MENUDA MATANZA

Los cinco presidentes españoles asesinados

Desde Prim hasta Carrero Blanco pasando por Canalejas, cinco jefes de Gobierno fallecieron en atentados realizados por anarquistas, republicanos o etarras

Foto: Foto: montaje El Confidencial.
Foto: montaje El Confidencial.

"Cuando doy de comer a los pobres me dicen que soy un santo, cuando comienzo a preguntar por qué hay tantos pobres, me dicen que soy comunista"

-Hélder Pessoa Cámara

En esta jaula de grillos que es España -no desearía ofender a nadie por muy susceptible que sea- cuando no estamos liados echando a los romanos, a los godos, a los árabes o a los franceses; todos muy unidos y en comunión como si fuéramos una fraternidad de angelitos, cuando lo que somos en realidad es unos perillanes de tomo y lomo; para mantenernos en forma y no aburrirnos, no cesamos en nuestro ardor guerrero y armamos algún pollo para que no decaiga el asunto sanguíneo -de nuestro temperamento- ni tampoco ese oficio tan entrenado ancestralmente de ver correr sangre, algo que no se sabe por qué, nos tiene hipnotizados. Cuando no tiramos a una pobre cabra desde un campanario para estamparla contra el pavimento, le arreamos a un morlaco una docena de banderillas y unos buenos arreones con puntilla incluida para rematar. Pero si se pone a tiro un presidente de gobierno, nos pega un subidón que "ni pa qué"… Eso ya son palabras mayores.

Al pobre Juan Prim, le sorprendió la parca en el Paseo del Prado allá en las navidades de diciembre del año del señor de 1870. Al pobrecillo no le había dado casi ni tiempo a posar sus reales en su asiento de diputado; solo un año después de acceder a su cargo, cuando Amadeo de Saboya era elegido Rey de España en medio de una gran polémica -"era italiano"(como si los Borbones fueran de las islas Samoa)- se hace necesario recordar que el coronado transalpino acabó hasta las gónadas del predio nacional por entender que esta plaza era ingobernable, y no le faltaba razón cuando decía que esto era una jaula de locos.

A tiros

El caso, es que a Prim tras retirarse del Congreso un día cualquiera, anodino como otros muchos, fue asaltado en la calle del Turco (actualmente Marqués de Cubas, entre el museo Thyssen y el Congreso). El carruaje, que lo conducía a él, sus guardaespaldas y colaboradores, fue interceptado por una banda de asesinos ocultos en dos coches. Al crear deliberadamente una obstrucción para dificultar la maniobra del vehículo del gobernante, este, aminoró la marcha y se formó una balacera que más parecía una granizada súbita de inusitada violencia. Los asesinos del presidente se bajaron de los coches y con las culatas de las carabinas quebraron los cristales del vehículo presidencial disparando a quemarropa, calculándose en más de un centenar los casquillos que sembraron el adoquinado aquel infausto día para España.

Los etarras que intervinieron en el asesinato de Carrero Blanco fueron sometidos a una cacería sin precedentes y finiquitados de diferentes maneras

En apariencia, el atentado no daba visos de gravedad inicialmente, pero una sepsis galopante lo dejó tieso al tercer día de aquella macabra forma de hacer justicia o lo que fuera que pretendían sus asesinos. Justamente el día en el que el nuevo rey desembarcaba para atender sus obligaciones patrias, el tranquilo y taciturno ministro, va y se muere.

Prim, había sido militar de carrera y liberal, en una institución en aquel tiempo, bastante rancia y poco oxigenada. Su carruaje fue asaltado por anarquistas, -¿teledirigidos por intereses más oscuros y elevados quizás?- Esa fue la respuesta casi inmediata de la policía de la época en la que los libertarios solucionaban igual un roto que un descosido. Pudo haber otros que llevarían a este escribano a la redacción de un ensayo, pero adjudicar a los anarquistas cualquier fechoría era lo más cómodo y manido. El tejido arácnido de la policía no daba para muchas alegrías y la cosa quedó así, los malos eran los anarquistas y ya está.

Pero con esas calenturas políticas tan irreflexivas y más dadas a retroalimentar rumores y diretes, un señor muy atildado de estos que parecían con el traje hecho a medida en Saville Road o en una sastrería de la calle Velázquez, un tal Cánovas del Castillo, conservador el caballero y presidente del país en seis ocasiones en la época del turnismo, sería asesinado un 8 de agosto del 1897 en un relajado balneario de Guipúzcoa, por un tal Michele Angiolillo, otra vez, por un anarquista italiano tras descargarle un fatídico tiro a placer y un par de ellos más por si el afectado no se hubiera percatado del asunto. Luto y más luto, y suma y sigue en arreglar las cosas por las bravas.

