La delicada frontera sur: historia de las invasiones magrebíes
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Granizada de pedradas

La delicada frontera sur: historia de las invasiones magrebíes

Este país tiene una indiscutible atracción para los amigos de lo ajeno, tanto domésticos como foráneos. Es un paraíso en la tierra salvo para los que padecemos a nuestros gobernantes

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“Qué cosa tan extraña es el hombre: Nacer no pide. Vivir no sabe y morir no quiere.”

Facundo Cabral (Poeta)

Decía la ilustre Wislawa Szymborska (Nobel literatura en 1996), una dama arrugada y doliente, de sonrisa eterna, que ninguneaba con una elegancia sin igual el sufrimiento que había padecido antaño a manos de los inhumanos que se apoderaron de la nación alemana en el año 1933, que no creía que hubiera ningún infierno más allá de esta vida. Sin embargo, ella conjeturaba que hay una gran variedad de ellos que las personas crean para sí mismos o para otros. La guerra, es con diferencia el ejemplo palmario y el rasgo menos ejemplar pero más elocuente, constante y repetitivo en la existencia de este bípedo ¿privilegiado? que somos. Hay una frase rotunda del amigo Platón en la que hace una clara alusión respecto a esta plaga que alimentamos con una fertilidad tan inaudita como inconsciente, y reza así; (sic) Los muertos son los únicos que han visto el final de la guerra… Es lapidaria ciertamente, pero al mismo tiempo, tristemente irrefutable.

Aquí, en el predio patrio, al cual los primeros fenicios bautizaron con el topónimo que casi ha permanecido inalterable - I-Spin-Ya -, y que como raza semítica tuvo su origen común en la voz hebrea Spn, más tarde romanizada a golpe de legiones derivando hacia la más conocida Hispania; nos aporreábamos (y aporreamos) sin pausa como si fuera un deporte nacional, en la que probablemente sea la nación más mestiza del mundo.

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Ya en el año 171, los Mauris, una tribu muy aguerrida del Magreb que había intentado conquistar lo que hoy es Andalucía y que casi casi lo consiguen durante la égida del increíble Marco Aurelio, despiertan y cabrean al curtido Galba y la VII legión en su letargo invernal en León. Estos fornidos legionarios se fueron a darles cera a estos ancestros de Tarik (año 711) en la entonces llamada Bética. Pero poco les duró la alegría a los invasores que alegremente correteaban por las riberas del Guadalquivir con absoluta impunidad.

En principio, la Séptima Gémina (una legión de élite formada por hispanos) fue llevada a León para proteger las Médulas, probablemente las minas de oro más grandes y rentables del imperio, y así de paso, controlar a los díscolos astures que eran muy cañeros.

Ya desde León, y a marchas forzadas, esta prestigiosa legión romana nutrida de autóctonos de la Bética, Lusitania y Tarraconense; una auténtica máquina de guerra altamente entrenada en vapulear al personal en otros lejanos lares del imperio; la Dacia, la Galia y Britania; bajó al sur y la lio parda.

Esta legión tan laureada como controvertida, la VII, estaba bajo el control de Galba, que era en ese momento el pretor que cortaba el bacalao en la Tarraconense, una de las tres provincias (y la más extensa), pues llegaba desde el Mediterráneo al Atlántico -, división administrativa que configuraba la Hispania heredada de Octavio Augusto.

"Los mauritanos que creían venir a un parque de atracciones, duraron lo que el canto de un gallo"

Entonces, ya sea por la ambición desmedida o porque el cargo subalterno en la estructura imperial le venía pequeño, el poco dichoso Galba (por razones que más tarde veremos), se cabreó con Nerón y mientras este se daba a la fuga por el empedrado de la Vía Salaria y tras sacudirle unos buenos sestercios a su amigo y asesino Epafrodito a cambio de una acción rápida e indolora; se autoproclamó emperador de la Roma eterna. Poco le duró el asiento y la púrpura, pues un año después, un legionario bien pagado, le dio un final a cuchillo que es mejor no describirlo pues merece un capítulo aparte.

En esencia, el golpe de estado y subsiguiente muerte del tarado de Nerón, debía de parecer que tenía un sesgo pasional o toque de venganza. Poco después el legionario desapareció literalmente sin dejar rastro, y nunca más se supo de él. Fue el año de los cuatro emperadores (morían como chinches), pues el que le sucedió, no duró ni 48 horas, un tal Pisón. Mala suerte la de tocar las mieles y que te den el pasaporte a la primera de cambio; así era Roma, el cementerio del poder.

