Baltasar Gil Imón, el consejero de Felipe III que dio nombre al insulto 'gilipollas'
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Baltasar Gil Imón, el consejero de Felipe III que dio nombre al insulto 'gilipollas'

Fue uno de los hombres de confianza del monarca. ¿Cómo acabó este juez provocando el nacimiento de un descalificativo tan despectivo?

Foto: Retrato del rey Felipe III de España (Fuente: Wikimedia)
Retrato del rey Felipe III de España (Fuente: Wikimedia)

En el barrio madrileño de Imperial, en el distrito de Arganzuela, hay una calle que alude a un personaje histórico poco conocido, pero que sirvió de inspiración para dar a luz a una de las palabras más groseras y malsonantes que conoce nuestra lengua castellana. Nos referimos a la travesía de Gil Imón, que conecta la ronda de Segovia con el Paseo Imperial que lleva hasta la rotonda de Pirámides.

"Estas calles se abrieron hace pocos años al urbanizarse esta zona del barrio de Imperial", explica José Luis Rodríguez-Checa, escritor madrileño que recientemente ha publicado 'Historia de las calles de Madrid' (La Librería, 2021), una auténtica enciclopedia del callejero urbano a través del cual rescata personajes y anécdotas históricas con un espíritu divulgativo. Nombres como el de don Baltasar Gil Imón de la Mota, un caballero de la ilustre orden de Santiago que fue fiscal del Consejo Real de Castilla y prestó sus servicios al mismísimo Felipe III, sirviéndole de contador mayor de cuentas, como explica Rodríguez-Checa.

El conde Duque de Olivares definió a Gil Imón como "el más docto, discreto, informado y prudente ministro"

Nacido en el municipio de Medina del Campo (Valladolid) en 1547, ejerció como abogado en la Chancillería de la capital castellano-leonesa, que más tarde y durante el reinado de Felipe III acabó convirtiéndose en la capital del Imperio español. Concretamente, el 10 de enero de 1601, cuando su más inteligente consejero, el duque de Lerma, aconseja al monarca mover la capital de su reinado de Madrid a Valladolid a causa de las intrigas de palacio urdidas por su propia abuela, María de Austria, que pretendía restarle poder al duque.

Los consejeros del rey Felipe

Es precisamente en Valladolid cuando Gil Imón entabla una cercana amistad con el valido de Felipe III, ingresando en el Consejo de Hacienda en 1608 gracias a la intervención del duque, tal y como explica la 'Real Academia de la Historia'. Años más tarde, en 1612, asciende al Consejo de Castilla. Y ahí se supo mantener incluso cuando su máximo valedor, la mano derecha del rey, cae en desgracia al ser acusado de corrupción y ocupa su lugar el conde Duque de Olivares, quien definió a Gil Imón como "el más docto, discreto, informado y prudente ministro".

"Cuando este caballero acudía a algún acto social con su esposa y sus hijas, las gentes decían que habían llegado 'Gil y pollas'"

Por su parte, el duque de Lerma, pide ser ordenado cardenal a Roma con el objetivo de huir de la justicia que en 1621 ya se había cobrado la vida de su mejor socio, Rodrigo Calderón de Aranda, que en 1621 fue ejecutado en la plaza Mayor de Madrid. "Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se viste de colorado", se cantaba en las calles de Madrid cuando el pueblo se enteró de que el duque había pedido ser cardenal. Sin embargo, hay muchos detractores de esta versión oficial que sitúa al duque como un corrupto, alegando que en realidad existía una conspiración contra su figura orquestada por distintas personalidades y, sobre todo, por su sustituto al cargo de máxima confianza del rey, Gaspar de Guzmán y Pimentel, más conocido como el conde-duque de Olivares.

Tal confianza era la que tenía el duque en Gil Imón que le encomendó hasta la administración de su jugoso patrimonio. En lo que se refiere a su vida privada, tuvo ocho hijos con Gregoria de Vega, el amor de su vida, a quien conoció en su ciudad natal, Medina del Campo. Se podría decir que todo le fue bien en la vida, ya que sus hijos también tuvieron éxito en el mundo del derecho y la Administración, gozando de importantes fortunas y propiedades. Según apunta la 'Real Academia de la Historia', su mujer y sus hijas iban en carroza. Entonces, ¿por qué su nombre perdura hasta nuestros días habiendo dado forma a un insulto tan feo y manido como 'gilipollas'?

