La historia de Enrique III de Navarra, el rey del camuflaje
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el hombre de las mil caras

La historia de Enrique III de Navarra, el rey del camuflaje

Este camaleón sería también IV de Francia, primer Borbón galo, un pieza de cuidado y, sobre todo, un superviviente

Foto: Enrique III de Navarra
Enrique III de Navarra

“Donde quiera que estés, te gustará saber que te pude olvidar y no he querido, y por fría que fuese mi noche triste, no eché al fuego ni uno solo de los besos que me diste”

Joan Manuel Serrat.

Si según Oscar Wilde “definirse es limitarse”, el sujeto que nos visita hoy era impredecible y oceánico; una buena cantera para un biógrafo todo terreno y con paciencia probada.

Para comenzar, aunque el futuro rey de Francia Enrique IV (Enrique III de Navarra) vivió cierto tiempo en la llamada entonces Baja Navarra (en aquel tiempo este reino se dividía por el Pirineo Atlántico con tierras al norte y sur de las estribaciones, con administraciones diferentes unas veces, compartidas otras y otras más, delegadas), dicho rey, era más del Bearne –hoy Departamento de los Pirineos Atlánticos–. La historia nos dice que igual que un día se levantaba con idea de torear en el Congo, al otro le daba por hacer ganchillo en Indochina. La identidad de este elemento no la sabía ni él; no era francés ni español, ni selenita ni marciano, pero si era a buen seguro, un mutante intervenido por el oportunismo como el tiempo lo demostraría.

Hijo de Juana de Albret más conocida como Juana III de Navarra y nieto del navarro rey Enrique II, un bebedor empedernido de morapio, tenía un cierto pedigrí ibérico al margen de que posteriormente, ocupara el más alto sitial del país vecino. La Baja Navarra de aquel tiempo coincide geográficamente y mucho con la configuración geográfica de la actual Navarra española.

Este singular coronado y su faceta camaleónica, da para dejar exhausta la mina de un lápiz. Una biografía lineal, rectilínea, casi descriptiva y algo aséptica, sin entrar en mayores, no hace justicia de su talla y aristas, pero la cuestión que no se puede obviar es su faceta de “malo malísimo” (para los franceses ha sido el mejor rey que han tenido y le rinden culto aún hoy todos los años en el Pont Neuf de París).

No era francés ni español, ni selenita ni marciano, pero si era a buen seguro, un mutante intervenido por el oportunismo como el tiempo lo demostraría

En realidad, esta alma de cántaro con aspecto de querubín, no era otra cosa que un malvado redomado que descaradamente subordinaba todo a la mera ambición. Si hablásemos de cómo llegó al trono de Francia cambiando cada dos por tres de religión, de “pasaporte”, de principios, etc. dejaría a Groucho Marx a la altura de un aficionado. Un hacha el coronado, y “un pieza” de cuidado. A juzgar por lo que está sucediendo, se ve que sentó escuela…Y si hubiera que hacer un buen relato de su azarosa vida, la Epopeya de Gilgamesh, la Biblia o el Enuma Elish (del Corán mejor no decir nada por si se alteran los del turbante), quedarían reducidos a meros tebeos de quiosco de barrio.

La biografía de este mastuerzo no es capaz de escribirla ni el Tato. Su dominio en el escabroso mundo de la política con sus oscuros vericuetos, en el que una inmoderada capacidad de acumulación posiblemente sentara las bases del más feroz capitalismo de la época, ambición convertida prácticamente en una patología obsesiva y que unos kilómetros más abajo, en un momento muy próximo de la historia, copió con esmerada caligrafía aquel ínclito chorizo llamado el Conde Duque de Olivares.

Enrique III de Navarra y IV de Francia, primer Borbón galo, pues del mismo linaje pero de maquillaje ibérico. La flamígera y arbitraria espada del altísimo, es muy dada a castigar en sus discutibles criterios de selección, los desatinos de los terrícolas, sabe Dios si por los berrinches que coge cuando detecta negligencias en sus diseños, por cuestiones de control de calidad o quizás por una perversidad patológica e inveterada vocación por aplicar iracundos correctivos a sus atemorizados animalitos terrestres.

El susodicho rey de Navarra, y más tarde de Francia; un granuja de tomo y lomo que ya estaba de vuelta de todas las artimañas, triquiñuelas y zarandajas humanas; una primaveral mañanita se levantó con las pilas puestas y “en diciendo” –Vamos a pecar, que es gratis y pelillos a la mar–, se puso manos a la obra. Pero por lo que se ve, el Altísimo estaba de huelga de brazos caído ante las peculiares prácticas de este elemento.

