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¡Cuidado con la cartera, que viene un francés! Las traiciones de nuestro vecino de arriba
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¡Cuidado con la cartera, que viene un francés! Las traiciones de nuestro vecino de arriba

Los últimos cinco siglos han sido un adversario temible y un socio de dudosa sinceridad en sus efusivos apretones de manos de cara a la galería

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“La hormiga por odio a la cucaracha, votó al insecticida.

Murieron todos, hasta el grillo que se abstuvo…”

Anónimo.

Francia, nación grande donde las haya, patria de pensadores, poetas, artistas y científicos de primera fila, de una eficaz organización administrativa - aunque fuertemente centralizada -, que convive en su periferia con otras alternativas de gestión del estado tan diferentes como eficaces, que tiene una espectacular y minimalista gastronomía para la que hay que tener buena vista o estar muy entrenado para localizar el condumio en el plato, con unos caldos que bien podrían estar a la altura de los españoles; es un país donde el debate dialéctico está inserto en la cultura y la educación, lo que les hace llevarnos cierta ventaja secular. Pero, una especie de alucinación colectiva llamada “la Grandeur”, distorsiona y alimenta desde temprana edad – tanto histórica como escolar -, un mito sobredimensionado y de un nivel de autosugestión bastante elevado. En esencia, cada vez que se han venido para arriba, les ha caído una granizada importante, ora proveniente del sur de los Pirineos, ora del lejano este ruso o, de los más aguerridos y próximos teutones.

También, a pesar de sus virtudes como nación asentada en la geografía política y económica del actual orden mundial, y en atención a las iniciativas que viene desarrollando en su posición ante el proyecto europeo con tesón e imaginativas fórmulas; no hay que olvidar que, a lo largo de la historia, no han sido socios fiables.

Foto: Rodrigo de Triana. Ilustración de la revista Mundial Magazine en 1913

Aunque hay que reconocer que tras las derrotas infligidas por los vascones en Roncesvalles y por Carlos Martel en Poitiers (732- 733 según cronistas), este tomó medidas para aunar un conjunto muy fraccionado de territorios disgregados y con su en principio, tímida iniciativa de creación de estados tapón al sur, consolidados años más tarde por Carlomagno a partir del año 800 de nuestra era con las marcas sub pirenaicas, se quitó de en medio a los creyentes de Allah taponándolos con su estratégico y oportuno invento.

Pero no hemos venido aquí para lanzar loas a los galos; ya se quieren de sobra a sí mismos.

Los últimos cinco siglos han sido un adversario temible y un socio de dudosa sinceridad en sus efusivos apretones de manos de cara a la galería. No hay que olvidar la luxación que casi le endosa el atildado perillán galo Macron al gorila norteamericano de Trump que todavía debe de andar convaleciente…

El caso es que mientras los Austrias estuvieron por estos pagos y tras cepillarse a los muy armados de razones comuneros, tuvimos la sartén por el mango a pesar de las moscas cojoneras del otro lado del canal, cuyo sistema educativo o formación profesional estaba exclusivamente enfocada hacia una única y lucrativa actividad.

"La cosa comenzó a cambiar con la Guerra de Sucesión española y los lastres derivados de los Pactos de Familia entre Borbones de ambos lados de los Pirineos"

Tampoco, debemos de olvidar, que en plena guerra contra los turcos, Francisco I, a la sazón monarca galo, que estuvo encerrado en Madrid durante una temporadilla en la Torre de los Lujanes a cuerpo de rey tras el estacazo que le arreó en la batalla de Pavía el soldado guipuzcoano Juan de Urbieta; firmó con las dos manos las condiciones para volver a Francia. Claro, que en cuanto lo liberó nuestro emperador Carlos I de España y cruzó la frontera, nos hizo una peineta descomunal. Pero ni corto ni perezoso, para vengarse por la humillación recibida, dio a los otomanos un puerto franco en Marsella para que atacaran nuestras tierras con más facilidad. Una pieza el sujeto. Dos puñaladas de una tacada.

