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En defensa de los cínicos: cómo renegar de todo (incluso de uno mismo)
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DE LA ANTIGUA GRECIA AL SIGLO XXI

En defensa de los cínicos: cómo renegar de todo (incluso de uno mismo)

¿Cómo podrían traducirse en el mundo de hoy en día las actitudes cínicas de la Grecia clásica? Aquí van una serie de claves para apuntar hacia la satisfacción vital a partir de esta escuela filosófica

Foto: Escultura de Diógenes en Versalles (Fuente: Wikimedia)
Escultura de Diógenes en Versalles (Fuente: Wikimedia)

Vivimos un tiempo en el que existe cierta presión por identificarse con ideas, pensamientos o doctrinas. Basta con chequear la biografía de cualquier persona en toda red social para encontrarnos ante un desfile de textos, imágenes, vídeos, emoticonos... que conforman lo que supuestamente define nuestra identidad. Pero, en realidad, ¿quiénes creemos nosotros mismos que somos? ¿De qué lado estamos? ¿Por qué nos aferramos a estos detalles y conceptos como a un clavo ardiendo, como si sintiésemos la urgencia de decirle al mundo lo que pensamos o sentimos?

Estos sujetos 'sujetados', cuya máxima expresión es la red, se amparan en la máxima del "sé tú mismo", cuando en realidad todos somos iguales, pues se produce un curioso efecto de homogeneización cultural: compartimos los mismos emoticonos, los mismos filtros, los mismos enunciados ideológicos, las mismas posturas ante cualquier asunto, ya sea 'mainstream' o de nicho. Y aun así seguimos creyendo que solo estamos siendo "nosotros mismos" y por ello exigimos un respeto, enarbolando una actitud defensiva hacia lo que define a los demás y a nosotros no.

"Va descalzo, no se lava y carece de oficio y beneficio. No tiene sentido de la vergüenza y el pudor se ha borrado de su rostro"

Al final, muchos de esos conflictos de predicados derivan en una espiral absurda de contenido del que parece no haber salida. Y cuando se produce este hartazgo o cansancio, llega la hora de los 'memes', pues estos no dejan de ser la perfecta traducción cómica de la 'metadiscusión'. ¿Por qué estábamos discutiendo? Ya nadie se acuerda. Y es precisamente esto lo que hace tanta gracia. Rosalía sube el estribillo de una canción que todavía no se ha estrenado y genera un gran revuelo. Un tenista de élite se niega a vacunarse para competir en un país y surge un gran debate en torno a las ideas de "libertad" y "responsabilidad". Los sujetos digitales cierran filas. Se sacan conclusiones que conectan hechos aislados con asuntos de índole nacional.

Todo este rebufo de mensajes, memes, imágenes y debates culturales hace que determinadas personas, tal vez las más astutas y prudentes, adopten una posición de meros espectadores ante lo que sucede. O, como mínimo, que se rían de la situación de una manera creativa y cómica gracias a los memes. ¿Podrían ser estos los cínicos de hoy en día? El no identificarse, no situarse en ningún bando, actuar como un 'stalker' que 'escrolea' sin intervenir... o solo pronunciarse mediante la provocación a esas ideas tan férreas que enarbolan los demás. ¿Cómo se define una persona que reniega de una definición?

Ni vergüenza ni pudor

"Es un espectáculo horrible y penoso de ver, cuando agita su sucia melena y te mira insolentemente. Va descalzo, no se lava y carece de oficio y beneficio. No quiere saber nada de su hacienda ni de nosotros, sus padres, sino que, por el contrario, nos reniega, pues afirma que todas las cosas son obra de la naturaleza y que la unión de elementos es la causa de la generación y no los progenitores. Evidentemente, desprecia el dinero y aborrece el cultivo de la tierra. No tiene sentido de la vergüenza y el pudor se ha borrado de su rostro".

