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Epicureísmo digital: una respuesta filosófica a la ansiedad de vivir siempre conectados
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EN BUSCA DE "EL JARDÍN" DE EPICURO

Epicureísmo digital: una respuesta filosófica a la ansiedad de vivir siempre conectados

La aplicación de esta doctrina va mucho más allá de los típicos consejos para conseguir desconectar del mundo virtual. Así se llega hasta esa "ataraxia digital"

Foto: Foto: iStock.
Foto: iStock.

Día a día nos sumergimos en un mar de contenidos digitales durante una media de más de cuatro horas al día, lo que supone un tercio del tiempo que pasamos despiertos. Esto según los últimos datos, correspondientes a 2021. Es posible que este número de horas y minutos sea mayor si tu trabajo consiste en interactuar con una pantalla, lo que te hará más propenso a sufrir síntomas de ansiedad por una conexión constante a la 'matrix'. Cada uno de nosotros tiene un algoritmo que, a mayor uso, va perfeccionándose y concretándose más, ofreciéndonos una selección de contenidos basada en nuestras búsquedas e interacciones. Si de verdad quieres conocer a alguien basta con que te enseñe su 'feed' de YouTube, TikTok o Twitter. Somos permeables a la información, hasta el punto de no saber distinguir ya si nuestros deseos son propios y genuinos o han sido administrados a partir del "filtro burbuja" de Google.

Por otro lado, los medios digitales, encargados de filtrar, seleccionar y distinguir la información falsa de la verdadera, cada vez están más denostados por la población. En nuestro país, el número de personas desinteresadas por la actualidad cada vez es mayor, en parte debido al bombardeo informativo con temas como el coronavirus o la guerra de Ucrania. Si analizamos el fenómeno de consumir información por Internet, todo se basa en un proceso físico. Nuestros ojos y oídos reciben el contenido que nos ofrece la pantalla e inmediatamente nuestras neuronas procesan la información. Pero esto no se queda aquí, pues no es solamente un proceso mental, sino también hormonal: la segregación de oxitocina que nos produce ver un nuevo mensaje o notificación nos excita, a la par que el hecho de no tener ninguna y estar revisando constantemente la pantalla de inicio aumenta los niveles de cortisol en sangre, la hormona del estrés.

Foto: Un hombre lee el periódico en las inmediaciones de la Sagrada Familia. (EFE/Enric Fontcuberta)

En este sentido, la experiencia de vivir con las pantallas, a pesar de que tenga un componente abstracto debido a los procesos mentales que la permiten, en el fondo, es una experiencia cien por cien física que provoca unos efectos muy concretos en el organismo. Y, además, se va acrecentando con el tiempo: a cada nueva invención le sigue una conducta mucho más constante y férrea. De ahí que hayan surgido en los últimos años conceptos como "metaverso" y que los grandes popes tecnológicos nos propongan el futuro como una hibridación del mundo real con el virtual. Y que términos como "viral" tengan una connotación tan fisiológica.

"Una actitud radicalmente epicúrea sería evitar por completo las redes sociales", como hizo el filósofo al salir de la 'polis' y formar su propia comunidad

Incluso, hay filósofos como David Chalmers, de quien ya hablamos en otro artículo, que argumentan que llegará un momento en el que no sepamos distinguir lo físico de lo virtual. Y más aún, la inteligencia artificial y la entrada de la realidad virtual en nuestra vida cotidiana nos hará comprender que lo que llamamos "real" no es más que una simulación informática, recuperando doctrinas filosóficas que provienen de la época de Platón y de películas que sentaron relatos paradigmáticos en nuestra época como 'Matrix'.

Desconectar es ya imposible

Ante este escenario, más vale prepararse psicológicamente y adoptar una actitud responsable con el uso, abuso y desuso que hacemos de las plataformas digitales. En la red abundan miles de artículos para fomentar la desconexión digital que no pasan de ser meros consejos 'kitch' para hacernos a la idea de que debemos limitar el uso del teléfono móvil y vivir más en la realidad física, supuestamente la real, la que merece la pena y la verdadera. Pero ante la llegada de un nuevo paradigma tecnológico, y siguiendo de cerca las ideas de Chalmers y otros tantos otros intelectuales, cabe apurar más el enfoque y reflexionar sobre cómo podría mejorar nuestra vida gracias a las innovaciones tecnológicas, ya que esgrimir una postura de defensa contra ellas no resolvería ni mucho menos los grandes interrogantes y conflictos filosóficos que se nos presentan. Principalmente, porque no son algo externo a nosotros, sino que ya forman parte de nuestro cuerpo y nuestra vida cotidiana.

Con las redes, "puedes pensar que eres el jardinero, pero también lo es algoritmo y tú eres el jardín"

En este sentido, merece la pena reparar en la postura de Nathan Dufour Oglesby, doctor en filosofía del City College de Nueva York, quien ha publicado un artículo en la 'BBC' en el que ha actualizado los principios del epicureísmo, la doctrina filosófica fundada alrededor del 300 a. C. basada en las enseñanzas del filósofo griego Epicuro de Samos, al mundo de hoy en día. Obsesionados con la ética, fueron unos de los primeros en darse cuenta de que el bienestar de una persona se reducía a obtener el máximo placer y huir del dolor a toda costa. Y no tanto estar pendiente de obedecer las leyes morales impuestas por una doctrina religiosa. Sin embargo, esta búsqueda de placer se llevaba a cabo a partir de una resta, y no de una suma, es decir, su objetivo era alcanzar la ataraxia, un estado ascético en el que ya no había dolor, pero tampoco un fuerte deseo.