Foto: Retrato de María Tudor.

El momento cumbre de su hedónica, azarosa e impostada vida, vino marcado por una peineta política que lo condujo al trono de Francia. Una interpretación muy “sui generis” de aquella famosa frase de Marco Tulio Cicerón que decía así, “la ley suprema es el bien del pueblo", le hizo cambiar de religión a la velocidad de la luz. Obviamente, todo por una buena causa. Si le hubieran dicho aquella frase tan tremenda de Zaratustra salida de la pluma de Nietzsche “Yo amo a quien castiga a su Dios, pues tiene que perecer por la cólera de su Dios”, pues hasta en un momento dado, habría liderado las huestes del infierno si era menester.

Todos queremos parecer siempre buena gente y aceptar con cierto disimulo que tenemos algunos pecadillos veniales, cosillas que se pueden esconder bajo la alfombra, debilidades de andar por casa, pecata minuta, pero nada más. A la postre nos hacemos un guante a nuestra medida para poder escaquearnos de este trago llamado vida. ¿Por qué? Porque cuando se está preocupado por mostrar lo mejor que se tiene de sí mismo en apoyo de los intereses –y este podría ser el caso que nos ocupa–, el poco fondo de armario –moralmente hablando claro–, si te pones a rascar, salta a la vista rápidamente. Este rey del camuflaje no tenía inhibición alguna.

La Corona acabaría aceptando la integración de los protestantes en la burocracia estatal y la libertad de culto en privado

El caso, es que en aquel tiempo, una especie de galopante eugenesia religiosa con mal tufillo pretendía dejar a Francia más lisa y pura que una patena. Los ánimos estaban exaltados y el personal con ganas de desenvainar lo que fuera. Los hugonotes, muy subidos por aquel entonces – ocupaban cargos muy destacados en la administración gala–, eran unos protestantes muy malos que querían hacerle un roto tamaño King Size al monarca francés, un católico que tenía mucho que guardar bajo su enorme alfombra, la cual, por cierto, despedía cierto tufillo añejo.

La madrugada del 24 de agosto de 1572, los católicos parisinos, un pelín alterados, iniciaron la mayor cacería de protestantes que se había visto en años, y que dejó como saldo cerca de casi diez mil asesinados en el conjunto del país, recordada tristemente como la "Matanza de San Bartolomé". La iglesia católica, muy preocupada con la disminución de haberes por simonías, liquidez en los fosilizados cepillos, falta de ingresos por indulgencias variopintas y otras zarandajas que le proporcionaban pingües beneficios; presionó al monarca para que se dictara el Edicto de Amboise, el cual, prohibía drásticamente el culto protestante en todo el territorio francés. Enrique III de Navarra que andaba agazapado en espera de su oportunidad, no perdía comba con el tema.

El camaleón por antonomasia

Los hugonotes habían intentado secuestrar al rey y sitiar París, acabando el feo asunto en la batalla de Saint-Germain. Cuando las aguas (y toda la sangre derramada) volvieron a su cauce, se firmó la paz. La Corona acabaría aceptando la integración de los protestantes en la burocracia estatal y la libertad de culto en privado. Este pacto, se sellaría como era habitual en la época, con un matrimonio de conveniencia entre Margarita, hija de Catalina de Medici, con el protestante a tiempo parcial, Enrique III de Navarra, el camaleón por antonomasia.

Pío V por el Greco.
Pío V por el Greco.

El clero había hecho un estudio de mercado actualizado y ante las opciones que abría el nuevo escenario, montó en cólera; hasta el mismísimo papa Pio V, receptor de suculentas dádivas por parte de nuestro bienamado rey Felipe II, se negó a avalar esta unión. El 18 de agosto de 1572 cuando estaba la ceremonia fijada, se abrió la Caja de Pandora; el caos se apoderó de Francia y los duelos, navajazos y emboscadas en callejones se convirtieron en una práctica común. Tras una semana todo estaba fuera de control. En menos de un siglo, Francia había tenido seis guerras y todas ellas, por el mismo motivo (o excusa); la religión…

