La historia del garrote vil: el invento más cruel que imaginación puede crear
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Herramienta del horror

La historia del garrote vil: el invento más cruel que imaginación puede crear

Los orígenes de uno de los instrumentos de tortura y ejecución más brutales que se conocen

placeholder Foto: La ejecución de los anarquistas de Jerez (Le Progrès Illustré - 1892)
La ejecución de los anarquistas de Jerez (Le Progrès Illustré - 1892)

«… el problema más difícil al que nos enfrentamos para evitar la destrucción de la civilización y la humanidad, es la costumbre diabólica que tiene la gente de dividirse en pequeños grupos, cada uno ensalzándose a sí mismo y acusando a sus vecinos».

(Isaac Asimov, “Memorias”)

Decía Oscar Wilde que el único deber que tenemos para con la historia es reescribirla, pero el problema en esta ceremonia de la confusión permanente, en esta jaula de grillos alterados, en este parvulario cósmico; es que cada uno tiene una versión de los acontecimientos y no digamos si esa parte de la tradición es oral y por lo tanto, sujeta a las manipulaciones más descaradas e interesadas.

Desde muy antiguo, se han diseñado todo tipo de instrumentos para hacer cantar al personal o quitarse de en medio a sujetos molestos para el buen funcionamiento del “sistema”. Algún pueblo oriental llegó a alcanzar grados de sofisticación espectaculares con una eficacia incontestable. Nuestra doméstica Inquisición no se quedó corta a la hora de innovar y tiene por ahí en un museo volante con más de dos docenas de patentes que solo con verlas te entra el telele. Pero tranquilos, hoy lamentablemente hay pueblos muy civilizados que mantiene la pena de muerte e instrumentos de tortura amparados por la ley.

Foto: Representación de Mansa Musa en el Atlas Catalán.

El garrote vil, un invento diabólico producido por la versión más cruel de la imaginación humana, instrumento de tortura y ejecución a la par, y brutal donde los haya más allá de su lúgubre estética, fue implementado por José Bonaparte (el mal llamado Pepe Botella) allá por el año del señor de 1809. Esta horrible forma de ejecución de los futuros interfectos estuvo en vigor hasta la introducción de la Constitución de 1978.

El hermano de Napoleón estableció por decreto el uso de este artefacto como forma de ajusticiamiento favorita en España en 1809 y las revolucionarias Cortes de Cádiz lo adoptaron en 1812 incorporándolo a su apuesta de renovación y futuro; menos mal.

Como es sabido, era un instrumento cuya mecánica - sencilla donde las haya -, permitía al desgraciado de turno un asiento de palco desde el que se divisaba la eternidad en toda su magnitud eso sí, no sin antes causar en los esfínteres sensaciones incalificables. El rictus de la víctima era de antología.

"El método era bastante sencillo y su práctica no demandaba a un musculoso verdugo para finiquitar a su víctima"

A lo largo del siglo XIX, esta herramienta del horror, fue trending topic por su demostrada simplicidad y manejo para todos los públicos. Una primavera de 1828, el trágico felón que nos tocó padecer en aquel momento, Fernando VII, tras asistir a un ahorcamiento y ver los terribles espasmos del pobre espantapájaros colgado de la soga con la indecorosa resultante de que había mojado el piso, decidió cambiar de tercio la historia de las ejecuciones y ser si cabe, más amable con su pueblo, pueblo al que como es de todos conocido, ya había traicionado en más de una ocasión. Un edicto real dictaminó que los condenados a una extinción forzada deberían de morir sentados cómodamente. Dicho y hecho.

La verdad, el método era bastante sencillo y su práctica no demandaba a un musculoso verdugo para finiquitar a su víctima. Una soga de cáñamo o a veces de cuero anudada a un palo atravesado, comprimía la garganta del alucinado candidato hasta dejar este ininteligible mundo de locos. Un aro de hierro retenía el espanto del desgraciado oprimiéndole el gaznate y reventando las cervicales con unas expeditivas vueltas de tuerca; un cabezal romo penetraba la vida y arrancaba la muerte normalmente en un abrir y cerrar de ojos.

