La Unión Ibérica: utopía y realidad
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La Unión Ibérica: utopía y realidad

Se hace difícil comprender cómo dos pueblos con lenguas recíprocamente comprensibles hayan vivido de espaldas, separados por 'A Raia', una frontera de 1.214 kilómetros

placeholder Foto: Ilustración de la ciudad de Oporto (Fuente: iStock)
Ilustración de la ciudad de Oporto (Fuente: iStock)

"En el amor y la guerra todo vale, menos arrastrarse. En la guerra se muere de pie y en el amor se dice adiós con dignidad".

Charles Bukowski.

Un temerario rey portugués con un valor fuera de toda duda, pero mal calculador y peor estratega, hacia finales del siglo XVI decidió ni más ni menos que invadir Marruecos por las bravas. Tenía tan solo 24 años. Él y casi toda la nobleza lusa de la época, perecerían en la batalla de Alcazarquivir. Un día funesto para nuestros hermanos y vecinos. Portugal quedaba descabezada y sin herederos. No cabe duda de que murió heroicamente.

Una carga heroica del joven rey acabaría con aquel sueño de grandeza, grandeza por otra parte mesiánica que le había sido inculcada de chaval por una orden religiosa para la cual los del turbante eran la viva representación del demonio. La masacre fue total y el cuerpo del monarca portugués jamás sería encontrado. Es de suponer que las ocres arenas del vasto desierto serían el sudario de quien tanto empeño puso en aquella romántica cruzada. El tiempo purificador, haría el resto.

Sin descendencia, el provecto Cardenal Henrique, se haría cargo de este pequeño gran país que tanto ha dado a la historia. Felipe II, a la sazón rey de España y sus virreinatos allende los mares, conjunto de territorios que en ese momento podían abarcar del orden de 8.000.000 de kilómetros cuadrados – reclamaría por parentesco, el trono de Portugal. La mano diestra del Gran Duque de Alba, haría el resto.

Foto: La ejecución de los anarquistas de Jerez (Le Progrès Illustré - 1892)

El caballero que fue Felipe II, respetó las tradiciones y leyes portuguesas, los asuntos internos eran gestionados por un poder bicéfalo en el que la última palabra la tenían los portugueses y los temas que afectasen a la proyección exterior de nuestros hermanos peninsulares, iban también incluidos en el paquete.

Hasta ahí, todo fue bien salvo algún incidente puntual en Las Molucas. En 1640, un poco hartos por las ambiciones y modificaciones que se les iban imponiendo sin pudor y el tono cada vez más voraz de los Austrias subsiguientes en relación con lo acordado, el ilustre Duque de Braganza y un apoyo indisimulado por parte inglesa, dieron al traste con aquel excepcional momento de unión entre dos grandes naciones, entre dos grandes imperios. Tal vez, si se hubieran respetado los pactos, esta relación habría sido un longevo matrimonio que todas las partes habríamos celebrado. No pudo ser. Era el momento de Felipe IV y aquella “joint venture” duraría tan solo 60 años.

Tras casi cuatro largos siglos transcurridos desde la independencia lusa, las relaciones entre ambos países son excelentes, pero aun así, nuestros vecinos no han olvidado el periodo de dominio español, algo que califican como un baldón en su historia y por ello, siempre miran la frontera con recelo como cuando al torpe de Godoy le dio por hacerles a nuestros vecinos una guerra de opereta y gratuita invadiendo Portugal y causando a este pequeño gran país más de 11.000 muertos en un abrir y cerrar de ojos.

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Entrada del puerto de Oporto en 1861

Al ser parte de la Unión Europea desde el año 1985, Portugal y España forman parte de un proyecto trascendental en lo que otra vez parece indicar una historia común. La unión económica y aduanera viene siendo desde hace décadas un bálsamo ante las suspicacias que pudieran quedar, y los controles fronterizos se han evaporado entre ambos una vez implantado el Acuerdo de Schengen de 1995. Las Cumbres Ibéricas anuales que los dos presidentes celebran con regularidad son la rúbrica que cada año alimenta una relación más pródiga en inversiones, facilidades mutuas, convenios culturales y desde hace unos años, un éxodo del turismo español hacia tierras lusas.

Como broche, un botón. La preciosa villa de Olivenza, un enclave histórico reclamado por Portugal, otorga a sus habitantes el derecho a solicitar la ciudadanía portuguesa y a ejercer el derecho al voto en las elecciones del país vecino. Este antiguo contencioso se ha ido suavizando con medidas por las cuales muchos de ellos tienen una doble nacionalidad testimonial y a la vez real. Todos los gestos que podamos hacer – ambas partes – en beneficio de un mayor acercamiento, redundaran en una unión más estrecha si cabe ahuyentando así cualquier desconfianza y germinando un futuro de reconocimiento mutuo.

