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Subidos al barco de Pirrón de Elis: la vida escéptica en las mareas de la 'posverdad'
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'SKEPTIKOI'

Subidos al barco de Pirrón de Elis: la vida escéptica en las mareas de la 'posverdad'

La incapacidad para hallar una verdad produce monstruos. Repasamos algunos de los preceptos de la escuela filosófica del escepticismo, aplicándolos a la actualidad de la mano de un gran científico

Foto: Pirrón en un mar embravecido (Fuente: Wikimedia)
Pirrón en un mar embravecido (Fuente: Wikimedia)

El gran Carl Sagan advertía en una de sus últimas entrevistas que sin una ciencia escéptica, la humanidad estaría condenada a estar en manos de cualquier tirano. El astrónomo fue uno de los máximos defensores del escepticismo filosófico, que al igual que otras escuelas de pensamiento como el estoicismo o el epicureísmo, tiene su origen en la Grecia clásica. Generalmente, se tiende a englobar toda postura escéptica como aquella que siempre duda de todo y no cree en nada. En la actualidad, podríamos confundirla con las posturas negacionistas que han aflorado en los últimos años entre la población; no solo en temas como el coronavirus o las vacunas, sino también con que la Tierra sea redonda o que realmente se esté dando un calentamiento global.

Pero el escepticismo originario, y el que Sagan defendía, no se reduce solamente a dudar de la verdad oficial y abrazar lo 'oficioso', sino en formular preguntas ante cualquier evidencia que se pueda presentar. De hecho, la raíz etimológica de 'escéptico' proviene del vocablo griego 'skeptikós', que significa "mirar" u "observar". A los seguidores de Pirrón de Elis, quien es considerado el padre de la escuela, se les conocía como 'skeptikoi', que en griego significa "los que investigan", ya que rechazaban cualquier aspiración a conocer la realidad, pero eso no quiere decir que centraran sus esfuerzos en observarla y entenderla, sabiendo de antemano que cualquier premisa, teoría o hipótesis, corría el inevitable riesgo de ser incierta. "Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias", que sentenciaría Sagan.

Foto: ¿De nuevo hablando de catástrofes? (Imagen: iStock)

Es precisamente en Carl Sagan donde mejor podemos ver esa diferencia entre el escepticismo y el negacionismo más rampante. Un astrónomo tan versado como él, que durante toda su vida practicó el riguroso método científico, llegaba a dudar de que fuéramos los únicos seres con vida en todo el Universo, lo que le conectaba con la tradición ufológica, siempre propensa a ser vista como 'magufa'. "Tomemos a los OVNIs y el argumento de que nos están visitando continuamente seres de otros mundos en naves espaciales", escribía en 1987 en la revista 'Skeptical Inquirer', donde explicó pormenorizadamente su escepticismo filosófico. "Lo encuentro muy emocionante. Al menos, es una ruptura con lo ordinario".

Aquellos que ven conspiraciones en todas partes, nunca se verán a sí mismos dentro de una, aunque efectivamente puedan estar en ella

"He empleado una gran cantidad de tiempo en mi vida científica trabajando en la búsqueda de inteligencia extraterrestre", proseguía el astrónomo. "Piensa en cuánto esfuerzo podía ahorrarme si esos tipos estuvieran visitándonos. Pero cuando podemos reconocer alguna vulnerabilidad emocional relacionada con una pretensión, es cuando tenemos que hacer los esfuerzos más firmes de escrutinio escéptico. Es en esa situación cuando pueden aprovecharse de nosotros", sentenciaba, en clara referencia a la idea anterior por la cual, el hecho de dudar de la versión oficial aceptando posibilidades inciertas como verdaderas (que es lo que podría caer dentro de la 'magufería') nos haría más propensos a servir a los intereses de un grupo de personas. En otras palabras, aquellos que ven grandes conspiraciones fuera o en todas partes, nunca se verán a sí mismos dentro de una, aunque efectivamente puedan estar en ella.

