Follón entre Pinzón y Colón: un triste desencuentro ante una obra mayúscula
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Follón entre Pinzón y Colón: un triste desencuentro ante una obra mayúscula

Las relaciones de autoridad y de poder entre ambos estaban seriamente dañadas por la complicada personalidad del primero

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Martin Alonso Pinzón y Cristobal Colón

Cuando ya solo seas invisible / forma inerte abandonada en este árido suelo / tu caro perfume, tus amores de patio trasero / serán fúnebre materia en la invisible noche/fumata blanca en el deshabitado cielo.

Estrofa de Alfa- Centauri del poeta Zenk.

La aterradora certeza de no ser nadie, nos empuja en ocasiones a desplazar a terceros de la propiedad de sus logros para así, apropiarse de ellos. En este paraíso canalla, donde el adulterio de muchas verdades más que evidentes, son lastradas con piedras hasta el fondo de indetectables ciénagas, hay muchas certezas ocultas en parte por la ingenuidad de sus protagonistas, en parte, por el sutil ejercicio de depredadores que con aviesas intenciones buscaron un podio para su inmoralidad.

Todo comenzó probablemente por un agravio mal digerido. El 12 de octubre de 1492 se “descubrió” el enorme continente allende los mares. La carabela Santa María encalló fortuitamente en la navidad de ese mismo año al noreste de Haití, y entonces, la Niña se convertiría en la capitana de la expedición. La Pinta llevaba desaparecida en misión de exploración más de veinte días a su aire, una vez perdido el contacto con el resto de marinos de la expedición.

Según los historiadores especializados, arqueólogos submarinos y caza fortunas de pecios, las condiciones para la conservación de las naves no son en absoluto idóneas en la zona del Caribe. Lo cierto es que en diferentes expediciones, todas las naves que acompañaron a Colón en la primera singladura, desafortunadamente desaparecieron. De ellas, concretamente entre el primer y cuarto viaje, las tres que materializaron aquella épica historia que quedará en la memoria de los anales de la humanidad, se volatilizaron sin dejar rastro.

placeholder Ilustración de Cristóbal Colón de pie entre su tripulación a bordo del Santa María (Fuente: iStock)
Ilustración de Cristóbal Colón de pie entre su tripulación a bordo del Santa María (Fuente: iStock)

Las cálidas aguas caribeñas están habitadas por unos pequeños caníbales llamados Teredos, moluscos fagocitadores que zampan más que un vasquito con buen saque. La madera para este micro - antropófago es como el caviar Beluga, se ponen hasta las trancas, y aunque los sonares de barrido lateral ayudan a localizar restos (sobre todo los remaches y otras huellas metálicas), cuando hay mucho sedimento enterrando las naves por efecto de los huracanes, es muy difícil su localización.

El caso es que desde la carabela La Pinta pilotada por Pinzón, cuyo armador era Cristóbal Quintero, se divisó tierra por parte del mozalbete Rodrigo de Triana y todos a una, entraron en trance y por las mismas, se pusieron manos a la obra, esto es, a rezar como posesos un Te Deum para agradecer al altísimo haber sobrevivido.

Pero la muy marinera La Pinta, destacada en aquella singladura extrema, avistaría antes que las otras, tierra.

En el caso de Pinzón, ese orgullo, esa reducida, egoísta y simplificada cosmovisión de lupa invertida y falta de miras hacia el resto de la flota y sus pares - hombres de mar como él-, le originó un “subidón” que le dio a este subordinado de Colón, una idea mesiánica de él mismo.

Pinzón, que era un pieza de cuidado, palmaría muy prontito porque era portante de la llamada 'picazón de los cardenales'

Hoy sabemos por diferentes cronistas (el cartógrafo Juan de la Cosa) que las tres naves desaparecieron de formas diferentes y no se ha podido dar con ellas hasta la fecha, aunque es cierto que la nave encallada en las costas de Haití (cuaderno de bitácora de Colón dixit), quedó inservible. Con su madera se edificó el Fuerte de Navidad, que sería el primer asentamiento español en tierra firme tras la odisea atlántica.

Hacia el año 1493, este grandísimo piloto al servicio de la Corona de Castilla, Martin Alonso Pinzón, muy pagado de sí mismo, abarloaba en el puerto gallego de Bayona tras una durísima singladura en el retorno del primer viaje a América efectuado por Cristóbal Colon.

Es más que notorio, que las relaciones de autoridad y de poder entre Pinzón y Colon estaban seriamente dañadas por la complicada personalidad del primero, un hombre de arrogante talante y siempre muy “subido” en un rol secundario.

A la vuelta del continente recién descubierto para el eurocentrismo ombliguista y panóptico, a Colon le pilló una tremenda borrasca al flanquear las Azores por el sur, tormenta de esas canutas y en las que todos se acordaron de las oraciones infantiles y de algunos juramentos impronunciables. Mientras, Pinzón llegó antes en su retorno, y Colón lo haría días más tarde a Huelva.

placeholder Carabela de Colón navegando en la tormenta (Fuente: iStock)
Carabela de Colón navegando en la tormenta (Fuente: iStock)

Pinzón se apresuró a cubrirse de gloria enviando la buena nueva a los Reyes Católicos en detrimento de aquel a quien debía respeto, había sido su jefe, y le había seleccionado como piloto principal. Pero la vanidad tiene esas cosas.