Tensión social

José Canalejas. (Wikimedia)
José Canalejas. (Wikimedia)

La figura más importante de la política española en las postrimerías del siglo XIX, artífice de la Restauración, moría en venganza, Angiolillo dixit para honrar a los anarquistas detenidos y ajusticiados en Barcelona meses antes a raíz del atentado contra la procesión del Corpus en el año 1896.

A los pocos años, vino un señor muy culto y sesudo, de excelente oratoria y con ideas progresistas, tema que en España equivale a predicar en el desierto o, a que te arren una somanta de palos. El señor en cuestión se llamaba José Canalejas, y estaba en un lugar donde iba a suceder algo. Así las cosas, murió tras recibir un tiro en la espalda que le dejó la columna sin eje sobre el que pivotar; otra vez, un anarquista en la Puerta del Sol de Madrid hacia su peculiar forma de entender la justicia en un desgraciado ritual un 13 de noviembre de 1912.

A poco de aquello, metidos hasta el cuello en la guerra de África y con pérdidas escandalosas por parte de un ejército que de ello solo tenía el nombre y de unos generales que parecían galanes algo escorados de tanta medalla lucir; los de los turbantes, bien dirigidos por un experto guerrillero del Rif, nos estaban dando de lo lindo. Un señor llamado Eduardo Dato, conservador a su decir, fue tocado de muerte en la elitista calle Serrano de Madrid el 8 de marzo del año 1921, otra vez, por anarquistas catalanes. Al parecer, era un venganza orquestada por el febril movimiento libertario de Cataluña, perejil de todas la salsas en respuesta a la durísima represión ejercida contra los huelguistas de la ciudad de Barcelona, torturados a centenares, a los que se les neutralizaba con matones profesionales por parte de los empresarios locales a los que no satisfacía ni un pelo eso de que estuvieran sindicados sus “currelas “

Ocurrió casi a cámara lenta. Una motocicleta potente (al parecer una de las primeras Guzzi de la época) se pegó como una lapa al costado del auto del futuro interfecto y desde la góndola del sidecar le dieron un roción de metal por el costado y por detrás, huyendo la moto a toda pastilla por la calle Serrano hacia la Puerta de Alcalá, que además, tiene la ventaja de ser cuesta abajo. La versión oficial dijo en su entonces, que se recogieron 18 casquillos. Todavía no había despuntado la primavera y rápidamente un médico republicano que pasaba por el lugar intentó lo imposible requisando foulard, pañuelos y todo lo que estaba a su alcance. Pero todo fue inútil. La opinión pública, mas sagáz de lo que pretende hacernos creer la casta política que nos jibariza con los medios todos los días intentando que tengamos cerebros del tamaño de una nuez, rápidamente estableció vínculos entre la brutal represión ejercida por el gobierno militar de Barcelona contra los huelguistas. El presidente del Consejo de ministros era un trapo recogido sobre sí mismo ante la terrible fatalidad de esa triste espiral de acción- reacción.

Lo cierto, es que aquellos años críticos de la posguerra mundial y el flamígero ambiente político de nuestro país, hacían insoportable el enfrentamiento entre los patronos y las centrales sindicales. Dato apostó desde su torre de marfil por la mano dura contra los revoltosos que lo convirtieron en su diana preferida. Los fantasmas de la Semana Trágica (1909), se volvían a reencarnar una vez más.

Prim, tras retirarse del Congreso un día cualquiera, fue asaltado en la calle del Turco e interceptado por una banda de asesinos ocultos en dos coches

Y lo mismo con Maura, pero este tenía más vidas que un gato, en un breve lapso de tiempo se escapó de la muerte en Barcelona pues un anarquista lo quería hacer picadillo con un cuchillo de cocina y otro que actuaba por su cuenta le pegó un tiro con tan buena/mala fortuna que le hirió en la pierna.

Otro anarquista acabaría 15 años más tarde, con el presidente Canalejas, magnicidio imputado en primera instancia a los masones que para los conservadores intransigentes, eran poco menos que demoniacos descendientes de Bafumet.; Franco, ya estaba enredando en la tramoya en un documental de la época dejando su huella. Un elemento llamado Manuel Pardiñas le disparó por la espalda al desgraciado Canalejas, un alma de cántaro, en la Puerta del Sol enfrente de la famosísima librería San Martín (dedicada a la historia militar) hoy desaparecida.