Los mauritanos que creían venir a un parque de atracciones, duraron lo que el canto de un gallo y las órdenes explícitas de Galba de no dejar títere con cabeza fueron seguidas al pie de la letra. La matanza fue antológica y solo a una docena de muchachitos que estaban al cargo de la impedimenta, les fue permitido vivir, vivir sí, con la condición de que contaran lo acaecido al otro lado del estrecho con todo lujo de detalles a modo de aviso a navegantes.

Foto: Un aeroplano Lohner Pfeilflieger del Ejército español volviendo a su base en la zona de Tetuán en 1913 (Wikimedia)

Pues bien, tras una larga reflexión sobre el severo correctivo aplicado, 540 años después, allá por el 711 (año 89 de la Hégira para el islam), otra horda dirigida por el bereber Tarik, esta vez, de enardecidos tostaditos enarbolando la Yihad contra los desviados cristianos, judíos y todo quisque que tuviera un Dios al que rezar que no se llamara Allah, empezaron a tocar las partes pudendas de los que llevaban practicando otras confesiones desde hacía cientos de años. A esos desviacionistas les llamaron infieles y ante la entrada en masa de miles de jinetes con alfanjes y coloridos turbantes desde el lado africano hacia la península y la imparable conquista del territorio peninsular; las conversiones para salvar el cuello fueron masivas.

Pero la cosa no queda ahí.

Aunque se ha mitificado hasta la saciedad lo acontecido en Covadonga como una batalla en toda regla que da principio al periodo llamado Reconquista, lo acontecido en aquel sagrado lugar para la cristiandad fue una escaramuza menor sí, pero muy aleccionadora para los invasores. La granizada de pedradas, rocas de tamaño 'king size', lanzas, flechas y artilugios varios como calderos de agua hirviendo (sin fabada eso sí, que era una receta ultrasecreta), que les cayó a esta turba de hijos de Mahoma, fue de tal magnitud, que refundaron la metafísica después de aquel aciago día.

Pero este país tiene una indiscutible atracción para los amigos de lo ajeno, tanto domésticos como foráneos. Es un paraíso en la tierra salvo para los que padecemos a nuestros gobernantes, pero ello no es óbice para que a la vez ocupemos el segundo lugar por turismo y visitantes año tras año. Pero estas corrientes migratorias de sol y playa medianamente adineradas, no lo fueron siempre así.

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Fuente: iStock

Entre el año 711 y la clausura del último reino taifa nazarí en el año 1492, pasaron unas cuantas lunas y unas cuantas cosas.

Lo primero que hay que recalcar, es que el Corán dice taxativamente que la fe islámica no se puede imponer por la fuerza a nadie – otra cosa son las interpretaciones extremistas -, y este precepto está claramente definido en la tradición religiosa musulmana. Ahora bien, las conversiones no venían azuzadas por el miedo al invasor no, lo que ocurría es que para tener unas relaciones comerciales saludables, ser un “buen” ciudadano y mercader, facilitaba el acercamiento al verde libro sagrado y ello, lógicamente, favorecía el buen rollito a la par que evitaba burocracia y papeleo.

Pero no todas las oleadas de invasión fueron tan benévolas con los autóctonos. Cuando Toledo cae en manos cristianas en el año 1085, las taifas sureñas ven las orejas al lobo y llaman al primo de Zumosol, en este caso, encarnado en los rigoristas ortodoxos Almorávides que entran a saco, crujen a los que se les oponen y alientan el concepto de Al Ándalus. Pero poco les duraría el fervor bélico a estos elementos pues rápidamente se apoltronaron de tal manera que, unos colegas suyos – de la misma confesión -, los almohades, allá por el año 1140 les dieron una tunda importante sometiéndolos en un abrir y cerrar de ojos. El turismo africano se hacía fuerte en la península.

