un caso perdido

Joan Maristany, el hombre que mató a la mitad de la población de la Isla de Pascua

Recordado hoy en día como un genocida, protagonizó uno de los episodios más terribles de la historia del territorio de Rapa Nui

Foto: Foto: Museu Marítim Barcelona
Foto: Museu Marítim Barcelona

“El fuerte hace lo que quiere y el débil soporta lo que debe”

Atenas antes de arrasar la isla de Melos

El escenario vital y singular afición del malvado Joan Maristany, un pirata y esclavista catalán de armas tomar, es que era un sujeto de inapelable crueldad. Hizo del secuestro un arte y además, era un genocida certificado y una plaga maldecida por millares de cautivos que tristemente cayeron en sus manos. Este elemento nacido en Masnou será recordado entre otras “hazañas", el angelito, por haberse cargado casi la mitad de la población de la Isla de Pascua en una de las razias más terribles que ha padecido comunidad alguna a lo largo de la historia; esto es, matar, asesinar, eliminar, liquidar a la mitad de una etnia, raza, grupo circular, tribal, comunal o como quiera que se le quiera llamar. Esto es, un asesino en serie, pero a lo grande, en plan 'fordiano', en cadena.

El 23 de diciembre de 1862, periodo solemne de la Navidad cristiana fue uno de los días más luctuosos que la condición humana pueda recordar por el nivel de infamia alcanzado.

Las costas africanas habían fenecido prácticamente ante el lucrativo negocio de la compraventa de esclavos. La Armada británica por aquel entonces, gendarme de los mares, antaño líder destacada del macabro mercado de los desgraciados que acababan en sus bodegas y sentinas en terroríficos viajes oceánicos para nutrir de mano de obra barata los campos de algodón del sur de los actuales EEUU, perseguían a los negreros con ahínco pues la iluminación se había revelado en ellos tras la prohibición internacional del comercio de esclavos y por una extraña parábola del destino, se habían convertido en los guardianes que con más celo y empeño igualaban los hombros de los negreros.

Viaja hasta la Isla de Pascua para traer esclavos

Pero algunos avispados como este catalán de pro, buscaron mercados vírgenes y sí que los encontraron. A 4.000 kilómetros aproximados de distancia de la costa oeste peruana se hallaba la misteriosa y milenaria Isla de Pascua, llamada también en el idioma local, Rapa Nui. Una flotilla de algo más de media docena de barcos arribaría a las límpidas playas de arena de la Isla de Pascua; mientras de entre ellas destacaba por su porte, una hermosa fragata con pabellón español, al mando de Joan Maristany i Galcerán, el "pieza" en cuestión.

El catalán buscó mercados vírgenes a 4.000 kilómetros de la costa oeste peruana, donde se hallaba la misteriosa y milenaria Isla de Pascua

Para la civilización Rapa Nui, una excepción en la mundanal civilización, aquella invasión constituyó un cataclismo de proporciones bíblicas. Antes, los españoles habían visitado la isla y tratado a los nativos con respeto e igualdad, con intercambios favorables a las partes y con asunción de las diferencias. Todo correcto y protocolario, nada de violencia y mucha admiración recíproca.

Pero el progresivo movimiento abolicionista en el siglo XIX, hizo que algunos negreros trasladaran a las islas de la Polinesia sus negociados. Tras la abolición de la esclavitud en Chile, el super puerto de El Callao en Perú, se convirtió en la principal base de los esclavistas.

El holocausto vino el 23 de diciembre de aquel fatídico año de 1862 en el que el capitán Maristany puso pie en aquella mágica tierra y ordenó a continuación la captura de todos los nativos que cupieran en los barcos que integraban la expedición. Ochenta hombres armados –entre ellos diez jinetes- se desplegaron por los distintos asentamientos que por sorpresa asaltarían las poblaciones desprevenidas. Adoptando la táctica de la chaquira (atraer a los indígenas con abalorios, perlas, espejos y objetos relucientes), niños, niñas, jovencitas en edad de merecer, jóvenes de una inocencia palmaria, robustos, flexibles, aptos para el sacrificio de la esclavitud; eran llevados en manadas como rebaño al matadero hacia las embarcaciones sitas en la bahía. El infierno, siempre imprevisto pero latente, surgió con ese fervor inusual entre los humanos cuando enloquecen. Los monolíticos 'Moáis', asistían a aquella ceremonia del horror sin entender un porqué clarificador y solvente. Aquellos, más "afortunados" sumaban centenares, y atados de pies y manos, veían como su vida doméstica cotidiana desaparecía como por arte de ensalmo. Plantíos, viviendas, ganado mayor y menor, pasado y futuro, afectos y memoria; eran pasto de aquella despiadada fuerza surgida de la nada. Las fuerzas de Maristany secuestraron y exterminaron un tercio de los cuatro millares de habitantes -familia real y casta sacerdotal incluida- en aras del negocio más abyecto que haya conocido la condición humana desde 'in illo tempore'.