En busca de la ataraxia

Ahora bien, adentrándonos en la doctrina escéptica, llegamos a un nombre, el más importante después de Pirrón, ya que de este último no hay obra escrita, salvo una oda a Alejandro Magno. Hablamos de Sexto Empírico, quien recogió en 'Esbozos pirrónicos' las ideas más notables de su predecesor, llegando por fin a una conclusión de lo que significa el escepticismo: "la facultad de oponer de todas las maneras posibles las representaciones sensibles o fenómenos y las concepciones inteligibles o noúmenos; y de ahí llegamos, por el equilibrio de las cosas y de las razones opuestas ('isostenia'), primero a la suspensión del juicio ('epoché') y después a la indiferencia ('ataraxia')".

"Suspender el juicio o las opiniones les dejaba en un estado de tranquilidad, que es lo que tanto buscaban el resto de escuelas filosóficas"

"Los pirrónicos, incapaces de decidir entre las afirmaciones opuestas de los dogmáticos, suspendían el juicio acerca de aquellas proposiciones ('epoché')", explica John Christian Laursen, profesor de la Universidad de California en Riverside en un 'paper' en el que indaga en las relaciones entre el escepticismo y la política. "En vez de perturbarse por ello, suspender el juicio los dejaba en un estado de tranquilidad ('ataraxia')", que era precisamente lo que tanto buscaban el resto de escuelas filosóficas. A este respecto, los pirrónicos se jactaban de haber encontrado ese estado de plenitud vital y mental, ya que negaban cualquier pretensión de conocer la verdad y, por tanto, podemos intuir, no se agobiaban demasiado por verificar o distinguir lo verdadero de lo falso.

Entonces, ¿cuál era la receta de los escépticos para un buen vivir? Básicamente, negarse a tener una opinión sobre cualquier tema, partiendo del hecho de que rechazaban cualquier pretensión de verdad absoluta por sus inmensas contradicciones, para ellos solo existían opiniones ('adoxastos'). Los fans del cine de los hermanos Coen o del grupo de rock español Los Punsetes seguro que se sienten identificados en este punto. La necesidad de adoptar una postura escéptica en la actualidad también viene de ese ruido informativo constante en el que hay que tener una opinión sobre todo. Más prima el deber o el privilegio, según se mire, de guardar silencio, pues hay un fuerte riesgo de emitir constantemente una visión sesgada de la realidad, engañándonos a nosotros mismos y a los demás.

Foto: Fuente: iStock

Como la realidad es algo incognoscible, los pirrónicos se centraban en cuatro puntos para hallar un sentido y dar un propósito a la existencia humana. Sexto Empírico concluiría que lo único que podemos conocer sobre los fenómenos y los noúmenos es la manera en que estos nos afectan, no lo que son en sí mismos, lo que más tarde influiría sin duda en la doctrina fenomenológica de Edmund Husserl. Por ello, al no poder asomarnos a la verdad de las cosas, tan solo podemos guiarnos basándonos por el mero sentido común, cuyo timón viene dado por cuatro puntos: "una guía natural", como define muy bien Laursen, "según la cual somos por naturaleza capaces de sentir y de pensar", seguido de "una necesidad de afecciones, según la cual el hambre nos conduce a la comida y la sed a la bebida", en tercer lugar "el legado de leyes y costumbres" y, por último, "el aprendizaje de las artes, según la cual no somos inactivos".

Política escéptica: ¿contra la libertad de expresión?

Tomando las consideraciones de Laursen y Sagan sobre el escepticismo, cabe preguntarse cuál sería la postura política de esta doctrina hoy en día. Un texto de Nicholas Tampio, profesor de ciencias políticas en la Fordham University de Nueva York, publicado en 'Aeon', aborda la cuestión de cómo se comportaría un escéptico si, por casualidad, un tirano le ordenase algo malo desde el punto de vista ético, moral o contra sus propios principios. El académico recurre a una cita de Sexto Empírico de su manuscrito 'Contra los eticistas': "El escéptico elegirá si hacerlo o no, decantándose por la opción que más concuerda con sus leyes ancestrales y costumbres, soportando el hecho de tener que decidir más fácilmente que cualquier dogmático".

