LA CONSPIRACIÓN DE LA PÓLVORA

El día en que España intentó volar el Parlamento inglés

Todavía hoy existe la incógnita sobre el papel de España en este atentado. Ninguna de las partes se quiso implicar en una guerra que había vaciado las arcas de ambas naciones

Foto: Descubrimiento de la Conspiración de la pólvora (1823), por Henry Perronet Briggs. (Wikipedia)
Descubrimiento de la Conspiración de la pólvora (1823), por Henry Perronet Briggs. (Wikipedia)

No hay verdades, solo perspectivas.

Zenk.

A veces, nos asaltan opiniones irreverentes que nos arrojan fuera de la normalidad en nuestro formateado pensamiento, opiniones que nos arrojan de esos lugares comunes que compartimos como si creyéramos que son producto de la libre elección de nuestras decisiones. También podría ser que fuéramos unos maleducados anarquistas antisistema (lo cual no tendría que ser necesariamente negativo pues patalear por infantil que sea es un acto muy digno) , pues como infractores del canon de la normalidad, tal vez se nos haya encendido un faro costero en mitad de la Silla Turca y se haya producido una extraña revelación en nuestro fuero interno. Guy Fawkes, el gran mito estigmatizado por Inglaterra durante siglos, podría encajar perfectamente en este ideario.

Cuando te das cuenta de que las leyes están diseñadas para ser aplicadas con rigor contra aquellos que no tienen recursos y que la impunidad es quien dicta el orden, primero el asombro y la estupefacción, y luego el desasosiego y la decepción, se convierten en fenómenos paralizantes. Esto, es válido para cualquier época de la historia pero en verdad, sucedió en la Inglaterra más salvaje de la historia reciente (ahora son también unos salvajes pero menos). Como hemos dicho antes, la justicia es como las serpientes, tiende a morder a los descalzos por su mayor exposición a los ofidios que no necesariamente tiene que reptar, pues bien pueden ser bípedos.

Jacobo I era un hombre despiadado, amoral y disoluto dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguir el trono y conservarlo

En la Inglaterra de principios del siglo XVII había un funesto rey amanerado que padecía una desolación existencial de un calibre inusual. Su dilema era retozar con su amante masculino en un tálamo muy concurrido (donde caben dos caben tres) o cortar las cabezas de los católicos; a la postre, se decidió por el pluriempleo. Su lema vital era aquel que rezaba, como en el dicho tradicional “todo empeora antes de mejorar “o para el caso, “la noche es más oscura antes del amanecer”. Vamos, que sus escasas entendederas sumaban con dificultad los dedos de la mano en medio de una pompa de aduladores con una etiqueta desmesurada.

En aquel tiempo, Inglaterra ya había tenido a dos monarcas bastante envilecidos pero no por ello faltos de razón en lo concerniente a sus acusaciones sobre la corrupción de la Iglesia Católica. Ambos, Enrique VIII por un lado, era un malvado de manual más allá de un déspota caprichoso y su hija Isabel I, última de la dinastía Tudor era más fea que el demonio pero de neuronas muy bien avenidas y de alta operatividad y con el certificado ADN de su 'cabroncete' progenitor. A la muerte de la reina alopécica, en Román paladino calva de manual, le sucedió Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia de la dinastía Estuardo.

La complicidad de España con Inglaterra para que se involucrara en una revolución de forma activa fue estéril, pero hoy se sabe que hubo financiación

El susodicho, quería suprimir a los recalcitrantes católicos que a la sazón eran una importante masa crítica de oposición, agobiándolos con unos impuestos y confiscaciones de bienes desmesurados .Los fervorosos católicos rezaban horas extraordinarias pidiendo ayuda a su aletargado y distante señor que al parecer estaba muy alejado en ese armario llamado fondo cósmico y que por lo que se ve, padece de otitis crónica pues la sordera de este líder de los creyentes es proverbial. Para ellos, los católicos ingleses, Dios era España y España, su salvación.

Este reyezuelo Inglés, de porte más que cuestionable, bañado en agua de rosas, melifluo y contrahecho, ridículo hasta la saciedad por su amaneramiento histriónico y con voz de pito de olla a presión, rozaba el esperpento. Este estrambote real, tuvo media docena de atentados por parte de los seguidores de Roma, todos ellos, fallidos .Pero si hay uno que fue sonado, fue este el llamado “Noche de Guy Fawkes” o Conspiración de la pólvora (en inglés, Gunpowder Plot).

