EL LUGAR QUE SE MERECE

Garcilaso de la Vega, el poeta-soldado que fue hombre de confianza de Carlos V

Vivió durante el Siglo de Oro y reflejó en sus inmortales poemas la muerte y el esplendor de esa época como ningún otro artista lo hizo

Foto: Garcilaso de la Vega. (Wikimedia)
Garcilaso de la Vega. (Wikimedia)

Contigo, mano a mano,

busquemos otros prados y otros ríos,

otros valles floridos y sombríos,

donde descanse, y siempre pueda verte

ante los ojos míos,

sin miedo y sobresalto de perderte.

-Égloga primera de Garcilaso de la Vega.

Miles de cuerpos sin vida generaban nubes de moscas como si el mismísimo cielo quisiera ocultar para que en su nítida pureza no se viera pervertido por el horror de los humanos a la hora de crear desgracias. La mayoría de ellos eran candidatos exhaustos que yacían con sus estandartes llenos de barro e irreconocibles. Francisco I era su rey, el rey de Francia, un rey amanerado que hacia lo imposible para que España no fuera el hegemón en aquel tiempo; desgraciadamente para él y sus huestes, el viento del destino le volvía a escupir en la cara.

No hay nada más cierto que la muerte de la vida porque por ella somos y por ella dejamos de ser. Carlos V había invadido Francia ante las continuas agresiones, vaivenes políticos, incumplimientos e interferencias de los galos. Nietzsche decía que la verdad era y es un continuum de metáforas manoseadas hasta que, como un Golem, cobran vida en la tradición y en el imaginario público en un compendio de costumbres, que, adornadas retóricamente y tras un prolongado uso, devienen en leyes irrefutables y canónicas que se instalan entre los entresijos de nuestro pensamiento automático sin ser cuestionadas.

También el ideólogo y teórico nazi Goebbels decía algo parecido, pero con respecto a la certeza en que se convertía una mentira repetida mil veces. Por ello, cada falacia que decimos es como una deuda que acumulamos contra la verdad y mentir no es solo una aplicación que con intencionalidad activa la propia voluntad, sino que incluye el hecho de la omisión de nuestra reflexión sobre temas trascendentes y cruciales, o lo que es lo mismo, no querer ver formas de realidad distorsionadas de tanto sobarlas.

En el caso de las guerras (italianas) contra Francisco I de Francia, España estaba cansada de tantas promesas de paz incumplidas hasta la saciedad y así, de esta manera, ya el Gran Capitán primero y luego el Duque de Alba convertirían aquella retahíla de mentiras y falsas promesas del coronado francés en una verdad irrefutable, tal que era un perdedor nato. Garcilaso entraría a servir al rey emperador Carlos I de España. Erudito en el sentido amplio de la palabra y políglota culterano, aprendería, latín, griego, italiano y francés, manejándose así en cinco idiomas sumado el materno. Esgrimista calificado en la técnica española de las dos espadas y músico avezado, tocaba con fluidez el arpa, el laúd y la cítara.

Cosas de la guerra

De la Vega es el paradigma del soldado que vive intensamente la muerte en sus poemas como lo haría Byron cuatro siglos después en la guerra contra los turcos en la Grecia levantada en armas. Es, probablemente, el más singular de los autores del Siglo de Oro español y un poeta del Renacimiento muy próximo en el fondo al paganismo, la contemplación y un peculiar panteísmo reflejado en un trasmundo muy disimulado en su extraordinaria obra. Aunque lamentablemente también el más desconocido del quinteto que elevó durante su época las letras españolas a ese Parnaso con embajadores en este atribulado suelo patrio, embajadores de la talla de Quevedo, Lope de Vega, Cervantes o Calderón de la Barca.

Tristemente, murió demasiado temprano y de una manera extremadamente romántica mientras asaltaba una fortaleza en Francia entre Le Muy y Fréjus, muy cerca de la mediterránea Niza durante la invasión española de la Provenza en el contexto de las guerras italianas contra el que sería una vez prisionero del emperador, Francisco I, un rey sin honor ni palabra además de un traidor a la causa de la cristiandad por su alianza con los turcos.

