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El dolmen de Guadalperal: la historia sumergida por el franquismo que la sequía saca a flote
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Lo que los pantanos esconden

El dolmen de Guadalperal: la historia sumergida por el franquismo que la sequía saca a flote

Conocido popularmente como el "Stonehenge español”, la injusta comparación no es más que una muestra del estado de abandono de este conjunto extremeño histórico

Foto: Fuente: Wikimedia
Fuente: Wikimedia

Durante los meses de verano, coincidiendo con las altas temperaturas y la ausencia de lluvias en Extremadura, un tesoro histórico resurge del maltrato al que ha sido sometido desde hace décadas. Se le conoce popularmente como “El Stonehenge español”, pero el Dolmen de Guadalperal tiene nada que ver con el famoso monumento histórico situado en el condado de Wiltshire, en Reino Unido. De hecho, esta injusta comparación no es más que una muestra del estado de abandono del conjunto extremeño. En medio del recorrido que traza el caudal del río Tajo en la provincia de Cáceres, este conjunto histórico permanece en silencio bajo miles de litros de agua, pero de vez en cuando asoma para recordarnos que sigue ahí.

El Tajo siempre fue un río muy caudaloso y navegable para las diferentes civilizaciones, pero también una de las “principales barreras que dificultan el tránsito norte-sur de la meseta, una dificultad que se acentúa en el tramo del río que cruza Extremadura”, apuntan Eduardo Galán y Ana María Martín en un artículo titulado “Megalítico y zonas de paso en la cuenca extremeña del Tajo”. A lo largo de su orilla se acumulan los vestigios del pasado social ligado a la importancia del agua para la vida.

Foto: La escalera del Turuñuelo (Fuente: Proyecto Construyendo Tarteso)

Dicha importancia del agua en la península significó las políticas territoriales que a lo largo de los siglos, y especialmente desde el inicio del siglo XX, conformaron el mapa de España hasta la actualidad. La idea que comenzara con el llamado Plan Gasset (el Plan General de Canales de Riego y Pantanos promulgado en 1902) tomó forma medio siglo después. Tras la guerra, el franquismo no quiso perder la oportunidad de acudir a la modernidad desde aquella propuesta conservadora de la construcción de embalses para servirse sin límites del progreso. Sin embargo, al hacerlo, el aparato del régimen no pensó en las consecuencias de grandes masas líquidas arrasando el territorio, un territorio principalmente rural y agrícola que debía entonces sacrificarse para los nuevos aires de la dictadura.

Las consecuencias de los embalses franquistas

Pueblos, aldeas y la vida de miles de personas quedaron hundidas para siempre en uno de los proyectos más grandes que han marcado el mapa actual de España, y con ellos también lo hicieron monumentos y conjuntos arqueológicos de todo tipo. Ese es el caso del Dolmen de Guadalperal, un conjunto megalítico de más de 5.000 años de antigüedad que tras más de seis décadas sumergido ahora surge de las aguas y con él la reivindicación de un cuidado del patrimonio que no existió entonces.

A principios de los años 60, concretamente en 1963, los terrenos fértiles del norte de Cáceres fueron objetivo de las autoridades franquistas. Era la época dorada de las hidroeléctricas cuando le llegó el turno a las tierras del noreste cacereño que lindan con la provincia de Toledo. Todo lo que había entonces entre las localidades de Peraleda de la Mata, El Gordo, Berrocalejo y Bohonal de Ibor, entre otras, desapareció ante la inmensidad del embalse de Valdecañas.

Cuarenta años atrás, en 1926, el sacerdote y arqueólogo alemán Hugo Obermaier había descubierto allí un complejo megalítico, pero su insistencia no fue suficiente para que las autoridades de la época le dieran importancia. Y no solo eso, aquel suelo estaba repleto de historia que reposaba sobre él o enterrada deliberadamente por nuestros antepasados. Por lo tanto, con Valdecañas también quedaron anegados otros restos arqueológicos de gran valor, como la antigua ciudad de Augustóbriga, una población romana construida en la ribera del Tajo.

placeholder Vista aérea del dolmen. Fuente: Nación Rotonda - Flickr
Vista aérea del dolmen. Fuente: Nación Rotonda - Flickr

Más de 5.000 quedaron bajo el agua

Así, solo la sequía permite en la actualidad entrever unos restos cada vez más erosionados, cada vez más entregados a la voluntad del agua que una vez depositaron sobre ellos. Cuando el nivel del pantano está bajo mínimos, columnas, dólmenes y otras edificaciones ancestrales aparecen como un intento de la historia por pedir socorro. De Augustóbriga, conocida en la Edad Media como Talavera la Vieja, se lograron salvar partes de dos de sus templos antes del desastre, restos fueron trasladados a un cerro próximo junto a la carretera que une Navalmoral de la Mata y Guadalupe, donde reposan en la actualidad.

Sin embargo, a pocos kilómetros de aquel asentamiento, el dolmen de Guadalperal no corrió el mismo atisbo de suerte. Lo que ahora recibe el mismo nombre que el pantano bajo el que ha permanecido olvidado, esta colina artificial repleta de grandes piedras colocadas concientemente en vertical, conocidas como ortostatos, fue una vez un lugar de enterramiento.

