El ataque al doble convoy

Cuando España reventó la Bolsa de Londres

Las hazañas del almirante Don Luis de Córdova quedarán registradas en los anales de la historia de nuestro país por su enorme influencia

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Una vida sin amigos acarrea una muerte solitaria.

Proverbio vasco

Como el Gran Casino que es, Londres, la capital mundial invisible del intangible dinero negro que por sus venas circula y que bajo su paraguas de impunidad ampara, no ha sido siempre ese coloso intocable que por su apariencia infunde respeto. Hace más de un par de siglos largos, su poderío litigaba con otra gran potencia que peinaba canas, entrenada en el cuadrilátero de la guerra como ninguna otra y con mucha cintura para aguantar unos cuantos asaltos más. Esta enorme potencia hoy desfigurada por la erosión de la arena del tiempo y de la historia, plantó a cara de perro la defensa de sus intereses geoestratégicos en todas las latitudes repartidas por el globo. Durante cerca de 500 años (incluyendo las razias castellanas en tierras inglesas por parte de los almirantes Tovar, Pero Niño y Bocanegra), había sido la pesadilla número uno de los estirados isleños.

Uno de los mayores golpes o derrotas infligidas a otra nación durante el siglo XVIII, no figura en la Wikipedia británica y si en la española –obviamente-, la francesa, la alemana, y otras muchas varias. En términos cuantitativos y cualitativos, el balance de aquella derrota infligida por un genial almirante español, Don Luis de Córdova; supuso para Inglaterra una tragedia de proporciones bíblicas. El desastre logístico fue de tal magnitud, que superó con creces la colosal paliza que sufrieron a manos de los alemanes durante el transito del famoso convoy PQ 17 en dirección al ártico durante la II Guerra Mundial.

Luis de Córdova aterroriza las costas británicas

La enorme cantidad de buques y soldados capturados, así como el monto de más de 1.000.000 de libras esterlinas en lingotes de oro que incautaron los españoles, provocaron una debacle no conocida hasta entonces en la bolsa de Londres. Las finanzas de Inglaterra sufrieron un revés de tal magnitud que detonaron la alarma en el conjunto del mundillo que orbitaba alrededor de los fletes. Seguros, reaseguros, prestamistas, hasta la propia Corona inglesa, se sintieron desnudados por aquel embate del destino que les había tocado en la obra viva por debajo de la línea de flotación. En suma, fue un golpe escandaloso, como tan escandalosa fue su ausencia en los libros de historia británicos, algo muy habitual en sus libros sobre esta disciplina, en la que parecen pisar pétalos de flores y reposar en medio de loas sin fundamento. Pero la historiografía más reciente, poco a poco los va desnudando de su sibilina hipocresía.

Los españoles incautaron más de un millón de libras en lingotes, provocando una debacle no conocida hasta entonces en el mercado bursátil

Por aquel entonces, la Royal Navy comenzaba a despuntar como la primera marina de guerra del mundo. Operando en flotas combinadas, las armadas francesas y la española podían tener opciones contra los insulares. En el verano de 1779 una de las flotas combinadas al mando del almirante galo Luis Guillouet y del español don Luis de Córdova, aterrorizó las costas británicas poniendo en fuga a la escuadra inglesa del Canal de la Mancha dejando el terreno expedito para la tan ansiada invasión hispano-francesa de Gran Bretaña. Las poblaciones costeras quedaron desiertas y sus habitantes abandonarían precipitadamente viviendas y propiedades. El comercio naval inglés colapsó y la Bolsa de Londres quedó clausurada ante las previsiones de invasión en un ambiente de pánico no vivido desde los tiempos de la guerra anglo-española del siglo XVI que finalizaría con el Tratado de Londres y unos ingleses exhaustos que ya no veían tan claro aquello de asaltar impunemente a todo quisque. Las mejores unidades del ejército y de la armada combatían en latitudes lejanas (Guerra de la Independencia Norteamericana e India) acentuando la situación de desamparo de los isleños.