"Uno puede comprometerse sin necesitar una cadena de verdades que respalden sus acciones"

Por ello, la posición de los escépticos frente a debates públicos será la de actuar según lo que mejor concuerde con sus costumbres, sin tampoco entrar en detalle. Como también menciona Laursen, "uno puede comprometerse con algo sin necesitar una cadena de verdades que respalden sus acciones". Tanto ellos como los más dogmáticos a una doctrina, pueden adherirse a proyectos de tiranos fascistas, por lo que no debería preocuparnos tanto el hecho de no poder dar con una ideología total que explique nuestras acciones y manera de pensar, sino estar del lado de aquellas personas con las que hemos estado siempre. Esto podría aplicarse a que, dependiendo del entorno en el que has crecido, si eres escéptico te limitarás a absorber la ideología hegemónica que te ha rodeado, lo que efectivamente deja mucho que desear a simple vista. El verdadero escéptico asimilaría estos valores éticos y políticos con todas sus contradicciones a pesar de saber que no son verdaderos, sino simplemente como una brújula desde la que orientar su pensamiento o sus acciones, tan válida como cualquier otra pero necesaria.

"El escepticismo tiene un impulso igualitario que no permite a nadie la condición de sabio"

Otra de las perspectivas escépticas apuntaría, de forma lógica, a limitar la libertad de expresión. En el mundo en el que vivimos, de 'fake news' y "pos-verdad", la voz de los expertos que se supone que tienen que orientar a la ciudadanía a saber tomar las mejores decisiones utilizando el principio de verdad y conocimiento (como dicta el sentido platónico), ya no sirve de nada. A ojos de un escéptico, la mayoría (si no todas) de las opiniones que escuchamos sobre los asuntos públicos son erradas o tienen el interés de manipularnos hacia un lado del espectro político, por lo que para llegar a una democracia de verdad habría que llevar a cabo un proceso de verificación constante que limitaría el derecho a la libertad de expresión.

Evidentemente, no. Para el escéptico, una noticia falsa difundida como verdadera tiene el mismo rango de verdad que una noticia que parece indiscutiblemente cierta. Lo oficioso al mismo nivel que lo oficial. "La tradición escéptica plantea un desafío a cualquiera que pretenda censurar algo en nombre de una 'verdad objetiva' o aceptada por la comunidad", admite Tampio. "Nos da motivos para dudar de cualquiera que hable en nombre de la verdad".

Foto: Foto: iStock.

Por ello, lo más correcto para un escéptico sería condenar abiertamente a todo líder populista que se declara en posesión de la verdad, esa "que no te cuentan" como reza la sempiterna coletilla de iluminados y aspirantes a líderes de masas. "El escepticismo tiene un impulso igualitario que no permite a nadie la condición de sabio o rey-filósofo", concluye el profesor. "Las sociedades democráticas deben cultivar un sano escepticismo sobre las verdades políticas, científicas o culturales. La lectura de Sexto nos porporciona estrategias argumentativas y confianza para resistir a cualquiera que pretenda hablar en nombre de la verdad o lo real".

El gran Carl Sagan advertía en una de sus últimas entrevistas que sin una ciencia escéptica, la humanidad estaría condenada a estar en manos de cualquier tirano. El astrónomo fue uno de los máximos defensores del escepticismo filosófico, que al igual que otras escuelas de pensamiento como el estoicismo o el epicureísmo, tiene su origen en la Grecia clásica. Generalmente, se tiende a englobar toda postura escéptica como aquella que siempre duda de todo y no cree en nada. En la actualidad, podríamos confundirla con las posturas negacionistas que han aflorado en los últimos años entre la población; no solo en temas como el coronavirus o las vacunas, sino también con que la Tierra sea redonda o que realmente se esté dando un calentamiento global.

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