La historia de Joaquín de La Ripa, un elemento irrepetible
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Un personaje inusual

La historia de Joaquín de La Ripa, un elemento irrepetible

Muy pagado de sí mismo y con un ego descomunal, fue militar, matemático, maestro de obra y escritor, además de soldado y marino en su juventud

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“La mayoría de tus temores se basan en el poder que le has dado a otros sobre ti mismo”.

Hermann Hesse.

A propósito de la ciencia, el venerable maestro Unamuno decía aquello de que “Soy un espíritu en lucha. Vivimos merced a la incertidumbre”. Era evidente que no hacía alusión al elemento al que hoy nos referimos, pero, el sujeto en cuestión es el paradigma de la metáfora de este bilbaíno universal que tanto prestigio dio a España en el ámbito del pensamiento.

Joaquín de La Ripa era un hacha. Un ilustrado con ciertas ínfulas de intelectual, pero eso sí, con fundamento como diría nuestro bien amado Arguiñano. Alcanzó cierta fama por autoeditarse un 'Tratado de Todo un Poco' en el que reflejaba la complicada vida del soldado y las picardías y añagazas que eran propias de tan dura profesión.

Alcanzó cierta fama por autoeditarse un 'Tratado de Todo un Poco' en el que reflejaba la complicada vida del soldado

En el año 1745, vio la luz un espeluznante relato con ribetes esperpénticos basado en el sitio de Orán, hecho de armas acaecido años antes, pero cuya descripción es de una intensidad – por lo que a detalles macabros– se refiere que pone los pelos de punta sin necesidad de ir a una peluquería afro o que te venga una citación de Hacienda. Dicho relato no tiene perdida, es para mear y no echar gota. En partes de él, se hace alusión a las disecciones de los moritos que caídos en la masacre ocurrida aquel trágico verano de 1732, derivaron en un soberano correctivo por parte española para con los muy crecidos creyentes del islam que estaban muy desmadrados raptando 'muchachitas' y forrándose con el comercio de esclavos en las costas del levante español.

Foto: Pedro Páez. Jesuita español y misionero en Etiopía

Dicho esto, y para abrir boca, el relato escrito por este singular soldado, tiene mucho picante.

Aquel día del verano de 1732, la batalla que ya duraba lo suyo, había tenido un repunte de intensidad inusual. Por las noches se hacían rotaciones para dormir en los barcos sitos en la rada y al día siguiente de vuelta al tajo, otra vez a dar caña. Blas de Lezo había previsto todos los detalles al alcance de su información y había diseñado un enfrentamiento a su medida. Los 'moritos' no sabían que estaban en tiempo de descuento y su Dios, como es natural por frecuencia estadística, estaba a por uvas.

Aunque a veces el relato de La Ripa es algo delirante, no por ello deja de ser menos sabrosón. En algunos párrafos no se ahorra detalles escatológicos de la guisa de como se comía a los interfectos in situ o como les rebanaban sin permiso sus partes más sustanciadas. Los guisados quizás no alcanzaban la categoría que requiere la guía Michelin, pero si paliaban el hambre de los soldados que se pasaron toda la campaña comiendo pan revenido y chacinas de tercera. Tan macabro era el tema que llegados informes a los oídos del almirante vasco convino en que se hiciera trueque de cadáveres con los musulmanes tributarios de los turcos sopena de que los transgresores se expusieran a serios correctivos. Se supone que esta medida les haría respetar al menos a los suyos. Y así fue, dicho y hecho. Los atribulados soldados sabían que "Blas" era considerado con la tropa, pero tenía sus cosillas de cristiano.

La verdad sea dicha, estaban hasta la coronilla del sitio de Oran y eso, que no les iba nada mal con el saqueo y la cantidad de visados que habían distribuido para visitar a las huríes. La metralla que albergaba la artillería en sus cartuchos, masacraba sin compasión a las primeras líneas adversarias causando una carnicería antológica. Aquello era muy fuerte de ver y los bisoños no lo llevaban bien. El trabajo de los rasos era insoportable; cuando no los llamaban para hacer guardias de doce horas, era para limpiar letrinas y si no había nada que hacer, pues a cargar impedimenta para atender las necesidades más perentorias de la tropa. Y encima, para rematar, un sol de justicia. Nunca llegaba ese descanso redentor para poder recuperarse en medio de aquella matanza. Era el acabose.