Foto: Fotograma de 'Juego de Tronos'. (HBO)

Esta es la descripción que hace el escritor griego del siglo II Alcifrón de Diógenes de Sínope, el máximo exponente de los cínicos griegos, en sus 'Cartas', traducidas por Elisa Ruiz García. El adjetivo de "cínico" se ha distorsionado conforme el paso de los siglos, pasando a ser percibido como un atributo negativo en la actualidad cuando en su época, en la Grecia clásica, se esgrimía con un marcado carácter positivo. Aunque la descripción que realiza el escritor de Diógenes puede resultar incómoda (nadie en su sano juicio ve como loable el hecho de pasear desnudo por ahí y cultivar una actitud ante la vida profundamente desarraigada), las enseñanzas que este filósofo transmitió sirvieron como una reinterpretación de la doctrina socrática que en su día abogó por un intelectualismo moral para obrar de manera buena, lo que dio paso a una idea de civilización.

placeholder Fuente: iStock
Fuente: iStock

Para Diógenes, la felicidad no provenía de cultivar el conocimiento para llevar una vida buena, sino simplemente vivir a sus anchas, de manera simple, acorde a lo que la naturaleza le ofrecía y de forma autónoma, sin la necesidad de hablar por los demás o que los otros hablasen por él. Fuera responsabilidades, fuera remilgos, fuera deseos de autorrealización. La verdadera vida, para el cínico, está ahí fuera y se hace a cada instante, en el medio natural, alcanzada solo mediante el juego, el humor y la ironía. Y sí, también mediante la provocación a todos esos valores que ensalzaban la propiedad privada, el trabajo o el estudio.

Hablar con franqueza y coraje

La escuela cínica se opone y a la vez encuentra similitudes con la estoica, de la que ya hemos hablado también en otros artículos. Mientras que los estoicos basaban su manera de vivir en un "soporta y renuncia", lo cual puede conectar con los cínicos en su visión ascética de la vida, los cínicos centraban su discurso en la provocación y la irreverencia frente al resto. Además, también practicaban el arte de la parresía, que en griego significa "hablar franco y valiente, sin reservas". Un concepto clásico que actualizaron autores contemporáneos, como Michel Foucault, que dejó una bonita y precisa definición: "En parresía, el hablante usa su libertad y elige la franqueza en vez de la persuasión, la verdad en vez de la falsedad o el silencio, el riesgo de muerte en vez de la vida y la seguridad, la crítica en vez de la adulación y el deber moral en vez del auto-interés y la apatía moral".

Foto: El filósofo estoico más 'feminista'.

¿Cómo cambiaría nuestra realidad personal y social si aplicásemos la parresía correctamente en los debates o en nuestro día a día? Es difícil saberlo; pero seguramente más de un líder de opinión actual o estrella del mundo de la creación de contenidos se quedase de pronto sin sus seguidores. En este sentido, podemos pensar en la provocación de los cínicos antiguos no como un mero ejercicio de burla o desprecio hacia los demás para ensanchar los límites de su ego, sino como el acto de mostrar al otro de manera exaltada y vehemente cada una de sus cuitas o errores, a la par que reconocer los propios e intentar no cometerlos.

'(I can't get no) Satisfaction'

Otro de los conceptos clave de la doctrina cínica viene a ser el de Eudaimonía, que en griego significa "dicha, felicidad". Los cínicos se apropiaron de este término aristotélico que se refería al arte de buscar la virtud y la sabiduría, solo que añadiéndole un carácter negativo, es decir, restando todas esas cosas que supuestamente nos hacen felices y que tienen que ver con poseer algo o sentir un deseo muy latente hacia objetos, sean animados o inanimados.

"La felicidad eudaimónica es tener un sentido de propósito y dirección en la vida, sentirse involucrado en algo mucho más grande"

La referencia a los Rolling Stones como título de este epígrafe no es baladí, pues Mick Jagger y los suyos ya expresaron esa dificultad para encontrar satisfacción en un mundo repleto de deseo. La industria de la publicidad y del marketing actual nos empuja a un consumo individualizado, y no solo eso: los algoritmos predictivos de nuestra cuenta de Google cada vez se anticipan más a eso que todavía está por desear, conocen nuestros anhelos materiales mejor que nosotros mismos. Y no únicamente los materiales, ya que también a través de las redes sociales se venden y promocionan estilos de vida que podrían corresponderse contigo, que puedes asimilar (o no). Pensadores como René Girard dejaron claro que aquello que deseamos solo se muestra como una carencia de algo que ya tiene otra persona, lo que da pie a la envidia. Los cínicos, por tanto, debieron llegar a esta conclusión por sí mismos, despreciando toda posesión material y abrazando la pobreza.

