Cómo no obsesionarte por la dieta durante las vacaciones de Navidad
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Cómo no obsesionarte por la dieta durante las vacaciones de Navidad

La cultura de la dieta típica de nuestra sociedad nos daña a todos y a menudo absorbemos los mensajes de manera inconsciente

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Todos los años es inevitable, como la crónica de una muerte anunciada. Llevas todo el año queriendo perder peso, pero por unas cosas u otras no ha habido manera. Y llegan las temidas vacaciones de Navidad, en las que hay tantas celebraciones con familia y amigos que escapar a esos kilos de más parece una misión hercúlea. Entonces, un año más como diría Mecano, esperamos a la cuesta de enero para adelgazar, y tiro porque me toca.

Pero el sentimiento de culpabilidad no desaparece, claro. E incluso si tienes mucha fuerza de voluntad, quizá te obsesiones con la dieta durante las vacaciones (amargando un poco al resto de comensales). Tomarás ese turrón, pero con la condición de que mañana lo quemarás saliendo a correr. Es algo muy normal puesto que todos estamos en mayor o menor medida dentro de esa cultura de la dieta de nuestra sociedad: el sistema de creencias convencional que inculca estereotipos y prejuicios sobre el peso, la salud y la alimentación. La cultura de la dieta nos daña a todos, sin embargo es especialmente dañina para las personas con cuerpos más grandes, claro, y a menudo absorbemos los mensajes de manera inconsciente.

No hay alimentos buenos o malos

Explica Paula Freedman en 'Psychology Today' que la cultura de la dieta nos dice que somos "buenos" si comemos ciertos alimentos y "malos" si comemos otros. Esto nos inculca la idea de que la comida tiene un valor moral, que luego se extiende a nosotros mismos. Nos llamamos "buenos" por pedir una ensalada y "malos" por disfrutar de un helado. Si bien los alimentos difieren en su composición nutricional, debemos tener cuidado de no combinar el valor nutricional con el valor moral.

Esos sentimientos negativos hacen que sea más difícil reconocer si tenemos hambre o si nos sentimos satisfechos con lo que acabamos de comer. Hay que pensar, además, que una comida (o varias) no van a cambiar sustancialmente nuestro peso ni tampoco nuestra salud.

Come y muévete como lo harías en tu vida diaria

Nuestros cuerpos son listos. Cuando restringimos nuestra alimentación, nos preparamos para atracones y nos sentimos fuera de control cuando finalmente soltamos las riendas. La privación nunca es buena idea, si sientes que debes comer algo, simplemente hazlo. Y no te sientas culpable después, pues castigarte por haberlo hecho tampoco sirve para nada, puede recordarte que eres solo un ser humano, y que es natural comer más allá de la saciedad a veces. Tu cuerpo digerirá la comida y la vida continuará. Si te concentras en intentar compensarlo, volverás al ciclo de restricciones y atracones, lo mejor es sentir compasión por ti mismo, aunque suene absurdo (pero en realidad luego somos muy duros con nosotros mismos).

Los límites

Nada arruina las festividades como un comentario crítico. Peor aún, hablar de dieta es a menudo contagioso. Cuando un ser querido dice algo negativo sobre la comida o el peso, intenta establecer un límite amable pero firme. Pongamos un ejemplo: alguien hace un comentario sobre la cantidad de calorías que tiene algo que estáis comiendo. Puedes decir que lo mejor es que os centréis, simplemente, en lo delicioso que está. Eso sirve igual cuando se hacen comentarios sobre el peso de alguien o sobre los alimentos supuestamente buenos o malos.

Diviértete

Las vacaciones están para pasarlo bien y reunirnos con nuestros seres queridos, agradecer que podemos estar todos juntos. Y la comida forma parte de esta cultura de la celebración. Comer no se trata solo de hambre y saciedad, se supone que también nos tiene que dar placer. Cuando nos permitimos disfrutar de ella sin sentirnos culpables, podremos experimentar la satisfacción emocional involucrada y esto, a su vez, puede ayudarnos a reconocer cuándo hemos tenido suficiente, lo cual es muy útil.

Y aunque suene un poco duro: hemos pasado tiempos difíciles y estamos vivos, hay que celebrarlo. A nadie le importa ser el más delgado del cementerio, y realmente todas estas cuestiones son un poco frívolas cuando pensamos en la suerte de poder disfrutar de estas fiestas: la sencillez de comer con nuestros seres queridos reunidos junto a una mesa.

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