Esta doctrina sin duda influyó mucho a filósofos modernos como Arthur Schopenhauer, quien pretendía liberarse del influjo de la voluntad, el principio que según él regía el mundo, y a su vez huir a toda costa del dolor. Y ahora, Oglesby actualiza esta máxima del epicureísmo llevándola al plano actual de nuestra vida tecnológica. "Una actitud radicalmente epicúrea sería evitar por completo el mundo 'online', así como los estímulos sensoriales del cuerpo-mente que se producen al añadir capas a la realidad", asegura. "Esto concordaría con lo que nos dice el propio Epicuro, que rechazó la vida de la 'polis' con sus intrigas teóricas y complejidades sociales para vivir con sus seguidores en una comunidad llamada 'El Jardín'".

Foto: Arthur, fotografiado en 1859 por J. Schäfer (Fuente: Wikimedia)

Oglesby alegoriza varias redes sociales de una manera muy ilustrativa, entre ellas TikTok e Instagram, como si fueran jardines de distinto tipo. En el caso de Instagram, tú tienes cierto margen de acción, ya que puedes elegir qué clase de flor o planta quieres que crezca en él para oler a diario. Pero otras plataformas como TikTok (sobre la que diversos psicólogos han advertido de sus potenciales perjuicios para la salud mental de los jóvenes al ser muy adictiva), las flores "se lanzan sin previo aviso a tu puerta". En ese caso, "puedes pensar que eres el jardinero, pero también lo es algoritmo y tú eres el jardín".

Del mismo modo, eres "jardín" cuando subes algún comentario, ya que no eres un usuario pasivo como sí sucede en otros medios de comunicación (televisión o radio), sino que formas parte de la red y contribuyes a crear contenido al participar activamente de ella. Eres un "produsuario", término que sirve para designar a ese modo de comportamiento cultural del individuo en la Web 2.0. Aunque no lo quieras, ya solo el hecho de consumir contenidos digitales te abre a una comunidad de más usuarios como tú que pueden decidir colaborar juntos o ser meros espectadores. Pero, en todo caso, forman una comunidad activa que cambia y se modula a sí misma a partir de opiniones, gestos y reacciones, sean las que sean.

Una "ecología informativa"

Este detalle sería sumamente importante para Epicuro, ya que a pesar de su rechazo a las formas sociales de la 'polis' de su época y desconfiar de cualquier brújula moral impuesta por una religión, creía que "la amistad es una virtud por sí misma, aunque tenga su origen en un sentido de utilidad". Entonces, sin redes colaborativas o cuidados comunitarios, "nunca habríamos llegado tan lejos como especie". La amistad, para Epicuro, es una "orientación existencial fundamental", sostiene Oglesby.

"¿Utilizamos los espacios digitales para conectarnos unos con otros para huir del dolor o intentamos vagamente de huir de la realidad?"

"La cuestión no es elegir entre 'online' u 'offline', sino entre comunidad o no comunidad", prosigue el doctor en filosofía. "En otras palabras, ¿utilizamos los espacios digitales para conectarnos unos con otros en el proyecto compartido de disminuir el dolor, o intentamos vagamente de huir de la realidad y desconectarnos de nosotros mismos?". La disyuntiva está clara: ¿realmente usamos las redes sociales para encontrar a los otros con los que queremos colaborar o que están metidos en proyectos que nos interesan o solamente las usamos como mero entretenimiento? Cualquiera capaz de reconocer que pasa más tiempo del que le gustaría revisando continuamente su 'feed' de Instagram o TikTok llegaría a la conclusión de que sí, esa no es buena forma de utilizar las redes sociales. No hace falta renunciar a la 'polis' en su conjunto, sino saber encontrar nuestro jardín en mitad de la espesa y exhuberante madeja de malas hierbas que emerge cada vez que damos al botón "sí, acepto el uso de cookies".

Oglesby concluye que el epicureísmo digital nos llevaría a una "ecología informativa" que nos daría acceso a una conciencia colectiva de los costes materiales de nuestros sistemas de información (la energía necesaria para seguir alimentando a Internet) y sus costes psicológicos (algo que, como explicamos anteriormente, también es material y no solo abstracto o mental). "La obligación de ejercer una 'ecología informativa' no solo es crucial para nuestra salud mental, sino para mantener el funcionamiento holístico de la especie y el planeta", recalca. Ello nos llevaría a la obtención de placer y a su vez nos alejaría del dolor frente al conflicto de ser nosotros el jardín sobre el que depositan las flores, sin capacidad de decisión ni libre albedrío, a merced de intereses privados y ajenos a nosotros.

Día a día nos sumergimos en un mar de contenidos digitales durante una media de más de cuatro horas al día, lo que supone un tercio del tiempo que pasamos despiertos. Esto según los últimos datos, correspondientes a 2021. Es posible que este número de horas y minutos sea mayor si tu trabajo consiste en interactuar con una pantalla, lo que te hará más propenso a sufrir síntomas de ansiedad por una conexión constante a la 'matrix'. Cada uno de nosotros tiene un algoritmo que, a mayor uso, va perfeccionándose y concretándose más, ofreciéndonos una selección de contenidos basada en nuestras búsquedas e interacciones. Si de verdad quieres conocer a alguien basta con que te enseñe su 'feed' de YouTube, TikTok o Twitter. Somos permeables a la información, hasta el punto de no saber distinguir ya si nuestros deseos son propios y genuinos o han sido administrados a partir del "filtro burbuja" de Google.

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