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El Acta de Supremacía inglesa o el jarabe de palo
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La calumnia se torna en contra

El Acta de Supremacía inglesa o el jarabe de palo

Corría el siglo XVI en una Inglaterra en la que el terror se había apoderado nuevamente de aquel trozo de tierra desgajado del continente de tanto intentar centrifugarse

Foto: El rey Enrique VIII de Inglaterra, quien hizo aprobar la primera Acta de Supremacía (Fuente: iStock)
El rey Enrique VIII de Inglaterra, quien hizo aprobar la primera Acta de Supremacía (Fuente: iStock)

El lobo siempre será el malvado si es Caperucita la que cuenta la historia.

Friedrich Nietzsche.

La verdad es que en las guerras de religión los primeros derrotados son los valores por los que se rigen estas. Por ello, cuando el respeto se basa en el miedo, la moral desaparece a una velocidad vertiginosa subordinada a los intereses en conflicto que rara vez tienen que ver con elevados ideales, y de este modo, la peor versión del ser humano sucumbe ante la locura colectiva. Una cosa es predicar y otra dar trigo. Si el mercantilizado Jesucristo levantara la cabeza, a buen seguro que le entraba una depresión severa.

Corría el siglo XVI en una Inglaterra en la que el terror se había apoderado nuevamente de aquel trozo de tierra desgajado del continente de tanto intentar centrifugarse. Frontera con las procelosas aguas del Atlántico, en su aislada plataforma insular, un orondo psicópata regio que ha pasado a la historia como Enrique VIII, un asesino en serie al amparo de su amoral impunidad real, sobrado de sí mismo y con un ego desmesurado, ejecutaba sin que el pulso le temblara a cualquiera que le contradijera o sencillamente enarcara una ceja; y si no, que se lo digan a los miles de desgraciados que se llevó por delante y a las amantes y reinas que tuvieron el infortunio de tropezar con este canalla certificado. De aquellos lodos quizás, inadvertida o deliberadamente, a través del cisma y su impenitente arrogancia, este monarca, cambiaría el rumbo y destino secular de Inglaterra convirtiéndola para los restos en una nación incómoda por la falta de confianza que siempre ha destilado.

Foto: Luisa Isabel de Orleans (Fuente: Wikimedia)

Enrique VIII en su etapa tiránica, hizo que Inglaterra reforzara su nacionalismo de pasarela revitalizándola casi de manera enfermiza hasta el día de hoy. El karma actual que está padeciendo este estirado pueblo, probablemente se deba de algún modo al resultado de aquella decisión.

Divorciado de un Vaticano inmensamente corrupto, el monarca del birrete plano y zapatos pico – pato, se confirió a sí mismo la gestión de los asuntos religiosos (esto es, del vil metal y todos los activos patrimoniales enajenados a Roma), sumiendo en una nueva carnicería a sus esclavizados súbditos mientras que se adueñaba a pasos agigantados de sus ya empobrecidas voluntades reorientando el descontento popular, asesorado por Thomas Cromwell (otro calavera), hacia una matanza de católicos (entre ellos se cepilló al ínclito e integro humanista Tomas Moro) en tanto plasmaba en un documento llamado el Acta de Supremacía, un “Diktat” que aseguraba que la verdad central de la religión tenía su fulcro en la nueva Iglesia Anglicana de la cual él, era el chef y 'maître' a la vez de una cocina que tenía como no, su eje de acción en la confiscación de bienes mayores que ¡Oh casualidad! Iban a parar a los bolsillos de su majestad; aviesa maniobra que muchos dirigentes han esgrimido a lo largo de la historia para quitarse a los molestos opositores de en medio. Nada nuevo bajo el sol.

La ruptura con Clemente VII, a la sazón cabeza de la Iglesia de Roma, se produjo de manera irreversible con la aprobación del Acta de Supremacía. En paralelo, ocurrió que la turba, se convirtió en un huracán de odio y todo el país en un depredador incendio de caníbal voracidad. La desmadrada muchedumbre, que tanto ayer como hoy estaba a por uvas, se dio de alta en el gremio de los carniceros so pretexto de congraciarse con su rey – por si acaso -, y así como quien no quiere la cosa, se dispusieron a perseguir sin tregua con un inusitado fervor religioso de última hora a los católicos, convirtiendo aquello en un 'akelarre' a la par que les expoliaban sus haberes.

placeholder Clemente VII (Fuente: Wikimedia)
Clemente VII (Fuente: Wikimedia)

Una vez activadas las disposiciones del Acta de Supremacía, todo el campo fue orégano.