Los Benimerines cruzaron el estrecho como horda que lleva el diablo en el año 1275 y, con la coartada de ayudar a los Nazaríes, se apropiaron de muchas de sus posesiones

Pero en medio de este juego de espejos y de transiciones efímeras, se cernía uno de los golpes más terribles que pudieran encajar los musulmanes en su aventura peninsular. Un tórrido verano del año del señor – que esta vez sí parece que estaba despierto y presto a echar una manita - de 1212, los tres reinos cristianos de mayor peso, Castilla, Aragón y Navarra; en una comunión trascendental, dieron un repaso antológico a una cifra probable de 50.000 elementos de las tropas de invasión en una de las derrotas en las que participaron, además, destacamentos de caballeros franceses, órdenes militares y nuestros hermanos portugueses. La matanza fue descomunal y los cuervos hicieron su agosto a destajo en aquel trágico mes de julio. Aquella triste- y gloriosa a la vez- batalla (la Navas de Tolosa) cambió el rumbo de la historia. Entre las Parias (tributos que pagaban los morubes a los reinos cristianos), y la fragmentación taifa tras la caída del califato de Córdoba (1031), el fin de los sarracenos era como la crónica de una muerte anunciada.

No obstante, una facción magrebí otra vez (los Benimerines), que tenía ganas de grandeza, pero poco empaque, cruzaron el estrecho como horda que lleva el diablo y en el año 1275 con la coartada de ayudar a los Nazaríes, se apropiaron de muchas de sus posesiones. Poco les duró la fiesta pues en la batalla del Salado en 1340, con la ayuda de nuestros hermanos portugueses recibieron una tunda memorable teniendo que abandonar un jugoso botín y unos cuantos miles de cadáveres.

Pero faltaba la faena que llevaría a salir por la puerta grande a los artífices del mejor pacto firmado en la península en siglos.

Hablar de los Reyes Católicos necesita varios capítulos y no entra en el propósito de este artículo. Su grandeza ya entró en nuestra historia y de ella, son parte nuestros cimientos.

placeholder La Alhambra de Granada (Fuente: iStock)
La Alhambra de Granada (Fuente: iStock)

En un sur acorralado por las huestes cristianas, quedaba un reducto convaleciente y testimonial de un reino que vivía en la autocomplacencia y el hedonismo, entre los réditos de un pasado esplendoroso y una realidad de decadencia abrumadora. Este reino era el último estertor de la breve dinastía Nazarí.

Tras la catástrofe infligida en las Navas de Tolosa y posterior huida de los Almohades, uno de los escasos supervivientes con cierta capacidad de liderazgo, logró mantener a los ejércitos castellanos a raya en su continua erosión del territorio de lo que antaño fue Al Ándalus. En 1232 fue proclamado emir del Reino de Granada dando así paso a la dinastía Nazarí.

Pero mientras tanto, la correa del tiempo distribuía el azar, y el Reino de Castilla era como una gota malaya para aquel provecto sultanato que estaba en sus estertores. Los autodenominados últimos árabes peninsulares, constreñidos entre los macizos penibéticos y lo que hoy es el espacio costero entre Barbate y la frontera de Murcia, sumaban una superficie de unos 30.000 km2 y un millar de kilómetros de fronteras marítimas y terrestres.

Antes de desaparecer de la historia, dejaron un legado incomparable que bien puede estar entre una de las grandes maravillas arquitectónicas jamás construidas. Este monumental constructo - La Alhambra -, visitado por millones de afanados turistas del conocimiento, ocupa docenas de páginas en el Summa Artis, en la prestigiosa e inigualable FMR (Franco María Ricci) y en miles de publicaciones de toda índole, siendo un legado para la humanidad que refleja la grandeza de un pueblo, el árabe, hoy dividido y de vuelta a la Edad de Piedra .

El fin de la Guerra Civil Castellana (1480) y la consolidación de Isabel I en el trono, generan las condiciones necesarias para acabar con ese último reducto en el sureste peninsular. Para mayor abundamiento, una crisis política y económica que deviene en abierta guerra civil, da la puntilla al reino nazarí que, tras 250 años, desaparece tras la rendición de Boabdil el Chico a aquellos dos grandes reyes que pusieron la piedra angular del mayor imperio terrestre que jamás haya existido. Mas de 20.000.000 de kilómetros cuadrados llegaron a abarcarse en el momento álgido y de máximo esplendor. Lo que ahora llamamos España, es una ironía del destino, un espacio que hoy “solo” ocupa algo más de medio millón.

Somos unos campeones…

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