Represión y control

Mientras reinó Isabel I, Inglaterra consolidó la posición de la Iglesia anglicana apoyándose en durísimas medidas contra los seguidores de Roma. Entre otras de esas medidas, prohibió a la feligresía asistir a misa obligando a los díscolos católicos a ir una vez por semana, a celebrar los ritos anglicanos. Se suprimió el derecho a la confesión en los espacios públicos y privados, y se establecieron unas multas leoninas para los infractores. Había que recaudar y lo de la persecución religiosa era un buen pretexto.

El rey Felipe III no quería meterse en follones de forma abierta, pues con Flandes ya tenía su Vietnam particular

Cuando Jacobo I accedió al poder, estas leyes se tradujeron en una mayor represión a pesar de que muchos sabios consejeros sugirieron al rey que levantara la mano, pero la Corona estaba necesitada de” pasta” y los aristócratas católicos eran una mina. Pero este alfeñique coronado se negó en redondo a revocar estas leyes que tanta dinámica y efervescencia daban a la caja de la Corona; este personaje era un sujeto con muchas aristas y bastante complejo. Era esencialmente un hombre despiadado, amoral y disoluto dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguir el trono y conservarlo. En consecuencia, todo ello, condujo a un grupo de osados católicos a llevar a cabo un salto cualitativo: la conspiración de la pólvora.

La idea de iniciar una revolución católica en las islas (Irlanda estaba bajo dominio inglés) era añeja pero no acababa de cuajar por las delaciones e infiltraciones de los servicios secretos del rey y en otras ocasiones por el mero hecho de apropiarse por la vía rápida de las propiedades de los católicos. A pesar del riguroso secretismo con el que se mantuvo el intento de aquel atentado que pudo cambiar la historia del mundo, la repercusión real del mismo, de haber tenido éxito, no habría garantizado el triunfo de los conspiradores y sus ideas sobredimensionadas sobre el día después.

La búsqueda de la complicidad de España para que se involucrara de forma activa fue estéril, pero hoy se sabe a ciencia cierta que hubo financiación y abundante. Felipe III, heredero de los desencuentros de su padre y abuelo en el larguísimo litigio que España venia librando desde la época de las invasiones castellanas a Inglaterra y que continuarían durante 200 años más, en la que probablemente haya sido la guerra más larga de la historia conocida, no quería meterse en follones de forma abierta pues con Flandes ya tenía su Vietnam particular.

Lo cierto e indiciario es que un 26 de marzo de 1604, tres de los cuatro conjurados de la primera hornada (luego irían integrándose más en aquella silenciosa célula) Thomas Winter, Robert Catesby y John Wright se reunieron secretamente con la idea de acabar con la represión anglicana por las buenas o por las malas. Un quinto conjurado de apellido Fawkes, se sumó al grupo y todos juntos se dirigieron a una reunión ultra secreta con el condestable de Castilla, Juan de Velasco, que pernoctaba a la sazón en Londres con la intención de negociar un deseado tratado de paz por la exhaustas ambas partes tras 20 años de un toma y daca interminable que estaba dejando las arcas de ambas naciones con un nivel alarmante de telarañas en los cofres del erario público y de sendas coronas.

Ocho de los trece conspiradores. Fawkes es el tercero por la derecha. (Grabado de Crispijn van de Passe)
Ocho de los trece conspiradores. Fawkes es el tercero por la derecha. (Grabado de Crispijn van de Passe)

Según que historiadores, la conspiración de la pólvora fue parte integral de la llamada Contrarreforma católica y muchos de ellos, coinciden en que España estuvo detrás de la financiación de varios de los atentados contra el rey inglés incluido este último. Obviamente, para borrar rastros de la autoría intelectual, se hizo creer a los servicios de contrainteligencia isleños que las malas ideas para derrocar al coronado venían de los exilados católicos en Flandes pero es más que probable que el aliento en el cogote viniera del sur. Así las cosas, podríamos decir que por mucho que se negara, la narrativa de los ingleses sobre este particular nunca pudo demostrar que España estuviera en el ajo, pero ajo había y además del de Chinchón. Fue un atentado de desviación, tácticamente hablando, muy en la línea de los profesionales del ajedrez.

