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La manta de Linus en Snoopy: ¿habrá gente que lleve mascarillas para siempre?
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La manta de Linus en Snoopy: ¿habrá gente que lleve mascarillas para siempre?

Los datos favorables de la pandemia van a provocar que, en España, deje ya de ser necesaria en la mayoría de espacios interiores a partir del día 20. Pero... ¿y si hay gente que se niega a quitársela?

Foto: Fuente: iStock.
Fuente: iStock.

Si hay algo que no podíamos imaginar hace dos años, es que estableceríamos una relación de amor-odio con un trozo de tela que nos cubriría la cara. De manera ciertamente distópica, nos acostumbramos con cierto recelo al principio a llevar una mascarilla quirúrgica con la idea de no contagiarnos (ni de contagiar a los demás). Durante mucho tiempo la hemos llevado incluso a 40ºC a la sombra y en calles completamente vacías.

Desde un principio, la información al respecto fue un poco ambigua. Las primeras noticias aseguraron que la mascarilla no servía para combatir el coronavirus, en esos momentos en los que todavía no sabíamos que se acercaba una pandemia mundial y las noticias eran un poco difusas. Sucedieron cosas extrañas, por ejemplo, Risto Mejide y Marta Flich invitaron a una persona con coronavirus a su programa para "lanzar un mensaje de normalidad". Algunas personas famosas se 'enzarzaron' en redes sociales por el mismo tema.

Era normal, pues jamás nos habíamos tenido que enfrentar a una pandemia de tal magnitud. Después, las noticias cambiaron y se comenzó a hablar del contagio por aerosoles y la necesidad de llevar mascarillas (aprendimos nombres como el de la FPP2) en sitios cerrados. Tantas noticias diferentes y en tan poco tiempo, sumado a las distintas normativas en países o incluso comunidades autónomas, no ayudó a mejorar la confianza. Nos hemos acostumbrado a ver escenas de pasajeros discutiendo en medios de transporte y nos hemos vuelto un poco locos con los cambios de normativa.

Parece que el tiempo de las mascarillas están llegando a su fin. Desde el pasado 10 de febrero ya no son obligatorias en espacios exteriores, y tal y como ha anticipado el Gobierno de Sánchez, el 20 de abril dejarán de ser obligatorias en interiores tras aprobarse el 19 en el Consejo de Ministros (aunque no desaparecerán de todos los espacios, como los transportes públicos). Sin embargo, todavía podemos ver personas por la calle que la siguen llevando, lo que nos hace cuestionarnos algo: ¿habrá personas que nunca se quiten la mascarilla?

Foto: Ya en vigor el fin de la mascarilla salvo en algunas excepciones. Foto: Efe

Es un tema puramente psicológico y, por ello, hemos contactado con Elena Capelo, psicóloga del Centro Psicológico Cepsim, para que nos de su opinión al respecto.

PREGUNTA. A principios de la pandemia, la gente creía que las mascarillas no servían para nada y a la semana siguiente todo el mundo la llevaba, ¿a qué achacas ese fenómeno?

RESPUESTA. Creo que se debe a dos factores fundamentalmente. El primero, el desconocimiento casi por completo de lo útiles que pueden llegar a ser las mascarillas. Cuando veíamos a una persona por la calle usándola, nuestra reacción solía ser de infravaloración, es decir, le quitábamos importancia o pensábamos que estaba siendo exagerado al llevarla puesta. No éramos conscientes de que se protegía a sí misma o nos protegía al resto de la enfermedad que estuviera pasando esa persona. En este país solo concebíamos la mascarilla para un ámbito hospitalario. Ni siquiera los profesionales sanitarios, conscientes de su utilidad, se la ponían fuera de su trabajo. Lo que me lleva al segundo factor que ha ayudado a este fenómeno, suponernos invulnerables, que nada nos afecta y que, si cogemos alguna enfermedad, la vamos a pasar sin apenas sufrir. De hecho, esta creencia ha estado bastante presente en los grupos de gente que no han respetado las medidas de seguridad a lo largo de estos dos años. Para muchas personas afrontar esa vulnerabilidad es una tarea casi imposible, así que su forma de protegerse ante esa vulnerabilidad es quitándole importancia al peligro que les amenaza.

Además, desde las autoridades sanitarias se nos impuso esa medida como la más fiable ante una enfermedad mortal, muy contagiosa y, sobre todo, misteriosa, como era el COVID-19. Nadie nos podía proporcionar información precisa y certera de la enfermedad ni de cómo evitarla, así que ante tanta incertidumbre nos agarrábamos al clavo ardiendo que eran las mascarillas, para ganar la poca seguridad que podíamos sentir para evitar la amenaza.

P. ¿Crees que, como la manta de Linus en Snoopy (que el personaje necesita tener siempre junto a él para sentirse seguro), hay gente que la considera prácticamente un 'símbolo de protección'? Psicológicamente, ¿qué nos dice eso?

