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'Talkahonism': ¿cuál es el punto que separa a un narcisista de un pesado que habla demasiado?
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La delgada línea

'Talkahonism': ¿cuál es el punto que separa a un narcisista de un pesado que habla demasiado?

Si alguien de tu círculo cercano no puede controlar su verborrea y estás teniendo problemas directamente causados por él, este artículo te interesa. ¿Cómo proceder?

Foto: Cansada de escuchar. (iStock)
Cansada de escuchar. (iStock)

A conoce a B. Se caen bien. Sus diálogos son fáciles, ligeros y suceden sin apenas esfuerzo. Rápidamente, se hacen amigos y pasan los años. Un día, A presenta a B a C y D, a quienes A ha conocido hace poco, pero la conexión se ha hecho más o menos profunda. El día que junta a sus tres amigos, B acapara toda la conversación. Cuenta cosas muy interesantes sobre su vida pasada y genera una buena impresión. C piensa que ojalá tener esas habilidades sociales, pues es el que menos habla de los cuatro y tiene dificultades para expresar sus pensamientos con tanta soltura, ya sea por timidez o porque nunca se ha atrevido demasiado a abrirse con los demás. D, en cambio, presiente algo que no le gusta en B, pero no le dice nada a A.

Pasan las semanas y estas cuatro personas anónimas vuelven a quedar de forma reiterada. A nota que D está molesto cuando B viene con ellos, pues opina que es un pesado que solo habla de sí mismo. C, en cambio, siente cierta envidia porque le considera una persona locuaz y carismática, todo lo contrario que él, a quien siempre le cuesta sacar conversación o rehúye de los temas demasiado profundos. Un día, D le dice a A que no le traiga más, ya que ni por asomo le cae bien. A tiene un dilema, pues lleva siendo muchos años amigo de B, pero sabe que cuando se junta con C y D, todo cambia. Las personas solemos mostrarnos de forma diferente cuando estamos en grupo que en la intimidad. Por no herir los sentimientos de B, A ahora tiene un conflicto con sus dos amigos.

"Los lingüistas los llamamos adictos a la palabra hablada, comunicadores excesivos, charladores incesantes"

A lo mejor esta alegoría puede resultarte familiar. Seguramente alguna vez te hayas arrepentido de acabar presentando a una persona de tu círculo más cercano a otros amigos. Al fin y al cabo, cuando esto sucede y acabamos conociendo a los amigos de nuestros amigos, se supone que todo debería ir sobre ruedas (bajo la consabida premisa de "los amigos de amigos son mis amigos"), pero esto no siempre es así. Al fin y al cabo, dos personas que nos caen bien pueden tener personalidades contrapuestas. Una puede fagocitar a la otra y, entonces, sentir algo invadido su espacio. Sobre todo si tiende a acaparar demasiado la atención o no para de hablar de cosas que te interesan más bien poco.

Una condena de pura y llana verborrea

La propia palabra "pesado" ya lo expresa todo: algo que pesa mucho, en este caso la presencia de alguien a quien no soportamos por sus actitudes y maneras de estar. Esta clase de personas aparecen a lo largo de nuestra vida sin avisar y entorpecen nuestro camino, así como las relaciones que mantenemos con la gente que verdaderamente nos importa. Además, los temas de conversación que sacan no nos interesan para nada, consiguiendo que no podamos expresarnos como realmente nos sentimos. Acaparan todo el rato la atención de los demás y solo esperamos que llegue el momento en el que por fin se vayan para respirar tranquilos y seguir a lo nuestro.

"La conexión genuina requiere una descentralización del yo, extender la conciencia más allá de nuestras propias fronteras"

¿A qué se debe este comportamiento? ¿Cómo diferenciar a un simple pesado que siempre nos está dando la lata con un narcisista? Es más, ¿tiene algo de narcisista el hecho de tener que ser siempre el que saca los temas de conversación, aunque no hablen necesariamente de él, hacer bromas que a nadie gustan o cortarnos cada vez que intentamos decir una sola palabra? A lo largo de nuestra vida nos encontramos con personas que parecen no poder controlar su verborrea hasta el punto de no querer saber nada más de él (a veces no hay nada más insoportable que alguien que no para de hablar, aunque sea muy interesante lo que cuente).

Foto: Fotograma de 'Juego de Tronos'. (HBO)

"Los lingüistas los llamamos adictos a la palabra hablada, comunicadores excesivos, charladores incesantes", asegura Gregg Levoy, autor de varios libros y psicólogo del comportamiento estadounidense, en un artículo reciente publicado en 'Psychology Today'. "La civilización occidental, en general, está repleta de lo que también llaman una 'cultura de palabras', por la cual quien habla más rápido, más inteligente y creíble parece, asumiendo un papel de líder. La intuición me dice que un buen líder es aquel que escucha mucho más en vez de hablar, al menos si la inteligencia se juzga por su definición original: la capacidad de comprender".

