EL VAMPIRO DE LAS MIGRACIONES EUROPEAS

La paradoja olvidada del Brexit: Reino Unido quiere huir de la Europa desigual que creó

Fue el país británico el que estimuló la migración hacia sus fronteras, tanto de mano de obra barata como acaparando a los trabajadores más cualificados de la Unión

Foto: Thatcher y Blair, el signo de la era posimperial. (Reuters)
Thatcher y Blair, el signo de la era posimperial. (Reuters)

La salida de Reino Unido de la Unión Europea tiene algo de uróboros, ese animal con forma de serpiente que devora su propia cola en un ciclo sin fin. Principio y fin, alfa y omega, el ciclo eterno de las cosas. En el caso del Brexit, tal y como afirman la politóloga Lorenza Antonucci, de la Universidad de Birmingham, y el sociólogo Simone Varriale, de la Universidad de Lincoln, Reino Unido ha sido víctima de los procesos que él mismo, desde su posición central en la Unión Europea, ha acelerado desde su entrada en la CEE en 1973.

Se trata, en concreto, de las desigualdades entre el centro y la periferia de la Unión Europea, propiciadas por la hegemonía cultural y simbólica inglesa dentro de la Unión. Como recuerdan los autores, la sociología ha hecho un gran hincapié en la actitud racista y clasista de los partidarios del Leave, pero han obviado la “desigualdad intraeuropea” que favoreció las migraciones dentro del continente.

Reino Unido ha contribuido a que se agraven las divisiones dentro de la Unión a través de su estrategia de acumulación de capital

“El Brexit es tanto un producto como un intensificador de estos procesos”, recuerdan en su trabajo, publicado en el último número de 'Current Sociology'. “Si nos fijamos en el nivel macro, el Reino Unido ha contribuido a que se agraven las divisiones materiales y simbólicas dentro de la Unión Europea a través de sus estrategias de acumulación y elevando al nivel europeo las mismas políticas liberales que habían intensificado las desigualdades”. ¿Qué divisiones materiales y simbólicas y qué políticas liberales exactamente?

El pasado olvidado de la Unión

Antonucci y Varriale se remontan al establecimiento de la Comunidad Económica Europea en 1957, como evolución de los pactos sobre el comercio de carbón y energía nuclear, para recordar que el proyecto comunitario siempre fue jerárquico, tanto material como simbólicamente, entre los países periféricos y los centrales. Una brecha que se iría ampliando sirviendo al interés, entre otros, británico. Un ejemplo: una de las razones para la entrada en la Unión de Malta y Chipre, países de la Mancomunidad de Naciones, era prolongar el comercio con su antigua metrópolis, “reforzando las relaciones coloniales preexistentes”.


Evolución de los países de la Comunidad Económica Europea

Si bien la imagen que ha llegado hasta nuestros días es la de un prolongado desencuentro entre la Europa continental y del sur y el Reino Unido, que siempre vio con recelo la posibilidad de perder parte de su hegemonía, las autoras recuerdan, citando a Holmwood, que la entrada en la suprainstitución europea era “una manifestación de la necesidad de proteger la identidad nacional británica blanca después del Imperio”. Otro dato: los seis países fundadores de la CEE (Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo, Países Bajos y Alemania Occidental) tenían un evidente pasado colonial.

El escepticismo de Reino Unido respecto a su entrada en la Unión era una manera de enfatizar su personalidad diferencial. Un movimiento necesario para no perder su posición de ventaja en un contexto económico en el que se vería rápidamente beneficiado del acceso a nuevos mercados, y a trabajadores baratos o formados. “En otras palabras, por razones de acumulación de capital”, en el sentido marxista. Que los países que entraron en la UE después de Reino Unido fuesen Grecia (1981), Portugal y España (1986) muestra la apertura a la dinámica centro-periferia del proyecto europeo.

La mezcla de apertura neoliberal al libre mercado y una ideología etnonacionalista define la paradoja inglesa posimperial

Y entonces llegó Thatcher, tan euroescéptica como entusiasta del mercado único. Una aparente ironía que define a la perfección la actitud que Reino Unido ha mantenido respecto a la Unión Europea en particular y a sus relaciones internacionales en general. “Más que una ironía, puede ser visto como una consecuencia de las dos caras de la estrategia político-europea británica y de la búsqueda de la mejor solución posimperial a la acumulación de capital”. En la crítica unión entre la apertura neoliberal al libre mercado con “una ideología etnonacionalista popular en casa” se encontraba la semilla del proyecto antieuropeo.