Siempre se habló con inquina de la Inquisición – sujeta al mandato de la iglesia -, que devino posteriormente en Santo Oficio -, bajo control de los reyes - a través de fórmulas más acordes con los nuevos tiempos y que al contrario de la inquisición inicial era usada como un órgano de control del pensamiento de la población entre otras cosas. La reverberación del letal soniquete sobre una verdad de patas cortas, se convirtió en un icono de una crueldad sin garantías; nada más lejos de ello cuando curiosamente y al margen de la cuestionable metodología de los interrogatorios, era bastante garantista en comparación con la inglesa, que te ponía en la horca, ante el hacha del verdugo o en una luminosa pira calentita sin más preámbulos, por poner un ejemplo. El Acta de Supremacía era literalmente implacable.

En el increíble espacio que llegamos a habitar en la época de los virreinatos (20.000.000 de Km2), nunca se rebasó el 5% de interfectos en el conjunto de las condenas al fuego purificador de aquellas almas descarriadas (leer a H. Kamen, P. Preston, Francisco García del Junco, Ricardo García Cárcel, y un largo y prestigioso etc. de historiadores españoles e hispanistas ingleses). En los juicios celebrados en Logroño a principios del siglo XVII, la afortunada intervención de un inquisidor con dos dedos de frente, evitó una auténtica masacre. Se pretendía en principio pasaportar en los valles del norte de Navarra a más de 200 confesos “colgados por los pulgares” y el auto de fe acabaría “solo” con seis reos gracias a la escrupulosa investigación del inquisidor Alonso de Salazar y Frías que Dios guarde en la gloria para cuando esta sea accesible.

"España era el objetivo de difamaciones sin cuento"

Huelga decir que la rancia influencia de la iglesia en las dos instituciones, Inquisición y Santo Oficio, sumió en el atraso a España en el concierto internacional a través del cultivo extensivo del miedo habida cuenta su omnipresencia e innumerables colaboradores. Esta dinámica de la que creo que no nos hemos desvinculado del todo por la autocensura, el atavismo marmóreo de muchas de nuestras mentes patrias, bien cultivadas por una deficiente educación de cuya responsabilidad hay que excluir a los castigados maestros, aún sigue en pie e interfiriendo la grandeza de nuestra nación con un freno de mano que ni Hércules en sus retos habría podido levantar.

Mientras durante los dos siglos posteriores a la luz verde para las actividades de la Inquisición, las guerras de religión hacían su agosto en Inglaterra, Francia, Flandes, Alemania y países de Europa central llevándose cientos de miles de personas por delante; en el imaginario popular vertido por las malformaciones difamatorias de historiadores y cronistas de andar por casa que tenían que nadar y guardar la ropa para no mojarse, so pena de que sus cuellos entraran en los libros de contabilidad inversa; España era el objetivo de difamaciones sin cuento.

Foto: Los hermanos Pinzón (Jl FilpoC/Wikimedia)

Sin ir más lejos, tanto empeño se puso en el purismo que debía de presidir la sombrilla protectora de la Iglesia Anglicana en Inglaterra, que, ya puestos y con carrerilla, se dedicaron a aniquilar además de a los católicos, a los cuáqueros, anabaptistas y otras especies sin catalogar.

Es triste ver al sujeto humano, un bípedo que al parecer quiere proyectarse hacia las estrellas, agrediéndose constantemente sin pararse a reconocer su intrascendencia enfrentada al cosmos, su irrelevancia ante el destino y la historia -medida esta como tiempo con mayúsculas y no mera cronología - siempre inmerso en una condena cíclica como Sísifo- el Aión griego - siempre en bucle, huérfano y desnudo ante el absurdo.

Aquel libro que leíamos de chavales, el Señor de las Moscas de William Golding, alegoría de la irracionalidad del mal y como su banalización aparece por sorpresa en cualquier lugar y momento; era una constatación de lo que venía aconteciendo desde in illo tempore y de lo premonitorio del mensaje que nos deja. ¿Inquietante? Sí…

"Las religiones, al igual que las luciérnagas, necesitan la oscuridad para brillar". Arthur Schopenhauer dixit.

El lobo siempre será el malvado si es Caperucita la que cuenta la historia.

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