'Gil y pollas'

"Este personaje vivía en unas casas situadas en la cercana calle de San Bernabé, al otro lado de la ronda de Segovia", explica Rodríguez-Checa en su libro. "En cierta ocasión, sus tres hijas pasearon por el salón del Prado con ropas alejadas del debido recato que imponían las leyes. Fueron amonestadas por un alguacil y amenazadas de ser apresadas. Cuando se enteró su padre del hecho, les obligó muy enfadado a vestir con hábitos de monja durante el resto de su vida. Cuando este caballero acudía a algún acto social con su esposa y sus hijas, las gentes decían que habían llegado 'Gil y pollas', aludiendo al término coloquial con el que se llamaba a las chicas jóvenes. Se cree que de ahí surgió el calificativo despectivo, aceptado hoy por la Real Academia".

Si atendemos a la definición que hace la RAE del término 'gilipollas', usado para describir de manera grosera a una persona "necia" o "estúpida", cabe preguntarse por qué adquiere este significado y no otro. "Dado el pobre resultado que obtuvo don Baltasar para conseguir un buen partido para sus hijas, quedó desde entonces fijado el término 'gilipollas' como el de persona que no destacaba precisamente por su inteligencia", explica José Manuel Pradas, abogado y ex bibliotecario de la Junta de Gobierno del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid en un artículo publicado en 'Lawyer Press'.

Foto: Fuente: iStock.

"Sus hijas no eran conocidas como las 'gilipollas', sino que las llamaban 'gilimonas', así que de feas nada, sino al contrario", prosigue, contradiciendo la versión de Rodríguez-Checa. "Y de tener pocas luces, tampoco, sino que eran inteligentes y abiertas de mente, con una tendencia natural a los devaneos amorosos y cortesanos. Y sucedió que, Felipe III, a sugerencia de su esposa la reina Margarita, muy católica y guardiana de las buenas costumbres, promulgó una Pragmática por la que se prohibía a las mujeres el uso del guardainfante y llevar verdugados bajo la falda (como una especie de cancán) y sobre todo cualquier jubón descotado que pudiera incitar al pecado. Pues bien, saltándose a la torera la prohibición, las hijas de Gil se exhibieron por el Salón del Prado, luciendo con desparpajo todo aquello que había sido prohibido, entre los aplausos y vítores del personal masculino", lo que sí que conecta con la versión de la historia de Rodríguez-Checa.

"El rey en lugar de multa les impuso el castigo de vestir durante tres meses los hábitos de las Madres Mercedarias y pasear a diario con un cartel en el pecho donde pedían disculpas por su irreverente comportamiento", concluye Pradas. Entonces, realmente el significado de tonto o lelo hace referencia al propio padre, Baltasar Gil Imón, quien no habría conseguido enderezar a sus hijas en las buenas costumbres que, en aquel tiempo y por desgracia, estaban sujetas a un puritanismo patriarcal bastante agudo, estando sometida la libertad individual y de vestimenta de las mujeres al padre o al marido. "El ingenio popular juntó las dos palabritas de marras, con el resultado que hoy conocemos", sentencia el abogado.

La 'Misericordia' de Benito Pérez Galdós

Ahora bien, más allá de la historia del bueno de Baltasar, cabría rastrear los orígenes del insulto y cómo empezó a popularizarse hasta nuestros días. Pancracio Celdrán, profesor y periodista español especializado en historia, publicó en 2008 la mejor obra para entender desde un punto de vista lingüístico los orígenes de los tacos. En 'El gran libro de los insultos' explica que en realidad se trata de un préstamo del árabe, tomando la raíz de "yahil", "yihil" o "gihil" que viene a significar "bobo" y "pollas", que hace referencia a lo que ya todos sabemos.

Foto: '¡Yahil! ¡Que eres un yahil!' (iStock)

Según Celdrán, La primera vez que apareció escrito "gilipollas" fue por puño y letra de Rodríguez Marín, poeta y folclorista. Pero no se haría famosa ni formaría parte del léxico popular y común español hasta que Benito Pérez Galdós lo incluye en su novela 'Misericordia' (1897). Desde entonces y hasta ahora figura como uno de los insultos más usados en el léxico castellano, a la par que malsonante y con un halo ridículo.

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