Pinzón que era un pieza de cuidado, palmaría muy prontito porque era portante de la llamada picazón de los cardenales, algo muy habitual en el clero de la época, y lo vamos a dejar ahí… La sífilis campaba a sus anchas entre la marinería, y en aquel tiempo, para evitar el picor tópico, se rascaban con un ungüento de ajo machacado y limones – cuando los había – sus herramientas bajo ventrales. El alivio era temporal pero muy eficaz como antiséptico, que no como desinfectante. Sulfamidas y penicilinas estaban todavía en hibernación.

En aquel momento, la Corte, estaba en modo itinerante en Barcelona y no en Toledo ni en Valladolid. Las buenas nuevas llegaron a la Ciudad Condal por un emisario enviado por Pinzón, pero el astuto rey católico prefirió demorar los festejos hasta que Colón – del cual tenía constancia ya de su arribo a la península- viajara a entrevistarse con la pareja fundacional y punto de inflexión en nuestra historia.

Tras mucho “rendez vous” y algo de peloteo, Colón que se había venido muy arriba con el descubrimiento del nuevo mundo, planteó a la pareja de coronados un segundo viaje para mejor explorar y a La Corona más gloria dar. De paso, en un convento de Badalona bautizaban con mucha pompa a los despistados morenitos a los que habían echado el guante en Guanahaní.; isla que lamentablemente no ha podido ser identificada plenamente ya que hay media docena de candidatas, lamentablemente, hoy, todas con nombres anglosajones. La idea más contrastada es que fue en la isla llamada San Salvador en archipiélago de las Lucayas, aunque las últimas investigaciones (National Geographic) revelan que fue 68 millas más al norte en la isla de Cayo Samana.

Fray Juan Pérez, el abate de La Rábida, puso en contacto a estos dos grandes marinos, Colón y Pinzón, convenciendo el primero al segundo de su proyecto

Como hemos mencionado al principio, los choques y agravios entre Pinzón y Colon no solo venían de las diferencias por capitalizar el momento del desembarco en alguna de las islas receptoras, sino de rencillas anteriores.

Martín Alonso Pinzón y sus hermanos – también intervinientes en aquella odisea trasatlántica –era el mayor de una familia de navegantes muy arraigada en Huelva. Conocía al dedillo las costas del actual Maghreb y había viajado en varias ocasiones al Golfo de Guinea. Vamos, que no andaba en taca – taca.

Fray Juan Pérez, el abate de La Rábida, puso en contacto a estos dos grandes marinos, Colón y Pinzón, convenciendo el primero al segundo de su proyecto y haciéndole alguna o algunas promesas que al parecer Colón no cumplió habida cuenta del tono de la vehemencia instalado en las relaciones entre ambos. Según cuenta Fray Bartolomé de las Casas en los Pleitos Colombinos al parecer Pinzón aportaría medio millón de maravedíes para la expedición además de las dos embarcaciones en arriendo (La Pinta y La Niña)

Foto: Illustración de la explosión en el Liceo en la portada de Le Petit Journal de París (1893)

El papel de Martín Alonso Pinzón en lo referente a algunas decisiones trascendentales durante el desarrollo del viaje, y el acierto que tuvo en el tramo final de la singladura al cambiar de rumbo la derrota que les llevaba con vientos portantes desde las Canarias abandonando el paralelo 28 hacia el suroeste, fueron determinantes para que Colon diera con la tecla. Entre el oficio de Pinzón y los mapas de Toscanelli y otros que tan celosamente tenía guardada el Gran Almirante, dieron con la diana.

Ahora bien, las diferencias fueron in crescendo durante el transcurso del viaje. La relación entre ambos se deterioró notablemente en las semanas siguientes. A finales de noviembre Pinzón abandonó la flotilla sin la aprobación de Colon y se fue a zascandilear por su cuenta.

Desembarcó en la isla de Santo Domingo y él y su fraternal “troupé” se liaron a buscar oro en la cuenca del rio que hoy lleva su nombre, búsqueda que daría muy buenos resultados.

Foto: Ilustración de la Batalla de Trafalgar (Fuente: iStock)

Un mes y medio más tarde, accidentalmente, Colón lo encontraría pululando por el ancho mar con costa a la vista y de paso, le pidió explicaciones por su extraño proceder. Colón tuvo que aceptar la versión del segundo sin más preámbulos, pues entre otras cosas había perdido la nao Santa María que como hemos dicho anteriormente fue el fundamento del primer asentamiento español en la zona. Colón, con un cabreo importante, iba destilando su mala baba contra el díscolo subordinado en el cuaderno que tenía habilitado para la memoria de la expedición.

Cuando emprendieron el regreso a España vimos como Martin Alonso Pinzón quiso arrogarse el protagonismo del “descubrimiento” ante los Reyes Católicos, pero estos, prudentemente decidieron esperar la versión del Gran Almirante. Viendo su causa perdida, este gran marino que pastaba por su cuenta en lo que era claramente una obra coral, se recluyó en la Rábida muriendo inmediatamente en esos pagos de Dios tal que un 31 de marzo de 1493. Huelga decir que Colón no se personó al funeral ni a oficio alguno.

Un triste desencuentro ante una obra mayúscula.

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