Este rey navarro, no era muy amante de la plebeya txistorra y de esa ambrosía llamada Patxaran, sino que más bien le iba el rollo del Chartreuse y el buen paté aderezado con amantes ilustres, eso sí, todas ellas de la aristocracia, no fuera a ser que se le pegara algo. Hacia el 22 de agosto, el líder protestante Gaspar de Coligny, un prestigioso y solvente militar, sufrió un atentado provocándole heridas severas, ello hizo que las milicias protestantes se alzaran en las afueras de Paris y que una horda de hugonotes profundamente cabreados irrumpiera en palacio para exigir justicia. En la noche del 23 de agosto, el rey Carlos, a la sazón rey de Francia y Catalina, la reina madre, decidió tomar la iniciativa y pasar a la acción. En la creencia de que los protestantes iniciarían hostilidades contra la capital, decidieron un ataque preventivo hacia los instigadores del follón en ciernes.

El rey Enrique –el navarro–bearnés–transpirenaico, sería apresado, teniendo que abjurar de su fe para salvar su vida

Las autoridades distribuyeron armas entre la consolidada burguesía y los católicos más radicales, y en la madrugada del 24 de agosto (día de San Bartolomé) justamente en el momento en que se forja esa ventolina o brisa matutina antes de que el verano más radical te deje hecho puré, se lanzaron a cazar protestantes por las calles de París. En menos de tres días, Francia era una carnicería pavorosa y el prestigioso diplomático y moderado Coligny sería defenestrado literalmente aún convaleciente. Alrededor de diez mil muertos (otros historiadores hablan de 15.000), habían pasado a mejor vida. La cuarta Guerra Religiosa entraba en el país galo por la puerta grande y sin minimalismos. Veintiséis años más tarde (era el tiempo de 1598), se promulgaba el Edicto de Nantes que restituiría la libertad de culto, aunque en Paris solo a susurros.

Pero en medio de este guirigay, el rey Enrique – el navarro – bearnés – transpirenaico, sería apresado, teniendo que abjurar de su fe para salvar su vida. Obligado a residir en la Corte francesa bajo estricta vigilancia por si le daba un nuevo arrebato religioso e intentaba huir; un frío día de febrero de 1576, lo conseguiría refugiándose en esa maternal zona del Bearne.

Gran parte de los católicos franceses se sentían defraudados por la actuación de su monarca y se reagruparon formando la Liga Católica

Metió la directa y se puso de nuevo al frente de la Unión Calvinista francesa, se recicló de nuevo a la fe protestante y reactivó la lucha contra los católicos. Lo que podríamos considerar como la quinta guerra de religión francesa, finalizaría en mayo de 1576 tras la firma del rey francés Enrique III con el edicto de Beaulieu, dejando como quien no quiere la cosa, atrás, varios miles de muertos más, viudas y huérfanos. Gran parte de los católicos franceses se sentían defraudados por la actuación de su monarca y se reagruparon formando la Liga Católica. Entonces, Enrique III de Francia aprovechando la ventaja dinámica de la oportunidad, conseguiría ponerse al frente de los coaligados y así, otra vez, católicos y protestantes se enzarzaron en la sexta guerra de religión – mira que hay que ser vocacional de este deporte que promete tanto y da tan poco -. Finalmente, en el año del Señor, que debía de estar bastante mareado con toda esta movida, allá por 1577, se promulgó el Edicto de Poitiers, que acabó – de momento – con todo aquel desaguisado ¿espiritual?

Por otra parte, el rey de Francia no tenía herederos con las credenciales de sus genitales. Su sucesor más próximo en el trono era su hermano el duque de Anjou y a la muerte de éste, hacia 1584, el aspirante con más derechos al trono de Francia, era el ínclito pillo llamado Enrique III de Navarra.

A la muerte del duque de Anjou se armó de nuevo la marimorena. Por legitimidad, el trono le correspondía a un hugonote, lo cual ponía los pelos de punta a los católicos franceses. En 1585, la enésima guerra de religión francesa, conocida como la "Guerra de los Tres Enriques”, pues se enfrentaron Enrique de Guisa, a la sazón líder de la Liga Católica y aliado de Felipe II de España, Enrique III de Francia y Enrique III de Navarra, el eterno aspirante. El Papa Sixto V, uña y carne con el monarca español, firmaría una bula que dejaba en pañales al monarca navarro. Pero este era incombustible.

