Qué ocultan las colas para entrar en El Pilar: los pecados de la selección de centro
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VICIOS Y DEFECTOS DE UN SISTEMA DISCUTIDO

Qué ocultan las colas para entrar en El Pilar: los pecados de la selección de centro

La competición por matricular a los niños en una de las contadas plazas de la guardería Santa Bernardita saca a la luz el lado oscuro de los criterios de selección de centro

Foto: Colegio Nuestra Señora del Pilar. (Web del centro)
Colegio Nuestra Señora del Pilar. (Web del centro)

La larga cola de padres que pernoctaron la noche del 7 de enero a las puertas del centro infantil Santa Bernardita, como relató 'El País', ha generado una mezcla de consternación, incomprensión e incluso chanza entre propios y extraños. ¿Hace falta emular a los fans de un grupo de pop para conseguir una plaza en una guardería, aguantando frío, insomnio y miradas de los vecinos? ¿Es el peaje a pagar por acceder a la élite?

La respuesta se hace eco de algunas de las quejas más frecuentes de la comunidad educativa madrileña, y sirve para entender las dinámicas de segregación escolar en la región, que se apoyan en los criterios de elección de centro. Las largas colas se explican, ante todo, por el supuesto punto adicional que estudiar en el centro privado proporciona a la hora de entrar posteriormente en el colegio privado concertado Nuestra Señora del Pilar, donde estudiaron José María Aznar, Antonio Garrigues Walker, Alfredo Pérez Rubalcaba o Juan Luis Cebrián.

El sistema de puntuación de la Comunidad de Madrid contradice la supuesta libre elección de centro

Como recuerda Isabel Galvín, secretaria general de Comisiones Obreras de la Comunidad de Madrid, es una imagen que muestra un elitismo desfasado que no se corresponde con la realidad, "todo lo contario de lo que debería ser una sociedad avanzada y democratizada donde, como han demostrado las últimas pruebas Pisa, la escuela pública sale mejor parada de la privada". Y recuerda que por cada Pérez Rubalcaba, hay un ministro como Pedro Duque que ha estudiado en la pública. Galvín también lamenta la escasa transparencia y escaso control de la Administración que provocan, por ejemplo, que los padres no sepan el número exacto de plazas ofertadas, así como que la información proporcionada por el centro sea limitada.

Un atajo hacia la presunta élite encarnado en ese punto de libre disposición que, según la Comunidad de Madrid, puede otorgar cada centro educativo a los estudiantes que provengan de otros afines. Un punto que, por lo general, suelen otorgar los centros católicos (como el Pilar, de los marianistas) a otros centros católicos (como el Santa Bernardita, de la Congregación de las Hermanas Religiosas de la Caridad de Nevers), algo que, para gran parte de la comunidad educativa, decanta la balanza desde la más tierna infancia. En otros casos, se otorga el punto extra a las guarderías de zonas muy concretas. A menudo, las de mayor renta. El criterio del centro es libre.

El déficit de plazas en centros públicos en muchas zonas provocan que algunos padres se vean casi obligados a llevar a sus hijos a la concertada

“El sistema de puntuación de la Comunidad de Madrid contradice la supuesta libre elección de centro, no en este caso, sino en todos”, explica Camilo Jené, presidente de la FAPA Giner de los Ríos. “Nos venden una libertad de elección que no existe”. Una de las claves, en este caso, es que no todas las escuelas públicas infantiles están adscritas a otros centros educativos cuyos cursos comienzan en Primaria, lo que provoca que sea común que muchos padres se decanten desde un primer momento por una escuela infantil privada o privada concertada, que les facilitará la entrada años después. Una cuestión de capacidad económica. Como lamenta Galvín, "es como empezar a pagar a plazos el acceso a unas supuestas élites casi del franquismo".

Sacando la calculadora

Los padres que en el mes de mayo solicitan plaza escolar para sus alumnos han de sacar la calculadora y comenzar a hacer cábalas, especialmente después de que en 2011 Esperanza Aguirre y la consejera de Educación Lucía Figar implantasen la zona única educativa con el objetivo de que “los padres lleven a sus hijos al centro que quieran”. Algo que en la práctica se traducía en que la cercanía de residencia al colegio perdía importancia frente a otros factores.

Lucía Figar y Esperanza Aguirre. (EFE)
Lucía Figar y Esperanza Aguirre. (EFE)

El más importante de todos, tener hermanos en el centro en el que se aspira a estudiar (o padres trabajando en el mismo), que proporciona 10 puntos. Más del doble que el domicilio familiar. Un criterio que, como recuerda Jené, potencia a las familias numerosas, que por pura lógica son las que tienen más posibilidades de haber colocado ya a un hijo en dicho colegio. Un criterio con el que la FAPA no está en desacuerdo de entrada, pero sí en su desmedida importancia, sobre todo teniendo en cuenta que la familia numerosa general proporciona aparte 1,5 puntos más, y la familia numerosa especial (cinco o más hijos o cuatro con ciertas condiciones), 2,5 puntos.