La economía del conocimiento es 'british'

Reino Unido tan solo contribuiría a ahondar en esa distancia entre los países del norte y los del sur a través de sus propuestas comunitarias en economía y empleo. Y no lo harían únicamente los conservadores, sino también los laboristas. Concretamente, el nuevo laborismo de Tony Blair, que en 1999 desveló en el Congreso laborista lo que necesitaba una nación del siglo XXI: “Una economía basada en el conocimiento. Una fuerte sociedad civil. Un lugar de confianza en el mundo”.

La larga sombra del nuevo laborismo. (Reuters)
La larga sombra del nuevo laborismo. (Reuters)

Al menos el primer elemento pasaría a constituir un pilar esencial de las políticas económicas de la Unión a través de la Estrategia de Lisboa, cuyo objetivo era convertir la economía de la Unión Europea en la más competitiva del mundo a través del empleo y la formación de los ciudadanos europeos en un contexto de absoluta movilidad entre países. “El objetivo clave era formar a los trabajadores con la meta de incrementar la empleabilidad de la población y productividad del sistema económico”.

Esa apuesta europea impulsada desde los países más desarrollados tenía, no obstante, otro correlato menos evidente. La orientación hacia la economía basada en el conocimiento daba alas a los países más desarrollados (Reino Unido e Irlanda, Alemania o los países nórdicos), mientras que las naciones del sur veían constantemente cómo se las animaba a tomar cuanto antes cartas en el asunto, o de lo contrario corrían el riesgo de quedarse atrás. La estrategia terminaría convirtiéndose en el motor que convertiría al país del Brexit en el imán para dos tipos de migración muy particulares.

El rechazo a la Unión Europea es un rechazo del neoliberalismo y de los fundamentos de la estrategia político-económica británica en Europa

“A través de este paradigma, el Reino Unido reforzó su ventaja material respecto a otros países de la UE en términos de acumulación de capital atrayendo de los países de la periferia tanto a una fuerza laboral formada y cualificada como a otra sin habilidades que podía trabajar por poco dinero”, recuerdan los autores, para los que la apertura de la Unión a países del este agudizó aún más la dinámica entre centro y periferia.

El Brexit debe entenderse en dicho contexto, pues las dinámicas migratorias que provocó la estrategia internacional de Reino Unido y la entrada de la Unión han sido esgrimidas por los partidarios del Leave como argumento para dar la espalda a la apertura de fronteras. La enésima paradoja, pues, fue que el propio Reino Unido quien favoreció dicho proceso: “En este contexto, el rechazo a la Unión Europea es un rechazo no solo del neoliberalismo y de la mercantilización, sino también de los fundamentos de la estrategia político-económica británica en Europa”.

La tierra de la meritocracia

El Reino Unido, en definitiva, se ha visto obligado a rechazar esas políticas comunitarias que le favorecieron y que promovió. “La estrategia británica en Europa consistía en la promoción de la movilidad de los trabajadores de la Unión con el objetivo de acaparar una gran parte de los cualificados en Reino Unido”, explican los autores. A partir de 2004, esa misma medida les ayudaría a “rellenar sus vacíos en el sector menos cualificado del mercado de trabajo”. Como se dice ahora, 'win win'.

Las migraciones del sur al norte y del este al oeste han estado bañadas por el barniz cultural de la meritocracia. Reino Unido no solo se vendió al resto de países de la Unión como la tierra de las oportunidades, tanto para trabajadores formados que verían recompensados sus currículos en las islas como para precarios en busca de una salida, sino que también se presentó como la nación meritocrática por excelencia. “Antes del Brexit, Gran Bretaña (particularmente Londres) fue asociada por los migrantes europeos con un mercado laboral más meritocrático y una sociedad más tolerante y multicultural”.

Pero no todos los migrantes son iguales. O, al menos, no son percibidos de la misma manera. La propia Varriale mostró en un trabajo previo la conflictividad que se producía entre los inmigrantes italianos cualificados y los que no lo estaban. Los licenciados que trabajaban en la City, por ejemplo, reprochaban a los trabajadores de la hostelería que no tenían ambición, que daban una mala imagen de la inmigración italiana y que tenían mal gusto. En otras palabras, veían cómo su “privilegio blanco” se ponía en cuestión.

Fue Reino Unido quien, tras la desaparición del imperio, decidió que abrir fronteras aun a riesgo de agudizar desigualdades era la estrategia a seguir

Sin la acción de Reino Unido, nada de esto habría ocurrido, concluyen las autoras. Fue el país británico el que estimuló la migración hacia sus fronteras, tanto de mano de obra barata como acaparando a los trabajadores más cualificados de la Unión, ante lo cual los países del sur no podían competir. El Brexit, independientemente de su nivel de dureza, no hará más que agudizar dicha distinción, al hacer que Reino Unido abandone la Europa desigual que creó en un proceso que, como de costumbre, pagarán los más desfavorecidos.

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