Una lavadora, tablas de madera y la piel de unas salchichas para salvar millones de vidas
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Una lavadora, tablas de madera y la piel de unas salchichas para salvar millones de vidas

Desde que a mediados del siglo XX se crearon las primeras máquinas de diálisis el tratamiento de enfermos renales ha cambiado mucho. Esta es su evolución

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Una lavadora, tablas de madera y la piel de unas salchichas para salvar millones de vidas

¿Te has parado a pensar, alguna vez, cómo sería tu vida “atado” a una máquina? ¿Sabes cómo sería tu día a día si dependieras de una máquina que filtrase tu sangre para sobrevivir? ¿De verdad estás seguro de que quienes tenemos la suerte de no haberlo vivido nos lo podemos llegar a imaginar?

La máquina de diálisis es un invento del holandés Willem Johan Kolff, un médico que no se rindió frente a la penuria de la Segunda Guerra Mundial, y que en 1943 creó su primer “riñón de tambor giratorio” con las cosas que encontró a su alrededor: una lavadora, tablas de madera, latas de zumo de naranja y la piel de unas salchichas. Y, aunque los dos primeros años su invento no funcionó como esperaba, el 11 de septiembre de 1945 salvó por fin una vida. La afortunada fue María Sofía Schafstadt, una mujer de 67 años con insuficiencia renal aguda severa. Y, desde entonces, la diálisis ha mantenido con vida a muchas otras personas, pero no es difícil imaginar lo complicado que debe ser vivir dependiendo de un tratamiento médico así.

La evolución del trasplante de riñón no siempre acaba bien, después de un plazo uno de cada cuatro casos acaba en rechazo por anticuerpos

Las cifras hablan por sí solas. Más de dos millones de personas viven con diálisis por una insuficiencia renal crónica. Sus dos riñones han dejado de funcionar con normalidad, perdiendo la capacidad de eliminar las toxinas de la sangre y de controlar el volumen de agua del organismo. Sobreviven gracias a este procedimiento médico que filtra su sangre y que elimina tanto los productos de desecho como el exceso de líquido.

Por suerte, esta situación se puede acabar con un trasplante de riñón. Sin embargo, a pesar del aumento generalizado que han experimentado las cifras de donación, los órganos no siempre llegan. Por ese motivo, tan solo en la Unión Europea cada día fallecen diez pacientes inscritos en las listas de espera. Por otro lado, la evolución del trasplante de un riñón no siempre acaba bien, porque después de un plazo que va entre los cinco y los diez años, uno de cada cuatro casos acaba en rechazo por anticuerpos. El sistema inmunitario del paciente no reconoce el órgano como propio, lo que acaba con su pérdida.

Todo parece indicar que este tipo de investigación, que aspira a crear órganos complejos de “recambio” para prolongar nuestra vida, va por el buen camino

Para evitarlo, se utilizan medicamentos inmunosupresores que reducen la actividad del sistema inmunológico, un sistema esencial para nuestro cuerpo, responsable de la lucha contra bacterias y virus, por lo que este tratamiento pone al paciente en mayor riesgo de padecer determinados tipos de infección. Es por ello que al enfermo se le proporcionan también medicamentos para luchar contra estas posibles infecciones, un tratamiento que permite alargar su esperanza de vida. No obstante, resulta evidente que, a pesar de los avances, nada mejor que el órgano propio o uno exactamente igual. ¿No es verdad?

En 2011 el cirujano peruano Anthony Atala quiso dejar claro en un evento TED que pronto conseguiríamos cumplir este sueño gracias a la fabricación de órganos complejos trasplantables. Para hacerlo, fabricó con una bioimpresora un riñón humano durante una conferencia, un órgano de un tamaño más pequeño que el original que, aunque no era trasplantable, funcionaba exactamente igual.

Fue así como dejó claro a la comunidad científica y a los medios internacionales que, a pesar de las dificultades, nada es imposible y, desde luego, con una demostración así, ¿quién podría atreverse a pensar lo contrario? Hoy no podemos saber cuánto se tardará en conseguirlo, pero lo importante, en la actualidad, es que todo parece indicar que este tipo de investigación, que aspira a crear órganos complejos de “recambio” para prolongar nuestra vida, va por el buen camino.

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