¿VERANEAR EN MARZO Y OCTUBRE?

Las playas serán un infierno: la gran ventaja española se convertirá en su perdición

¿Qué pasaría si aumentase en dos grados la temperatura de nuestro país? Para empezar, que muy probablemente habría que decir adiós a las oleadas de turistas

Foto: A vista de pájaro... o de turista en el avión. (iStock)
A vista de pájaro... o de turista en el avión. (iStock)

Hace calor, hace calor. Tanto que, una vez más, este verano se han batido récords en todo el planeta. Entre todas las consecuencias negativas del cambio climático, desde el inminente peligro que representan las olas de calor para la salud hasta el aumento del nivel del mar a largo plazo, hay otra que puede parecer secundaria pero que resulta decisiva. Especialmente, en un país como España, donde el turismo aportó 178.000 millones a la economía el pasado año.

A lo largo de este año, han resonado las palabras que pronunciase el antiguo economista jefe del Banco Mundial Nicholas Stern, cuando recordó que “si las temperaturas se elevan por encima de lo establecido en el Acuerdo de París, hay un riesgo claro de que España se convierta en un desierto como el Sáhara”. Una observación a largo plazo y algo alarmista, pero que llama la atención sobre el impacto que el calentamiento puede tener sobre la economía española.

Un aumento de dos grados como el que se pronostica puede resultar devastador en un país basado en el turismo de sol y playa

Por una parte, en el número de visitantes; por otra, en el tipo de ocio que se puede llevar a cabo, y que paradójicamente puede empujar el turismo de calidad frente al de borrachera. Los estadounidenses se están dando cuenta ahora de la importancia que tiene el calor a la hora de diseñar un plan urbano de ocio. Este año, la cancelación de eventos como el triatlón de Nueva York o el OZY Festival a causa del calor les ha hecho darse de bruces con una realidad que nosotros conocemos bien. No, no es buena idea montar un triatlón un 21 de julio.

Suena obvio, pero si se extrapola, tiene potenciales consecuencias devastadoras para otros países como España, donde su buen clima puede traspasar fácilmente la frontera de lo inaguantable. Si las recomendaciones en plena ola de calor consisten en no salir de casa en las horas centrales del día, restringir la actividad física y buscar protección en lugares frescos, en un país donde el turismo está basado en el sol, las terrazas y la playa, un aumento de dos grados como el que cita el Acuerdo de París puede ser devastador.

Con este calor no se puede estar

Hay que remontarse a 2007, durante la primera legislatura de Rodríguez Zapatero, para encontrar un informe sobre el potencial impacto del cambio climático en el turismo español, publicado por Lars Hein, de la Universidad de Wageningen (Países Bajos). En él, pintaba un plausible escenario en el que entre 2004 y 2080, el flujo de turistas se reducirá en un 20%, dejando a un lado otros factores geopolíticos o competitivos que pueden encontrarse tras el descenso experimentado en el turismo español en el pasado año.

La típica playa danesa. (iStock)
La típica playa danesa. (iStock)

“Este efecto se debería por completo a temperaturas mucho más elevadas en el verano, que las convertiría en indeseables para muchos turistas”, explicaba. El calor insoportable provocaría que las playas de Francia, Bélgica, Países Bajos e incluso Reino Unido, Dinamarca o Suecia fuesen más aptas para el baño que las españolas. ¿Tisvildeleje, la nueva Benidorm?

No hay mal que por bien no venga, y el descenso de visitantes entre junio y agosto se vería compensado con un aumento durante el otoño y la primavera. Con una dificultad añadida, claro. El habitual calendario escolar y laboral, que favorece el periodo estival para coger vacaciones, beneficiaría indirectamente a esos países con climas cálidos (pero no tanto como España), y perjudicaría al nuestro. Aunque, como recordaba Hein, “hay una mayor tendencia hacia la flexibilidad en las vacaciones”.

El aumento de las temperaturas hará que la franja de clima favorable se eleve desde el sur de Europa hasta el norte y el centro

Menos negativo era otro estudio publicado por Peter Domonkos, del Centro de Cambio Climático de la Universidad Rovira i Virgili, Xavier Farré y Juan Antonio Duro, del departamento de Economía del mismo centro, que recordaba que “los periodos de calor casi no afectan de forma directa al atractivo de las playas españolas”. Otra cosa eran las consecuencias indirectas, como el déficit de agua dulce o la sobrecarga del sistema eléctrico o el transporte, que podían “reducir la explotación de las buenas condiciones geográficas”.

