Isabel Zendal: la enfermera que salvó miles de vidas en una heroica expedición
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Isabel Zendal: la enfermera que salvó miles de vidas en una heroica expedición

La OMS considera a esta gallega como una de las enfermeras pioneras a nivel mundial en una acción sanitaria sin precedentes (hasta ese momento) en la historia de la humanidad

placeholder Foto: Enfermeras y pacientes en un hospital militar del siglo XIX (Fuente: iStock)
Enfermeras y pacientes en un hospital militar del siglo XIX (Fuente: iStock)

La salud no lo es todo, pero sin ella, todo lo demás es nada.

Schopenhauer.

Galicia es un lar que alumbra mujeres increíbles. No hay que irse a la noche de los tiempos para buscar féminas de rompe y rasga. “Hailas”, tales como María Pita, Rosalía de Castro, Concepción Arenal, y otras, como Maruja Mallo (Musa de Neruda, Picasso, Lorca, Miró, Magritte y un largo etc.), Sofía Casanova, Las Marías (dos hermanas sometidas a condiciones inhumanas tras la Guerra Civil) e Isabel Zendal - y me dejo muchas en el tintero-, fueron eludidas por la luz de la historia o abrazadas por la noche del olvido.

En el caso que hoy toca, Isabel Zendal, una de las grandes olvidadas, llevaba a sus espaldas un saco vacío, a la par que lleno de migajas de realidad; aquellas fruto de la dirección de un orfanato en su tierra natal que la convertían en una madre universal. Mientras otros no veían a su alrededor más allá de su miopía personal, esta mujer era pura compasión.

Se dio cuenta de que su casa era un albergue sin techo. Por el que entraban los tentáculos del vacío, vacío que la hería profundamente en lo más íntimo de su corazón. Aquella dura realidad le escocía y martirizaba y ella desde sus limitaciones, quería hacer más y más. Llegó a la conclusión de que la vida se filtra en muchas ocasiones a través del horror y decidió actuar en consecuencia desde sus limitadas posibilidades.

Se inició profesionalmente en el Hospital de la Caridad de Coruña siendo jovencísima, allí acabaría de rectora antes de iniciar su gran apuesta vital

Pero las tragedias no vienen de la nada, tienen una relación causa efecto por lo general. Cuando Isabel Zendal tenía tan solo trece años, su madre, su referente vital, falleció de viruela, una enfermedad hoy afortunadamente erradicada aunque puntualmente presente de forma muy localizada algún rebrote en países con infraestructuras sanitarias deficientes.

Jovencísima, tal vez tendría una veintena de años cortos, se inició profesionalmente en el Hospital de la Caridad de Coruña acabando de rectora de la institución antes de iniciar su gran apuesta vital en la Expedición Balmis. Pero la tragedia de Zendal era silenciosa pues se tuvo que hacer cargo de una criaturita fruto de una relación fracasada pues el que debía de ser su padre o ejercer como tal, se dio a la fuga. A partir del día 31 de julio de 1793 Isabel se tuvo que hacer cargo de la criatura a la que crió como madre soltera.

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Entrada la primavera de 1800 y ya Rectora de la Inclusa le era entregado el pago en especie de un pan candeal de generosas dimensiones, media libra de carne diaria y un salario mensual de cincuenta reales. Una monótona vida lineal, gris y llena de dificultades sería el horizonte de esta joven que con valentía y resignación afrontaba su sentencia vital.

Pero esta mujer de lectura precisa del pentagrama de la vida, era muy práctica y se adelantó a Chejov en más de cien años. El ruso dijo en una ocasión (sic) "La felicidad no existe, lo único que existe es el deseo de ser feliz"; y se puso manos a la obra con aquella determinación que emanaba humanidad como una fuente cristalina.

Isabel Zendal formó parte de aquella pionera y famosa expedición que permitió vacunar de la viruela a cerca de 250.000 niños y que en su momento capitaneó el médico alicantino Balmis. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera a Zendal como una de las enfermeras pioneras a nivel mundial en una acción sanitaria sin precedentes – hasta ese momento- en la historia de la humanidad.

Ella, fue la responsable de atender a los 22 niños expósitos procedentes de La Coruña que viajaron hacia América, y cuyo rango de edad oscilaba entre los tres y nueve años, así como posteriormente de los veintiséis chavales que fueron a Filipinas, durante los diez años en los que se desarrolló la ambiciosa expedición que conseguiría llevar la vacuna de la viruela a los inmensos territorios españoles de allende los mares.

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El Doctor Edward Jenner poniendo la primera vacuna de la viruela (Fuente: iStock)

Cuando la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna se puso en marcha en el otoño de 1803, Isabel Zendal quedaba incorporada por real decreto a la expedición y el día 30 de noviembre de 1803, en la corbeta María Pita. El Dr. Balmis, su director, un ilustrado y humanista incontestable, contrató con el mismo sueldo que cobrarían los varones de la expedición - tres mil reales para gastos previos y una soldada de quinientos pesos anuales- a aquella ilustre mujer. Fue la última expedicionaria en incorporarse al convoy humanitario. Desde el puerto de La Coruña, zarparían 37 personas en aquella cohorte de visionarios financiada por el entonces rey Carlos IV.

Isabel Zendal Gómez renunció a su puesto en el hospicio para asumir la responsabilidad de los 22 niños que por tandas llevarían la vacuna; dicha vacuna sería llevada por niños que con anterioridad no hubieran pasado la viruela y durante el viaje, se transmitiría entre ellos cada 10 días.

Sometidos a un protocolo riguroso, los criterios de la expedición indicaban claramente como había que atender a los niños. Cada niño recibiría un hatillo con diferentes efectos para cambiar su indumentaria cuando fuera necesario además de incorporar dos pares de zapatos.

