El olvidado diplomático portugués que salvó a miles de personas del exterminio nazi
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UN 'SCHINDLER LUSO'

El olvidado diplomático portugués que salvó a miles de personas del exterminio nazi

Arístides de Sousa Mendes intentó salvar al mayor número de refugiados posible desde su oficina en Burdeos. Esta es su historia

Foto: Una de las imágenes que quedan de Arístides de Sousa Mendes. (Wikipedia)
Una de las imágenes que quedan de Arístides de Sousa Mendes. (Wikipedia)

"Quien salva una vida, salva al mundo entero", dice el Talmud, una frase grabada que rubrica la fe en la Humanidad pese a todo, y que también alude a un personaje histórico que heroicamente, y en contra de lo que se suponía que tenía que hacer, salvó a aproximadamente 1.200 personas del exterminio nazi: Oskar Schindler, un personaje histórico perfectamente retratado en la película de Steven Spielberg de 1993. Pero en esta ocasión no nos vamos a detener en la biografía de este conocido empresario alemán que se enfrentó a Hitler y las SS, sino a otro mucho más desconocido y que en su momento también se encontró frente a un dilema vital en una situación de lo más delicada como viene a ser una guerra mundial: obedecer las órdenes de su gobierno o seguir el dictamen moral de poner a salvo al mayor número de personas posible para que injustamente no fueran asesinadas.

Este personaje histórico es Arístides de Sousa Mendes, un diplomático portugués que se enfrentó no solo al gobierno de Hitler como haría Schindler, sino también al suyo propio, el del dictador Antonio de Oliveira Salazar, que en aquellos turbulentos años impidió la entrada a todo refugiado judío, comunista o apátrida que decidiera huir por cualquier medio de la invasión nazi, que a mitad del año 1940 recrudecía su invasión europea en Francia, territorio en el que desempeñaba el portugués su difícil labor de cónsul. Geográficamente, los habitantes del país francés se encontraban atrapados entre tres dictaduras fascistas y antisemitas: la de Hitler en Alemania, la de Franco en España y la de Oliveira en Portugal, de ahí que la extensión de visados en busca de asilo político, tarea de la que se encargaba Mendes, fuera de lo más comprometida.

"De pronto, el esfuerzo desinteresado de Sousa Mendes para ayudar a un amigo o una familia judía se convirtió en un dilema entre salvarse a sí mismo o salvar a miles de personas"

Fue una semana clave. Del 16 al 23 de junio de 1940, extendió más de 30.000 visados (no se sabe exactamente la cifra) a refugiados políticos en busca de asilo que se agolpaban frente a las oficinas del consulado portugués en el número 14 de la calle Luis XVIII de Burdeos. Entre ellos se encontraban "estadistas, embajadores y ministros, generales y altos funcionarios, profesores, letrados, académicos, artistas, periodistas, estudiantes universitarios, empresarios, sacerdotes, mujeres y niños necesitados de protección", tal y como describía el propio Mendes en una carta dirigida al Ministerio de Relaciones Exteriores portugués rescatada por el célebre periodista Chanan Tigay, quien ha publicado un largo reportaje sobre aquellos convulsos días en la Francia ocupada en la revista 'Smithsonian Magazine'.

Un héroe de la firma de visados

Desafortunadamente, Oliveira Salazar denegó las peticiones de asilo y prohibió a Mendes extender cualquier tipo de visado para que los refugiados pudieran viajar de Burdeos a la costa portuguesa, aunque solamente fuera para coger un buque que les llevara al otro lado del Atlántico, al continente americano que, a diferencia de Europa, no se estaba desintegrando por las bombas, los campos de concentración y la propaganda nazi. Entonces, empezó a conceder visados a todo aquel que lo pidiera desoyendo las órdenes de su propio gobierno, hasta el punto de, como describe Tigay, "no dormía con tal de salvar al mayor número de gente posible".

placeholder Imagen del acto de homenaje al cónsul en el Palacio Nacional de Lisboa. (EFE)
Imagen del acto de homenaje al cónsul en el Palacio Nacional de Lisboa. (EFE)

El pasado 21 de octubre, dos ciudades francesas (Burdeos y Hendaya) y una gallega (Baiona) rindieron un homenaje simultáneo tras su entrada en el Panteón Nacional de Lisboa, en una ceremonia oficiada por el actual presidente de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa junto al primer ministro António Costa. "Cambió la historia de Portugal y proyectó Portugal en el universo", declaró Sousa durante la ceremonia, aunque evidentemente su decisión de ayudar a los refugiados no gustara nada en su momento al dictador Oliveira Salazar.