R. No pienso que las mascarillas lleguen al nivel de la manta de Linus porque tienen una asociación distinta. Con este ejemplo se da una asociación indirecta, la manta realmente no te protege de nada, no es un objeto que nos sirva para protegernos, nosotros le damos esa connotación simbólica. Eso nos pasa con una gran variedad de objetos, tanto cuando somos niños como de adultos. Pueden ir desde peluches, piedras, prendas, joyas, relojes, hasta cosas más intangibles como días de la semana. Prácticamente, todos los niños han tenido un objeto similar a esa manta de Linus del que no se desprendían. De mayores, hemos llevado cierta camiseta a un examen o a esa presentación en el trabajo tan difícil para que “nos diese suerte”. Nos ayudan a sentirnos más seguros para afrontar el día a día o una dificultad en particular y, efectivamente, lo consiguen. Sin embargo, la mascarilla es un objeto que sí nos protege. Es decir, hay una asociación directa entre el objeto y su utilidad. Las mascarillas realmente nos protegen y nos sentimos seguros con ella porque nos han dicho que sirven.

"La manta de Linus le ayudaba a sentirse seguro y la mascarilla te ayuda a sentirte protegido. Son sensaciones distintas"

Es importante el tipo de asociación que tiene cada objeto porque 10 años después de que se haya creado, la manta seguirá inspirando seguridad y la mascarilla probablemente no, salvo en situaciones en las que fuera necesaria. Acabará teniendo un uso muy similar a la crema solar, por ejemplo: cuando necesitemos protegernos, la usaremos y nos sentiremos protegidos ante un peligro específico. En resumidas cuentas, la manta te ayuda a sentirte seguro y la mascarilla te ayuda a sentirte protegido. Son sensaciones distintas, aunque la segunda pudiera llevar a la primera si se dan las condiciones adecuadas. Aunque con toda la incertidumbre que se ha creado alrededor del coronavirus, estás condiciones no se han podido dar en la mayoría de los casos.

P. Decimos mucho eso de que ya no volveremos a ser los mismos tras la pandemia. ¿Eres de las que lo creen, u opinas que cuando acaben las restricciones se nos olvidará todo?

R. En mayor o menos medida, todos nos hemos visto afectados por la pandemia. No creo que sea algo que seamos capaces de olvidar como tal, podremos seguir adelante con nuestras vidas e ir dejándolo atrás, pero en nuestro cerebro queda gravada la incertidumbre y el peligro en el que hemos estado durante más de dos años. Esa vulnerabilidad ante la enfermedad quedará perenne en la mayoría de las personas. De una forma similar a quien ha vivido una guerra y eso le dejó marcada.

Hay que tener en cuenta también que ha sido un evento vital que ha puesto patas arriba lo que nosotros entendíamos que era nuestra vida. De repente las prioridades dieron un vuelco y nos obligó a replantearnos todo tal y como era entonces. Aunque parezca que retomamos nuestra vida tal y como era, seguro que, si nos paramos a analizar, hay aspectos internos que no son exactamente los mismos. Por ejemplo, nuestra relación con la enfermedad ha cambiado y esto, si llega a cambiar, será dentro de muchos años.

P. ¿Crees que las personas con inseguridades faciales (o de cualquier tipo) serán las más proclives a dejarse la mascarilla?

R. Quizá de forma puntual, pero no creo que se convierta en una dinámica para toda la vida. Eventualmente dejarán de usarla. Toda esa gente ha pasado toda su vida exponiendo esa parte de su cuerpo y sintiéndose insegura respecto a ella, ha sido solo en este periodo de dos años (y no todo el tiempo) cuando las ha podido esconder detrás de una mascarilla.

"Aunque parezca que retomamos nuestra vida tal y como era, seguro que, si nos paramos a analizar, hay aspectos internos que no son exactamente los mismos"

Puede convertirse en un recurso para evitar exponerse, pero ante casos de una inseguridad de gran intensidad. Aun así, cuando llegamos a esos niveles nuestra mente nos puede jugar muy malas pasadas y los pensamientos pueden acabar también en “se están dando cuenta de que tengo muchos granos porque no me quito la mascarilla”, por ejemplo. En ese caso, es altamente probable que esa persona se la acabe quitando. Muchas veces es peor lo que creemos que piensan los demás a lo que realmente piensan y manifiestan.

P. Pero, ¿opinas que habrá gente que siga llevando mascarilla incluso cuando la retiren?

R. Realmente creo que sí, creo que esa frase que se dijo al principio de la pandemia “la mascarilla ha venido para quedarse” es totalmente cierta. No todo el mundo y cada uno a su manera, pero opino que mucha gente en época de resfriados o de gripes se la pondrá para el transporte público, por ejemplo. Al igual que hay mucha gente que no le gusta sentirse vulnerable y evita pensar en la posibilidad de enfermar, hay otra mucha gente que sí es consciente de su salud, de que los virus están ahí fuera y la mascarilla te proporciona un método eficaz de protegerte de ellos, así pueden llegar a evitar pasar por un resfriado o por una gripe.

Si hay algo que no podíamos imaginar hace dos años, es que estableceríamos una relación de amor-odio con un trozo de tela que nos cubriría la cara. De manera ciertamente distópica, nos acostumbramos con cierto recelo al principio a llevar una mascarilla quirúrgica con la idea de no contagiarnos (ni de contagiar a los demás). Durante mucho tiempo la hemos llevado incluso a 40ºC a la sombra y en calles completamente vacías.

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