A pesar de la insistencia del almirante español para ejecutar de manera perentoria la invasión, el francés Guillouet, a la sazón comandante supremo de la fuerza combinada, se lavó las manos argumentando que era inviable la operación de desembarco. Si añadimos a la conducta del melifluo comandante galo una epidemia que diezmó las tripulaciones de la flota combinada, aquello acabó en un fiasco antológico perdiendo una oportunidad única de asestar un golpe definitivo a Inglaterra. A partir de entonces, este episodio determinaría la doctrina militar inglesa para los restos convirtiéndose en la obsesión del Primer Lord del Almirantazgo mantener protegidas las costas británicas.

Críticas por lastrar al almirante español

El almirante francés recibió durísimas críticas por su falta de iniciativa hasta el punto de renunciar a su carrera en la Marina desapareciendo de la vida pública para los restos. Sin embargo, al almirante español, el rey de Francia lo premiaría con una caja de oro y brillantes y 12 lingotes de oro puro, con la explícita dedicatoria, “de Luis a Luis”. A su vez, el monarca español le concedió la gran cruz de Carlos III, en ese momento, la más alta condecoración existente. Hay que destacar que en esta campaña las naves españolas comenzarían a usar los barómetros marinos de forma exclusiva, pues ni los ingleses ni los franceses los tenían en sus barcos. El conde de Guichen, un general francés, quedó maravillado cuando el ilustre Mazarredo le mostró el ingenio que les permitía predecir la evolución meteorológica a corto plazo, con un acierto espectacular que por su perfección, había sorprendido a los franceses. El artilugio en cuestión, permitía orientarse con los vientos más propicios o eludir tormentas ingratas.

El rey de Francia premió al almirante Luis de Córdova con una caja de oro y brillantes y 12 lingotes de oro puro por su hazaña

Hacia el año 1780, desde Portsmouth, partiría un doble convoy con 55 mercantes someramente armados y escoltados por la flota del Canal de la Mancha. En algún punto del Atlántico, debían de dividirse dirigiéndose una de esas flotas a India para reforzar la guerra colonial, y la otra, a Norteamérica para combatir a los rebeldes que estaban muy subidos por el apoyo prestado por la Corona Española (recordar al imbatible Gálvez). Más, siguiendo órdenes del alto mando inglés, y para evitarse sustos como el del año anterior, la escolta abandonaría al convoy de mercantes en las proximidades de Galicia para incorporarse lo más rápidamente al Canal de la Mancha. Estos mercantes, bogarían alejados de las costas españolas y rutas comerciales habituales para evitar imprevistos o directamente, combates con las fuerzas franco españolas. Solo el apoyo de un navío de línea de ochenta bocas de fuego y dos fragatas, serían toda su cobertura.

Pero los rubicundos ingleses no habían contado con los solventes servicios de inteligencia españoles destacados en los puertos del sur de la isla y en Londres. Los agentes de inteligencia que trabajaron febrilmente para la Corona Española conseguirían averiguar la fecha de salida del convoy y la ruta que iba a seguir el mismo hasta desgajarse en dos. Una veloz goleta con pabellón portugués de fortuna llegaría al puerto de Pasajes mientras que por la ruta costera de Francia, cuatro caballeros cambiarían en postas estratégicamente situadas sus caballerías para entregar tan valiosa información al conde de Floridablanca, valido con Carlos III y posterior ministro con Carlos IV, hasta caer en desgracia.

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En aquel tiempo, don Luis de Córdova, nombrado en febrero director general de la Armada española, vigilaba el estrecho de Gibraltar con una flota de 27 navíos de línea y media docena de fragatas a las que había que añadir una escuadra francesa de otros nueve navíos y una fragata adicional. Córdova detentaba el mando supremo de aquella potente flota a pesar de las quejas de los galos, que dudaban de la capacidad del almirante español por entender que sus 73 años le lastraban para gestionar aquel asunto. Afortunadamente, Floridablanca tenía una enorme confianza en aquel rodado marino.