Eso sí, Mendes tampoco era un héroe partisano o una persona que se opuso frontalmente al régimen totalitario de Hitler. De ideología era muy conservador, y había nacido en el seno de una familia bien avenida. Antes de ser destinado a Burdeos, ejerció de cónsul en Estados Unidos, la Guayana Británica, Zanzíbar, Brasil, España (Vigo, más concretamente), Luxemburgo o Bélgica. Nació el 19 de julio de 1885 en Cabanas de Viriato, un municipio cercano a la ciudad de Viseu. Consiguió graduarse en Derecho en la Universidad de Coimbra a los 22 años y en 1908 contrae matrimonio con su prima, con quien tuvo nada menos que 14 hijos. Era muy culto y le encantaba la música clásica, tal y como recuerdan en un artículo publicado en 'Center of Portugal'.

"Sus oficinas estaban llenas de decenas de refugiados muertos de cansancio tras esperar durante varias noches en las calles"

Su empatía con el drama humanitario que estaba viviendo Europa, y más concretamente los judíos, gitanos, comunistas y cualquier persona disidente con el nazismo, le llevó, como decíamos, a desobedecer las órdenes directas del Palacio de São Bento. Y no solo eso, sino que él mismo acogió a ancianos, enfermas y embarazadas para que se refugiaran en su apartamento, tal y como narra su sobrino, César Mendes, en 'Yad Vashem', la institución israelí en recuerdo al Holocausto. "Incluso, sus oficinas estaban llenas de decenas de refugiados muertos de cansancio tras esperar durante varias noches en las calles", asegura. "La mayoría de ellos no tenían más que la ropa que vestían".

El dilema de Mendes

"De pronto, el esfuerzo desinteresado de Sousa Mendes para ayudar a un amigo o una familia judía se convirtió en un dilema entre salvarse a sí mismo o salvar a miles de personas, entre obedecer a su gobierno o a su conciencia", sentencia Tingay por su parte. "El dilema que tenía lo desestabilizó tanto que entró a trompicones en su dormitorio 'como si hubiera enfermado de gravedad', rememoraba su hijo. Con las bombas a poca distancia clamando la inminente llegada de los alemanes y su gobierno manteniéndose firme en la negativa de conceder un paso seguro a los pobres refugiados, debió haber entendido las posibles consecuencias de dejar a toda esa gente ahí cuando abrió sus puertas y comenzó a firmar visados en masa".

Foto: El batallón Six Triple Eight. (Foto promocional del documental 'The Six Triple Eight')

El propio Mendes lo reconocería meses después, en un transcrito que recoge el periodista norteamericano. "Había cientos de niños que estaban con sus padres compartiendo su sufrimiento y angustia. Todo esto no podía dejar de impresionarme de forma brutal, ya que yo soy padre de familia y mejor que nadie entiendo lo que es no poder proteger a los tuyos".

A tal punto llegó su fervor por salvar al mayor número de personas posible que, según Tingay, la prisa le llevó a firmar primero con su nombre completo (Arístides de Sousa Mendes) a simplemente Mendes. "Atemorizados por perder su lugar en la cola, los refugiados no se movían ni para comer ni para beber", narra el periodista. "Estallaban peleas, cada día llegaba gente nueva desesperada por obtener el documento". De entre tantos anónimos también había personalidades conocidas o artistas famosos. Por sus oficinas pasó Gala, la esposa de Dalí, quien buscaba asilo en Estados Unidos para ella y su marido, planeando la huida con otros surrealistas.

Su regreso a Portugal

Al regresar a Portugal, tuvo que hacer frente a todas las órdenes que había desobedecido, acatando sanciones por parte del gobierno. Hay algunas discrepancias sobre cómo pasó el resto de su vida, algunas fuentes aseguran que fue apartado de la diplomacia para siempre teniendo que vivir de la caridad. Otros, como el historiador portugués Rui Alfonso, matizan que simplemente se le redujo el sueldo. Lo cierto es que murió en un hospital de Lisboa en 1954 a la edad de los 69 años, y ahora, más que nunca, su figura histórica es rescatada como alegoría de que, a la hora de la verdad y ante una situación de lo más injusta, más vale escuchar a la voz de la conciencia interior que seguir las órdenes civiles más inmediatas.

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