El amigo americano

La historia de cómo Estados Unidos destruyó la cultura española en Filipinas

Norteamérica pidió ayuda a los nativos para expulsar a los españoles. La obtuvieron y después acabaron con gran parte de la población de las islas y con nuestras costumbres

Foto: Trincheras de EEUU en la guerra de Filipinas. (iStock)
Trincheras de EEUU en la guerra de Filipinas. (iStock)

"Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanzas"

Albert Camus (El mito de Sísifo)

Ocurre a veces -las más-, que los humanos pretendemos evadirnos de la realidad común por ser esta insoportable. Esto ocurre sencillamente porque no solo somos prisioneros de cuerpos mortales sino que, además, nuestra alma no tiene una configuración muy sólida y detectable, al tiempo que sus esperanzas son muy escasas en lo tocante a la felicidad, tabla de salvación utópica pero indispensable para conjurar tanto sufrimiento para el cual no hay muchas respuestas ni conjuros.

A lo largo de la historia, el número de genocidios practicados por los seres humanos contra sus semejantes, ha sido incontable. Siempre nos viene a la mente las atrocidades infligidas por los nazis tras su ascenso al poder, curiosamente de manera democrática, en el año 1933 y con la aquiescencia, connivencia, silencio o sumisión ante el terror puro y duro de las dos terceras partes del pueblo alemán, que no quisieron o no pudieron enfrentarse a un monstruo escapado del Leviatán.

EEUU, de la noche a la mañana, declaró en el congreso que los filipinos no estaban preparados para gobernarse, por lo que había que educarlos

Ese terror intangible pero perceptible a la vez, estaba presente en lo cotidiano de tal manera que para huir de aquella atroz verdad, el número de conversos al nuevo orden, tenían crecimientos exponenciales. Toda la nación finalmente por cobardía, fue pasto del infierno más brutal que la historia ha padecido hasta donde sabemos. Por ello, volverse loco es una manera de escapar a veces ante un dolor insoportable sopena que este te devore en medio de una coalición de abrumadores despropósitos.

Los “malos” hacen peores a los buenos

Durante la guerra de Filipinas, en aquel desgraciado año de 1898, los norteamericanos de Estados Unidos -no es una redundancia- pidieron ayuda a los nativos para poder echar a los “invasores” españoles de aquellos predios en los que llevábamos cuatro siglos. Como resultado de aquellas promesas de independencia a los autóctonos, estos se pusieron muy contentos pero, la realidad vendría con las rebajas posteriores.

Las tropas del teniente coronel Tecsón en Baler en Filipinas. (Wikipedia)
Las tropas del teniente coronel Tecsón en Baler en Filipinas. (Wikipedia)

El pueblo filipino en los cuatro años que van desde 1898 hasta 1902 perdería en una durísima represión a más de millón y medio de los suyos en la creencia de que Mc Kinley, a la sazón presidente de Estados Unidos, cumpliría sus promesas. Pero este conspicuo presidente que no tuvo valor para frenar a la prensa amarilla de Hearst y Pulitzer en los prolegómenos de la guerra de Cuba, era un fiel seguidor de la doctrina del Destino Manifiesto de Monroe que allá por 1823 dijo que América era para los americanos. Aquel majadero metido a político, que en principio pensaba o transmitía algo obvio, lo que quería decir en realidad era que todo el continente americano -y todo lo que pillaran de paso- era para los americanos. Esta doctrina tardó en ser comprendida por el resto de los terrícolas, pero hoy es evidente que todo el mundo la entiende sin reservas.

Más de millón y medio de filipinos murieron y la cultura española fue erradicada por los estadounidenses en tan solo cuatro años

Total, que a Mc Kinley se le olvidaron sus promesas hacia el pueblo filipino y, de la noche a la mañana, declaró en el congreso y senado que los filipinos no estaban preparados para gobernarse y que en consecuencia había que educarlos y “cristianizarlos”: religión en la que ya estaban embarcados desde hacía siglos los aborígenes locales. Entonces fue cuando el monstruo evidenció sus intenciones. El pueblo filipino se levantó y fue fagocitado por creer en la honestidad de aquellos políticos que en su breve historia solo han sabido usar la ley del palo, y que por cierto -ojo al dato-, en 244 años de presencia en este vagabundo planeta, no han tenido ni un solo día de paz, algo que es irrefutable y perfectamente verificable.

Pero la cosa no acaba ahí

Un uniformado con categoría de general (la categoría a la que me refiero se la daba el uniforme no la conducta), un tal Jacob Smith, emitió una orden por la cual se debía de fusilar sin más preámbulos a cualquier sujeto que tuviera más de 10 años; así, tal cual.

Pero los símbolos tradicionales de unidad del pueblo filipino, el idioma español y la cultura hispánica, si es que quedaba algo de ellos, fueron vapuleados con una intensidad brutal en 1945 en el intento de desalojo de la guarnición japonesa en las postrimerías de la II Guerra Mundial. La ciudad de Manila conocida como la Perla de Oriente quedo arrasada en un inmisericorde bombardeo de alfombra que se llevó por delante a más de 100.000 víctimas y al antiquísimo barrio español poblado de pequeñas iglesias católicas.

Un bombardeo en Manila se llevó por delante a más de 100.000 víctimas y al antiquísimo barrio español poblado de pequeñas iglesias católicas

El chabacano (un idioma criollo) y el tagalo, dos lenguajes mixtos con mezcla española en su confección de síntesis ya fuera oral o gramatical, fueron considerados acreedores del mismo rango de castigo que los nipoparlantes, pues igual daba que fueran de Osaka, Tokio o Manila; tenían los ojos oblicuos y a la vista de la ceguera que esgrimían, todos eran iguales de enemigos. Estados Unidos acabaría imponiendo el inglés como lengua común obligatoria al igual que la prensa y cualquier medio de comunicación.

Los últimos de Filipinas (Wikipedia)
Los últimos de Filipinas (Wikipedia)

Actualmente, desde las escuelas primarias y el entero tramo que lleva hasta la universidad, el español puntúa todavía menos que el árabe. Hoy, cerca de un millón de filipinos (105.000.000 son los habitantes de esta miríada de islas) todavía hablan español además de un número similar de población criolla en las zonas de Cavite y Zamboanga. La Agencia española de Cooperación Internacional y el Instituto Cervantes han dado pasos para revertir los efectos de aquella maquiavélica programación para desprogramar al pueblo filipino de sus raíces. Confiemos en que haya suerte en esta honorable apuesta para recuperar la memoria histórica de una hermosa relación que fue.

Alma, Corazón, Vida

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