UNA NUEVA CONCEPCIÓN

Por qué ser perezosos nos hace más felices y a la vez más productivos

Cuanto más tiempo de ocio, más beneficios para las empresas y sus trabajadores. Pero solo si entendemos "hacer el vago" como algo constructivo a nivel personal y humano

Foto: Foto: iStock.
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"Negligencia, tedio o descuido en las cosas que estamos obligados". "Flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos". Así define la RAE la palabra "pereza", ese pecado capital por el que muchas personas en la actualidad pueden sentir culpabilidad o frustración a tesón de vivir en una sociedad cuya cultura del esfuerzo y obsesión por el éxito no descansan jamás, justamente en el período histórico en el que más abundan trastornos mentales asociados a una falta de atención, hiperactividad o estrés. ¿Por qué somos perezosos? ¿A qué se debe este comportamiento? En un país en el que somos mundialmente conocidos por nuestra afición a la siesta, la pereza bien podría ser una actitud que hace la vida más ligera, más soportable; pero también más complicada y contraproducente en base a lo que exige el capitalismo global. Lejos de vernos a nosotros mismos como los más vagos de los países de nuestro entorno, los datos reflejan lo contrario.

Un informe de Randstad sobre satisfacción laboral (uno de los indicadores que podríamos tomar a la hora de relacionar el gusto por el trabajo con su correspondiente rechazo como resultado de esa actitud perezosa) resolvió que el 71% de los trabajadores en España están contentos con su empleo. Mucho más que los italianos (un 71%), los ingleses (68%), los franceses (67%) y sí, el destino laboral que durante años de recesión económica ha sido la Tierra Prometida del empleo (si se admite la jerga bíblica) para nuestros compatriotas: Alemania, la última de la tabla, en la que solo un 65% se sentían satisfechos. También llama mucho la atención que Japón, uno de los mayores gigantes económicos, industriales y tecnológicos del planeta, ostente solo un 44% de agrado entre sus asalariados.

Lo que enferma no es el exceso iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo

¿Qué lectura podríamos sacar de estos datos? Bien podríamos señalar que una de las facultades productivas más eficientes es sin duda la pereza. Esta contradicción solo se explica si nuestra concepción del trabajo parte de la definición de que es la actividad que realizamos cuando no estamos desocupados, es decir, el contrario de lo que debería ser el estado natural de las cosas: el disfrute del ocio y del tiempo libre, la cantidad de minutos que dedicamos a nuestro propio goce o junto con las personas a las que queremos, y en último término, ser capaces de construir un mundo más colaborativo en el que ya no haya que realizar tareas específicas individualizadas y cambiemos el enfoque en base a la resolución de problemas conjuntos.

"Un anarcocapitalismo perezoso"

"No trabajar es mucho más satisfactorio que estar empleado. Todos, en igualdad de condiciones, preferimos el ocio al trabajo. La gente trabaja solo cuando valoran los retornos del trabajo más que la reducción en satisfacción que implica reducir tu ocio". Así lo afirma el noveno 'think tank' más influyente de Estados Unidos, el Instituto para la Economía Austriaca Ludwig von Mises (Mises Institute), en su libro 'Human Action'. Por tanto, podemos entender que gracias a esa ociosidad que en la cultura capitalista del esfuerzo puede parecer perniciosa para el funcionamiento de la economía y del mercado laboral (a simple vista se establece que cuanta más pereza menos productividad), en realidad supone uno de sus grandes motores para que la máquina siga funcionando.

Por otro lado, hay una cosa clara: si los obreros disponen de una mayor cantidad de tiempo de ocio, los índices del consumo de bienes y servicios se dispara, lo que mejora la economía porque habrá más puestos laborales que cubrir y el Estado obtendrá más ingresos en base a los impuestos, con su respectiva redistribución de riqueza. Esta idea, cuna de la corriente neoliberal, es defendida por economistas y pensadores de todo el mundo, como Murray Rothbard, padre del anarcocapitalismo y miembro de la Escuela austríaca de economía, quien critica duramente el ideal socialista de llegar a un mundo en el que los obreros ostenten los medios de producción y donde la actividad económica aumente debido a la alta motivación de los trabajadores. En su lugar, aboga por una liberalización total del mercado con la nula intervención estatal, además de situar la propiedad como "un derecho natural" de los individuos, pero no del Estado.

