Bombardeos, madera de haya y robos de patentes: la apasionante historia del futbolín
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Bombardeos, madera de haya y robos de patentes: la apasionante historia del futbolín

Este mueble, juego de bar y bestia de los recreativos lleva con nosotros toda la vida pero pocos conocen cómo se fabrica, y sobre todo, la trepidante biografía de su inventor

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Fuente: iStock

"No sabía que el presidente Sánchez fuera tan bueno jugando al futbolín, ¡menudo gol le metió!”. Hace apenas una semana, con motivo de la final de la Copa del Rey entre el FC Barcelona y el Athletic Club de Bilbao en La Cartuja de Sevilla, los españoles asistimos a una imagen insólita. Felipe VI y Pedro Sánchez, jefe del Estado y jefe del Gobierno, máximos representantes de nuestra actual monarquía parlamentaria, unidos por el destino en una pachanga de futbolín sin parangón en la historia de la democracia. A su lado, con menor protagonismo, el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, y el consejero de Deportes de la Junta, Javier Imbroda. Y para rematar la escena, un montón de señores trajeados a su alrededor en corrillo (ni una sola mujer), vigilando tal vez que ninguno de los contendientes hiciera una ruleta o agitara con virulencia las barras de los jugadores, con los carrillos llenos de felicidad y cubiertos de mascarillas, dando profundidad de campo a la imagen, pues qué poder vendrían a simbolizar y ostentar ambos altos cargos –más allá del democráticamente constituido– si no fuera por su séquito de acólitos reunidos.

placeholder La 'pachanga' entre el Rey y el presidente del Gobierno, el pasado sábado 17 de abril. (Jesús Morón, Junta de Andalucía)
La 'pachanga' entre el Rey y el presidente del Gobierno, el pasado sábado 17 de abril. (Jesús Morón, Junta de Andalucía)

“El que pierda tiene que pasar por debajo”, comentaba un usuario en Twitter. ¿Se imaginan la escena? Pero para Juan Isidro Gotor, fabricante maño de futbolines, lo más reseñable de la fotografía es precisamente la alegría y la felicidad que desprenden el Rey y Sánchez, pues si algo está claro es que el verdadero protagonista de la instantánea no es un ser de carne y hueso sino… ¿un mueble? ¿un juguete? ¿una bestia de los recreativos? En efecto, el futbolín, quizá el juego que más pasiones ha despertado en el pueblo llano desde su invención hace ya casi un siglo, una máquina de diversión total que congrega a niños y mayores, y por el que miles de personas de todo el mundo se han levantado con ojeras y resaca al menos una vez en la vida. “Es una de las pocas veces que hemos visto al Rey y a Sánchez frente a frente y sonriendo de manera sincera, no por cortesía”, recalca Gotor, quien dirige la empresa que precisamente fabrica el futbolín en el que los dos hombres de Estado jugaron, Futbolines Val, con más de cincuenta años de historia.

Más de 50 años fabricando futbolines

Fundada en 1947, una década después de que un poeta gallego anarquista llamado Alejandro Campos Ramírez (alias Alejandro Finisterre) inventara el juego, Gotor adquirió la compañía en 2011, manteniendo su método artesanal de fabricación con el que Futbolines Val empezó a producir futbolines a partir de la talla de madera de haya, famosa por sus propiedades altamente resistentes. Ahora, diez años más tarde, admite que las ventas y alquileres de estos muebles han bajado considerablemente hasta menos de la mitad. “Normalmente producíamos en torno a 200 futbolines al año, ahora con la pandemia ya solo hacemos entre 70 y 80”, admite el dueño en una distendida conversación telefónica con El Confidencial.

"Nuestros futbolines son prácticamente irrompibles. No necesitan mantenimiento, tienen una vida media de unos 30 años"

El Rey Felipe VI y Pedro Sánchez no son las únicas celebridades que han pasado por las barras de sus clásicos futbolines. También lo han hecho Iker Casillas, el ministro de Ciencia Pedro Duque o el ex seleccionador de fútbol Vicente del Bosque. Junto con los Presas 2000, los más estandarizados del mercado y usados en campeonatos, Futbolines Val cumple con su promesa de ofrecer el producto “más resistente y rentable” para bares, recreativos, salones, cárceles, centros de menores, residencias, oficinas e institutos. “Son prácticamente irrompibles”, recalca Gotor. “No necesitan mantenimiento, tienen una vida media de unos 30 años”. El modelo clásico tiene un coste de 1.999 euros incluyendo portes e IVA, pero no nos dejemos engañar por tan alta cifra: “si un establecimiento adquiere uno de ellos y lo tienen más de 20 años en los cuales se juegan tan solo dos partidas cada día a un euro, si multiplicas y haces el cálculo la rentabilidad es altísima para el negocio”.

placeholder Manuel Fuentes, antiguo propietario de Futbolines Val, en su taller.
Manuel Fuentes, antiguo propietario de Futbolines Val, en su taller.

