A vueltas con la reducción horaria: ¿realmente aumenta la productividad y el bienestar?
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NO TAN BUENO COMO PARECE

A vueltas con la reducción horaria: ¿realmente aumenta la productividad y el bienestar?

Repasamos algunos casos extranjeros en los que se ha aprobado una disminución de los tiempos de trabajo y cómo ha afectado a las plantillas y a los resultados de las empresas

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Desde hace unos meses, el debate sobre la reducción de la jornada laboral está más candente que nunca. Hay varios supuestos: el que más notoriedad pública ha alcanzado es el de trabajar un día menos, es decir, de lunes a jueves. Esta es la propuesta que grupos políticos como Más País a día de hoy defienden, poniendo en marcha un experimento con 200 empresas de muestra (alrededor de 6.000 trabajadores) para comprobar si, como aseguran desde hace tiempo varios expertos, los indicadores de productividad aumentarían a la par que los del bienestar de los empleados.

Para más inri, la crisis sanitaria por la que hemos pasado ha puesto de relieve la necesidad de apostar por la conciliación familiar, lo que se puede traducir en la necesidad de dedicar menos horas al trabajo a cambio de llevar a cabo una consecución de las tareas mucho más eficiente. No en vano España es uno de los países de la Unión Europea en el que más horas trabajan sus profesionales y que tiene uno de los peores ratios de productividad (al menos en el año 2018), aunque no tanto como a los más alarmistas les gustaría pensar, estando un poco por debajo de la media del resto de países de la Unión.

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Recientemente saltaba la noticia de que Telefónica, una de las empresas con más trayectoria e importancia de nuestro país, abordaba a partir del 1 de octubre un plan piloto por el cual se reduciría la jornada laboral de sus empleados cuatro días a la semana, tal y como propone el grupo de Errejón, a cambio de una reducción de sueldo. Aunque todavía debe ser aprobado y ratificado por los sindicatos, el acuerdo ofrecerá a un pequeño grupo de trabajadores esta posibilidad a cambio de una bonificación de un 20% de toda la reducción salarial hasta octubre de 2022.

El debate está, como decíamos, más candente que nunca. ¿Estamos ante el final de la jornada laboral completa de 40 horas a la semana tal y como la conocíamos? A decir verdad, esta fue patentada hace un siglo por la Ford Motor Company. En su momento, se estandarizó debido a los grandes índices de aumento de la productividad que experimentó la compañía de fabricación de automóviles, pero debido a su antigüedad hay que reconocer que tal vez merezca la pena revisarse o adaptarse a los tiempos. Al fin y al cabo, en aquellos años no existían las facilidades tecnológicas de las que gozamos hoy en día y que permiten que los trabajadores hayan ganado flexibilidad laboral. Precisamente en la cuna de la que fue la jornada completa, la industria de Estados Unidos, cada vez hay más consenso sobre la necesidad de revisar estas condiciones y reducir el tiempo que un empleado dedica al día o a la semana a desempeñar su trabajo.

Las publicaciones y editoriales que más a la vanguardia están en todo lo referente al mundo laboral entre otros muchos temas, como ‘Wired’ o ‘The Atlantic’, no dejan de dar protagonismo en sus cabeceras digitales al éxito de la reducción horaria de los tiempos del trabajo. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los experimentos que se han realizado y han resultado satisfactorios tanto para las patronales como para el grueso de las plantillas estaban afincados en empresas de ‘cuello blanco’ o de desempeños creativos, como agencias publicitarias, de innovación tecnológica o consultorías legales y financieras.

Es por ello que resulta evidente que estos experimentos no podrían extenderse a profesiones más de toda la vida que necesitan de una presencialidad física o casi continua durante la mayor parte del día, como por ejemplo las pequeñas y medianas empresas dedicadas a la venta directa a pie de calle o la hostelería, las cuales son muy mayoritarias en nuestro país. Aun así, merece la pena echar un vistazo a las impresiones que tuvieron algunos trabajadores norteamericanos y británicos al ver reducida su jornada laboral en cuatro días a la semana o cinco horas al día para intentar extrapolar qué es lo que sucedería en nuestro país en caso de que cada vez más organizaciones empresariales apostaran por este modelo horario.