Levoy usa el término 'talkahonism', un juego de palabras entre 'talk' ("hablar") y 'ahonism' ("adicción") para describir ese tipo de perfil de persona que en todas las reuniones sociales se te pega al hombro y no te deja en paz. Evidentemente, el pesado universal tiene diferentes sesgos, siendo uno el de género: como para no olvidar al típico colega que, en mitad de la discoteca, se arrejunta a la chica que le gusta soltándole un rollo de tres pares de narices. El mayor sesgo es la cantidad de autoestima que tengas, sin importar si es mucha o poca, ya que dentro de un gran hablador siempre yace la ansiedad por tener que contar algo, lo que sea, pues al fin y al cabo el objetivo es hacerse constantemente con el control de la conversación.

placeholder Famoso 'meme' que ilustra a la perfección al pesado universal. (iStock)
Famoso 'meme' que ilustra a la perfección al pesado universal. (iStock)

Pero, evidentemente, lo que importa aquí son las habilidades sociales que atesores, como reconoce Pilar Jiménez, psicóloga del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid (COP) a este diario. "Una persona tímida o con pocas habilidades sociales no tiende a acaparar la conversación, hablará muy deprisa para pasar el mal trago cuanto antes, pero lo más común es que sea a través de intervenciones cortas", explica. "Odia ser el centro de atención, lo contrario a aquellas personas que nunca ceden el turno de palabra al otro, las cuales entran dentro del espectro de una personalidad narcisista". En este caso, y según la alegoría anterior, el tímido correspondería a C, mientras que el narcisismo podría encontrarse más en B.

En busca de una verdadera conexión

"La conexión genuina requiere una descentralización del yo, una extensión de la conciencia más allá de nuestras propias fronteras hacia los espacios que compartimos con los demás", recalca por su parte Levoy en su texto. "El verdadero diálogo no pone la atención en una persona o en la otra, sino en ambas, para que se dé una reciprocidad. Cuando hablamos perseguimos el objetivo de establecer un tipo de conexión, pero cuando es excesivo, se convierte más en una barrera que en una actitud de conexión".

"La empatía es mucho más difícil de corregir, ya que se necesita un mínimo de inteligencia emocional"

Algo en lo que coincide Jiménez, quien cree que aquellas personas con tendencia a acaparar la conversación poseen una mayor cantidad de gente en su círculo cercano, pero no tanto a un nivel íntimo. "Al carecer de empatía por el otro, se pierde el nivel de intimidad", aduce. Como es obvio, se pueden dar ambas características en los prototipos de tímido y pesado. Ni todos los demasiado callados tienen mucha empatía, ni todos los excesivamente locuaces carecen completamente de ella. Pero, de manera general, aquellos que tienen menos habilidades sociales acabarán buscando y atesorando pocos contactos pero más profundos, mientras que los otros siempre querrán rodearse de grandes multitudes para sentir que tienen una fuerte influencia en los demás.

"Las habilidades sociales se aprenden mediante el ensayo de prueba y error, no son algo estático", prosigue la psicóloga madrileña. "Nuestra manera de comunicarnos cambia constantemente y por ello siempre hay que realizar ajustes. La cuestión es darse cuenta del error e intentar subsanarlo para aprender de él. En cambio, la empatía es mucho más difícil de corregir, ya que se necesita un mínimo de inteligencia emocional. Si no soy capaz de identificar mis propias emociones, las de los otros tampoco".

Es por ello que, cuando pensamos en el perfil de una persona narcisista, inmediatamente nos viene a la cabeza alguien frío y distante al que lo único que le mueve es el interés por manipular a los demás. Estos son los que más dominan el arte de la oratoria, que como reconoce Jiménez, "es bastante difícil de dominar bien". Sin duda alguna, por muy buenas o malas que sean sus intenciones, está claro que el mundo no está hecho para los tímidos, menos en un mundo en el que parece que prima la exigencia de llevar a cabo una autoexposición constante en redes sociales o en el que existen tantos problemas alrededor del FOMO o miedo a perderse algo.

A conoce a B. Se caen bien. Sus diálogos son fáciles, ligeros y suceden sin apenas esfuerzo. Rápidamente, se hacen amigos y pasan los años. Un día, A presenta a B a C y D, a quienes A ha conocido hace poco, pero la conexión se ha hecho más o menos profunda. El día que junta a sus tres amigos, B acapara toda la conversación. Cuenta cosas muy interesantes sobre su vida pasada y genera una buena impresión. C piensa que ojalá tener esas habilidades sociales, pues es el que menos habla de los cuatro y tiene dificultades para expresar sus pensamientos con tanta soltura, ya sea por timidez o porque nunca se ha atrevido demasiado a abrirse con los demás. D, en cambio, presiente algo que no le gusta en B, pero no le dice nada a A.

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