Además, se revalorizan con el tiempo. “Un futbolín comprado hace más de 20 años que costó 100.000 pesetas, es decir, 600 euros, ahora los estamos vendiendo por 1.000 euros”, señala Gotor. “Obviamente, los índices de precios han subido para todos los productos desde entonces, pero en el caso del futbolín los de segunda mano desaparecen rápidamente. Nosotros podemos asegurar la calidad y resistencia del mismo, muchos clientes que acaban comprando futbolines más baratos por 200 o 300 euros acuden después a nosotros para que les hagamos recambios de componentes”.

Juan Isidro y sus dos empleados, Sergio y Ramiro, fabrican estas moles de madera de haya de 130 kilos, cuando “cualquier mueble de esta madera que pese solo 100 kilos puede valer 10.000 euros”. El proceso no es nada sencillo. Los artesanos reciben los tablones en bruto, “hasta con la corteza”, y a partir de ahí van sacando piezas de tamaños muy precisos para que el futbolín quede a punto. “Hay que tener en cuenta que para que sea ‘jugable’ tiene que tener medidas muy precisas”, haciendo referencia a la clásica forma de U del campo de juego distintiva de los modelos españoles que engrandece las partidas al proporcionar una mayor rapidez y aceleración a la bola, y a su vez, un mayor control en las jugadas. Eso sí, la hendidura del centro del campo debe ser muy poco pronunciada, pues sino sucede el fenómeno que adormece el juego y desespera a sendos bandos de jugadores: que la pelota se pare en medio del campo. Por otro lado, el barnizado, los muñecos y las barras de metal las fabrica una empresa externa de fundición.

placeholder Sergio y Ramiro, sus dos empleados.
Sergio y Ramiro, sus dos empleados.

En cuando a las alineaciones de los jugadores, Futbolines Val asegura que la que más vende y, por ende, prefiere, es la de cuatro delanteros, tres centrocampistas y otros tres defensas, de acuerdo al modelo valenciano. En Madrid, en cambio, se suele jugar con solo dos defensas y con los pies juntos en un taco, mientras que el modelo catalán, llamado Córdoba, es mucho más grande y “en vez de tener las patas al aire como los tradicionales, los jugadores poseen una especie de falda”.

En cuanto a los modos de juego, Gotor admite que le gusta más el de “sin ningún tipo de regla”, salvo, claro está, las típicas trampas o actitudes hostiles que puedan tener los jugadores, como hacer la ‘maldita’ ruleta, sacar sin esperar al contrario o meter la mano en el campo para coger la bola sin pedir permiso. Las reglas, no obstante, pueden cambiar en base a razones toponímicas o en relación al nivel de los disputantes. Más allá de estos datos, merece la pena conocer a fondo la historia de este juego emblemático que tantas personas echamos de menos después de haber vivido el año en el que menos entramos en el interior de un bar para disfrutar del futbolín al calor de los buenos amigos.

Nacido en los fuegos de la Guerra Civil

“En noviembre del 36, en el asedio de Madrid, me sepultó una bomba. Me evacuaron. Primero a Valencia, después de haber sufrido heridas graves al estar bajo los escombros bastante tiempo, y luego a Montserrat, al Hotel Colonia Puig, habilitado como hospital”. Así narra Alejandro Finisterre los días en los que volvió a nacer en aquel albergue improvisado en el que niños y jóvenes desplazados por la Guerra Civil se recuperaban de sus heridas, algunas de ellas irreversibles. “Los niños mutilados veían con pena cómo jugaban al fútbol aquellos que estaban bien”, prosigue el gallego en un extraordinario documento audiovisual titulado ‘Tras el futbolín’ que aborda el nacimiento de esta mesa de juego. “Y como yo además estaba cojo, tenía mucha afición por el tenis de mesa, me dije, `¿por qué no también un fútbol de mesa?’. Entonces diseñé un plano que entregué a un carpintero vasco que estaba allí también refugiado, Francisco Javier Altuna, pero se necesitaban barras de metal y un cristal para el campo, y tuvo que ir a comprarlos a Barcelona y a La Puda”. Finalmente, ambos montaron el primer futbolín de la historia en el municipio de Olesa de Montserrat.

