¿Cómo de preparado está nuestro cerebro para volver a socializar?
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ESTRÉS POSPANDÉMICO

¿Cómo de preparado está nuestro cerebro para volver a socializar?

Si ya te han vacunado pero todavía no te sientes seguro al socializar, aquí encontrarás respuestas en forma de estudios sobre cómo respondemos los humanos a estas situaciones

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A medida que va habiendo cada vez más gente vacunada, el fin de la pandemia parece más cercano. Después de haber pasado más de un año y medio encerrados y aislados socialmente, el verano ha traído consigo las ganas de recuperar un poco de la normalidad de antaño. Así es como la imposición de llevar las mascarillas en los lugares públicos ha acabado y tampoco hay ya toque de queda.

Parece que poco a poco vamos volviendo a relacionarnos con la normalidad y la seguridad de antes, pero, como es lógico, todavía hay mucho que avanzar para tener plena confianza en que no hay peligro de pillar el virus. A pesar de que ya hay gente que está vacunada, el síndrome de la cabaña junto con el resto de los trastornos mentales producidos por a lo largo de la pandemia sigue persistiendo en la población. Uno de los hechos que lo demuestran es cómo hay gente con la pauta completa de la vacuna y aún se muestra reticente a salir mucho de casa, a compartir cenas y veladas con amigos o moverse en espacios públicos con seguridad.

Podemos llegar a sentir una sensación de vacío si acabamos de pasar una época de contacto social muy estrecho con otras personas y de repente nos quedamos sin ello

¿Cómo responde nuestro cerebro a este nuevo 'acercamiento social'? Muchos habrán vivido estos meses que han pasado desde el final de estado de alarma y del toque de queda con verdadera euforia, mientras que otros no tanto. Tanto como fue duro acostumbrarse a pasar tanto tiempo en casa también para diversas personas debe ser duro volver a poner un pie fuera. Aunque el cerebro se adapta con relativa facilidad a cualquier escenario o contexto, los neurocientíficos ya están estudiando cómo responderá la mente individual y colectiva a esta gran desescalada que presagia un fin definitivo de la pandemia (o al menos de sus efectos en los hospitales europeos) gracias a la campaña de vacunación.

La homeostasis social

Los seres humanos, como el resto de los animales, necesitamos socializar para sobrevivir. Al fin y al cabo, nadie es una isla, y por muy aislado o solo que esté, siempre va a necesitar de gente que esté a su alrededor para obtener las condiciones básicas para la vida. Y, a su vez, también para reconocerse a sí mismo, pues al final la forma más atinada de conocernos por dentro no deja de ser entablando contacto con nuestros iguales: de este modo podemos atisbar nuestras semejanzas y diferencias. Los científicos sociales usan a menudo el concepto de homeostasis social para definir aquellos rasgos o características que nos sirven para regular nuestro comportamiento y encontrar el equilibrio en el mundo. Así, para que el ser humano se desarrolle con los demás de forma correcta y goce de un bienestar psicológico, debe reparar en temas como la autoestima, la confianza en uno mismo, la seguridad o el espíritu de pertenencia a un grupo.

Poseer un gran círculo de amigos y conocidos no solo hace que sufras menos estrés, sino también que tengas más capacidades cognitivas al poder almacenar grandes cantidades de información

"La homeostasis social involucra muchas regiones del cerebro, principalmente el circuito mesocorticolímbico", asevera Kareem Clark, doctor y neurocientífico de la Universidad de Virginia, en 'Alternet'. Este sistema desata un efecto de placer en el organismo y en el cerebro por algún tipo de recompensa cada vez que hacemos algo bien, consumimos un producto que nos gusta mucho o desempeñamos una actividad que nos encanta.

De hecho, al aplicarse al apartado social, podemos llegar a sentir una verdadera sensación de vacío si acabamos de pasar una época de contacto social muy estrecho con otras personas y de repente nos quedamos sin ello. Seguramente más de un domingo te hayas levantado con una especie de "resaca emocional" después de haber vivido un fin de semana muy divertido con mucha gente. Esto sucede, en parte, porque se da un desequilibrio en la homeostasis social que produce que sientas malestar al no poder gozar de la compañía que has disfrutado y que ahora ya no tienes.

Ansiedad y pérdida de memoria

Uno de los efectos psicológicos del aislamiento social forzoso o forzado es, como es lógico, padecer síntomas asociados con la ansiedad y el estrés. Hay un estudio que descubrió que aquellas personas más aisladas, es decir, que forman parte de círculos sociales más pequeños que el resto, eran más propensos a tener niveles más altos de cortisol, la hormona del estrés. Esto, a su vez, tiene una explicación evolutiva: los animales que pierden la protección del grupo y viven una especie de desconexión con sus compañeros tienen que volverse hipervigilantes para valerse por sí mismos. Esto no solo funciona para el reino animal: otro estudio comprobó que aquellas personas que se describen a sí mismas como "solitarias" están más atentas a las amenazas sociales o sufren más miedo de ser rechazados o excluidos.

Otro de los efectos del aislamiento social es la pérdida de memoria. La homeostasis social también se regula a través del hipocampo, la región de aprendizaje y memoria del cerebro. Poseer un gran círculo de amigos y conocidos no solo te brinda la oportunidad de estar más relajado y sufrir menos estrés (a no ser que te demanden demasiado), sino también tener más capacidades cognitivas al poder almacenar grandes cantidades de información. De ahí que muchas de las personas que conocimos siendo niños si no las vemos regularmente pueden llegar a parecernos unos extraños o directamente no podemos reconocerlos si nos les encontramos por la calle.

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Ahora, ¿cómo se traducen estos desequilibrios en la homeostasis social después de haber pasado tanto tiempo reduciendo los contactos y volviendo a la vida social? Al parecer, como es natural, deberíamos dejar de experimentar síntomas de ansiedad y de depresión en el momento en el que volvamos a salir a la calle y juntarnos con amigos y conocidos. Pero también puede suceder al contrario o al menos en un primer momento, sobre todo si todavía la amenaza de contagiarse o de contraer la enfermedad sigue en el aire. Un estudio realizado sobre monos titíes halló que aquellos ejemplares que habían sido aislados y luego vueltos a poner en circulación social experimentaban niveles más altos de cortisol, pero en seguida se recuperaban.

Afortunadamente, la capacidad de adaptarse del cerebro sigue prevaleciendo sobre todo lo demás. Un estudio realizado en Escocia comprobó cómo algunos ciudadanos del país sufrieron ciertos niveles de deterioro cognitivo durante las semanas más duras del confinamiento, pero por suerte recuperaron rápidamente su capacidad de memoria y socialización una vez que las restricciones impuestas se aliviaron. Por tanto, si crees que todavía no estás preparado para volver a socializar a pesar de que ya no hay tantos contagios o tienes la vacuna ya puesta, lo más lógico es que esas sensaciones de estrés disminuyan con el tiempo, a medida que vuelvas a recuperar la confianza y la seguridad en ti mismo y, con ello, recuperar la estabilidad mental y emocional.

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