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Cerebros pandémicos: cómo la incertidumbre y el aislamiento nos han determinado
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La salud mental que perdura

Cerebros pandémicos: cómo la incertidumbre y el aislamiento nos han determinado

En las calles, la mascarilla sigue siendo protagonista, reflejo de que la pandemia se ha instalado mucho más al fondo que el impulso para salir de ella.

Foto: Imagen: iStock
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Primeros días de verano, calor, la esperanza de ver cómo crece el índice de población vacunada… y la posibilidad de pasear sin mascarilla en espacios abiertos donde no haya aglomeraciones. El pasado 26 de junio parecía una jornada para marcar en el calendario. Algo nuevo, de nuevo, alteraría la realidad, pero esta vez para, de algún modo, recuperarla en su forma más añorada: la ya apodada ‘antigua normalidad’ casi podría palparse en rostros y más rostros asomados a ella. Sin embargo, la imagen no ha sido esa. Lejos de encontrar un número considerabble de gente lanzando sus mascarillas al aire en la Puerta del Sol, como si de un nuevo año se tratara, apenas unas pocas decenas de personas representaron el momento imaginado. En las calles, la mascarilla sigue siendo protagonista, reflejo de que la pandemia se ha instalado mucho más al fondo que el impulso para salir de ella.

La lectura que deja el presente desde entonces se titula Salud mental. La mente desconfía del futuro, de un futuro sin mascarillas que sin embargo anhela. El mundo se ha establecido en el estrés. En cuestión de semanas el ritmo desenfrenado del capitalismo se aceleró combulsivamente y ahora el estrés habla por nosotros: en nuestras decisiones, en nuestro cuerpo, en nuestra memoria y en nuestra concentración ha ido desarrollándose un nerviosismo peligroso, ya que de no tratarse con las pautas adecuadas puede derivar en trastornos como la ansiedad o la depresión, una aspecto de la realidad en tiempos de Covid que los expertos ya denominan la ‘cuarta ola’ de la pandemia.

Foto: Primer día sin obligatoriedad de usar mascarillas al aire libre. (EFE)

Todos los cerebros son ahora 'cerebros pandémicos'

¿Te agobias en lugares no necesariamente muy concurridos? ¿Te produce desconcierto ver a alguien sin mascarilla? ¿Te cuesta recordar situaciones del último año? ¿No puedes concentrar¿Te agobias en lugares no necesariamente muy concurridos? ¿Te produce desconcierto ver a alguien sin mascarilla? ¿Te cuesta recordar situaciones del último año? ¿No puedes concentrarte como antes? ¿Estás más irascible? ¿No puedes dormir? No eres solo tú. Todos los cerebros son ahora ‘cerebros pandémicos’. Para procesar alteraciones como el aislamiento social por el confinamiento, las cientos de muertes diarias (miles en el mundo), la carga de trabajo y los cambios en la estructura social que giraba en torno a este, paro, precariedad, pobreza y, en definitiva, la amenaza de toda idea de futuro, la mente utliza las mismas herramientas que si se enfrentara a una infección, como apuntan Margarita Pérez, profesora de Fisiología y Neurocientífica en la Universidad de Málaga y Carmen Pedraza, catedrática de psicobiología en el mismo centro. Estas expertas ya señalaron hace un año en un artículo para The Conversation que “cuando nos estresamos nuestro organismo reacciona de la misma manera que si se tratara de un proceso infeccioso, es decir, movilizando a las células que combaten una infección, aunque no exista. Esto recibe el nombre de inflamación. El estrés es capaz de provocar reacciones en nuestro organismo similares a las producidas por una infección, y eso incluye también a nuestro cerebro”.

En los últimos años, el número de estudios acerca del estrés ha crecido exponencialmente a medida que este iba haciéndolo también en la sociedad. “Ahora es de conocimiento común que el estrés puede ser peligroso para nuestra salud física, especialmente cuando se experimenta durante un período prolongado. La exposición prolongada al cortisol, la principal hormona del estrés del cuerpo, aumenta el riesgo de enfermedades cardíacas, interrupciones del sueño e incluso trastornos del estado de ánimo como ansiedad y depresión” señala Kelli María Korducki en un artículo para The Guardian. Pero no solo el cuerpo refleja este proceso, la cognición también lo sufre. En 2012, científicos de la Universidad de Yale descubrieron que el estrés crónico mata las células cerebrales e incluso reduce el tamaño de la corteza prefrontal del cerebro, la parte responsable de la memoria, la concentración y el aprendizaje. Lo que lleva a entender por qué los expertos están poniendo especial atención en él a partir de la pandemia, intentando transmitir sosiego a una sociedad marcada por la incertidumbre.

Meses después de que la OMS declarara el estado de pandemia, la ciencia todavía desconoce muchos aspectos de la naturaleza del coronavirus, pero empieza a conocer cómo su omnipresencia ha actuado en nuestros cerebros tras 18 meses de distanciamiento social. El impacto es “profundo”, determina a The Guardian Barbara Sahakian, profesora de neuropsicología clínica en la Universidad de Cambridge que se encuentra trabajando en esta línea. Coincidiendo con estudios anteriores como el citado, vuelve a comprobarse que “existen cambios de volumen en las regiones temporal, frontal, occipital y subcortical del cerebro, la amígdala y el hipocampo en personas que están socialmente aisladas”, lo que estaría perjudicando a nuestra estructura de pensamiento.