De los episodios de Oran hay que destacar la disciplina del ejército español, la calidad del armamento y su uso técnicamente impecable

Aunque en puridad el director de aquella afinada orquesta era José Carrillo de Albornoz, Duque de Montemar, el respeto tras el desembarco en las playas de Mazalquivir (cercana a Oran) y su exitosa consecución, encumbraron como líder natural al enorme Blas de Lezo que con una lección magistral de sus recursos navales materializó un desembarco de manual.

De los episodios de Oran hay que destacar temas tan geométricos como la cuadratura del círculo. La disciplina del ejército español, la calidad del armamento y su uso técnicamente impecable, aterró al Bey Hassan y sus temidos jenízaros de tal manera que abandonaron la ciudad dejando una ingente cantidad de recursos asombrosos y a toda velocidad se dirigieron en dirección a la Berbería del este, actual Túnez. Pero todo hay que decirlo, los moritos no entienden de pactos de caballeros. Siempre se pierden en la retórica de que “Allah así lo quiere” o, ha dicho Allah que tal y cual y esas monsergas.

Total, que cuando los españoles marcharon a la península creyendo que todo estaba en orden, al Bey Hassan le dio un ataque de morriña e intentó recuperar la ciudad en al menos tres ocasiones. En Oran fue vapuleado de forma inmisericorde por una guarnición española de cerca de 5.000 soldados, pero en Mazalquivir, perecieron cerca de mil quinientos defensores y su gobernador, Álvaro Navia Osorio y Vigil, emprendió el camino de la eternidad tras una defensa a ultranza de la fortaleza. En honor de este culto militar, se hace necesario recordar que el autor del ensayo de estrategia "Reflexiones militares", con el tiempo, sería libro de cabecera de Federico el Grande. Ni más ni menos.

Foto: El almirante Cosme Damián Churruca

Más si alguien podía darle un susto de muerte certificado a este desmemoriado líder otomano, no podía ser otro que Blas de Lezo, y Blas cogió su fusil. Con dos navíos de línea, veinticinco transportes y media docena de fragatas, se acercó con cinco mil soldados de refuerzo desbaratando el plan del amnésico argelino al que puso en fuga de nuevo y por última vez. Hasta 1792 Oran sería una parte más de La Corona Española.

Mientras tanto, nuestro protagonista, Joaquín de La Ripa, hacía de las suyas. Era un buscavidas en estado puro.

En el campo de batalla, en sus horas extras, se dedicaba a decapitar los cadáveres y a entregar a los talleres forenses de la época la parte pensante para hacer las disecciones oportunas, ya que el suministro de interfectos no estaba bien visto y había que actuar con discreción, por ello, nadie más indicado que este artista amigo de lo ajeno.

Su modelo literario destaca por su peculiar talento para describir las emociones humanas y aspectos sociológicos de la época

En lo tocante a su carrera literaria, su retórica y ensayos están llenos de vulgarismos impropios de una profesión, la que se arrogaba – as matemáticas– que requieren exactitud a ultranza. Cuando llega a Madrid, se aloja invitado en el palacio de Brihuega a poca distancia y se hace con unos cuantos retablos que lo mantienen en forma para llevar el tren de vida propio de esa banal fatuidad que le caracteriza. También, cuando se daba la ocasión, les echaba el guante a algunas gallinas que alojaba de “extranjis” en su morral, no sin antes retorcerles el cuello como Dios manda.

Este elemento de la naturaleza era irrepetible. Su modelo literario destaca su peculiar talento para describir las emociones humanas y aspectos sociológicos de la época, muy logrados estos últimos. Su admiración entregada por lo escatológico y su afición a lo truculento quedan reflejadas en su ensayo sobre la Expedición española a Orán de 1732.

En definitiva, un espécimen inusual muy pagado de sí mismo y con un ego descomunal. Que Dios lo tenga en su gloria, pero adoptando precauciones por si acaso.

Karlos Arguiñano Islam
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