Ana de Ayala y la expedición de Orellana: un amor breve en una vida muy corta
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Ana de Ayala y la expedición de Orellana: un amor breve en una vida muy corta

No creo que una hoja de hierba sea menos valiosa que la jornada de una estrella. W. Withman. Álvaro Cunqueiro, el poliédrico poeta

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Río Amazonas (Fuente: iStock)

No creo que una hoja de hierba sea menos valiosa que la jornada de una estrella.

W. Withman.

Álvaro Cunqueiro, el poliédrico poeta gallego que tocaba casi todos los registros, decía que muchas de las cosas que están enterradas no están muertas.

Algunos hombres y mujeres ante situaciones de lenta aniquilación, prefieren dar un paso al frente para conjurar la incertidumbre. En un momento temprano del siglo XVI y ante la perspectiva de un presente sin opciones, sin más esperanza que una monocorde monotonía, Orellana con tan solo 16 años y la vida entera por delante, tomó la determinación ante la desesperante alternativa de una inevitable rutina, de asumir las riendas de una vida abocada a la nada.

Y ocurrió, que el espíritu inquieto de este hidalgo de Trujillo hizo una apuesta transcendental embarcándose hacia la enorme aventura que se estaba desarrollando hacia el oeste. Su periplo primero lo fue llevando hacia el sur de América a dar con Pizarro que estaba a punto de organizar un sarao contra los almagristas. Es, en el vientre de aquella tragedia hispana en tierras remotas, cuando comienza la desgarradora historia de este excepcional explorador.

Foto: Isabel de Bobadilla (Wikimedia)

Pero antes de relatar el resto de la historia, es necesario recordar que, en relación con la adscripción de Brasil a la esfera portuguesa, escenario donde se desarrollarían los futuros acontecimientos, no todo quedaría cerrado y sellado en el Tratado de Alcaçovas – Toledo (1479 – 1480) y posteriormente ratificado en Tordesillas en 1494. Por aquel entonces, nuestros educados y respetuosos compañeros de pupitre ibérico, estaban más asilvestrados y amenazaban con echar por la borda a todos los españolitos que se acercaran a sus dominios transatlánticos.

Superados estos rifirrafes y amagos sobre longitudes más cortas pasamos a la Odisea en versión Hispana.

Bien es cierto que algunos años después, hacia 1546 y tras forzar bastante sus cartas, en una segunda expedición, el descubridor del Amazonas y explorador brillante donde los haya, Francisco de Orellana, agotado y sobrepasados sus límites, entregó su vida pereciendo junto a todos sus hombres en un lugar indeterminado del delta del Amazonas a manos de una horda de nativos sin identificar, aunque existen otras versiones. Los sueños tenían un precio.

Pero a veces ocurren imprevistos. Un clérigo agraviado, allá por los pagos de Panamá, quiso trincar de la dote de la muchacha

Bien, pues este caballero andante, en un tiempo anterior, había casado con Ana de Ayala, una mujer menuda de la que el curtido explorador se había enamorado hasta las trancas. Esta mujer, hija de un rico mercader sevillano, tenía unos ojos rotundos y magnéticos que desquiciaban a todo quisque; era probablemente, una creación a la par que una prueba evidente e indiscutible de que el Altísimo a veces está despierto.

Pero a veces ocurren imprevistos. Un clérigo agraviado, allá por los pagos de Panamá, quiso trincar con arteras maniobras de la dote de la muchacha, pero el hidalgo trujillano se opuso rotundamente a que el pícaro tonsurado metiera mano en los asuntos que solo a ambos concernían. El cabreado purpurado despachó al emperador tras el agravio, una filípica poco mesurada y en términos gruesos sobre la vida licenciosa del explorador extremeño. De las escasas consecuencias se deduce que la misiva tuvo un uso más bien higiénico y bajo lumbar.

A la postre, para Francisco de Orellana y Ana de Ayala, su amor fue algo eléctrico e instantáneo, a primera vista, intenso y desmesurado y lamentablemente, de escaso recorrido por el zarpazo que el destino daría a este grande entre los descubridores.