Una niebla mental que forma parte de nuestra vida

Sahakian ha examinado diversas categorías de personas, desde profesionales médicos hasta quienes no han pasado el virus pero han estado confinados. En todos los grupos, las personas reconocieron tener dificultades de concentración y de memoria. Muchos también mostraron síntomas de depresión. “La gente tiene capacidad de recuperación”, asegura al respecto, “pero habrá una parte de las personas que se han visto muy afectadas que pueden seguir mostrando esos cambios cognitivos en el futuro”.

Por un lado, el impacto ha sido una constante en la vida cotidiana (muertes, EPIs, calles vacías, mascarillas, más muertes, distancia, desinfección, más muertes); por otro lado, la monotonía de un entorno idéntido a todas horas también lo ha sido (un entorno en muchos casos con estacasas o sin condiciones mínimas de habitabilidad). Todo ello ha permutado nuestro cerebro en una situación muy parecida a lo que siempre hemos entendido por caos. “El cerebro es estimulado por lo nuevo, lo diferente, y esto se conoce como la respuesta de orientación. (…) Hemos evolucionado de manera efectiva para dejar de prestar atención cuando nada cambia, pero para prestar especial atención cuando las cosas cambian”, señala Catherine Loveday, profesora de neurociencia cognitiva en la Universidad de Westminster. Que no puedas salir de fiesta con tus amigas y amigos, que nadie fuera de tu núcleo faimliar haya entrado en tu habitación o que no puedas viajar (en las mejores de las situaciones) repercute en la lentitud neurológica o niebla mental que ahora, como la mascarilla,no quiere dejar de formar parte de tu vida.

Según un informe de la Confederación de Salud Mental de España, el 46% de la población española manifestó un aumento del malestar psicológico durante el confinamiento, y hasta un 44% señala que ha disminuido su optimismo y confianza. Todos los expertos coinciden en que, ante síntomas como estos, imponerse otro estado de ánimo es contraproducente, pero escucharse, en la medida de lo posible, es fundamental para evitar que las sombras que la COVID y la crisis socioecoómica derivada de esta han generado en la experiencia vital de las personas cubra sus vidas por completo. Ahora, más importante que insistirle a la memoria, es hablar sin estigmas de la salud mental, porque lejos de tratarse de casos aislados, los trastornos mentales presentan una narrativa cada vez más común. Durante el confinamiento, el 30% de las personas manifestó haber tenido ataques de pánico, el 25% se ha sentido excluida socialmente y el 55% sentía que no era capaz de controlar la preocupación. Según apunta el CIS, más del 50% de la población ha sentido algún tipo de tristeza o ansiedad, y un 35,1% admite haber llorado en el último año.

Foto: Intervención de Iñigo Errejón en el Congreso de los Diputados. (EFE)

Tomarnos todo el tiempo libre posible

De manera que el diálogo y los cuidados son ahora doblemente fundamentales: no solo son herramientas necesarias para mitigar la carga directa del ya no tan nuevo virus, sino también para sus consecuencias indirectas. Además de buscar ayuda profesional y contarlo a tus seres de confianza, los expertos recomiendan la actividad física y la meditación como formas de autocuidado. “Tomarnos todo el tiempo libre que podamos, en lugar de esforzarnos más y arriesgarnos a sufrir más sufrimiento emocional e incluso más agotamiento”. El ejercicio aumenta la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro para adaptarse a la experiencia y el cambio, lo que ayuda a prevenir futuras afecciones neurodegenerativas como la demencia y el alzheimer, que junto con la depresión preocupan especialmente a quienes las estudian. Según Pérez y Pedraza, “la exposición al estrés también modifica el comienzo y el curso de muchas enfermedades neurodegenerativas, entre ellas la enfermedad de Alzheimer, que entre otras cosas se relaciona con alteraciones inflamatorias y de la plasticidad nerviosa. Justo las mismas que induce el estrés”.

Jon Simons, profesor de neurociencia cognitiva en la Universidad de Cambridge, advierte en este sentido que, si bien “para algunos de nosotros la niebla mental será un estado temporal y se aclarará a medida que comencemos a vivir vidas más variadas, podría permanecer en algunas personas, y estamos particularmente preocupados por los adultos mayores, pues donde haya un deterioro neurológico natural, se acelerará". Mientras poco a poco volvemos a vernos las caras y a abrazarnos por primera vez desde hace más de un año, debemos hablar de la tristeza para recuperar la alegría, prestarnos atención y prestar atención a quienes nos rodean.

Primeros días de verano, calor, la esperanza de ver cómo crece el índice de población vacunada… y la posibilidad de pasear sin mascarilla en espacios abiertos donde no haya aglomeraciones. El pasado 26 de junio parecía una jornada para marcar en el calendario. Algo nuevo, de nuevo, alteraría la realidad, pero esta vez para, de algún modo, recuperarla en su forma más añorada: la ya apodada ‘antigua normalidad’ casi podría palparse en rostros y más rostros asomados a ella. Sin embargo, la imagen no ha sido esa. Lejos de encontrar un número considerabble de gente lanzando sus mascarillas al aire en la Puerta del Sol, como si de un nuevo año se tratara, apenas unas pocas decenas de personas representaron el momento imaginado. En las calles, la mascarilla sigue siendo protagonista, reflejo de que la pandemia se ha instalado mucho más al fondo que el impulso para salir de ella.

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