Es noticia
¿Hablas con extraños? Por qué sentimos placer o incomodidad cuando sucede
  1. Alma, Corazón, Vida
PSICOLOGÍA SOCIAL

¿Hablas con extraños? Por qué sentimos placer o incomodidad cuando sucede

¿Qué es lo que determina que disfrutemos de una conversación con un desconocido? Hoy repasamos los beneficios para la salud psicológica y emocional de esta práctica

Foto: No todos los encuentros con desconocidos salen bien. (Fotograma de 'Extraños en un tren' de Alfred Hitchcock)
No todos los encuentros con desconocidos salen bien. (Fotograma de 'Extraños en un tren' de Alfred Hitchcock)

¿Cuándo fue la última vez que interactuaste con un desconocido en un tren, un avión o un autobús? Sí, vale, los viajes largos muchas veces los podemos aprovechar para ver una película, leer un libro o directamente mirar a la ventanilla mientras pensamos en nuestra vida con nuestra música favorita en los auriculares. De hecho, muchos temen el hecho de encontrarse con un viejo conocido y tener que compartir anécdotas personales que apenas interesan y a las que solo se presta atención para quedar bien. Lugares comunes repletos de gente común con conversaciones comunes.

Esa no es la cuestión, sino pensar en la última ocasión en la que sentimos la necesidad o al menos el impulso de conectar con alguien a quien no conocemos todavía. En una época de pandemia como esta, inmediatamente nos aseguraríamos de tener la mascarilla bien puesta y guardar prudentemente la distancia de seguridad, pues al fin y al cabo el hecho de que haya un virus muy peligroso circulando por ahí nos ha convertido en seres más desconfiados y temerosos de la conexión con alguien ajeno a nosotros o a nuestra vida. Tampoco tiene que ver con las 'small talks', de las cuales nos hemos despegado también al no compartir espacios comunes durante este último año por la cuarentena. De ellas también hemos hablado en más de una ocasión, pero estas se caracterizan por ser breves conexiones sociales con gente a la tampoco conocemos mucho pero no nos queda otro remedio que interactuar al vernos sumidos en la misma rutina. Sin embargo, ¿qué pasa con aquellos que realmente no hemos visto nunca ni compartido nada con ellos?

"Las interacciones sociales mínimas contribuyen a mejorar nuestro nivel de bienestar subjetivo al desarrollar sentimientos de pertenencia"

Muchas grandes películas comienzan cuando dos extraños cruzan un par de palabras en un tren o un autobús. La trama arranca en esa breve conversación de tú a tú en el que los personajes miden las distancias y los puntos en común, estableciendo un desarrollo que determina el argumento del 'film'. Algunas de estas interacciones deparan emocionantes relatos, como el de 'Antes del amanecer' en el que desde el minuto cero nos enamoramos de los dos protagonistas y de su frugal encuentro que les lleva a abandonar sus respectivos destinos para embarcarse en una breve y romántica historia de amor. Otras, como 'Extraños en un tren', de Alfred Hitchcok, acaban de la peor forma posible. Lo que tienen en común ambas cintas es que sus personajes se dejan llevar por el momento, dejando aparcadas sus expectativas del viaje y obviando de alguna manera el objetivo de por qué están ahí, entregándose a la otra persona y al avance de la trama propiciada por su encuentro.

placeholder Benditos encuentros con desconocidos... (Fotograma de 'Antes del amanecer', de Richard Linklater, 1995)
Benditos encuentros con desconocidos... (Fotograma de 'Antes del amanecer', de Richard Linklater, 1995)

Algo que tiende a suceder cada vez menos. Basta con mirar en derredor en un metro o en una calle concurrida para darse cuenta de que la mayoría de los seres están mirando al suelo o, como mínimo, a la pantalla de su móvil. Más pendientes de la última polémica del momento o de enviar mensajes a su círculo más íntimo, esto no quiere decir que nos hayamos deshumanizado en exceso como postulan los grandes apocalípticos de nuestro tiempo, sino que simplemente hemos dejado de prestar tanta atención a aquellas personas anónimas que no conocemos. Incluso, muchos necesitan de un paso previo, como un 'like' en una 'app' de citas, para poder lanzarse a conectar verbal y físicamente con alguien. Siempre debe de haber un motivo para dirigirse a alguien de quien no sabemos nada de su vida, pero ¿cómo podríamos llegar a vencer nuestra timidez e introspección para disfrutar más de esas aproximaciones sociales anónimas y así disfrutar un poco más, olvidándonos de nosotros mismos y de nuestros problemas, siempre tan inasumibles y tan gordos como los de aquellos que nos rodean?

El placer de conversar con un extraño

Una de las psicólogas que más han estudiado los efectos positivos para la salud mental de estos encuentros con extraños es la canadiense Gillian Sandstrom. Ella llama "interacciones sociales mínimas" a esta serie de momentos en los que dos personas interactúan sin conocerse previamente, sobre las cuales ha realizado varios estudios que demuestran los beneficios para la salud en general de saber disfrutar de ellas. En un exhaustivo trabajo de investigación publicado en la revista 'Social Psychological and Personality Science', llegó a la conclusión de que esta serie de interacciones tiene un gran impacto en "nuestro nivel de bienestar subjetivo al desarrollar sentimientos de pertenencia".

