méxico, 1521

El capitán Gonzalo de Sandoval y los perros de la guerra

Los canes fueron utilizados constantemente en combate durante toda la conquista, y horrorizaron a los nativos por su fiereza

Foto: Joseph Emile Grid. (iStock)
Joseph Emile Grid. (iStock)

El mejor negocio para el charlatán, es un indigente mental aburrido.

-Anónimo.

En el límite de la frontera del cielo con la tierra, allá donde el gran astro deja de ser tras recorrer el día, hacia el este más extremo, en ese justo momento en el que el sol muere; tres centenares de hombres iniciaban el rutinario sueño reconfortante que los alejaba de la realidad cotidiana.

Dormían tirados sobre la hierba apuntalados sobre unas arpilleras, que igual los permitían camuflarse aderezados de barro y ramas, que acoger su cuerpo durante el relente. Muchos de ellos dormían abrazados a unas colosales bestias para compartir calor y complicidad. Estos animales llamados perros en propiedad, eran muy poco convencionales, pero de lo que no había duda, era de su probada fidelidad hacia sus amos.

No obstante en los frecuentes enfrentamientos con los mal llamados aztecas (fonema tardío nacido en el siglo XIX), eran la primera línea ante los durísimos y correosos mexicas y su eficacia ante el modo de operar de estos con su peculiar “guerra florida” (se necesitaban una media de seis guerreros para capturar vivo a un soldado adversario que luego era brutalmente sacrificado), era letal e impactante.

El nutrido destacamento, era en realidad una avanzadilla de Hernán Cortés en labores de exploración. En ella iban dos cartógrafos

Una docena de compañeros, hacían guardia por parejas, como estatuas, agazapados entre la foresta en un silencio absoluto solo roto de vez en cuando por algunos profundos gruñidos cavernosos y sobrenaturales a la vez, emitidos a modo de alerta temprana por los mastines. Eran falsas alarmas. Las cigarras autóctonas y los grillos locales eran además de gigantescos, bastante escandalosos y por ende, un incordio. Los mastines estaban nerviosos, algo barruntaban. Una extraña luna de muerte regaba con sus haces a aquellos rendidos soldados en algún lugar profundo del imperio mexica.

El nutrido destacamento, era en realidad una avanzadilla de Hernán Cortés en labores de exploración y en ella iban dos cartógrafos plasmando ríos y cumbres, poblados, cualquier accidente o fenómeno que mereciera ser registrado, extraños monumentos parecidos a mastabas. Los mayas prácticamente ya habían desaparecido de la historia pero sus ancestros habían dejado espectaculares construcciones y observatorios astronómicos inigualables. De todo ello, tomaban nota estos dos especializados escribanos.

La noche transcurría sin más, envuelta en su propio misterio. Pero la actitud de estos perros mastines leoneses de una media de 80 kilos de peso, o alanos, de menos talla y cuerpo, especies que se cree ya endémicas e instaladas en la época romana; cambió drásticamente poco antes de despuntar el alba.

Una ingente masa de mexicas en número de 3000, se había acercado hasta las lindes del promontorio donde los españoles dormían despiertos

Como estaban aquellos proto españoles (quizás sea más correcto decir castellanos para más señas) en el duermevela propio del relente y eran soldados de entrenamiento fino (Cortés hacía mucho hincapié en este punto), y que muchos de ellos eran procedentes de los tercios; las adaptaciones a los retos que solían enfrentar eran mecánicas y de rápida ejecución. Poco antes de atisbar el alba, los perros en su conjunto ya tenían las orejas en estado de alerta todos ellos.

Una ingente masa de mexicas en número de 3000, se había acercado hasta las lindes del promontorio donde los españoles dormían despiertos. En realidad en principio los peninsulares no eran el objetivo de estos tremendos guerreros emplumados, si no sus enemigos acérrimos los Tlascaltecas a los cuales les cobraban un impuesto oneroso en vidas humanas para sus ritos sacrificiales y de paso, aceptaban de buen grado varias docenas de vírgenes para otros menesteres.

El alarido inicial de aquella horda de brutales guerreros, sorprendió al entero destacamento que rápidamente advertirían a sus compañeros con el envés de las espadas para despertarlos y de paso ponerlos en guardia. Los asaltantes, habían salido de la linde de la arboleda más próxima a una velocidad vertiginosa, pero los perros ya estaban dando cuenta de ellos en medio de aquel descomunal e infernal griterío.

El alarido de aquella horda de guerreros sorprendió al destacamento que rápidamente despertarían a sus compañeros para ponerlos en guardia

Rápidamente se formaron los cuadros de arcabuceros y ballesteros en lo alto de aquel pequeño collado rodeado por detrás de un río de aguas cristalinas que los resguardaba al tiempo que no les permitía una fuga limpia en caso de ponerse las cosas feas .Mientras, los canes trabajaban con una eficacia sorprendente a las órdenes de sus amos haciendo una escabechina antológica. El entrenamiento de estas bestias consistía en morder con radical vehemencia y soltar a la presa con presteza para darle mayor rendimiento a su terrorífica eficacia. Cada vez que prendían a un adversario, le arreaban un par de “viajes “y lo dejaban “aviao”. A continuación a una voz de su amo, rápidamente cambiaban de tercio y a por otro adversario.

