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Cómo interiorizar las emociones negativas para sentirte bien
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PSICOLOGÍA Y BIENESTAR

Cómo interiorizar las emociones negativas para sentirte bien

Cuando tenemos un conflicto con nosotros mismos o con los demás, lo peor que podemos hacer es afrontarlo obsesivamente o evitarlo. Intentar aprender de ello, aunque cueste, es lo mejor

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Intenta recordar el último problema que has tenido. Tal vez no te hayan cogido en el trabajo para el que llevabas meses postulándote, te has sentido traicionado por un amigo o tu pareja o, sin ir más lejos, has discutido mucho con algún familiar en las últimas celebraciones navideñas. Quizá hayas vivido una situación en la que has sentido mucho ridículo o vergüenza ajena. Los conflictos con los demás o con uno mismo están a la orden del día, y hacer todo lo posible para que no ocurran no nos salvará de ellos. Hay incidentes desafortunados del destino que ponen en jaque tu estabilidad mental o emocional. ¿Cómo responder ante ellos?

No hablamos, por supuesto, de problemas relacionados con trastornos mentales como la ansiedad o la depresión, tan frecuentes en esta época. Hablamos de problemas cotidianos, del día a día, que pueden traducirse en discusiones con gente a la que quieres, sensación de fracaso o, como decíamos, de ridículo o vergüenza ante algo que nos toca en nuestro orgullo o sentimientos. En este tipo de entuertos, muchos procurarán resolver el descosido de la forma más rápida, clara y directa posible, afrontando el hecho tal y como les viene, de frente y con cierto nerviosismo. Otros, sin embargo, probarán a dejarlo estar e intentar no pensar en ello más de lo necesario. Al fin y al cabo, lo que está hecho, hecho está, y por más que reflexionemos no podemos cambiar el pasado.

"Me llevó un tiempo comprender que ser demasiado emocional no implica tener un mayor desequilibrio en mis emociones, sino estar abierto, vivo y mostrarse vulnerable a la experiencia"

¿Cuál de las dos opciones es la más óptima? Tal y como suena lógicamente la primera. Solo que si nos empeñamos mucho en intentar controlar al máximo todo lo que nos pasa, especialmente lo malo, muy posiblemente caigamos en la frustración de no poder solucionarlo (ya que muchos problemas no dependen de nosotros o no tienen un arreglo inmediato o definitivo). Pero hay una forma intermedia de encajar estos golpes y poder afrontarlos. Y pasa por aceptar, en primer lugar, lo malo a nivel interno.

Preocupados por estar preocupados

David Robson, uno de los mayores expertos internacionales en todo lo relacionado con el cerebro humano, la psicología y el comportamiento, ha publicado un artículo en la 'BBC' en el que aporta una visión muy interesante sobre el modo en el que enfrentamos estos problemas. Se sirve de las teorías de la filósofa italiana Ilaria Gaspari, quien cree que de manera inconsciente procuramos obviar las sensaciones de "miedo" o "vergüenza" que hemos tenido y a la par estar comparándonos constantemente con otras personas a las que parece que no les ha pasado nada malo (algo que suele verse mucho en redes sociales). El sentimiento final que obtenemos es "mucho más fuerte e intenso" que el que nos provoca el asunto que estamos intentando evitar a toda costa.

"Si nos tomamos ese mal estado de ánimo como algo inapropiado, vergonzoso o potencialmente dañino, ello agravará nuestra sensación de vulnerabilidad y aislamiento"

"Me llevó un tiempo comprender que ser demasiado emocional no implica tener un mayor desequilibrio en mis emociones, sino estar abierto, vivo y mostrarse vulnerable a la experiencia del mundo", escribe Gaspari. En este sentido, para encontrar ese equilibrio mental hay que estar predispuesto a aceptar que no siempre nos van a salir las cosas como queremos y que también las emociones negativas hay que interiorizarlas.

"En lugar de cambiar los sentimientos en sí mismos, podríamos cambiar la forma en la que pensamos sobre ellos, y esto podría mejorar nuestra experiencia y los efectos a largo plazo en nuestra salud mental", puntualiza por su parte Robson. "Sentir decepción, por ejemplo, puede resultar desagradable, pero hay que reconocer que esta nos ayuda a aprender de nuestros errores y, al asignar un significado más positivo al sentimiento y reconocer sus usos potenciales, en lugar de sentirlo como una amenaza para nuestra estabilidad mental, puede cambiar las respuestas del cerebro y del cuerpo a ese malestar".

Comprender lo malo

Uno de los estudios que mejor ilustra esta razón psicológica es el realizado por el Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano de Berlín. En él, los investigadores pidieron a los participantes que evaluaran varias emociones, como ansiedad, enfado o sentirse decepcionado. Después les preguntaron sobre la pertinencia, la utilidad y el significado de esos sentimientos. Así, aquellos que vieron un valor positivo en su mal estado de ánimo eran aquellos que obtuvieron mejores resultados en sus niveles de bienestar físico y mental, incluido un menor riesgo de sufrir diabetes o enfermedades cardiovasculares.

"Si reevaluamos nuestras emociones negativas y reconocemos su valor inherente, podrían darnos una sensación extra de empoderamiento y autonomía"

Esta tesis podría resumirse bien por la famosa frase de que "lo que no te mata, te hace más fuerte", y en realidad así es. No se trata de desvalorizar todo lo negativo de una sensación o de un suceso amargo que nos acaba de pasar, quitarle importancia y apartarlo, sino aprender de ello para que no nos vuelva a ocurrir o, al menos, que no nos afecte de la misma manera. En resumidas cuentas, resignificar las malas emociones (que ya son malas de por sí), para darles un atributo positivo.

"Si nos tomamos ese mal estado de ánimo como algo inapropiado, vergonzoso o potencialmente dañino, ello agravará nuestra sensación de vulnerabilidad y aislamiento, lo que puede exacerbar y prolongar los efectos fisiológicos", sintetiza Robson. "En cambio, si reevaluamos nuestras emociones y reconocemos su valor inherente, esas capas adicionales de estrés desaparecerán. Incluso, podrían darnos una sensación extra de empoderamiento y autonomía".

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Por tanto, muchas veces nuestra preocupación no nace del hecho desagradable en sí que nos acaba de ocurrir o de la sensación amarga que tenemos hacia algo o hacia nosotros mismos, sino de esa voz interior que nos hace volver una y otra vez al episodio desafortunado o a la emoción negativa. Obviamente, ante un hecho trágico o triste, como puede ser un duelo por la pérdida de alguien importante en nuestra vida, no se puede hacer nada ni hay palabras de ánimo que valgan, tan solo llorar y pasar el mal momento. Pero en situaciones negativas más cotidianas, muchas veces pesa más nuestra preocupación por ellas que la causa o las consecuencias que traen de fondo. Y, en ese sentido, es contraproducente tomar una postura de afrontamiento obsesivo o de evitamiento. En su lugar, intenta recomponerte y seguir adelante dándole su justa importancia.

Intenta recordar el último problema que has tenido. Tal vez no te hayan cogido en el trabajo para el que llevabas meses postulándote, te has sentido traicionado por un amigo o tu pareja o, sin ir más lejos, has discutido mucho con algún familiar en las últimas celebraciones navideñas. Quizá hayas vivido una situación en la que has sentido mucho ridículo o vergüenza ajena. Los conflictos con los demás o con uno mismo están a la orden del día, y hacer todo lo posible para que no ocurran no nos salvará de ellos. Hay incidentes desafortunados del destino que ponen en jaque tu estabilidad mental o emocional. ¿Cómo responder ante ellos?

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