Pardiñas disparó por la espalda a Canalejas en el mismo instante en que este se detuvo enfrente del escaparate, fue visto y no visto. El mandatario se dirigía a su domicilio, en una época en la que los mandamases volvían andando a su casa discretamente y sin escolta (ahora los políticos van acorazados entre una pléyade de “armarios “no vaya a ser que la turba inflamada por tanto agravio les haga una avería importante). Era un 13 de noviembre de 1912, y un disparo con una pistola automática Browning acabaría con la vida de aquel discreto y enjuto político. El criminal al ver que la gente se arremolinaba a su alrededor, y tras recibir un par de buenos palos por parte de un uniformado que andaba por las cercanías, trato de huir sin conseguirlo, al menos tuvo el valor de pegarse un tiro letal.

Como hermanos

Otra cosa fue lo de Carrero. Carrero Blanco era el sucesor natural de Franco, entre ambos había una amistad profunda y reconocimiento mutuo y el hecho de haber vapuleado intensamente a “los rojos”, con lo cual ambos compartían endorfinas y dopamina a tutiplén.

Quizás por su proximidad en el tiempo, este espectacular magnicidio tan destacado en la historia de España por su elaboración, osadía y ejecución puntera, elevó en el plano internacional a la ETA; grupo terrorista lleno de malvados separatistas camuflados debajo de txapelas, a los cuales en contraposición a la mayoría, Aznar, ex presidente de gobierno dixit-, llamaba “Movimiento de Liberación Vasco”-, así, con un par.

Fotograma de 'El asesinato de Carrero Blanco' de TVE. (EFE)
Fotograma de 'El asesinato de Carrero Blanco' de TVE. (EFE)

Sea cual sea la interpretación o el sesgo que se le quiera dar en función de la longitud de la lengua del dicente o de la apretura de la soga que recorta hasta límites insospechados la propia voluntad; de la capacidad de sincerarse ante el miedo o callarse para sobrevivir, todo tiene un adjetivo; cada uno puede buscar el suyo allá donde la verdad yace fuera del alcance de la iluminación. Fue la misma tensión social, el hartazgo ante un status quo esclerotizado y el previsible estallido ante una explosión social de gran magnitud ante la posibilidad de la perpetuación o posible continuidad de la dictadura franquista y la incertidumbre política subyacente en los mercados que interactuaban con nuestro país, la que propició el asesinato o fue su coartada para que una nueva España debidamente blanqueada entrara en instituciones VIPS para adultos.

Por los aires

Carrero Blanco era el representante más puro, duro y extremista del franquismo, y por ende, se convirtió en objetivo de ETA desde su elección como presidente del Gobierno. Muchas son las veces que haría caso omiso de las indicaciones de los servicios de información de la Guardia Civil y de la inteligencia militar, negándose a diversificar itinerarios y a aumentar sus medidas de seguridad. Lo suyo era del despacho oficial a misa y de misa al despacho oficial. Quizás, en su tremenda contradicción humana en busca de un eje religioso o espiritual que le redimiera de sus imperfecciones, buscaba alejarse de lo terrenal para conquistar cotas más altas como lamentablemente así fue para mayor regocijo de sus ejecutores.

José Canalejas murió tras recibir un tiro en la espalda mientras miraba la desaparecida librería de San Martín en la Puerta del Sol

Se calcula que en su destino final ascendió de manera imprevista y contra su voluntad a más de 50 metros de altura en uno de los atentados más escalofriantes que se recuerdan. En la madrileña calle de Claudio Coello en el señorial barrio de Salamanca en Madrid, tal que un día 21 de diciembre, un Dodge Dart blindado se elevaría por encima de un templo- el de los jesuitas de la calle Serrano- , yendo a parar tras un segundo potente impacto al tejado del sacro edificio. Ironías del destino llevaron a aquel rígido uniformado y su fe a acabar sus días en territorio sagrado describiendo una impecable parábola para la que es mejor no buscar asociaciones.

Hoy se sabe a ciencia cierta, que las órdenes para deshacerse del finado militar apuntan sin duda alguna al otro lado del Atlántico. Todos los etarras intervinientes, elementos instrumentales a la postre, fueron sometidos a una cacería sin precedentes y a su vez finiquitados de diferentes maneras sin indulgencia alguna. Un refrán taoísta dice “no mires a la mano que mata si no a la mano que la dirige”. Lamentablemente en este intrincado atentado con tantos flecos por resolver, solo hay una certeza y esta, es muy castiza; de Madrid al cielo. In memoriam.

Alma, Corazón, Vida

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