“Se ha publicado que el foco de los turistas veraniegos cambiará hacia el norte de Europa con el progreso del calentamiento global a lo largo del siglo XXI, ya que a los turistas no les gustan los climas demasiado cálidos”, recordaban los autores en referencia a otro trabajo publicado en 'Climatic Change' que utilizaba el Índice de Cambio Climático para comparar el periodo 1961-1990 con un hipotético futuro entre 2071 y 2100.

Con dos grados más, se acabó la nieve. (iStock)
Con dos grados más, se acabó la nieve. (iStock)

“Con el cambio climático, se prevé que la franja latitudinal de clima favorable se eleve hacia el norte, mejorando los recursos del clima en Europa central y del norte sea cual sea la estación”, recordaban los autores. Un movimiento en perjuicio de la región más favorecida actualmente por el clima, el sur de Europa. Una vez más, lo que países como España, Italia o Grecia perderían como destinos turísticos veraniegos lo ganarían entre octubre y abril.

Otros países europeos también han comenzado a plantearse los efectos del cambio climático, aunque en sentido opuesto. Una investigación publicada en 'Climate Services' recordaba que un hipotético aumento de la temperatura en dos grados sería letal para el turismo de esquí y montaña durante el invierno. Según los cálculos de los autores, afectaría a 10,1 millones de reservas hosteleras en Europa, con 7,3 millones más en riesgo. Una tendencia particularmente dañina para Austria e Italia, algo menos para Francia y Suiza.

Un nuevo turismo: dentro se está fresquito

Un hipotético aumento global de las temperaturas tiene consecuencias tanto en el momento del año en que se viaja como en el tipo de turismo que se promueve. Trasladar el periodo vacacional a la primavera y el otoño reduce las posibilidades de realizar actividades en el exterior, como pueden ser festivales musicales, que se verán desplazados a otras épocas del año. También influye en los horarios: las actividades al aire libre se realizarán por la noche o, incluso, a primera hora de la mañana.

Nos adaptaremos a las temperaturas más cálidas trasladando los festivales y las actividades al aire libre a otras épocas del año

Lo recordaba en 'City Lab' el economista del clima Casey Wichman, que en 2017 publicó junto con Nathan Chan una investigación en la que se fijaba en los efectos del clima en la demanda de ocio. Aunque sus resultados eran en principio positivos para las bicis, que arrojarían 20.700 millones de beneficios anuales, el trabajo dejaba patente que una alteración en las temperaturas lleva aparejada una alteración en las costumbres.

“Nos adaptaremos a las temperaturas más cálidas trasladando los festivales y las actividades al aire libre a otras épocas del año”, explicaba en una entrevista en dicho medio. Marzo y octubre, las épocas “refugio”, serán los grandes beneficiados, por ofrecer temperaturas más altas que en el invierno pero mucho más bajas que en el verano y menos precipitaciones, que probablemente serán el gran enemigo al que tengamos que enfrentarnos cuando queramos disfrutar al aire libre. Aun así, Wichman y Cham matizaban que la gente sigue prefiriendo practicar cualquier clase de actividad cuando hace mucho calor que cuando hace mucho frío.

¿Se acabó el calor, se acabó Magaluf? (Foto: David Brunat)
¿Se acabó el calor, se acabó Magaluf? (Foto: David Brunat)

La pérdida de esa ventaja competitiva española que era el buen tiempo obliga, por lo tanto, a buscar otras alternativas de ocio, que se concentren menos en el sector de la hostelería y más en el cultural, una de las reivindicaciones más habituales en los últimos años, tanto para detener el lado oscuro del turismo de borrachera a lo Magaluf como para atraer a menos visitantes pero de mayor poder adquisitivo.

Sería un cambio obligado, pero probablemente beneficioso a la larga, especialmente a la hora de atenuar las diferencias entre regiones. Mientras algunas se ven invadidas por masas de turistas que saturan las ciudades, generando contaminación, ruido y otras externalidades negativas que perjudican a los vecinos y beneficiando tan solo a unos pocos, otras podrían asumir parte de ese turismo, virado hacia lo cultural.

Algunas de las regiones que menos turistas reciben son las que concentran la mayor parte del patrimonio cultural español

Hay, por ejemplo, cuatro comunidades españolas entre las menos visitadas de toda Europa. Se trata de Aragón, Castilla y León, Extremadura y Castilla-La Mancha, donde se realizan aún menos pernoctaciones que en el norte de Finlandia. Zonas donde, paradójicamente, se concentra gran parte del patrimonio cultural español.

Quizás esa sea la consecuencia imprevista del calentamiento global: que en lugar de recibir a millones de ingleses y alemanes anhelando sol y playa, abriremos los brazos para acoger a un puñado de viajeros deseosos de refugiarse del calor en los helados museos españoles. O tal vez sea tan solo hacerse ilusiones.

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