El resto de criterios proporcionan muchos menos puntos en comparación. Cuatro en el caso del domicilio familiar (medio punto más en Madrid capital, dos más en otras localidades), dos puntos por percepción de la renta mínima de inserción y uno y medio por discapacidad física, psíquica o sensorial y condición de antiguo alumno del padre o madre. En caso de empate, predomina el criterio de número de hermanos en el centro.

Los puntos legitiman selecciones injustas, porque hacen que se limite la movilidad y excluyen a familias con menos recursos

Unos criterios a los que hay que añadir, como hace Galvín, un déficit de plazas en los centros públicos. Una madre que se enfrentó a este proceso de selección de centro explica que estos condicionantes le hicieron sentir que “no podía meterlo en un público”. En su caso, la única opción para asegurarse un hueco era introducirlo en “un concertado con muchas plazas”. En su público favorito había 23 plazas, que se quedaban en cinco con los 18 hermanos preapuntados; optaban cientos de familias. Se arriesgaba a quedarse sin plaza y que su hijo terminase muy lejos.

“Mi guardería privada no generaba punto para ningún concertado del distrito, sí para coles muy lejanos”, recuerda. “Yo en su momento pensé, 'de haberlo sabido, a lo mejor hubiera apuntado al niño en una guardería cercana al que creía preferido en aquel momento'. Pero, en realidad, si te preocupa la educación de tus hijos, cuando son bebés no tienes ni idea de qué colegio van a necesitar. Si les va a venir bien por carácter y capacidades uno por proyectos o con libros, con deberes o sin ellos, con más disciplina o menos. Un colegio no es mejor solo por sus niveles académicos”.

Protestas en el colegio Arcipreste de Hita de Fuenlabrada. (EFE)
Protestas en el colegio Arcipreste de Hita de Fuenlabrada. (EFE)

“Los puntos son clave porque legitiman selecciones injustas”, añade Javier Murillo, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, experto en segregación escolar. “Es interesante, por ejemplo, los puntos por ser hijo de exalumno que se aplican en algunas comunidades, también Madrid, que hacen que se limite la movilidad y se excluyan colectivos como familias con menores recursos, extranjeras, del pueblo gitano o con alguna necesidad educativa especial”.

Un modelo competitivo

En opinión de la FAPA Giner de los Ríos, la solución sería volver a dar más importancia a los criterios de cercanía y renta (sin renunciar por completo al de los hermanos) pues cualquier añadido adicional lo único que hace es limitar la libre elección, consiguiendo el efecto contrario al deseado. Especialmente, porque también condicionan las dinámicas de elección de centros públicos, que se ven obligados a competir. Por ejemplo, explica Jené, ligando parte de la remuneración de los directores de los centros públicos al número de alumnos en el centro.

Las familias de mayor poder adquisitivo valoran más “ese centro especial”, mientras que otras prefieren la cercanía de lo conocido

“El modelo de libre elección de centro se basa en replicar en el sistema educativo los principios del mercado: libre elección para fomentar la competencia entre centros por los mejores estudiantes, competencia que llevará, en teoría, a la mejora de los centros”, recuerda Murillo. “Los centros que hacen un mal trabajo simplemente desaparecerán al quedarse sin estudiantes. La diferencia con un sistema de libre mercado es que la educación es obligatoria y que está financiada con fondos públicos. Ello produce mayores distorsiones”.

La libre elección tal y como está planteada en el actual sistema madrileño, sin fronteras de cercanía, suele interesar tan solo a las familias que disfruten de un mayor nivel socioeconómico y cultural, añade el investigador, “que valoran más buscar ese centro especial y que tienen más recursos para desplazar a sus hijos”. Por el contrario, otras familias que han salido perjudicadas por dicho criterio valoran “estar en su barrio, con sus pares, con la seguridad de lo cercano y conocido”. Y añade un último factor crítico ante la zona única madrileña: la generación de un modelo “ambientalmente insostenible” en el que la dispersión de los niños por toda la comunidad genera un plus de contaminación que no se produciría si cada niño fuese andando al centro más cercano.

La solución es tan sencilla que resulta harto complicada: que cada familia tenga la seguridad de que la escuela de su barrio es tan buena como cualquier otra. “No hay colegio público malo y no debería haberlo, la obligación de la Administración es no consentir que eso ocurra”, recuerda Jené. Ello implica políticas de apoyo, más recursos, menores ratios, más profesionales y otras políticas de construcción de centro, como añade Murillo. Y, ante todo, voluntad política. Galvín concluye con una nota positiva para los que no consigan matricular a sus hijos en el Pilar: "A sus hijos les va a ir bien si van a la pública".

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