La triste estética del pataleo del reo desaparecía por arte de magia con este bondadoso instrumento que solo te desfiguraba la cara íntegramente y en muchas ocasiones, estallaba los globos oculares tras condenar al sujeto a un coma irreversible pues el asunto, es que aquel terrible émbolo te dejaba hecho puré la sesera además de proporcionar a un selecto auditorio unos alaridos descomunales. Hasta ahí, todo bien. Pero no siempre sucedía que el esmerado verdugo tuviera la práctica suficiente como para definir con precisión aquel trance y darle el pasaporte de forma expeditiva al viajero, no, había que estar entrenado en el tema.

Foto: El avión de carga de Ethiopian Airlines aterrizó en el lugar equivocado (Reuters/Tiksa Negeri)

Desde la perspectiva del muerto, ofrecía la posibilidad de un tránsito más digno que el que deparaba la cuchilla plateada de la guillotina que como todos sabemos, tras la degollina despojaba de su integridad al que asistía en primera persona a aquel evento, por lo general, de masas.

En las postrimerías del siglo pasado, ya con los estertores del antiguo franquismo, una levantina de armas tomar, Pilar Prades, – para más señas envenenadora de profesión -, un chico bien de la alta sociedad madrileña que se ventiló a cuatro inocentes, José María Jarabo (ambos ejecutados en 1959) y, un jovencísimo anarquista catalán llamado Puig Antich al que le endosaron - para disimular un poco los tintes de represalia política -, un extraño acompañante de viaje -, el presunto alemán del este y probable prófugo de la Stasi, de nombre probablemente amañado, Heinz Chess; cerrarían con el advenimiento de la nueva Constitución aquel carrusel de pasaportados por la llamada ejecución más benévola inventada por ser humano alguno. Para mear y no echar gota.

Se da la paradoja de que en el caso del anarquista catalán Antich, tras una convocatoria del BOE allá por 1948, Antonio López Sierra, con antecedentes penales y confidente policial, sería el surrealista autor que aplicaría el terrible matarile a aquel desgraciado joven que poco antes de morir y con toda una juventud por delante, acababa de nacer a la vida. Para más INRI, hay que destacar de aquella pantomima producida en los estertores del franquismo, que el verdugo oficial de la cárcel de Barcelona no estaba para zarandajas pues lo habían ingresado en el “talego” para cumplir una condena por estupro. Tela.

"El asuntillo de ser verdugo tenía su aquel. No era una profesión exenta de riesgos"

Pero el asuntillo de ser verdugo, tenía su “aquel”, aunque no era una profesión exenta de riesgos de vez en cuando proporcionaba sustos.

Un día de los años sesenta, el matarife oficial y funcionario del Ministerio de Justicia, por aquel entonces Federico Muñoz Contreras, se encontró con unas balas que un despistado vengador que pasaba por allí le endosó sin querer. El agresor sería identificado, pero como por arte de magia, un año después aproximadamente, un salvífico, sospechoso y oportuno indulto le libraría de pasar por caja. Eso es lotería y no la Primitiva.

En el caso del verdugo que ejecutó a los atracadores del expreso de Andalucía, crimen en el que dos funcionarios de Correos fueron asesinados en uno de los vagones del tren, Casimiro Municio Aldea, un experto en reventar al reo con su impecable pericia (tenía el récord de expedición al otro mundo en dos segundos) reconoció que tenía que ponerse hasta las “trancas” para trabajarse el asunto. Luego, con sus remordimientos a cuestas, se metía una misa entre pecho y espalda. Cosas que pasan.

En esta vida uno no gana para sustos.

Napoleón Ministerio de Justicia Cádiz