"AÚN SUFRO ATAQUES DE PÁNICO"

Me sepultó un alud de nieve y así logré escapar

Meagan Hunt era una chica normal a la que le encantaba viajar. La contrataron en una estación de esquí y no podía imaginarse la experiencia que la vida le tenía reservada

Foto: Foto: iStock.
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Hay situaciones en la vida sumamente difíciles. Las historias de supervivencia extrema están a la orden del día. Desde tsunamis y terremotos, a volcanes y vientos huracanados. También las hay relacionadas con la nieve. El cine consiguió que se hicieran muy populares con películas basadas en hechos reales como '¡Viven!' o una más reciente, titulada 'Everest'. Pero ninguna como la historia de Meagan Hunt, quien logró sobrevivir a una avalancha.

"Me levanté de la cama y vi por la ventana que venía hacia mí un enorme bloque de nieve que arrastraba árboles. Justo después, solo había oscuridad". Así lo narra en primera persona la víctima de este terrible suceso que estuvo a punto de acabar con su vida en 'The Huffington Post'. "Cuando recobré el conocimiento, estaba enterrada bajo dos metros y medio de nieve y no tenía ni idea de lo que había sucedido o por qué me estaba congelando. Pensé que estaba muerta literalmente. Intenté mover mi cuerpo para quitarme la nevada, pero no podía hacer nada".

Estaba en ropa interior y nadie sabía dónde me encontraba. Grité todo lo que pude, pero no podía respirar lo suficiente para hacer ruido

Hunt era una mujer de mundo. La mayor parte de su vida la había pasado en su país natal, Estados Unidos, pero también había estado pasando temporadas esporádicas en Mongolia y el Caribe. Siempre en busca de aventuras, decidió trabajar como cocinera en la estación de esquí de Taos, en Nuevo México. "Me encantaba mi trabajo: la gente, volver al país en el que nací después de viajar por todo el mundo... El único problema era que estaba tan ocupada que apenas podía disfrutar del lugar como todos los demás. Tuve que conformarme con hacer largas caminatas hasta que finalmente encontré la oportunidad de aprender a esquiar".

"Todo cambió el 13 de marzo. La montaña había estado acumulando nieve pesada y húmeda durante dos días. A la una de la tarde, todas las pistas se cerraron debido a los fuertes vientos y los responsables estaban desalojando a las personas", narra. "Yo acababa de salir de la ducha y estaba recostada en la cama, leyendo un libro, lo típico". Entonces, quedó sepultada por una enorme avalancha.

Pensé en todas las cosas que quería hacer en mi vida. Pensé en mi familia y en todos mis amigos. Sabía que me quedaría inconsciente

"Me dí cuenta de que la nieve se asienta como el cemento y es prácticamente imposible salir de ahí abajo", afirma. "También fui consciente de que lo mejor es moverse con la nieve e intentar taparse la boca para crear una bolsa de aire. Pero como estaba atrapada, no había mucho que pudiera hacer. Atrapada por el peso de toda la nieve, no había un escenario peor: estaba en ropa interior y nadie sabía dónde me encontraba. Grité todo lo que pude con todo lo que tenía dentro, pero no podía respirar lo suficiente como para hacer mucho ruido debido a la falta de oxígeno, a que tenía los pulmones magullados y el peso de la nieve sobre mí".

Su única esperanza residía en su compañero de habitación. "Sabía que había estado en casa y podía encontrarme, debía creer que se encontraba bien porque no quería imaginármelo muerto o herido", recuerda Hunt. "Me di cuenta que tan solo era cuestión de tiempo que me quedara sin aire y me desmayara, así que tuve que hacer todo lo posible para que me escucharan".

Los médicos apuntan que si estás entre 19 y 35 minutos enterrado bajo la nieve tan solo tienes un 34% de posibilidades de sobrevivir

"Me asusté. Chillé más y más, y traté de controlar la respiración ya que sabía que estaba desperdiciando demasiado aire del que tenía disponible. Comencé a marearme y dejé de gritar. Pensé en todas las cosas que todavía quería hacer en mi vida, como mis planes de caminar por los Apalaches el verano que viene o mi próximo viaje a un santuario para perros en Bulgaria. Pensé en mi familia y en todos mis amigos. Sabía que estaba a punto de quedarme inconsciente. Vociferé y luego me quedé en la más profunda oscuridad".

Ella no lo sabía, pero a escasos metros, su compañero y un vecino que buscaban supervivientes la habían oído gritar. Por ello, se pusieron a cavar y a gritar su nombre. Después de diez minutos, encontraron un brazo que se agitaba en la superficie. Comenzaron a cavar sin parar hasta que dieron con lo que era su cabeza. Poco a poco consiguieron sacarla después de 20 agónicos minutos.

"No fue hasta que estuve en el hospital que me di cuenta de que era yo, que me había salvado", asegura Hunt. "Había llegado a tener una temperatura corporal de 34 grados". Los cálculos médicos apuntan que si estás enterrado bajo la nieve durante menos de 18 minutos tienes un 91% de posibilidades de sobrevivir, pero si estás entre 19 y 35 minutos es tan solo del 34%. "Estas estadísticas me hicieron darme cuenta de lo afortunada que soy. Me llevó casi cinco horas hasta que la temperatura de mi cuerpo se normalizó. Todavía puedo sentir la sensación de frío en mis dedos. Tenía un ojo morado y cortes por toda la cara que me produjo una pared de hielo. Actualmente uso collarín, ya que también se me desgarraron unas cuantas vértebras".

"Los efectos mentales y emocionales tardan más en curarse", concluye. "Sobre todo, el trauma de despertar en una oscuridad plena que no sabías ni que existía, la horrible sensación de pensar que estás muerto, la angustia que pudo causar a mis amigos y familiares. Aún sufro ataques de pánico. Sin duda, esos son mis verdaderos problemas a día de hoy, más allá de las secuelas físicas".

Alma, Corazón, Vida

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