Isla de Pascua
Isla de Pascua

De aspecto aterrador, apodado Tara (quizás un diminutivo de tarado) Joan Maristany, armado siempre con dos pistolones y alfanje al cinto imponía su presencia sin que hubiera nadie para cuestionarla. De vida siniestra y turbulenta, burdeles, casas de apuestas, gente de mal vivir; eran su sello vital. Era un “macarra” que disfrutaba con el sufrimiento ajeno, esto es, un psicópata de manual; algo así como si intentara acceder a la divinidad por un atajo manifestando su poderío aniquilando todo aquello que se movía hasta convertirse en un ser superior; que a la postre, es lo que todo humano creemos que es lo divino. La Polinesia fue su dantesco campo de actuación, tras el soberbio golpe de Pascua, no quiso regresar a El Callao con su rebosado botín y despareció en el horizonte de la mar profunda.

Ahíto del oro refulgente, Maristany sintió que el límite para sus fechorías desaparecía en la vasta visión del horizonte, estuviera este donde fuera, por lo que sus vandálicos actos cobraron dimensiones geográficas inéditas en un momento en que el comercio esclavista entrañaba enormes riesgos por estar perseguido en el mundo “civilizado”. En el nuevo orden mundial de entonces, la esclavitud era más sibilina y cruel si cabe. Trabajaban los niños, las mujeres y hombres; familias enteras por salarios miserables en la nueva sociedad industrial. La pena de muerte y lazo corredizo era para los clásicos, los intransigentes, los negreros.

Fue entonces, en ese lapso de tiempo en el que se implantaba la sociedad industrial cuando sus beneficios alcanzaron cifras astronómicas que le proyectaron hacia formas de delirio exactas. Enormes e ingentes cantidades de dinero acabaron en manos de la poderosa burguesía catalana, que en los años siguientes sufragarían nuevas expediciones convertidas en auténticas cacerías humanas.

El blanqueamiento catalán

Para blanquear el asunto, que era negro de cojones, las acaudaladas gentes de Barcelona invirtieron aquellas ingentes cantidades de dinero sobre todo, en el hermético y seguro sector inmobiliario. Barcelona floreció a finales del siglo XIX bajo el paraguas del negocio negrero. Fábricas, mansiones, fincas, masías, viñedos y sedes bancarias de rancia raigambre (hoy muy conocidas por estar en primera fila de la extorsión a sus clientes y el desalojo de sus quebrados inquilinos), desgraciados creyentes para los que la banca representaba seguridad, quedaron en fuera de juego en un abrir y cerrar de ojos. Muchas de las joyas arquitectónicas modernista de los autores más reconocidos mundialmente, fueron levantadas con la sangre de miles de mujeres, niños y niñas y hombres que intentaron vivir una vida normal, pero les fue imposible.

Barcelona floreció a finales del siglo XIX bajo el paraguas del negocio negrero. Surgieron fábricas, mansiones, masías y bancos

¿Por qué? Porque el espécimen que mencionamos en nuestra historia, al cabo de varios meses de sangrientas correrías sin cuento, regresaría al puerto de El Callao muy ufano tras haber cumplido su "misión". Al fin se podía jubilar y montar una masía por todo lo alto en El Masnou. Pero quiso el destino que hacia el mes de abril de 1863 el tráfico de esclavos quedara también prohibido en el Perú. De tal manera que, a su llegada a puerto, la Justicia reclamara a Maristany por sus atropellos, justicia poética en diferido, por lo que a continuación, las autoridades devolverían a su tierra a los aborígenes supervivientes raptados. ¿Y qué fue de Maristany? Pues como era un hacha el canalla, se dio a la fuga no sin antes avituallar su fragata y municionarla por encima de la línea de flotación. Octogenario, entregó lo que restaba de su perversa alma –si es que alguna vez la tuvo-, a su creador.

De 4.000 a 100 habitantes en la Isla de Pascua

La Isla de Pascua antes del genocidio perpetrado por Maristany, en ese momento exacto, podía tener alrededor de 4.000 habitantes. Hay quienes dicen que apenas sobrevivieron poco más de un centenar, otros antropólogos franceses y alemanes constan que la mitad. La etnia Rapa nui pudo haber llegado a extinguirse en ese momento si no fuera por la providencial oquedad que albergaban algunos Moais en su base, refugio ante el infierno amoral de aquel animal de bellota que no tuvo que haber nacido.

La extraña escritura jeroglífica consensuada por un escribano español unos años antes en la expedición de 1770 cuando un trío de veloces fragatas que andaban a la zaga de piratas holandeses e ingleses al filo de la costa oeste de Chile, tras recibir una orden lacrada, se habían adentrado en el Océano Pacifico profundo con la idea de explorar hacia la actual Micronesia dándose de bruces con una exótica isla en la que había "arboles de piedra" (sic) descritos así por el intrépido capitán Felipe González de Aedo, hijo y padre de marinos. Por desgracia, desapareció para siempre con los hombres sabios que resultaron víctimas de aquel genocidio, los únicos capaces de descifrar aquel lenguaje secreto. A lo largo de la historia de la humanidad, ha habido un número ingente de personajes malvados, pero pocos han estado a punto de destruir una civilización tan milenaria en tan poco tiempo. Este catalán de Masnou, al parecer tenia barra libre.

Alma, Corazón, Vida

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