Al monarca español le parecía que lo más apropiado era que su hija Isabel Clara Eugenia fuera la que cortara el bacalao

Hacia 1588, Enrique III de Francia envió una docena de sicarios para asesinar al Duque de Guisa. Al año siguiente aquella noria de venganzas se cobraba la vida del rey francés, también asesinado. Al borde de la muerte reconoció a Enrique III de Navarra como su legítimo heredero. Obviamente a Felipe II le entró una pataleta tremebunda. Al monarca español le parecía que lo más apropiado era que su hija Isabel Clara Eugenia de la extinta saga de la Casa de Valois, fuera la que cortara el bacalao. Pero el viento no venía de popa y había que navegar en ceñida.

Por fin, Enrique III de Navarra, accedió al trono de Francia el año 1589 como Enrique IV. Con él se inauguraba la dinastía regia de los borbones en Francia. La interminable guerra de religión seguía su curso y Enrique IV había obtenido algunos éxitos iniciales. Los favorables caprichos de la historia eran primer plato en su recién estrenado reinado. Además, había agrandado Francia incorporando territorios administrados por él anteriormente y todo parecía ir sobre ruedas.

Por fin, Enrique III de Navarra, accedió al trono de Francia como Enrique IV. Con él se inauguraba la dinastía regia de los borbones en Francia

Pero cuando se inició la ocupación española las tornas cambiaron para este pillín certificado. El calificado y avieso ministro Sully, le sugirió encarecidamente que se dejara de zarandajas y volviera al redil católico haciendo pública abjuración de su fe el 25 de julio de 1593 en Saint Denis, ante el obispo de Bourges. El Papa de Roma quedó complacido ante este hecho y una jugosa donación informal hizo el resto. Felipe II, sin embargo, tuvo que retirar de mala gana sus tropas y la pretensión de su hija al trono.

A este iluminado, Enrique IV de Francia, un Nikola Tesla de la política – no hay que restarle méritos por malvado que fuera– , le dio un repente y decidió portarse bien un rato por si al Altísimo le daba en el más allá por leerle la cartilla. Desde entonces y ya cómodamente instalado en su poltrona, el dinámico coronado apostó por “la Grandeur” desarrollando la industria, el comercio y el agro de tal manera que la Francia anterior quedó irreconocible tras aquel brutal cambio. El Duque de Sully, ministro de finanzas, hizo una “limpia” de cargos redundantes, que puso a más de 30.000 funcionarios capitalinos y de provincias en el brete de emigrar a Canadá a fundar colonias; este expeditivo ministro, también reconvertido a la” verdadera” religión, fue el artífice del relanzamiento del país tras la continuada devastación padecida.

El asesinato de Enrique IV es uno de los grandes enigmas de la historia. ¿Fue un ajuste de cuentas?

Pero, tras doce años de crecimiento sostenido, reducir la deuda del estado a la mitad, recaudar el doble sin recaudar más (que tiene su miga), o lo que es lo mismo; como si en España nos deshiciéramos del senado, los Audis de sus señorías, sus leoninas prerrogativas, dejáramos que los bancos de incompetente gestión quebraran con sus directivos entre rejas, etc. y aplicáramos tijeretazos sin compasión – sobre todo por ahí arriba donde no alcanza la ley–, Sully, hizo unos malabarismos financieros que podrían servir de libro de cabecera al siniestro F.M.I.

Foto: Enrique III de Navarra

Finalmente, a este peculiar monarca se le apareció, un día en medio de una calle vacía y bajo el ruido de los cascos de las caballerías, la visita de su Némesis. El asesinato de Enrique IV es uno de los grandes enigmas de la historia. Cuando se dirigía a una visita privada que solo conocía su círculo más próximo; la carroza regia fue bloqueada por dos carros con vituallas y odres de vino; el trayecto lo conocían los cocheros y los guardias reales. Ravaillac era un coloso de más de dos metros, pero a todas luces resultaba poco comprensible que hubiera conseguido llegar junto al rey. ¿Fue un ajuste de cuentas? ¿Un iluminado en trance?

En París, según despuntaba la primavera de 1610, a Francois Ravaillac, maestro de oficio, le dio un pronto y le hizo un roto importante con un cuchillo de carnicero a este egregio personaje, un auténtico contorsionista político. Mientras el líquido vital fluía por los adoquines, su mente estaba más centrada en unas improvisadas oraciones profilácticas que lo blindaran de las iras del todo poderoso. El pobre hombre, había tenido una vida muy ajetreada.

P.D. Por la libertad de expresión, de opinión, y por la pervivencia de una prensa libre, no a la extradición de Julian Assange.

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