España es un extraño lugar en el que aquellos españoles que salen cojonudos, muchas veces –por no decir invariablemente-, son vilipendiados o defenestrados por las envidias, calumnias y ese endémico Síndrome de Procusto tan nuestro, como la paella. Por el contario, los que andan ramoneando, los corrompidos, los indecentes, y toda esa laya de mediocres que solo viven para mover las sillas de los competentes, son una triste mayoría que gobierna el país desde esa naturaleza insidiosa que no permite a esta gran locomotora despegar hacia el futuro. Esta especie de maldición Voodoo, Karma cansino o mirada de tuerto, nos ha lastrado y desbaratado casi todas las oportunidades de crecimiento, progreso y desarrollo desde in illo tempore.

España y la independencia de EEUU

Los desmanes, abusos, alta fiscalidad y estado de semiesclavitud que la Corona británica practicaba en tierras de Norteamérica, provocarían la sublevación de sus colonias. En aquellas latitudes que reclamaban más justicia y menos impuestos; España y Francia apoyan a los sublevados. Don Bernardo de Gálvez entonces gobernador de la Luisiana les presta apoyo material naval y terrestre siguiendo instrucciones de Madrid. Finalmente, los rebeldes alcanzarían la victoria fundando los Estados Unidos de Norteamérica en los que España, tuvo un escaso reconocimiento y muchas puñaladas traperas por parte de los desmemoriados hijos de aquellos colonos.

Pues aquella flota española que se había adentrado en el Atlántico profundo para dar caza a aquella otra flota furtiva, llegaría puntualmente a su cita con la historia gracias a la información suministrada por los correos llegados por tierra y mar. Verificada la fecha de salida y su destino, Córdova deduce el rumbo más probable de la flota enemiga y para ello, para verificar este golpe de intuición solo al alcance de un grande como él, envía a sus fragatas en descubiertas relámpago para que en forma de media luna pudieran batir en abanico una gran extensión. De madrugada, el 9 de agosto de 1780, una de las fragatas con proa de cuchillo, divisa en lontananza a gran número de velas hacia el Noreste de las Azores. Don Luis de Córdova desde el enorme castillo de popa del gigantesco buque insignia, el Santísima Trinidad, un coloso de los mares y el mejor artillado de su tiempo, atisba a barlovento, a una lejana fragata que dispara sus cañones advirtiendo del avistamiento. Pero la enorme distancia impide contar correctamente en medio de la neblina el número de disparos que informa a su vez del número de velas avistadas. La tensión desaparece cuando al rato, siguiendo la ordenanza, la fragata repite la señal y de esta manera queda constancia del número exacto de embarcaciones enemigas.

Una proverbial añagaza urdida por este astuto hombre de mar, ordena colocar un farol encendido en la terminación del trinquete del palo de proa del Santísima Trinidad mientras traza rumbo de intercepción. La astuta maniobra da resultado y la entera flota británica. Confundidos por lo que creían una señal de su propio comandante, discurren plácidamente durante toda la noche navegando incautos hacia las fauces del lobo.

Los abusos de la Corona británica en Norteamérica provocaron la sublevación de las colonias, que fue apoyada por España

Al amanecer, la escolta del navío de línea de 74 cañones HMS Ramillies desde la que se ejerce la dirección al mando del comandante de la flota John Mountray, y las dos fragatas de 36 cañones, la HMS Thetis y la HMS Southampton, se topan de lleno con aquel bosque artillado de la flota combinada Hispano Francesa. Los buques de escolta se dan a la fuga sin más preámbulos dejando a los 55 navíos restantes abandonados a su suerte. Estos inician una desbandada general. Este comportamiento tan cobarde forma parte de la tradición de la marina real inglesa, que habitualmente solo entablaba combate cuando tenía condiciones de superioridad; de lo contrario sin dudarlo, se mostraba la popa al enemigo sin el más mínimo reparo.

53 buques apresados y 600.000 libras

Es una cacería implacable. Los capitanes españoles a las 5 de la mañana, han apresado ya 26 mercantes. La orden de Luis de Córdova es la de abrir fuego a discreción contra todo navío que se haga el remolón o quiera tomar las de Villadiego. Sin embargo deja a sus capitanes que actúen a su libre albedrio para que decidan las prioridades, selección y captura de las naves enemigas en base a su propio criterio. Don Luis confía plenamente en su oficialidad y en la marinería de sus naves pues lleva años dirigiendo personalmente su adiestramiento.