Desde lo alto de la pequeña colina la tropa ya estaba formada y presta pero aún no se había llegado al cuerpo a cuerpo. Un centenar de perros y una cifra similar de sus amos habían bloqueado el único acceso hábil hacia las alturas y mientras, en una maniobra perfectamente ensayada, iban reculando hacia los suyos para una vez llegados a su altura, asimilarse entre sus compañeros; estos hacían una descarga cerrada a menos de setenta metros y una segunda fila, casi a cañón tocante hacían una segunda descarga. Los perros volvían a la carga para dar respiro a los arcabuceros y que estos pudieran cebar las armas, y otra vez, vuelta a lo mismo.

Cuando llevaban cerca de dos largas horas luchando por sus vidas, en medio de aquel dantesco espectáculo apareció de repente otra horda lo cual, generó una profunda desazón en el capitán Gonzalo de Sandoval, probablemente el mejor mando a las órdenes de Hernán Cortés al que no le llamaba la atención la riqueza y si la fama militar, conocido por ser un esforzado oficial para el que primaba el bienestar de sus soldados. Sandoval fue el vengador de la masacre de españoles en una emboscada que pasará a la historia por su terrible crueldad en el área de Zultepec (hoy llamada Tecoaque) próxima a Texcoco, donde medio centenar de peninsulares fueron capturados en una emboscada y sacrificados de forma salvaje. el lugar identificado como Tecoaque por los indígenas de la región, viene a significar “ el lugar donde se comieron a los señores o dioses”. Toda una sentencia…

Pues Sandoval se dio cuenta de un detalle que a bote pronto en medio de aquella melé pasó desapercibido; no eran más mexicas en apoyo de los suyos; eran los fieles Tlascaltecas que acudían en socorro de los españoles. Hoy se sabe a ciencia cierta que esta gran tribu era la única que podía hacer frente a los mexicas y que Cortés, un estratega donde los haya, con sus buenos oficios y algunas alianzas matrimoniales, los convencería para combatir al enemigo común.

Los alaridos eran indescriptibles. La superficie de la laguna se tiñó de un rojo bermellón

Ahí, entonces, la carnicería humana se hizo espantosa y aunque ya el cuerpo de Dante había dejado este mundo años ha, aquel episodio bien podía haber inspirado ingredientes de sobra para la recreación de uno de sus infiernos. Es sabido que la Divina Comedia comienza con el encuentro entre Virgilio y Dante, cuando este último se ha perdido en una procelosa selva plagada de bestias salvajes.

Pues eso, bajo aquel amanecer impoluto para la creación, un amanecer de rumbo cíclico y constante, algunos bípedos entre sí, por la miserable banalidad de poseer, por la mera calamitosa ambición, por acumular méritos de valor sumados a una crueldad inaudita, se estaban matando a destajo allá, bajo un cielo nítido de un radical azul celeste.

A la postre, cuando la batalla ya estaba definida, los españoles no quisieron intervenir en la solución que los Tlascaltecas habían diseñado para sus acérrimos enemigos Mexicas. El odio entre ambos pueblos alcanzaba el paroxismo.En una vasta laguna cercana, varios centenares de caimanes habían sido convocados para una opípara comida matutina. Aquellos poderosos amos del mundo según su perspectiva, habían tropezado con la horma de su zapato, las consecuencias eran inevitables y todos los agravios iban a ser vengados en una nueva ceremonia del horror.

Los perros, los mastines leoneses, los alanos, aquellos terribles canes habían hecho un trabajo impecable

Desde una robusta piedra en un promontorio desde el cual se divisaba la inmensa alfombra verde de selva que rodeaba Technotitlan –la capital lacustre de los Mexicas–, centenares de los omnipotentes matarifes que sembraron el terror durante años, iban cayendo en las fauces de aquellos saurios para regocijo de espectadores y comensales. Los alaridos eran indescriptibles. La superficie de la laguna se tiñó de un rojo bermellón con la pulpa de los restos de los desgraciados que no habían previsto el factor sorpresa.

Acabado el acto, una espantosa e innumerable bandada de cuervos, clausurarían el espectáculo haciéndose con los restos. Los perros, los mastines leoneses, los alanos, aquellos terribles canes habían hecho un trabajo impecable. Bien es cierto que sus amos cobraban el doble por las labores de sus fieles canes, pero los resultados eran asombrosos a la postre.

Gonzalo de Sandoval, mano derecha de Hernán Cortés.
Gonzalo de Sandoval, mano derecha de Hernán Cortés.

Con el tiempo, Sandoval regresaría a España junto con Hernán Cortés allá por el año de 1528. Enfermo ya gravemente por una disentería crónica, se alojó en una posada más o menos apañada. El posadero, un truhán de manual que sabía de las andanzas del capitán, hizo conjeturas y actuó en consecuencia. Le “levantó” trece barritas de oro que eran todo su haber tras algo más de diez años de bregar en aquel infierno. Su vejez presidida por la indigencia fue atroz. Está enterrado en el monasterio de La Rábida.

Se sabe que el “chorizo” tuvo mala muerte. Un colosal mastín que rondaba cerca del centenar de kilos circulaba por un callejón de Palos de la Frontera con su amo, el soldado Baltasar Duarte –que curiosamente en su momento estuvo a las órdenes del capitán Sandoval– se le echó encima sin aviso previo al mismísimo cuello sin razón alguna aparente o quizás, impelido por el soldado para hacer justicia a su capitán. No se sabe. Huelga decir que le separó la cabeza de su soporte natural. ¿Karma? ¿Justicia poética?...

Alma, Corazón, Vida

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