Foto: Pascual Madoz. Foto: Wikipedia

En su búsqueda del evanescente El Dorado y del País de La Canela, de ese horizonte perpetuo de Eduardo Galeano, este hombre que retó a la naturaleza en el más caudaloso rio del mundo, metido ya en la harina de las intenciones, se puso manos a la obra. En una potente expedición y en compañía de Gonzalo Pizarro, hermano de aquel otro enorme conquistador, comenzó a descender por esta arteria líquida de la tierra, el colosal Amazonas. Gonzalo Pizarro quedó bloqueado por aquella inmensidad mientras enviaba a Orellana a por provisiones, pero la confluencia del río Napo y el Amazonas combinados, eran un acelerante de las corrientes de ambos y la velocidad, rozaba los diez nudos. Era evidente e imposible de remontarlo, por lo tanto, visto para sentencia. Aquel accidente o circunstancia sería el detonante de uno de los grandes descubrimientos de la historia. Donde hay una crisis, hay una oportunidad.

Además, Orellana intuía que ese espectacular rio obviamente tenía desembocadura. Aunque a día de hoy existe un fuerte debate entre la longitud del Nilo y el Amazonas, recientes estudios se decantan por primar al río brasileño en una revisión efectuada por la NASA que lo sitúa en 6.800 km (Nilo 6.700 km)

Tras una indescriptible sucesión de acontecimientos que dan para una epopeya, llegaron a la zona del delta por su parte izquierda, y se especula con que salieron al mar un 26 de agostode 1542 por la boca de Pacaxaré y finalmente embocando el canal Perigoso, entre las islas de Mexiana y Caviana, perdidos, exhaustos y sin víveres. Tras ello, se adentraron profundamente entre la espesura en busca de un lugar en el que acampar, pero no estaban solos. El hostigamiento fue in crescendo por parte de unos nativos de expresiones desbocadas en sus caras. La expedición tuvo que dividirse y el padre Carvajal, Ana de Ayala y el resto de las mujeres quedaron protegidas por una empalizada improvisada. Ese día, muchos murieron y otros resucitaron.

Solo el 10 % de los embarcados en Sevilla y Canarias sobrevivieron. Cuarenta y cuatro famélicos espectros entre hombres y mujeres

Pero hay una segunda versión sobre la catástrofe acontecida a los hombres de Orellana. Francisco de Guzmán, uno de los supervivientes de aquel fagocitador infierno verde, dice en un viejo manuscrito en castellano antiguo, que Ana de Ayala se mantuvo siempre junto a su esposo, y que este murió de unas imprecisas fiebres alucinatorias (comían lo que pillaban) en aquella misión suicida. Lo enterró en un montículo bajo un frondoso árbol fuera del alcance de los depredadores y tomó el mando de aquella desgarrada tropilla en pos de la salvación. Pero esta versión en sentido estricto, no corresponde al cronista Fray Gaspar de Carvajal, pues la muerte verdadera de Orellana se dio en una expedición posterior.

Fue en esa expedición, cuando Orellana y sus soldados jamás volverían, siendo aniquilados hasta el último hombre. Las fauces húmedas de aquel brutal caudal de agua convirtieron al escaso centenar de supervivientes en sujetos perdidos en desvaríos, ya fuera por insolaciones extremas, ingesta de alimentos no testados o sometidos a la lacerante humedad de aquella inmensidad llena de cacofonías indescifrables.

En la segunda visita al delta del Amazonas, Ana de Ayala sobrevivió a ese Gran Caníbal de la naturaleza con los restos de una expedición totalmente estragada. Luego, se perdió totalmente su rastro en las cercanías de Isla Margarita en las inmediaciones de las costas venezolanas.

Foto: Fuente: Wikimedia Commons

Solo el 10 % de los embarcados en Sevilla y Canarias sobrevivieron. Cuarenta y cuatro famélicos espectros entre hombres y mujeres, vencieron a las enfermedades solapadas, deshidratación, ataques de los nativos y extenuación. Entre ellos, se encontraba Doña Ana de Ayala, una mujer de otra raza.

Ahora que corren tiempos de cólera, se hace necesario recordar aquella lapidaria frase del físico británico Stephen Hawking que venía a decir algo así como que …” Incluso los que dicen que no puedes hacer nada para cambiar tu destino, miran al cruzar la calle”.

Orellana insistió y lo consiguió. Pero a qué precio…

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