primer principio de convivencia mínimamente exigible. También viene muy bien para lavar una imagen personal demasiado superficial en redes sociales, sobre todo si eres uno de esos 'influencers' que una vez al año dejan sus bolsos de Prada y Gucci o cancelan la suscripción al gimnasio (no por mucho tiempo, no sea que desaparezca ese 'six-pack' tan logrado) para hacerse un 'tour' de solidaridad por los países en vías de desarrollo. O el millonario de turno que dona 'no-se-cuántos-millones' a alguna causa benéfica, pero luego tiene a la escala más baja de sus trabajadores cobrando por un sueldo nimio.

La empatía está muy de moda, es un hecho, pero hace falta algo más. Impera la sensación de que cada vez el mundo va a peor con una larga lista de catástrofes que aguardan (el cambio climático, posibles pandemias) y las que ya son una realidad (una guerra a unos pocos miles de kilómetros de nuestro hogar). Y aunque la palabra cada vez esté más usada y el concepto al que hace referencia sea un 'cliché' en todo libro de autoayuda, conviene reparar en que la primera vez que se usó en lengua inglesa ("empath") fue en un libro de ciencia ficción del escritor escocés J. T. McIntosh (seudónimo de James Murdoch McGregor), que hablaba de una serie de seres llamados "los empáticos" que oprimían a un conjunto de trabajadores. La empatía por sí misma, no es buena. Y a continuación veremos por qué.

Si nos dejásemos llevar por la empatía, nunca dejaríamos a una pareja, pues nos acongojaría tanto la idea, que no tendríamos determinación

En primer lugar, todos, tarde o temprano, atravesamos un momento complicado, y ese no es pretexto para que los demás tengan que sentirlo tanto como nosotros. No podemos cargar con el sufrimiento ajeno porque, si no, la vida de todos nosotros sería un drama continuo. Un buen amigo, en este sentido, es aquel que se preocupa por ti, se pone en tu lugar y te apoya; pero también es aquel que es capaz de hacerte comprender que aquello que te preocupa no es para tanto o hace por obviar el foco del conflicto. Porque, al final, exigir que los demás le den tantas vueltas como tú a algo malo o que el resto de personas de tu entorno lo sienta en un grado de intensidad muy idéntico a ti, no va a hacer que el problema se resuelva.

Esta es una de las paradojas de la empatía, que señaló muy bien Paul Bloom, profesor de psicología en la Universidad de Yale, quien por cierto publicó un libro posicionándose en contra de esta 'virtud' humana. Imagina que la pareja con la que convives tiene mucha ansiedad, algo que no es raro dado lo muy extendido que está este problema entre la población. ¿De verdad querrías tener tanta capacidad de empatía como para sentir de manera idéntica lo que ella siente? En ese caso, los dos os hundiríais en una espiral de retroalimentación de pensamientos y sensaciones negativas. Y no, eso no sería ni bonito ni deseable.

La "compasión racional"

Acompañar en el sentimiento (con todas las connotaciones fúnebres que tiene esta frase hecha) viene bien, porque demuestra compasión (la que podríamos decir que es la dimensión moral o ética de la empatía), y eso claramente es un signo positivo que define a la calidad humana, pero de ahí a pretender sentir lo mismo o exigírselo a otras personas, incluso como una muestra de amor, sería caer en un chantaje emocional que no tiene final. Bloom acuñó el término de "compasión racional" para sustituir al de "empatía emocional", que viene a ser otra manera de llamar a la "compasión". No, tampoco la compasión nos salvará, porque al igual que la tristeza, puede pecar de inmovilista.

"Adam Smith se percató de que cuando sientes empatía por alguien que ha sido abusado, también se puede traducir en ira y odio"

Si nos acongojamos mucho con los problemas ajenos, tan solo sufriremos en silencio. Por ello, la salida que ofrece el profesor es tomar decisiones éticas que no estén movidas por las emociones, ya que estas son traicioneras. El mejor ejemplo para ilustrar este valor humano es si queremos dejar a una pareja de la que ya no estamos enamorados o porque sentimos cosas por otra persona. Si nos dejásemos llevar por la empatía, nunca la dejaríamos, pues nos acongojaría tanto la idea que nunca tendríamos la determinación para hacerlo. Así, buscaríamos otras soluciones, como la mentira (mala opción siempre, ya que lleva a la infidelidad) o la negación de nuestros propios sentimientos en favor de los de la persona a la que queremos, lo cual además de difícil sería muy negativo para nuestra salud mental.

Foto: Refugiados húngaros cruzan la frontera para llegar a Austria a comienzos de octubre. (iStock)

"Muchas personas que permanecen en relaciones tóxicas no lo dejan porque irse les resultaría demasiado terrible", asevera el periodista Arthur C. Brooks, en un reciente artículo en 'The Atlantic' que aborda el tema. "Los empáticos no pueden comprometerse en tomar decisiones difíciles porque su elección se detendría ante los sentimientos del otro. Pero las personas que son compasivas y actúan de manera racional pueden elegir por el bien de los demás, aunque esto les implique disgusto o sufrimiento".

Empatía traducida en odio

Esto, a su vez, tiene implicaciones políticas y sociales, ya que dejarse llevar por las emociones del otro a veces no puede ser bueno. En un artículo publicado en la revista 'Vox', Bloom hablaba sobre líderes como Donald Trump, que apelaba en sus mítines constantemente a los sentimientos de las personas, como por ejemplo aprovechándose del dolor de víctimas de violaciones o asesinatos. "Hace 300 años, el economista Adam Smith se percató de que cuando sientes empatía por alguien que ha sido abusado, también se puede traducir en ira y odio", asegura. "Creo que vemos casos como ese en el presente todo el tiempo". En España, sería el equivalente de que cualquier líder político utilice temas como el terrorismo con fines electorales.

Foto: Detalle de portada de 'Hazte quien eres'. (Deusto)

"La empatía es el salvoconducto moral de las malas personas", aseguraba el filósofo español Jorge Freire, en otro artículo. "Es sabido que Rudolf Hoss, el comandante de Auschwitz, derramó unas lagrimitas en una ópera que llevaban a cabo prisioneros. ¿Lo hacía eso mejor persona?". Evidentemente, no hay que caer en los extremos. Pero en todo caso, sí que habría que desconfiar de aquellos que presumen ser muy compasivos y empáticos, más incluso de aquellos que usan sus buenas acciones para promocionarse, pues puede que sea su coartada para actuar sin culpa ni remordimientos.

"Empatía" es una palabra muy bonita. Viene genial para poner en el currículum como una de esas 'soft skills' de las que tanto hablan los popes tecnológicos y empresariales de nuestra era, tal vez para descartar que no eres ningún psicópata y tienes sentimientos. Un primer principio de convivencia mínimamente exigible. También viene muy bien para lavar una imagen personal demasiado superficial en redes sociales, sobre todo si eres uno de esos 'influencers' que una vez al año dejan sus bolsos de Prada y Gucci o cancelan la suscripción al gimnasio (no por mucho tiempo, no sea que desaparezca ese 'six-pack' tan logrado) para hacerse un 'tour' de solidaridad por los países en vías de desarrollo. O el millonario de turno que dona 'no-se-cuántos-millones' a alguna causa benéfica, pero luego tiene a la escala más baja de sus trabajadores cobrando por un sueldo nimio.

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