SIN QUE SE ENTERARAN DE NADA

El ingenioso método con el que Citroën saboteó a los nazis en la II Guerra Mundial

Pierre-Jules Boulanger, presidente de la compañía francesa, ideó un plan para que los vehículos que utilizaban los alemanes no funcionasen correctamente

Foto: Foto: iStock.
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El auge del nazismo suele entenderse solamente como un proceso político, una cuestión de figuras y partidos. Aunque es cierto que realmente fue así, también hay que añadir que estas personalidades fueron apoyadas por empresarios y compañías que abrieron paso a esta etapa tan oscura.

Algunas por supervivencia y otras por verdadera creencia en los principios nacionalsocialistas, estas corporaciones sostuvieron gran parte del esfuerzo de guerra alemán y se beneficiaron del acercamiento que se produjo entre las grandes sociedades, especialmente industriales, y el partido de Adolf Hitler.

Sin embargo, hay otras que quisieron sabotear al régimen desde dentro, entre ellas, Citroën, que ha cumplido 100 años en 2019. Cuando Francia fue ocupada por los alemanes en 1940, las grandes fábricas francesas como esta marca de automóviles se vieron obligadas a producir equipos para los nazis, pero no todos estaban dispuestos a cumplirlo.

El coche de Troya

El presidente de la compañía, Pierre-Jules Boulanger, sabía que no podía negarse a producir, pero también que no podía simplemente mirar hacia otro lado y construir camiones para el régimen. Así que se puso a pensar e ideó un plan que John Reynold describe en su libro 'Citroën 2CV'.

Introducir las muescas fue barato y sutil porque nadie creería que se hacía en el proceso de fabricación. Fue un plan perfecto

Boulanger saboteó desde el principio toda la operación. Por supuesto, ordenó a los trabajadores a establecer un ritmo agradable y pausado mientras construyeran los furgones (probablemente el modelo T45) para la Wehrmacht, pero eso era algo bastante obvio. La idea más brillante fue la de crear una pequeña muesca (un defecto deliberadamente introducido en forma de U o V) en las varillas de aceite de los camiones.

Foto: Facebook.
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Los niveles adecuados nunca eran correctos porque los camiones no tenían suficiente aceite, pero los mecánicos alemanes no tenían ni idea de lo que pasaba porque la varilla marcaba que todo estaba bien. Tras utilizarlos durante un tiempo, el motor se detenía y los nazis no podían maniobrar a tiempo, lo que les ponía furiosos y los dejaba varados y vulnerables, tirados en medio de cualquier lugar.

Así, sin que nadie pudiera darse cuenta, consiguió que fuera un fantástico acto de sabotaje: extremadamente barato de implementar, sutil porque nadie creería que los propios trabajadores lo hacían en el proceso de fabricación y causando los mayores inconvenientes y molestias posibles.

Negocio automovilístico

Al igual que sucedió en Estados Unidos cuando empezó a fluir el crédito en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, en Alemania tener un coche era una de las primeras aspiraciones de la creciente clase media. Por aquel entonces y gracias a la calidad de la gran industria alemana y sus ingenieros, numerosas empresas germanas jugaban en el mercado automovilístico.

El presidente de la compañía, Pierre-Jules Boulanger, sabía que no podía negarse a producir, así que ideó un plan para sabotear a los nazis

Porsche, Renault, Opel o BMW también fabricaron vehículos insignes o piezas para la motorización del ejército germano, pero apoyando al dictador. Aunque muchos de ellos siguen negando aquellas colaboraciones y aseguran que lo hicieron obligados (intentan limpiar su imagen), numerosos historiadores afirman que la construcción de bombas incendiarias, tanques, motores para aviones o partes esenciales en las maquinarias nazis se realizaron conscientemente y a favor de Hitler.

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