La sociedad del cansancio

Más allá de estas latosas consideraciones, merece volver a la cuestión principal que nos ocupa. ¿Por qué ser vago debería estar bien visto, más allá de las teorías empresariales y económicas, y nos empeñamos en lo contrario? Uno de los pensadores más influyentes de la actualidad, el coreano Byung-Chul Han, califica nuestra sociedad como "del rendimiento", en la cual somos nosotros mismos nuestros propios jefes que día a día deben afirmarse en un mercado laboral precario y repleto de autoexplotación. "El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la cruda explotación por otras personas, ya que va acompañada de un sentimiento de libertad", escribe en 'La sociedad del cansancio'.

Ante las alarmas de paro masivo en el futuro, los trabajadores despedidos bien podrían dedicarse a su vocación y enseñar sus habilidades a otros

Además, el filósofo relaciona esta idea con el enorme auge de problemas de salud del siglo XXI, como la depresión, el estrés, la hiperactividad o la quiebra de expectativas, así como el síndrome de desgaste ocupacional, lo que se conoce popularmente como "estar quemado". En este sentido, "la depresión es la enfermedad de una sociedad que sufre bajo el exceso de positividad", señala. "Refleja aquella humanidad que dirige la guerra contra sí misma. En realidad, lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo". También establece una serie de diferencias entre la sociedad anterior, basada en la férrea disciplina, y la posmoderna, centrada únicamente en el rendimiento. "A la sociedad disciplinaria todavía la rige el no", avisa Byung-Chul Han. "Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad del rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados".

Hacia una sociedad más perezosa

¿Qué nos deparará el futuro? Por el momento, existe una gran incertidumbre ante los grandes cambios que experimentará no solo nuestro mercado laboral, sino también nosotros como individuos. En un escenario en el que muchos agoreros anuncian la pérdida de millones de empleos a causa de la entrada masiva de las máquinas, los robots y la inteligencia artificial en los procesos productivos, incluso en aquellas profesiones en las cuales la empatía humana sigue siendo la habilidad más demandada, cabe preguntarse a qué dedicar el tiempo.

En el mejor de los casos, como explica el escritor Yuval Noah Harari en una entrevista para El Confidencial, "la inteligencia artificial eliminará muchos empleos cuyas ganancias proporcionarán a todos servicios básicos y gratuitos que nos pemitan la oportunidad de perseguir nuestros sueños, ya sea en el campo del arte, los deportes, la religión o la construcción de comunidades". En otras palabras, Andrés Oppenheimer, filántropo y escritor, se muestra tecnopesimista a corto plazo pero optimista a largo. Para él, la economía colaborativa, centrada en la labor social, será la luz que seguir en el camino hacia la transformación. Así, propone que aquellos trabajadores que sean despedidos por la robotización apliquen su tiempo libre en ayudar a otras personas que lo necesitan en una especie de Cultura del Conocimiento en la que por fin podamos ejercer un trabajo vocacional, y no únicamente centrado en la supervivencia dentro del sistema, lo que viene a ser, trabajar para pagar el alquiler.

Un punto medio: el papel de los genios

Otra de las distinciones más interesantes que hace el Mises Institute sobre el ocio y el trabajo es el papel de los genios creadores. "Pioneros", como ellos los definen, "hombres cuyas obras e ideas abren caminos nuevos para la humanidad". Ellos están muy alejados de la separación entre trabajo y tiempo libre, o de la concepción de empleo como medio de subsistencia, ya que para él no existen estos dos períodos que se alternan, sino que "viven creando, su incentivo no es el deseo de lograr un resultado, sino el acto de producirlo, el logro no lo satisface mediata ni inmediatamente".

"Muchos genios podrían haber usado sus dones y habilidades para hacer su vida más agradable y alegre; ni siquiera consideraron esa posibilidad y eligieron el camino espinoso sin dudar", prosigue el 'think tank'. "El genio quiere lograr lo que él considera su misión, incluso si provoca su propia ruina o desastre", destaca. Por último, confiere de una importancia casii religiosa a este tipo de seres, que no tienen por qué ser meros artistas frustrados, sino también inventores y científicos que lograron grandes avances para el entendimiento del mundo. "El logro creativo del genio pasa a la historia como un regalo gratuito del destino, de ninguna manera es el resultado de la producción en el sentido en que la economía usa ese término".

Alma, Corazón, Vida
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