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Sofá, ordenador y derecho a ducha caliente: así viven miles de mujeres pobres en los cibercafés de Japón
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DESIGUALDAD SOCIAL

Sofá, ordenador y derecho a ducha caliente: así viven miles de mujeres pobres en los cibercafés de Japón

Hace unos años, este recurso habitacional se volvió muy popular entre los trabajadores más precarios de las grandes ciudades niponas. Ahora, se está reportando un alto volumen de mujeres ubicadas en los suburbios

Foto: Una de las calles más concurridas del barrio de Kabuchiko, el 'barrio rojo' de Tokio. (iStock)
Una de las calles más concurridas del barrio de Kabuchiko, el 'barrio rojo' de Tokio. (iStock)

No hace tanto tiempo comenzamos a ver cómo los cibercafés proliferaban en nuestros barrios y ciudades. A diferencia de un locutorio, en el que además de navegar por Internet puedes realizar labores administrativas o llamar por teléfono a un país remoto, la oferta de estos lugares radicaba en la posibilidad de estar conectado durante horas en un sitio cómodo y agradable. Pero en lugares como Tokio, en Japón, una de las grandes capitales tecnológicas del mundo, los cibercafés se han acabado convirtiendo con el paso de los años en un recurso habitacional sustitutivo de una casa propia. Apenas dos metros cuadrados en los que solo caben un sofá y un ordenador, junto con el huésped.

Las imágenes valen por sí mismas para asustar a más de un claustrofóbico. Nada de luz natural ni espacio para estirar las piernas. Paredes huecas y manchadas de suciedad y, en el centro, personas anónimas que apuran comida rápida frente a la pantalla de un ordenador. En realidad, se podría decir que no son más que vagabundos a los que la ciudad esconde cuando cae la noche, ya que la principal razón por las que alguien acaba residiendo en uno de estos cibercafés es la económica. El aumento de los precios de la vivienda en Japón, junto a otros factores que veremos a continuación, ha obligado a que muchas personas recurran a estas opciones de alojamiento, teniendo todo lo necesario para sobrevivir en unos pocos metros cuadrados.

"No es fácil seguirles la pista, no están registradas ni empadronadas en ningún sitio y pueden mudarse de un barrio a otro, de cibercafé en cibercafé"

Antes de la irrupción del coronavirus en el mundo, un informe del gobierno cifró en alrededor de 4.000 las personas que vivían en estos microespacios. Cuando decretaron la cuarentena, muchos se vieron obligados a buscar otro techo, teniendo que recurrir a otros establecimientos más típicos de 'hobos' como restaurantes de 'fast-food', reconocen desde 'Metropolis Japan'.

Los 'Net Cafe Refugees'. Antecedentes y causas

Este fenómeno sirvió para ilustrar a la perfección la difícil situación económica de muchos nipones, que hasta entonces permanecía escondida bajo la alfombra, en estos cubículos enanos de apenas dos metros cuadrados. Japón, una nación que siempre ha presumido de puertas para afuera de tener una economía próspera, en realidad oculta una brecha socioeconómica muy acusada. Sin tener unos niveles de desempleo demasiado elevados, lo que más abunda es el pluriempleo y la precariedad, obligando a estos refugiados del cibercafé (como se les llamó por primera vez en 2007) a hospedarse de manera indefinida en estas residencias que proliferan en las afueras de las grandes ciudades como Tokio.

Los precios de un alquiler mensual del espacio son más baratos que los de una buena habitación para una persona: entre 360 y 450 euros

La prestigiosa fotoperiodista Shiho Fukada realizó en 2015 un documental titulado 'Net Cafe Refugees' en el que documentaba estas vidas marcadas por el aislamiento cibernético y la pobreza. Muchos de ellos gozaron de cierta comodidad económica durante años, pero el aumento del trabajo parcial y precario les había empujado a tener una jornada laboral más intermitente y menos salario, despojándoles de tiempo libre y poder adquisitivo. Se trata de una imagen paralela a la típica de grandes ciudades como Osaka o Tokio: cientos de empleados dormidos en el transporte público debido a las jornadas de trabajo asfixiante. A tal punto llega la normalización de la explotación laboral que en medios extranjeros como la 'BBC' se empezó a hablar de una "costumbre japonesa" llamada 'inemuri' que consiste en quedarse dormido en cualquier parte debido, como es obvio, al agotamiento producido por las exigentes jornadas de trabajo.