El ilustre y vilipendiado -por algunos rancios sectores de nuestro país - Nobel Saramago, hombre sabio y sin pelos en la lengua donde los haya, años ha que volvió a plantear la idea de una fusión política más estrecha. Grandes defensores del iberismo y pesos pesados de la cultura de ambos lados de la marca, tales como Pessoa, Ortega y Gasset o Unamuno, pelearon con denuedo por alimentar esta idea de hermandad. Más recientemente, el Instituto Elcano, indicó que cerca del 66% de los portugueses desearían profundizar en la unión política con España. Es obvio que ese sentir late a los dos lados de la frontera, pero mientras no pongamos orden en esta jaula de grillos patria, dudo que seamos atractivos ante un gesto de esa magnitud.

También es cierto que nuestro carácter ha subestimado en ocasiones a nuestros hermanos de historia. Muchos hechos y conductas arrogantes no son un buen indicador para invitar a nuestra mesa a un proyecto tan ilusionante que requiere algo más que humildad. A algunos políticos españoles habría que hacerlos pasar por la puerta “atrapa gordos” de los monjes cistercienses del monasterio de Santa María de Alcobaça y cuando su ego hubiera adelgazado plantear la cosa entre pares.

"Los flujos comerciales nos han convertido en socios preferentes a los dos lados de la marca, marca que nunca debería de haber existido"

Hace pocos años, el ecuánime y visionario alcalde de Oporto, Rui Moreira, propuso crear una Ínsula Barataria llamada Iberolux. Sectores recalcitrantes y minoritarios de ambos lados se rasgaron las vestiduras. Afortunadamente las interacciones comerciales, aunque favorables a España, han crecido vertiginosamente entre ambos países. De idéntica manera, la cooperación militar se manifiesta asimismo en diversas actividades bilaterales unas, otras en el marco de la OTAN no solamente en las acciones combinadas en maniobras conjuntas sino también en las exportaciones de material bélico hacia el país hermano. Quizás por el peso de la economía nuestra, el balance es netamente favorable a nuestros intereses. No por ello, los flujos comerciales nos han convertido en socios preferentes a los dos lados de la marca, marca que nunca debería de haber existido.

Por otra parte, nuestros dos países no dejan de ser el abracadabra de entrada hacia América Latina y por ello, cientos de empresas europeas se han posicionado en el territorio peninsular a ambos lados de la frontera, cada vez más testimonial, ambos vecinos tenemos una relación estratégica con el entramado de Mercosur, mercado que integra sumando los estados asociados a 700 millones de almas con un alto nivel de natalidad.

La idea de un turismo sostenible con una fuerte apuesta por la riquísima cultura y gastronomía de ambos países es el espejo de unas relaciones bilaterales reconfortantes y ejemplares. Salvo en el periodo 2019 en el que España fue el segundo país más visitado del mundo y Portugal escaló posiciones en el ranking de los más visitados, todo apunta a que ambos países hermanos en este terreno tendrán un escenario de ingresos regulares e in crescendo.

Foto: Camino Machu Picchu. Foto: Fran Sánchez Becerril

Queda pendiente el controvertido tema del AVE, un costo en apariencia inasumible para Portugal por el enorme desembolso que supone. El pequeño aeropuerto lisboeta de Portela no deja de ser un distribuidor secundario hoy en día sobrepasado por el uso del creciente turismo europeo hacia las áreas portuguesas de ultramar y al propio país. Cabe la posibilidad de que en la próxima cumbre se trate este tema, al que todo apunta va con buenas cartas y una jugosa aportación transpirenaica. Para Extremadura y su desastroso tramo de ferrocarril, sería como agua de mayo.

Saramago en una de sus orfebrerías literarias cargadas de metáforas, "La balsa de piedra", unía y urdía en su eterno e íntimo ideal, tras una separación simbólica del continente europeo, una desgajada nave compartida por portugueses y españoles en la que ambos pueblos se reconocían como uno solo.

Se hace difícil comprender cómo dos pueblos con lenguas recíprocamente comprensibles hayan vivido de espaldas, separados por “A Raia”, una frontera de 1.214 kilómetros.

Muchos de los que hoy leemos el presente artículo quizás no lo veamos, pero inculquemos esta utopía a nuestros hijos. A veces hay que admitir que una herida es un lugar donde vivir.

P.D. Desde estas líneas quería transmitir mi agradecimiento al capitán del ejército portugués Joao Salgado, que un día de hace tres años interrumpió su comida en un restaurante para orientarme con su viejo mapa sobre cómo discurrir por la hermosa ciudad de Lisboa. No aceptó que le invitara, pero si mi agradecimiento. Recuerdo aquel apretón de manos.

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