Una reforma buena, pero no tanto

“Pasaron muchas cosas realmente buenas”, asegura Paul Corcoran, director ejecutivo de Agent, una agencia de marketing afincada en Liverpool, Inglaterra, en ‘Wired’. “Analizamos las tareas según el tiempo que requerían y dijimos ‘necesitamos cuarto de hora para hacer esto o aquello, media hora en esto otro’. Al principio, los trabajadores pensaron que ya no se deberían comer tanto tráfico porque en vez de llegar a las nueve lo hacían a las ocho y media. Y claro, salían antes, lo que les ofreció más flexibilidad para poder recoger a los niños o cosas así”. Pero no todo salió tan bien. “La idea era dar a la gente más libertad, pero nos dimos cuenta de que había una enorme presión por acabar todo el trabajo mucho antes, por lo que el día a día se volvió más estresante”, reconoce el jefe. Al final, su empresa acordó un modelo de horario híbrido en el que los empleados trabajaban en dos jornadas cortas y otras tres más largas.

"Descubrimos que al hacer el trabajo más rápido estábamos perdiendo intensidad en las relaciones. Ya no había tiempo para tomar café juntos"

En ello coincide Rita Fontinha, profesora asociada de gestión estratégica de recursos humanos en la Henley Business School de la Universidad de Reading. En su opinión, claramente es beneficioso para el trabajador el hecho de ganar más tiempo para él mismo en un solo día, pero por otro lado también puede suponerle una fuente de estrés adicional y gratuita. “Si bien una jornada laboral más corta podría resultar en una mejor administración del tiempo y promover la concentración, las personas pueden sentir una presión adicional para completar las tareas a tiempo”, asegura.

Uno de los proyectos más interesantes es el que puso en marcha una firma de Nueva Zelanda llamada Perpetual Guardian, la cual se dedica a la consultoría legal y a la notaría. En 2018, les ofrecieron a sus empleados lo siguiente: en caso de que hallaran una forma más rápida de hacer todas las tareas que desempeñaban en ocho horas, podrían trabajar un día menos. Así, la empresa instaló casilleros y cajas en los que los trabajadores podían guardar sus teléfonos móviles voluntariamente o espacios insonorizados para hacer las reuniones. El objetivo estaba claro: ganar en concentración para hacer el trabajo más rápido y eficiente, y restar horas dedicadas a estar en el puesto. Finalmente, el proyecto funcionó y el negocio no se resintió, de tal manera que a día de hoy y tres años después del experimento, la semana laboral de cuatro días sigue vigente.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

Lo que pudo parecer una gran ventaja tanto para la plantilla como para el personal de Perpetual Guardian, también tenía su contrapartida. Es lo que opina Lasse Rheingans, una ‘start-up’ estadounidense que ayuda a otras empresas a crecer en el entorno digital, quien reconoce que a pesar de comprimir el tiempo de las tareas y volverse más eficientes, los empleados echaban de menos algo que resulta sustancial para las relaciones laborales y el bienestar: "Descubrimos que al hacer el trabajo más rápido estábamos perdiendo intensidad en las relaciones. Esto afectó a la lealtad y a la cultura relacional de los trabajadores, al no tener tiempo para charlar y tomar un café juntos”.

Sea como sea, lo que está claro es que las nuevas corrientes laborales apuntan a que esa jornada completa de ocho horas termine desapareciendo en el corto o largo plazo, pues un empleo digno y estable no solo consiste en obtener un buen salario a cambio de cumplir con una serie de tareas, sino ganar en calidad de vida y bienestar, lo que sin duda repercute positivamente en la motivación, concentración y el nivel de compromiso de los trabajadores para alcanzar los objetivos de una organización.

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