Las mujeres de Kabukicho

Uno de los últimos documentos que nos han llegado del estado de la cuestión de estos cibercafés después de la pandemia es un vídeo de un 'youtuber' sevillano afincado en Japón desde hace años que posee un canal de divulgación de la cultura nipona llamado Nekojitablog. De nombre Ernesto, está casado con una nativa llamada Yuko, y recientemente subió un reportaje sobre el exponencial aumento de mujeres que optan por vivir en estos espacios residenciales tan reducidos, sobre todo en el suburbio de Kabukicho, el barrio rojo de Tokio.

placeholder La entrada a Kabukicho, el barrio rojo de Tokio. (iStock)
La entrada a Kabukicho, el barrio rojo de Tokio. (iStock)

Curiosamente, según describe el matrimonio, han aflorado muchos cibercafés solo para mujeres en esta zona de la ciudad, los cuales cuentan con muchas más ventajas para las clientes que los mostrados por Fukada hace siete años. Entre otras cosas, los precios de un alquiler mensual del espacio son más baratos que los de una buena habitación para una persona: entre 5.000 y 6.000 yenes, lo que equivaldría a entre 360 y 450 euros aproximadamente, un poco más asequible que la de un hotel. Por ello, como admiten en el vídeo, muchas mujeres acaban prefiriendo residir en una de estas salas antes que en una casa más amplia y más cómoda. ¿A qué se debe?

"Hay chicas que solo están ocho o nueve horas, duermen y luego salen para estar fuera todo el día", explica Ernesto. "Algunas de ellas escogen vivir así porque quieren salir de su casa a raíz de problemas familiares con sus padres. Se escapan muy jóvenes, con 18 o 19 años, y también están las que vienen de su pueblo natal a Tokio para vivir". Por otro lado, el 'youtuber' comenta que muchas recurren a los cibercafés porque se acaban de separar de sus parejas y "no quieren vivir juntos en la misma casa, teniendo como opción más fácil venirse a uno de estos espacios". En estos espacios tienen servicios gratuitos como ducha caliente, pijama y hasta bebidas y comidas gratis.

Del mismo modo, hay chicas que son fugitivas y buscan anonimato y discreción; de hecho, muchos locales incluyen entre sus ofertas la posibilidad de alojarse allí sin ningún tipo de registro que revele su identidad, teniendo que pagar un poco más por este privilegio. "No es fácil seguirles la pista, no están registradas ni empadronadas en ningún sitio y pueden mudarse de un barrio a otro, de cibercafé en cibercafé", recalca Ernesto.

Foto: Indigentes se agolpan en las calles del barrio The Tenderloin, en San Francisco. (Reuters)

La mayoría, como repasa por su parte Yuko, tienen una vida precaria. Como han huido del lecho familiar y no cuentan con avales para alquilar una casa normal, tienen que recurrir a este tipo de servicios de alojamiento, ya que no tienen que ofrecer ninguna garantía de pago a un arrendador. "Normalmente, no quieren que sus padres sepan dónde viven, por lo que no pueden pedirles un aval para un alquiler normal", asegura. El problema es que, a pesar de gozar de un mínimo espacio de intimidad, muchos de estos locales carecen de privacidad, compartiendo espacio con discotecas u otros cibercafés de la zona.

"Ahora es mucho más difícil alojarse en un cibercafé. Muchos no resistieron el impacto de la crisis a raíz de la pandemia"

"La situación cada vez se está poniendo más complicada para ellas", asevera Ernesto. "Cuando llegó la pandemia, una de las medidas del gobierno fue cerrar este tipo de negocios, así que toda la gente que vivía allí tuvo que marcharse", y esto implicó que algunas de estas personas fueran empujadas a la mendicidad más clásica, a vivir en la calle. Además, están intentando regular esta actividad", lo que quiere decir que su identidad ya no está tan protegida, exigiendo cada vez más la identificación a sus clientes.

Según el 'youtuber', al no poder residir en uno de estos cibercafés sin que nadie se entere, "muchas acaban contactando con chicos en redes sociales para que les dejen un espacio en su casa a cambio de vender su cuerpo". Sin duda, la situación de estas jóvenes es la perfecta representación de lo que las clases bajas de un estado capitalista con mucha desigualdad socioeconómica deben hacer para sobrevivir. Aunque sean una minoría con respecto al total de la población, estas mujeres se sienten más indefensas y discriminadas que su contraparte masculina: no solo venden su fuerza de trabajo y tiempo a precios muy bajos, que es lo que le tocaría hacer a todo hombre, sino (también) su cuerpo. No en vano la mayoría de estos cibercafés se encuentran en el que se considera el 'barrio rojo' de Tokio, donde hombres con la cuenta corriente a rebosar pagan por tener 'compañía femenina'. Nada nuevo bajo el sol: otra tiranía a la que se ven forzadas, como si fuera una condena que no tienen otro remedio que aceptar.

No hace tanto tiempo comenzamos a ver cómo los cibercafés proliferaban en nuestros barrios y ciudades. A diferencia de un locutorio, en el que además de navegar por Internet puedes realizar labores administrativas o llamar por teléfono a un país remoto, la oferta de estos lugares radicaba en la posibilidad de estar conectado durante horas en un sitio cómodo y agradable. Pero en lugares como Tokio, en Japón, una de las grandes capitales tecnológicas del mundo, los cibercafés se han acabado convirtiendo con el paso de los años en un recurso habitacional sustitutivo de una casa propia. Apenas dos metros cuadrados en los que solo caben un sofá y un ordenador, junto con el huésped.

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