La cabeza visible de este ingenioso atentado liderado por el experto espadachín Guy Fawkes para matar al rey Jacobo I, a su entera familia y a la elite de la aristocracia protestante, pasaba por volar el Parlamento de Westminster durante la Apertura de Estado el día 5 de noviembre de 1605. Durante cerca de dos años se compraron cientos de kilos de pólvora que se guardaron en seco en lugares clandestinos y cubiertos de grandes cantidades de sal para evitar la posible perturbación de la humedad propia de aquellos pagos. Todo iba como la seda. Incluso en un sótano escamoteable propiedad de uno de los conjurados y de construcción muy ingeniosa, se instaló una fábrica de pólvora de gran rendimiento.

Pero…

El fracaso de la conspiración

Cuando ya habían concluido los preparativos, una obstrucción por saturación de residuos orgánicos en el alcantarillado dio al traste con aquel audaz golpe. La Corona descubrió la conjura in extremis y esta desembocó en la ejecución de la mayor parte de los conspiradores previamente sometidos a infames torturas, muchos de ellos fueron llevado arrastras al cadalso.

Los trece conspiradores almacenaron pólvora poco a poco, aguardando a que el rey abriese las puertas del Parlamento para hacerlos estallar

El descubrimiento de la conspiración tal que un 5 de noviembre de 1605, evitó el derrocamiento de los Estuardo, dinastía personificada en Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia. La idea de la entronización de un monarca instruido en el dogma católico; probablemente encarnado en su hijo el príncipe Carlos, se desvaneció en aquel misterioso atentado en el que siempre España negó su implicación al igual que los ingleses negaban la financiación de la Casa de Orange en la Guerra de Flandes. Quid pro quo.

Fawkes era un experimentado soldado, especialista en el manejo de las dos espadas (la famosa Destreza Española), que había combatido en Flandes junto con otros exiliados católicos ingleses encastrados en los tercios. El atentado en cuestión consistía en colocar unas potentes cargas de pólvora en los sótanos del Parlamento y hacerlas estallar en el momento oportuno. De entre los conjurados cabe destacar la poderosa financiación de sir Everard Digby, que costearía gran parte de la operación. Los trece conspiradores alquilaron una dependencia en los sótanos del Parlamento, donde poco a poco fueron almacenando 36 barriles de pólvora, aguardando a que el rey abriese oficialmente las puertas del Parlamento a principios de octubre de 1605 para hacerlos estallar. Pero una epidemia de peste obligó a aplazar la ceremonia hasta el 5 de noviembre.

Con la manos en la masa

Unos días antes el noble católico William Parker recibiría una anónima misiva en la que se le sugería encarecidamente en una carta lacrada, posiblemente reventada al vapor por acción de la contrainteligencia inglesa, en la que se advertía al aristócrata del peligro que corría en el caso de asistir a la ceremonia. El contraespionaje ingles tenía datos de la operación pero sin la debida definición. El conde de Salisbury dio órdenes para que se registrara al detalle el edificio del Parlamento. Por supuesto, encontraron a Guy Fawkes con las manos en la masa.

Prácticamente a la totalidad de los autores materiales e intelectuales se les echo el guante y sin muchas contemplaciones fueron torturados salvajemente. Colgados del cuello se les seccionaron los genitales y aún vivos, se les arrancaron los intestinos lentamente para terminar aquel dantesco espectáculo con el todavía latente corazón. Posteriormente se les decapitaría y sus restos troceados servirían de condumio a los cerdos y cuervos del estuario. Las cabezas clavadas en las picas de la Guardia real, estarían expuestas durante diez días para mayor regocijo de los amilanados lugareños de aquel reino de monstruos. Tras las ejecuciones, a los católicos se les prohibiría servir como oficiales en el ejército y la armada, además de privarles del derecho al voto.

El Tratado de Londres de 1604 fue firmado por España e Inglaterra un 28 de agosto de 1604 y puso punto y final en términos muy favorables para nuestro país, el final de la devastadora Guerra anglo-española de 1585-1604. El 31 de 1606 enero bajo una lluvia pertinaz y vientos rasantes, en una atmosfera indigna para la muerte de un idealista, los restos de Fawkes recibían el azote añadido de las inclemencias, fundiendo a aquel atribulado cuerpo bañado en una benefactora agua purificadora. Todavía hoy, existe la gran incógnita sobre el papel que tuvo España en este atentado contra la Corona inglesa; pues sea cual sea el veredicto de la historia ninguna de las partes se quiso implicar en una prolongación de una guerra que había vaciado las arcas de ambas naciones.

A la postre, como dice el refrán, “no mires la mano que mata si no la mano que la dirige”.

Alma, Corazón, Vida

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
9 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios