LA POLÍTICA DE LO APOLÍTICO

En las entrañas de Eurovisión: por qué la gente vota a quien vota

Puede parecer sorprendente, pero hay una gran cantidad de literatura académica sobre la estrategia y motivación en este concurso, la mayor votación no política del mundo

Foto: 'Spain, zero points'. (Efe/Jose Sena Goulao)
'Spain, zero points'. (Efe/Jose Sena Goulao)

¿Las municipales? ¿Las autonómicas? ¿Las generales? ¿Las europeas? Nada de eso. Si hay unas elecciones capaces de obsesionar a millones de españoles durante meses, llenar páginas y páginas de periódicos 'online' y colarse en debates de amigos y familias hasta que llega el sábado crucial, esas son las de Eurovisión. Un concurso en el que siempre ha habido espacio para teorías de la conspiración, suspicacias y enfrentamientos entre regiones. Y que para unos cuantos politólogos se ha convertido en un fantástico terreno de pruebas para entender por qué la gente vota lo que vota.

La última adición a la sorprendentemente nutrida bibliografía sobre Eurovisión es un 'paper' publicado en la revista de estudios políticos 'Political' por cuatro investigadores canadienses con un claro objetivo: entender si, como en teoría debería ser, los seguidores del programa votan a la que consideran la mejor canción (con la excepción de la de su propio país) o si, por el contrario, hay fuerzas ocultas e inconfesables que mueven los designios de los fans del concurso ideado en 1956 por la Unión Europea de Radiodifusión con el objetivo de unir a un continente arrasado por el trauma de la Segunda Guerra Mundial. Al fin y al cabo, recuerdan los autores, casi votan más personas en Eurovisión que en las elecciones al Parlamento Europeo.

Más de un cuarto de los participantes votan al artista que creen que tiene más posibilidades de ganar, aunque no sea el que más les gusta

La conclusión es rotunda: no, la sinceridad no abunda precisamente en el certamen, al menos por el lado de los que participan desde sus hogares. Después de analizar las respuestas de más de 600 votantes en la edición de 2016 que rellenaron un cuestionario de 10 preguntas, descubrieron que apenas la cuarta parte de ellos (26%) votó por su canción preferida. Unos resultados sorprendentes, recuerdan los autores, ya que las reglas implantadas en los últimos años han dado cada vez más peso al voto del público, que por esa razón tiene más motivos para apoyar sinceramente a sus candidatos.

En la mente del eurofan

Si la gente no apoya a su canción preferida, ¿para qué vota entonces? La variedad de opciones es amplia, pero una tan popular como votar a quien te gusta es votar al que crees que va a ganar. Son los llamados 'bandwagoners', es decir, “los que se suben al carro”, y que también conforman un 26%. Básicamente, lo que le importa a este participante es “estar en el lado ganador, y por lo tanto, se centra en apoyar al candidato con mayores probabilidades de ganar”. Lo que no queda claro, recuerdan los autores, es cómo reconocen a este. Y es posible que ahí medios, gurús e 'influencers' jueguen un importante papel a la hora de guiar a este abundante grupo de eurofans que lo que quieren es sentirse ganadores ellos mismos.

Es posible, no obstante, que uno encaje en el pequeño sector de estrategas (alrededor de un 11%). Estos son un poco más maquiavélicos que los honestos votantes que siguen a su corazón y los que siguen a las encuestas; estos no votan a su opción preferida salvo que considere que puede ganar. Más bien, suelen decantarse por el artista que consideran que tiene más posibilidades de triunfar entre sus preferidos. Son, por tanto, concienzudos pragmáticos. En términos prácticos, el estratega suele votar a su segunda (10,9%) o tercera canción preferida (3,4%). Pero son minoría en el complejo panorama de la gran cita europea del petardeo.

Hay, claro, razones más sutiles a la hora de votar a un cantante u otro –que es casi lo mismo que decir que votar a un país u otro–, las que aparecen clasificadas en el heterogéneo grupo de “otros” (37%). Por ejemplo, los que votan por afinidad de lengua, etnia o cercanía geográfica, aunque no les gusten ni crean que pueden ganar de verdad. Uno de los ejemplos más claros es la gran cantidad de votos que Turquía recibe de Alemania, un país que ha recibido una gran cantidad de inmigración turca.

Pero también es posible que se sea simplemente por cercanía geográfica, como los intercambios de votos entre Grecia y Chipre o, ejem, Portugal y España, que el año pasado recibió 12 puntos de nuestros vecinos porque muchos de los votantes habían seguido el Operación Triunfo español. Llamativamente, recuerdan los autores, cuanto más imparciales y fiables son las instituciones de un país, menos probable es que otros factores influyan a la hora de elegir un país u otro y más probable es que se decanten por las mejores canciones. La fiesta de la meritocracia.

El diagrama de Venn de Derek Gatherer.
El diagrama de Venn de Derek Gatherer.

Es donde se clasificarían las conocidas quejas sobre los países que se apoyan los unos a los otros. El polifacético investigador Derek Gatherer hasta creó una terminología para definirse a los cinco bloques que suelen cuidarse mutuamente en las votaciones. El pacto de Varsovia, formado por Macedonia, Croacia, Rumanía y la Federación Rusa, el Imperio vikingo, formado por Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania, La Triada de Chipre, formado por Grecia, Chipre y Yugoslavia hasta su desaparición y La Cruz de Malta, formada por Gran Bretaña, Suiza y Mónaco, a los que ahora hay que añadir el conformado por los antiguos Estados soviéticos y de Yugoslavia. Quizá tan solo se trate de que los que son poco sinceros son los alemanes, británicos y franceses, las naciones consultadas en el trabajo.

¿Qué significa?

Todos estos 'lobbys' con afinidades comunes tienen algo en común: suelen obtener muchos más votos que aquellos que no están adscritos a ningún bloque. Quien no tiene padrino no se bautiza, y lo que en apariencia es un concurso no político termina mostrando, aun inconscientemente, las afinidades y odios presentes entre los países de la Eurozona. No solo eso, sino que también sugiere que otras elecciones políticas pueden estar igualmente contaminadas por las simpatías, prejuicios y otros sesgos del votante. No es un problema de sistema: la mayoría reconocen que su voto no sería muy diferente si los mecanismos cambiasen.

Muchos votantes se ven tentados de apoyar al que consideran que va a ganar incluso “cuando esas percepciones no se corresponden con la realidad”

No es tan sorprendente identificar en las elecciones generales paralelismo con esos estrategas que prefieren apoyar a su segunda o tercera opción ya que consideran que su preferida no tiene posibilidades de ganar: es el voto útil. Sin embargo, los autores señalan otra posible lectura de sus resultados que puede tener aplicaciones en la política, y es que muchos votantes se ven tentados de apoyar al que consideran que va a ganar incluso “cuando esas percepciones no se corresponden con la realidad”. Así, no hay nada como erigirse como el favorito (aunque no lo sea) para rebañar votos que de otra forma que no se habrían conseguido. Y de ahí, quizá, la obsesión por hacerse con el control de los datos del CIS.

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