La cosa comenzó a cambiar con la Guerra de Sucesión española y los lastres derivados de los Pactos de Familia entre Borbones de ambos lados de los Pirineos. Carlos II nuestro último Austria, tuvo la desgracia de faltarle un hervor, habida cuenta la tremenda afición de la monarquía Habsburgo a retozar casi siempre con féminas de su estirpe en la misma pecera, para así conservar el patrimonio territorial de la dinastía. Veinte millones de kilómetros cuadrados y una muy heterogénea población de lo más variada culturalmente le cayó encima de su licuado cerebro (ver historia de su autopsia) y para darle más morbo al tema; no dejó descendencia biológica propia. Total, que hizo un testamento que más bien parecía un pan como unas hostias.

El elegido para el trono español, fue Felipe V de Anjou que, a su vez, era nieto del engolado e hiper perfumado Luis XIV. El primer Borbón español representaba el modelo centralista francés, que, a su vez, era apoyado por la Corona de Castilla. Carlos de Habsburgo – el otro pretendiente apoyado por los anglos y los holandeses -, era más de corte foralista, y a su vez, le apoyaba la Corona de Aragón, y con especial énfasis, Cataluña. La cosa acabó con varios cientos de miles de muertos, un ingente número de viudas y huérfanos además de los graves daños a nuestra geografía territorial. El estrepitoso tratado de paz subsiguiente (Utrecht), que marcó el principio de la hegemonía británica a la par que la decadencia del formidable imperio que fuimos, es un punto de inflexión en nuestra historia que debería de hacernos reflexionar el por qué estamos hoy donde estamos y qué futuro nos espera de seguir así.

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Pero no vamos a desviarnos.

Como un siglo más tarde, y para fomentar las peculiares relaciones de compromiso a las que nos obligaban los Pactos de Familia entre los Borbónes de aquí, los de allá y los de acullá; un caballero sobrevalorado que hoy habita un formidable panteón en Los Inválidos en Paris; pidió allá por el año 1808 un visado para meter en cintura a nuestros hermanos portugueses por su irreverente comportamiento para con el emperador y dios de la Tierra en ese momento.

Con nuestros incompetentes monarcas, padre e hijo, Carlos IV y Fernando VII, secuestrados en Bayona - acreedores ante la historia del desprecio del pueblo español-, y firmando incontables e inconfesables documentos a cambio de asegurarse la vida y bienes; a este mitificado militar galo que quiso ilustrar al resto de europeos a base de palos, no se le ocurre otra cosa que añadir un párrafo de letra pequeña sobre la marcha, traduciendo digo por Diego y materializando una invasión en toda regla.

Foto: Napoleón Bonaparte en Egipto (Fuente: iStock)

Una más de las incontables puñaladas traperas de nuestros vecinitos del norte y que dan para una antología de la traición que no es propósito de este artículo, pero que suman agravios como para estar ojo avizor.

Lo acontecido a continuación es la secuela de un pueblo, el madrileño en primera instancia y de a poco, el levantamiento y clamor de toda una nación humillada por tan aviesa maniobra. Además, hay que destacar que el ejército de invasión francés en la península formado por una cifra oscilante de 300 000 soldados, luchaban en España a la defensiva - si descontamos los momentos iniciales -, contra un enjambre de más de 300 partidas de guerrilleros inasequibles al desaliento y con hambre atrasada. Un pueblo, el español, que solo se une cuando viene alguien a interrumpirles su habitual trifulca por temas menores. ¡Qué karma!

Moraleja, cuando le des la mano a un francés, procura tener la cartera a buen recaudo y si firmas algo; notario, testigos, luz, taquígrafos y después, estar “al loro” por si acaso.

España, una vez más, la tumba de Francia.

“La hormiga por odio a la cucaracha, votó al insecticida.

Marsella Austria
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