Foto: Fuente: iStock

Otra de las adaptaciones actuales de la Eudaimonía griega es la que realizó el psiquiatra norteamericano Steve Cole en un estudio en el que analizó el grado de satisfacción que tenemos con a la vida con nuestro sistema inmune, llegando a la conclusión de que efectivamente, cuanto mejor estamos psicológicamente menos propensos seremos a enfermar. Cole fue más allá, estableciendo una diferencia entre dos grados de bienestar. "La felicidad hedonista es el estado de ánimo elevado que experimentamos después de un evento externo, como comprar una casa, mientras que la felicidad eudaimónica es tener un sentido de propósito y dirección en la vida, sentirnos involucrados en algo más grande que nosotros", concluyó. No obstante, esto no se corresponde del todo con la doctrina cínica, ya que los cínicos también rehuían de los propósitos sean del carácter que fueran. Aspiraban a algo más importante: la poesía o la vida ascética y estética.

Un 'paralítico permanente'

"Me miro en el espejo y soy feliz, y no pienso nunca en nadie más que en mi". La voz de Eduardo Benavente del mítico grupo español Parálisis Permanente sirve a la perfección para explicar otro de los atributos cínicos sobre los que reflexionar: la Autarkeia, que en griego significa "autonomía". No contentos con nada, y habiendo ya hecho una resta de valores, principios y posesiones materiales, solo queda vivir por uno mismo, de manera independiente a los demás. Básicamente, por la simple razón de que no querer buscar la aprobación del resto ni su validación.

No habría que rechazar a todo el mundo porque sí, sino negarse a aceptar los estándares ideológicos, estéticos y vitales que a ellos les sirven

Esto se podría traducir en el contexto actual en la necesidad que sentimos de identificarnos con los demás bajo la pretensión de "ser nosotros mismos"; en realidad, como sosteníamos al inicio del artículo, esto es una de las falacias más grandes que hay, pues en esa pugna de significantes y atributos, de predicados que agregar a nuestro sujeto, todos somos iguales. "Encerrado en mi casa, todo me da igual. Ya no necesito a nadie, no saldré jamás", cantaba Benavente en el estribillo, como si fuera un pronóstico de la cuarentena que tuvimos que atravesar en marzo de 2020. Una cuarentena un poco falsa, pues contábamos con la tecnología para permanecer cerca de nuestros seres queridos aunque nos separara la distancia geográfica.

Hay que tener en cuenta que no habría que rechazar a todo el mundo porque sí o tampoco obsesionarse con mostrarse diferente a toda costa (lo que podría verse reflejado en huir de esos mismos significantes y atributos), sino más bien negarse a aceptar los estándares ideológicos, estéticos y vitales que a otros les sirven. Por lo menos, apuntar hacia ello, pues efectivamente en un mundo hiperconectado es imposible llegar a ese extremo de individuación. En este punto ya solo cabría aspirar a ser un poco como Henry David Thoreau y alejarnos a una cabaña en los bosques a vivir en paz. Pero que tenga wi-fi, ¿no?

Vivimos un tiempo en el que existe cierta presión por identificarse con ideas, pensamientos o doctrinas. Basta con chequear la biografía de cualquier persona en toda red social para encontrarnos ante un desfile de textos, imágenes, vídeos, emoticonos... que conforman lo que supuestamente define nuestra identidad. Pero, en realidad, ¿quiénes creemos nosotros mismos que somos? ¿De qué lado estamos? ¿Por qué nos aferramos a estos detalles y conceptos como a un clavo ardiendo, como si sintiésemos la urgencia de decirle al mundo lo que pensamos o sentimos?

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