“Por sus características y proximidad con el Dolmen de Azután (Toledo) podemos conocer la filiación cultural"

Antes de que el tiempo, la voluntad del franquismo y el agua acumulada pasaran sobre él, este lugar era mucho más de lo que puede verse hoy en época de lluvia escasa. La estructura en forma de túmulo contaba con un pasillo y una sala interior. Las grandes piedras que aún se sostienen en pie daban forma a las paredes de un cementerio comunal o necrópolis. Sobre ellas, otras piedras o losas hacían de techo. Todo ello era después cubierto de tierra a modo de protección. Así, lo que sobrevivió siglo tras siglo no lo hizo a las preferencias de la dictadura.

Trazos a punto de desaparecer

Pero lo que sostuvieron los 140 bloques de piedra desnudos que actualmente quedan también pudo albergar un espacio donde realizar ritos religiosos, un espacio de reuniones o incluso un lugar construido para guardar pertenencias y enseres de la comunidad que habitó la zona hace entre 5.000 y 7.000 años. Según los apuntes que los historiadores y arqueólogos Georg y Vera Leisner realizaron durante sus investigaciones, recogidos y digitalizados por la Biblioteca Virtual Extremeña, la cámara de este enorme centro de sepulcro tuvo forma oval y un diámetro por su parte más ancha de 5 metros. Originalmente estuvo formada por 13 ortostatos sin soldar, de los que faltan cuatro. El corredor, entre tanto, tiene un ancho que oscila entre 1,30 metros y 1,40 metros y la distancia total desde el final de éste al fondo de la cámara es aproximadamente de 21 metros.

“Por sus características y proximidad con el Dolmen de Azután (Toledo) podemos conocer el ritual y filiación cultural, ratificadas por correlaciones arquitectónicas, ergológicas y la presencia de grafías que condujeron a afirmar la interacción cultural entre el interior de la Meseta con el occidente portugués, si bien matizadas por reelaboraciones propias que otorgan a esta región megalítica un sellocultural particular”, apunta al respecto el arqueólogo Javier Jiménez Ávila en las memorias de las Publicaciones del Museo de Cáceres.

placeholder Fuente: Biblioteca Virtual Extremeña
Fuente: Biblioteca Virtual Extremeña

En las distintas piedras aún pueden verse trazos que podrían simbolizar objetos o elementos relacionados con la naturaleza y su muerte, pero estos se encuentran cada vez más difuminados por la erosión que provoca el agua. Ahora, arqueólogos e investigadores están poniendo de relieve la necesidad urgente de proteger el lugar y estudiarlo antes de que sea demasiado tarde. El pasado mes de julio, el dólmen volvió a ser visible y esta vez se desplazó hasta allí la consejera de Cultura de la Junta de Extremadura, Nuria Flores, quien aseguró que la mirada de las autoridades actuales están puestas ya sobre el patrimonio escondido: "El hecho de que haya aparecido el Dolmen ha hecho que se investigue toda la cuenca del pantano. Así que también creo que esto es un hito importante; que no sólo nos centramos en el Dolmen sino también en los restos arqueológicos que se han encontrado", apuntó.

Objetivo: aprender a conservar el patrimonio

La última vez que el conjunto salió al aire por completo fue en el verano de 2019. No obstante, desde entonces y a lo largo de 2020, la conciencia en torno a él, al que los vecinos ante el desconocimiento reconocían como “La pedriza”, ya se ha puesto en marcha a través de varias líneas de trabajo para sacar a flote su significado. En noviembre de 2020, el Ministerio de Cultura y Deporte informó durante la celebración del Consejo de Patrimonio Histórico del inicio del proceso de incoación para declarar el Dolmen de Guadalperal Bien de Interés Cultural, en la categoría de Zona Arqueológica. Un mes más tarde, en diciembre, se llevó a cabo la primera campaña de prospección subacuática.

Según apunta en una nota de prensa la Universidad Complutense de Madrid, “tras la visita al Dolmen de los técnicos de la Junta de Extremadura, de la Universidad de Extremadura y del IPCE en 2019, el 17 de septiembre de ese año la Dirección General de Bellas Artes constituyó un Grupo de Trabajo que reunió a los mayores especialistas españoles en arqueología megalítica para estudiar el yacimiento y elaborar un programa integral de recuperación y puesta en valor del sitio como recurso cultural de la zona”.

En cuestión de semanas las lluvias volverán a llenar el pantano, y el dolmen de Guadalperal quedará de nuevo cubierto de agua. El objetivo último es conocer y aprender a conservar este impresionante monumento que si algo tiene que ver con Stonehenge en la época en la que fueron construidos. De momento, eso sí, se descarta por completo trasladar el conjunto a otro lugar.

Durante los meses de verano, coincidiendo con las altas temperaturas y la ausencia de lluvias en Extremadura, un tesoro histórico resurge del maltrato al que ha sido sometido desde hace décadas. Se le conoce popularmente como “El Stonehenge español”, pero el Dolmen de Guadalperal tiene nada que ver con el famoso monumento histórico situado en el condado de Wiltshire, en Reino Unido. De hecho, esta injusta comparación no es más que una muestra del estado de abandono del conjunto extremeño. En medio del recorrido que traza el caudal del río Tajo en la provincia de Cáceres, este conjunto histórico permanece en silencio bajo miles de litros de agua, pero de vez en cuando asoma para recordarnos que sigue ahí.

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