Según dijo en su momento Alexander von Humboldt –, aquella misión sanitaria dirigida por los doctores Francisco Xavier Balmis y su compañero, Salvany y Lleopart era la más importante de la historia conocida. La odisea de los dos cirujanos, y la muerte en acto de servicio del Dr. Salvany, prestigiaron la medicina española hasta límites insospechados, salvando de paso probablemente a millones de niños de una de las calamidades más lacerantes que la condición humana haya padecido.

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Alexander von Humboldt (Fuente: iStock)

Se hace necesario recordar, que la viruela – fueraparte de que no hubo intencionalidad previa– exterminó a la quinta parte de los pobladores mexicas (mal llamados aztecas). La cifra aproximada que se maneja con datos no suficiente contrastados pues hay múltiples interpretaciones al respecto, se acerca a los 3.000.000 de muertos. Los estragos fueron descomunales entre los aborígenes de la América de los siglos XVI y XVII durante el proceso de la conquista.

Pero no solo fueron los españoles los que la llevaron involuntariamente. Durante la colonización británica del norte de América, posterior en el tiempo a la presencia española en el continente, fue utilizada como arma de guerra en la lucha contra la tribu Algonquina, y de forma deliberadamente criminógena contra la enorme nación de naciones, la Federación Iroquesa, llamada también de las Siete Naciones. En su proceso de conquista de lo que hoy es Canadá y el noreste de los actuales EE.UU, usaron regularmente este terrorífico virus impregnando las mantas que a modo de regalo les daban bajo la apariencia de inocentes dádivas, causando así una terrible mortandad entre los autóctonos.

Este virus (mucho más letal que el Ébola) rondaba el 90% en su tasa de mortalidad, los que sobrevivían quedaban marcados de forma indeleble de por vida.

En el caso de la expedición Balmis, una incisión supra dérmica, en diez días aproximadamente, conseguía exudar el fluido antes de cicatrizar

Se hace obligado recordar que, en el año 1796, un médico rural inglés de nombre Edward Jenner, observó que las campesinas que ordeñaban a diario sus vacas en un pueblo galés, solían adquirir ocasionalmente lo que se dio en llamar la 'viruela de la vaca' tras contactar regularmente con estos bovinos. Obviamente estas mujeres estaban inmunizadas, por lo que el galeno gales se puso manos a la obra y ya hacía el año 1.800 había elaborado su ya famosa e imperecedera investigación. En aquel tiempo, entre otras muchas lacras, Europa estaba siendo arrasada por la viruela sin contemplaciones.

Fue entonces, que el mundo de la medicina se puso en acción, y el Dr. Jenner dispuso rapidísimos recursos para que se hiciera llegar a Francia, Holanda y España la solución para detener esta arma biológica infernal. El método era muy sencillo, pues se impregnaba el fluido en un bisturí esterilizado y con una incisión, en aproximadamente diez días aparecían un puñado de pústulas. Resarcido el chavalín del susto, lo demás era cuesta abajo.

La idea de la vacuna, con el tiempo trascendería hasta convertirse en el banco de ensayo de prevención de muchas patologías de origen vírico.

En el caso de la expedición Balmis, una incisión supra dérmica, en diez días aproximadamente, conseguía exudar el fluido antes de cicatrizar; entonces comenzaba la genial rutina y se volvía a vacunar a otro niño. La tenacidad que mostraron estos dos hombres con el apoyo de Zendal, sería traducida en una ocasión en una alocución en la que intervenía el magnate televisivo Ted Turner ante una nutrida concurrencia y que definía la perseverancia así; "No puedes rendirte nunca. Los ganadores nunca se rinden, y los que se rinden nunca ganan".

Como agradecimiento, los ingleses aprovisionaron con generosidad inusual, vituallas y regalos a la intrépida expedición

Desde su partida de La Coruña, la ágil corbeta María Pita desgranó en un viaje épico hasta su vuelta a España, muchos episodios de envergadura acontecieron en aquella heroica singladura. Puerto Rico, Cuba, México, Venezuela, Filipinas, Cantón y Macao fueron las páginas gloriosas, y a la vez trágicas-, en esta expedición filantrópica sin precedentes. Tristemente, en ocasiones, cuando despertamos de los sueños, estos tienen un precio.

José Salvany prosiguió con el programa de vacunación en Sudamérica. Enfermó de patologías solapadas o de comorbilidad, y el año 1810 entregaría su alma a lo desconocido en un alejado y remoto lugar de Bolivia. En el caso de Filipinas, la ayuda de la Iglesia fue determinante para el éxito. En la colonia portuguesa de Macao los portugueses pusieron a disposición de la expedición todos los recursos a su alcance para que la noble empresa prosperara. Y aún hay más, en un acto fuera de lo común por las tensas relaciones entre ambos países, cuando volvían hacia España tras once años, en el año 1814, dejarían a dos huérfanos vacunados en Santa Elena, base militar británica de tránsito en medio del Atlántico profundo. Como agradecimiento, los ingleses aprovisionaron con generosidad inusual, vituallas y regalos a la intrépida expedición.

Las personas fueron creadas para ser amadas y las cosas fueron creadas para ser usadas. La razón por la que este mundo está sumido en el caos reside en que las cosas están siendo amadas y por añadidura, las personas están siendo usadas. Estos entregados galenos no navegaban en la banalidad sino en lo esencial, tal que es, darse en la medida de lo posible y como principio permanente.

A la enfermera y madre universal Isabel Zendal, a los doctores Francisco Javier Balmis y Salvany i Lleopart que viven en la memoria de las gentes de bien, desde estas líneas, un sentido agradecimiento por su entrega.

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