Hay un riesgo real de que muchas presas puedan huir, pero la eficaz actuación de la flota española consigue en poco tiempo que la inmensa mayoría de los mercantes británicos terminen rindiéndose. Un total de 53 buques son apresados mientras tres de las fragatas intentan dar caza a dos mercantes que se han escaqueado. Es un éxito total, abrumador, sorprendente; tan rotundo, que a pesar de que los barcos españoles son más pesados y en consecuencia lentos, la resolución de tan durísima derrota a un enemigo de esa talla, se debe a que nuestros marinos manejan con mejor conocimiento, la dirección de los vientos imperantes en la zona y a la habilidad para interceptar a los escurridizos navíos enemigos.

Incautaron 80.000 mosquetes, más de 300 cañones, 3.000 barriles de pólvora, sal para combatir la humedad y equipamiento en general

Durante el recorrido del día siguiente, las naves capturadas son agrupadas para ser llevadas al puerto de Cádiz. Vicente Doz, un bragado marino de la vieja escuela, escolta con éxito aquel inmenso botín a pesar del acecho constante de las fuerzas enemigas. Durante el trayecto, se hace un recuento detallado sobre la monumental captura realizada y el asombro de los improvisados contables de circunstancias no es para menos.

El 20 de agosto, la flota capturada es anclada en su conjunto en la preciosa bahía de la ciudad, habida cuenta que las instalaciones portuarias son incapaces de albergar tanto botín. Antes de entregar el preceptivo informe dirigido al Rey, la muchedumbre atónita aclama a los marinos españoles ante el insólito alcance de la hazaña. Unas dotaciones profesionales y un competente segundo -Mazarredo-, han otorgado a la armada española una victoria enorme en el largo contencioso secular entre ambas potencias.

Todas las fragatas capturadas pasan automáticamente a formar parte de los efectivos de la armada y la larga cincuentena de barcos restantes se artillan convenientemente tras desalojar la inmensa fortuna de 1.000.000 de libras esterlinas en monedas y lingotes de oro. El valor de los 53 barcos apresados alcanza la enorme cifra de 600.000 libras. Además, hay que incluir en el botín, efectos navales, uniformes, condumio para seis meses, tiendas de campaña, 80.000 mosquetes, más de 300 cañones, 3.000 barriles de pólvora, indumentaria para los uniformados, sal para combatir la humedad en las sentinas y en cifras aproximadas, equipamiento para 12 regimientos. En el suma y sigue, hay que añadir 3.000 prisioneros entre los cuales la mitad son oficiales y suboficiales.

El desastre se revela en toda su magnitud en aquel infausto día y mientras en España el júbilo es clamoroso, en Londres se rasgan las vestiduras como posesos. El desplome de la bolsa de Londres dañó duramente las finanzas de Inglaterra y su proverbial arrogancia mordería el polvo en una fecha que no aparece en sus libros de historia. Su capacidad para sostener las guerras coloniales, queda en entredicho, ante este enorme descalabro.

Los inicios de Córdova

Don Luis de Córdova era un mozalbete cuando ingresó en la academia de guardiamarinas de San Fernando. Sus gestas no se reducen a la captura del doble convoy, sino que además, para rematar de cabeza y sin despeinarse, al año siguiente, en el canal de La Mancha, cerca de las islas Sorlingas, próximas a la complicada costa de Cornualles, le echó el guante a otro convoy con 24 barcos ingleses. Córdova y Mazarredo, hacían una pareja letal en lo que a averías se refiere a los atribulados ingleses.

El día 9 de agosto del año 1780, quedará registrado en los anales de la historia de España como una jornada única e irrepetible. España tiene una deuda impagable con aquellos marinos. Que al menos estas líneas, les brinden un homenaje merecido a la par que honren su memoria.

Fuente: Revista de Historia Naval del Ministerio de Defensa

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