"La que estaba más con los republicanos españoles era Hilda, que por cierto jugaba muy bien, mejor que su compañero, el Che Guevara"

Los años sucesivos fueron muy movidos para el joven Finisterre. En enero del 37 consigue patentar el invento, al que ya jugaban meses antes los niños de la colonia. Pero en mayo de ese mismo año, con las llamadas Jornadas de Mayo, se desata una guerra civil en Barcelona dentro del propio seno de la República entre anarquistas y socialistas, así como entre estalinistas y trotskistas. Ante este contexto, decide emprender el camino al exilio en Francia, cruzando los Pirineos a pie. Lamentablemente, no lo conseguirá hasta dentro de unos cuantos años más tarde, en 1948, cuando llega a París y se encuentra con un viejo conocido del Hotel Colonia Puig llamado Magí Muntaner, quien ya había patentado y extendido la afición del futbolín por toda Francia y Europa, habiéndole robado la idea. Según un interesante artículo del medio ‘Aidante Galicia’, Muntaner pasó todos esos años intentando ponerse en contacto con Finisterre por carta sin éxito. Finalmente, para enmendar su acción, decide darle una buena suma del dinero que había obtenido con la patente, un montante que el gallego usará para poner rumbo a América Latina, donde comenzará una nueva vida.

placeholder Alejandro Finisterre, jugando al futbolín. (Lavandeira, EFE)
Alejandro Finisterre, jugando al futbolín. (Lavandeira, EFE)

En 1952, Finisterre llega a Guatemala, país que por aquel entonces vivía en un período democrático que pronto estaría destinado a terminar. Encontró la libertad social y económica que por aquel entonces en España no había y, junto a sus hermanos, fundó una empresa de artesanos de la madera centrados en la fabricación de juguetes. Su producto estrella fue el ‘futíllo’ o ‘fútbol de mesa’, al cual ya jugaban personas de todas las edades y clases sociales de todo Centroamérica. Incluso, personajes históricos tan icónicos como el Che Guevara, quien según Finisterre era bastante malo con las barras. “Todo el mundo recalaba en el centro republicano español, también el Che y su esposa Hilda Gadea”, reconoció Finisterre en el documental anteriormente mencionado. “La que estaba más allí con nosotros era Hilda, que por cierto jugaba muy bien, mejor que el Che”.

placeholder Che Guevara y Hilda Gadea
Che Guevara y Hilda Gadea

Mientras, de forma paralela, en España se publica el primer libro de la historia sobre el juego inventado por Finisterre, alcanzando así el estatus social de una actividad de ocio que ya no solo era de niños, pues en un inicio todo el mundo lo veía como un juguete. 'Enseñanzas del futbolín' (1953) recogía todas las normas y claves para ganar una partida contadas por los mejores jugadores del momento. Fue editado por la Secretaría Técnica del Club Futbolín Barcelona, el primer equipo oficial de la historia, fundado en 1947.

Fue precisamente en ese mismo año cuando nace Futbolines Val de la mano de un gerente de una tienda de tebeos localizada en la calle María Moliner de Zaragoza llamado Vitorio Val. Tal vez ante el enorme impacto que tuvieron los futbolines entre la población o, según reconoce Gotor, "para entretener a los chiquillos". Ya en los años 70, la empresa pasa a manos de Manuel Fuentes (presente en la segunda foto de este artículo), uno de los más veteranos trabajadores del taller.

placeholder Portada de 'Heraldo de Aragón' el día de las primeras elecciones democráticas en las que aparece un futbolín Val usado como mesa electoral.
Portada de 'Heraldo de Aragón' el día de las primeras elecciones democráticas en las que aparece un futbolín Val usado como mesa electoral.

Veinte años después traslada la empresa a El Burgo de Ebro, un municipio localizado a 10 kilómetros de Zaragoza en el que por aquel entonces vivía Gotor con su mujer, quien compraría la compañía dos décadas más tarde, en 2011. Uno de los hitos más curiosos de la empresa fue cuando en las primeras elecciones democráticas españolas se usó uno de sus futbolines como mesa electoral en el que los maños depositaron sus primeros sobres con el partido al que querían votar.

Un secuestro de un avión 'in extremis'

Las cosas se complicaron para Finisterre en Guatemala. El proceso democrático que vivía el país a a su llegada terminó en un abrupto y violento golpe de estado para derrocar al presidente electo, Jacobo Arbenz Guzmán. En junio de 1954, le secuestraron y subieron a un avión con destino a Madrid, donde le esperaba el puño de hierro de la dictadura franquista. Pero como si se tratara de una película de James Bond, Finisterre envolvió una pastilla de jabón en papel de aluminio y simuló que tenía una bomba que haría estallar en caso de no regresar. Al final, el piloto accedió a sus súplicas y el avión fue desviado a Panamá, tal y como cuenta la escritora Lola Zabala en un reciente artículo de 'Raíces al aire'.

Años más tarde recularía en México, donde fundó varias editoriales y revistas literarias junto con los escritores españoles exiliados de la República, entre los que se encontraba León Felipe. Después de una vida entera dedicándose a escribir y a trabajar la madera, regresó a España finalmente en los años 70, con la muerte del dictador, tomando residencia en Burgos. Fue miembro de la Real Academia Gallega, y su historia termina el 9 de febrero de 2007, cuando muere en Zamora a los 88 años. Sus cenizas fueron esparcidas al río Duero y en el cabo Finisterre, tal y como él pidió.

Señor con maletín

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