Garcilaso no fue poeta acreditado hasta que en el siglo XIX el académico William I. Knapp lo trajo al mundo de los vivos con todos los honores

Una monumental pedrada aplicada con severidad por un defensor mientras escalaba la muralla de la fortaleza adversaria solo y con su pequeña rodela lenticular y un pistolón incrustado en su interior ayudado de una espada de fortuna; se llevaría a lomos de un viento divino a este bardo a una edad inmerecida para la prolífica fertilidad literaria que apuntaba. Esta tragedia para las letras españolas y para sus compañeros de armas acaeció hacia finales de septiembre de 1536. El emperador Carlos V ordenaría que la muerte de este genial maestre de campo -al mando de un tercio- fuera vengada con la ejecución de la guarnición entera -cerca de 600 hombres-: cosas de la guerra.

Foto: Wikimedia.
Foto: Wikimedia.

Garcilaso (en puridad Garci Lasso) tenía unas excelentes relaciones con la Casa de Alba hasta tal punto que sería adoptado por Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, el gran duque de Alba. Este fue el origen de una enorme amistad que le hizo valedor de la confianza de este grande de España y asiduo en los frentes de batalla. A continuación, partiría hacia Roma en 1529, asistiendo a la investidura del rey emperador Carlos V, proveniente del Sacro Imperio Romano Germánico; investidura llevada a cabo en Bolonia en el mes de febrero de 1530 bajo una intensa nevada. Carlos autorizaría a Garcilaso de la Vega a regresar a España, otorgándole 80.000 maravedíes anuales para los restos, reconociendo su valía personal y compromiso en los campos de batalla siempre en primera línea.

El autor, lamentablemente jamás vio una sola obra suya publicada en vida. Por un lado, Ana Girón de Rebolledo, la esposa de otro ilustre de las letras, Juan Boscán Almogávar o en catalán Joan Boscà i Almogàver, poeta y traductor español renacentista (introdujo el endecasílabo italiano en la poesía española -hasta entonces regida por dodecasílabos y rimas en octavas- aparte de la bella estructura del soneto).

Justicia poética

Ambos, excelentes amigos, revolucionan la poesía española con la introducción del llamado petrarquismo. Poco más tarde, en 1569, un librero salmantino publicó por separado la obra de Garcilaso. Hay que agradecer a un editor catalán de la época (Carlos Amorós), aparte de la voluntad férrea de la viuda de Boscán, que se imprimiera en 1543 en Barcelona una magna obra que abarcaba cuatro libros, de los cuales los tres primeros contienen las obras hechas por Boscán y el cuarto y último las de Garcilaso, voluntad expresada ya por Boscán en vida tras la muerte del llorado soldado poeta.

Francisco I, el rey de Francia, fue un gobernante amanerado que hacia lo imposible para que España no fuera el hegemón en aquel tiempo

Tristemente, y como es habitual, España es una madre que deja crecer a sus hijos asilvestrados, cuando no huérfanos. Incluso el propio Marcelino Menéndez Pelayo cuenta de Garcilaso que no fue poeta acreditado hasta que en el siglo XIX el académico hispanista y filólogo autodidacta estadounidense William I. Knapp (1875) lo trae al mundo de los vivos con todos los honores, editándosele y revalorizándolo conforme a su innegable altura y, dicho de paso, en justicia.

De la Vega encarnó el ideal perfecto de cortesano como hombre que era de armas y letras. Erasmista y humanista hasta la médula, evolucionario en su vertiente humana y revolucionario en su literatura, es el ejemplo perfecto de militar que trasciende al uniforme y sus convenciones. España es un pueblo al que de tanto ahorrar en educación lo hemos hecho rico en ignorancia. Este poeta soldado emergió a la historia, no por derecho propio, que sí, sin duda; sino porque un historiador de allende el Atlántico se empecinó en resucitarlo.

Garcilaso de la Vega, una era desaparecida.

Alma, Corazón, Vida

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