"Tenemos tendencia a creer que los desconocidos no nos van a aportar nada revelador y, por tanto, preferimos seguir ensimismados en nuestros propios pensamientos"

Evidentemente, ser una persona más sociable o con mayor facilidad para hablar con desconocidos te brinda acceso a un mayor número de experiencias vitales o, como mínimo, conocer distintas personalidades hasta dar con aquella que más se ajusta a la tuya. Por no hablar de que tener un buen número de contactos influye de manera muy determinante en tus oportunidades laborales. En lo que incide Sandstrom es en la necesidad de estar más cerca de aquellos a los que no conocemos, pero conforman eso que llamamos "sociedad", tal vez como antídoto para unos tiempos convulsos en los que, pandemias y tecnología avanzada de por medio, más recelo sentimos hacia ellos, propiciando el auge de ideologías identitarias que conllevan al miedo al extraño, al que está fuera de nuestro círculo más inmediato o cercano.

La "brecha del gusto"

"Cuando fueron presentados, él hizo un comentario ingenioso porque quería caer bien. Ella soltó una risotada estrepitosa porque quería caer bien. Luego los dos cogieron sus coches y se fueron solos a sus casas, mirando fijamente la carretera con la misma mueca en la cara". Así arranca el primer y brevísimo relato de 'Entrevistas breves con hombres repulsivos', de David Foster Wallace, uno de los autores posmodernos más importantes de la literatura estadounidense, publicado por primera vez en 1999. En estas tres frases tan cortas, el escritor parece retratar de forma sucinta la ansiedad social que sienten dos personas que se acaban de conocer y que, según podemos intuir, resulta algo característica de su generación.

Foto: Foto: Reuters. Opinión

A través de este fragmento podemos referirnos a una de las cuestiones que más nos pueden inquietar en el primer contacto con alguien desconocido: ¿realmente le estamos cayendo bien? ¿Tan bien como nos está cayendo a nosotros? ¿Tan bien como para seguir escuchando atentamente y no pasar a otra cosa? Inspirada por los trabajos de Sandstrom, la psicóloga social e investigadora de la Universidad de Pensilvania Erica Boothby llegó a la conclusión de que existe una "brecha del gusto" ("linking gap" en inglés) entre los protagonistas de este tipo de encuentros. Básicamente, se trata de un sesgo por el cual una de las personas, ninguna o ambas creen que lo que están diciendo no les resulta interesante o apropiado a ese extraño al que acabamos de conocer, o cuando menos divertido o agradable. Esta percepción, en muchos casos errónea, disuade a las personas de buscar nuevas interacciones y esto, a su vez, tiene consecuencias: aquellos que sufren la insistencia de este pensamiento intrusivo cada vez que hablan con un desconocido tendrán, como es lógico, menos probabilidades de entablar nuevas relaciones amistosas o amorosas, así como cualquier acuerdo comercial.

El complejo de "las mentes inferiores"

En Estados Unidos existe un gran marco teórico dentro de la psicología social que analiza este tipo de encuentros con desconocidos. Otro de los estudios que ahondan más en por qué nos sentimos tan incómodos cuando surgen esta clase de situaciones es el realizado por Nicholas Epley y Juliana Schoreder, de la Universidad de Chicago. Según ellos, nuestra reticencia a abordar a desconocidos, a prestarles atención o simplemente conectar brevemente con ellos forma parte de un complejo que bautizaron como "de mentes inferiores": tenemos tendencia a creer que los desconocidos no nos van a aportar nada revelador o interesante y, por tanto, preferimos seguir ensimismados en nuestros propios pensamientos que entablar una conversación con ellos.

Epley y Schroeder son muy pesimistas. En un artículo de 'The Atlantic' en el que se recogen sus estudios, admiten que la mayor parte de la gente de nuestra época vive en un mundo rodeado de otras personas con las que jamás nos queremos comprometer o interactuar. "Es deshumanizante para mí porque pierdo la oportunidad de ser un ser social, que es mi naturaleza, y más deshumanizante es para el extraño porque nunca experimenta más que un atisbo de su humanidad plena", aducen. "Especialmente en las ciudades, la gente tiende a tratar a la gente como obstáculos, sin hablar con ellos, lo que provoca que no les veamos como lo que son: personas".

Más allá de los sesgos subjetivos y psicológicos de cada uno, existe también el mayor sesgo de todos: el del miedo al pobre o aporofobia

Esto acrecienta los problemas que tienen los individuos más vulnerables de la sociedad, como indigentes o personas sin recursos, pues están condenados a un tipo de invisibilidad que es muy visible, pues no existe ninguna ciudad del mundo, al menos del mundo más próximo, en las que no haya gente pidiendo en la calle; tan solo se obvia que están ahí, convirtiéndose casi en parte del decorado o del edificio sobre el que descansan. Por tanto, más allá de los sesgos subjetivos y psicológicos de cada uno, existe también el mayor sesgo de todos: el del miedo al pobre o aporofobia, completamente visible, pero siempre desconocido u olvidado. Y en este punto cabe recordar un poema de uno de los mendigos más ilustres (o al menos más cultos y literatos) que ha existido, Charles Bukoswki, el cual sirve de colofón a este artículo:

"...cuando estás en la calle / te das cuenta de que / todo / tiene dueño / y de que hay cerrojos en / todo. / Así es como funciona la democracia: / coges lo que puedes / intentas conservarlo / y añadir algo / si es posible. / Así es también como funciona / la dictadura / solo que una esclaviza / y la otra destruye a sus / desheredados. / Nosotros simplemente nos olvidamos / de los nuestros"...